24 de Marzo de 2017: la verdadera grieta argentina o cómo derrotar a Macri

La verdad es que grietas no faltan […],

[pero] hay una sola grieta decididamente profunda

y es la que media entre la maravilla del hombre y los desmaravilladores.

Aún es posible saltar de uno a otro borde, pero cuidado,

aquí estamos todos, ustedes y nosotros, para ahondarla.

Señoras y señores, a elegir, a elegir de qué lado ponen el pie.

Mario Benedetti, “Grietas”

Ellos dicen: “el problema es que, para la mentalidad argentina, lo público es siempre mejor que lo privado, lo nacional es siempre mejor que lo extranjero, y los pobres tienen siempre razón respecto de los ricos” (Carlos Pagni, La Nación, 2017).

 

En cambio, nosotros y nosotras decimos: “el pueblo argentino no se divide entre ricos y pobres, entre solidarios y egoístas, entre peronistas y radicales, no, la única división que recorre el país está entre los que acompañaron a las Madres y los que miraron para otro lado cuando las vieron marchar.” (Osvaldo Bayer, Página/12, 1997).

 

Batalla cultural

Todas las sociedades modernas se dividen políticamente en torno al concepto de “igualdad”. De un lado, están los que justifican las desigualdades existentes por algún tipo de desigualdad natural, es decir, aquellos que ante todo defienden sus privilegios sobre los demás, cualquiera sea el tipo y la magnitud de esos privilegios, como si fueran el resultado de su propia superioridad personal. Del otro lado del mundo, en cambio, estamos quienes sencillamente creemos que todos y todas somos esencialmente iguales, y que, por lo tanto, deberíamos poder gozar de los mismos derechos.

Este principio general, que según la teoría política clásica diferencia a las ideologías de derecha de las de izquierda, nunca se manifiesta en la realidad de manera simple y clara. Básicamente, porque los que defienden un mundo de privilegios, raramente lo confiesan, mientras que, quienes sostenemos la igualdad de derechos, vivimos enfrentados por la manera en que esa igualdad debería ser realizada. Por el contrario, esa división en relación a la condición humana, se materializa de distintas formas históricas, a partir de los compromisos sociales que, sobre la base de determinada estructura productiva, organizan las identidades culturales de cada sociedad.

La cultura, por lo tanto, no es un museo inmutable de viejos símbolos y costumbres, sino el cultivo permanente de los compromisos sociales que definen nuestra identidad. Compromisos que, dinámicos y vulnerables, pueden ser alterados, generando por debajo de las divisiones políticas e ideológicas, una grieta decisiva, más o menos profunda y más o menos consciente, que en ciertos casos puede dar lugar a intensas batallas culturales, que desbordan ampliamente a las disputas partidarias convencionales.

La frase de Carlos Pagni sobre la necesidad de modificar la “mentalidad argentina” encierra, en su mezquindad intelectual, un claro programa político: derrotar culturalmente a los sectores sociales que, en general, defendemos a los bienes públicos, reivindicamos la soberanía nacional y apoyamos las demandas de los pobres frente a los ricos. Pero, como todo pensamiento pequeño, encierra también una pequeña trampa. No miente cuando afirma que, de toda la clase política existente, “los Kirchner han encarnado como nadie estos prejuicios”. Sólo que, con esa afirmación, pretende desplazarnos de nuestro compromiso con la igualdad social, como si la grieta cultural que divide a la sociedad argentina fuera –ayer, hoy y siempre- la que divide a federales y unitarios, nacionalistas y liberales, peronistas y gorilas. Defendiendo torpemente los prejuicios opuestos a la igualdad social (lo privado, lo extranjero, los ricos), Pagni busca reafirmar esa falsa visión dominante de la grieta argentina, en nombre de la razón y la eficiencia. Visión dominante que, superficial y confusa, es también compartida por amplios espacios políticos de nuestro propio lado del mundo. La confusión, claro está, nunca es neutral.

 

Las grietas argentinas de ayer y de hoy

Hasta mediados de la década del ‘70, la Argentina de la inmigración masiva y del dificultoso desarrollo industrial, se dividía ideológicamente a favor y en contra de la causa obrera. Protagonista indiscutida de todas nuestras banderas y discusiones políticas, la solidaridad con el mundo obrero inspiraba, de manera mucho más amplia, gran parte de las preocupaciones civiles, intelectuales y artísticas cotidianas. Para los eternos defensores del privilegio, por el contrario, este rasgo de la identidad cultural nacional era vivido como una amenaza vital, que debía ser reprimida con distintos grados de intensidad. Para 1976, sin embargo, bajo la excusa de defender a la república de la desintegración social y terminar de una vez y para siempre con la corrupción peronista, la Junta Militar propuso eliminar la amenaza, destruyendo la estructura productiva nacional que la hacía posible y desapareciendo los cuerpos de quienes expresaran con sus vidas aquellas relaciones de solidaridad con la causa obrera.

El terror y la corrupción generalizada, la crisis económica y la derrota de Malvinas, pusieron fin a la etapa histórica más oscura de la sociedad argentina, revelándonos que las clases sociales dominantes eran incapaces de impulsar un proyecto económico coherente que fuera más allá del saqueo de nuestros bienes comunes y un proyecto político que fuera más allá del odio común al mundo obrero. La principal resistencia a ese odio genocida fueron nuestras Madres de Plaza de Mayo. Sus pañuelos blancos, símbolo principal de nuestro compromiso con la verdad y la justicia, sellado por ellas con dignidad y coraje, fueron propagados como un himno popular sobre los más diversos sectores sociales, superando fronteras ideológicas, políticas, nacionales e internacionales.

El mapa de nuestros compromisos sociales había sido modificado, tanto en su base material como simbólica. La histórica grieta de la sociedad argentina, aquella grieta cultural decididamente insalvable, pasaría de ahora en más a definirse en torno a esos pañuelos blancos. Esto no significa que los conflictos de clase hubieran dejado de ser el motor de la historia. Sólo que, a partir de ahora, el compromiso con la memoria, la verdad y la justicia en relación al pasado genocida, pasaría a ser el único eje de verdadero contenido histórico, capaz de contener y legitimar nuestras más diversas demandas del presente. No por nada, los principales hitos históricos con los que narramos el ciclo democrático iniciado en 1983, tienen todos que ver con nuestras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo: el Juicio a la Junta, la obediencia de vida, el punto final y los levantamientos carapintadas con Alfonsín; el indultos a los genocidas y la profundización de su proyecto económico con Carlos Menem; el Estado de Sitio dictado por De la Rúa en respuesta a la crisis del 2001 (que dejó entre sus peores imágenes la represión de la policía montada a un grupo de Madres en la Plaza de Mayo); el asesinato de los jóvenes piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en el Puente Pueyrredón por el gobierno interino de Duhalde, ampliamente repudiado al grito de Nunca Más.

 

Crítica de la razón kirchnerista

Lo que hizo que el kirchnerismo pudiera surgir en 2003 como un gobierno distinto de los anteriores, no fue su política económica. En verdad, con el fin de la convertibilidad, los pilares del nuevo esquema productivo habían sido definidos por el breve gobierno de Duhalde: devaluación de la moneda, retenciones a las exportaciones, renegociación de la deuda y planes sociales. Sin embargo, la crisis social era mucho más profunda y expresaba en realidad una disputa cultural de fondo, que la clase política tradicional en su conjunto parecía incapaz de comprender y mucho menos de representar. Lo que diferenció a Néstor Kirchner de todos ellos, fue la audacia con que leyó la crisis.

Al igual que Perón con la causa obrera tras la década infame de los años treinta, Kirchner fue el único de los políticos tradicionales que intuyó la verdadera grieta argentina y decidió asumir las demandas más sentidas de nuestros organismos de derechos humanos, para reconstruir la legitimidad de un poder político que, tras la década neoliberal de los años noventa, ya no era capaz de representar a nada ni a nadie. El kirchnerismo fortaleció y expandió como nunca antes el símbolo cultural de nuestros pañuelos blancos, relegitimando la política y politizando a la sociedad. Y es esta la causa del odio cultural desatado por las clases sociales dominantes y, más allá de ellas, por todo aquel que vive y respira con el único objetivo de mantener sus privilegios distinguiéndose de los demás.

Sin embargo, al igual que lo sucedido con las demandas obreras a partir de las reformas peronistas, el mismo movimiento de fortalecimiento institucional, a su vez partidizó nuestras organizaciones de derechos humanos y las reinsertó en las disputas ideológicas tradicionales en torno al poder del estado. Reconstruida la legitimidad política, el kirchnerismo volvía a caer cíclicamente en la misma ilusión totalizadora de todos los nacionalismos, sean de derecha o de izquierda: al verse a sí mismos como el espíritu del pueblo-nación, volvían a apostar al carácter nacional de cierta burguesía local y a creer que la grieta cultural que dividía a la sociedad argentina era, una vez más y eternamente, la de peronistas y antiperonistas, nacionalistas y liberales, ahora neodesarrollistas y neoliberales. Lamentablemente, los aliados de izquierda o progresistas que se sumaron al nuevo gobierno peronista en nombre de nuestras banderas igualitarias de ayer y de hoy, lejos de representarnos y de dar la batalla al interior de lo que supuestamente era un frente político (originalmente transversal), aceptaron y asumieron como propia la vieja dicotomía dominante, sin siquiera cuestionar sus peores consecuencias, como la mega minería y monsanto, el fatal abandono de los ferrocarriles y la alianza con la mafia sindical, la ley antiterrorista y el nombramiento de Milani al frente del Ejército, todas ellas justificadas en nombre del desarrollo y de la unidad nacional.

Al igual que los casos de corrupción, sin embargo, este no era sólo un problema de carácter ético, naturalmente siempre más caros a las banderas igualitarias que a las de la derecha. Se trataba también de un grave error político que, en general, lleva a todos los gobiernos populistas a desconocer las verdaderas causas históricas que lo llevaron al poder. Así, la falsa dicotomía peronismo/oligarquía, llevó a Cristina Fernández a elegir como su propio candidato sucesor, a su gobernador más afín con el viejo Partido Justicialista y con las clases sociales dominantes, pero al mismo tiempo el más cuestionado por los propios organismos de derechos humanos que, como el CELS, denunciaban su política de seguridad como una continuidad de la dictadura militar, confundiendo y debilitando al sector socio-cultural que con mayor intensidad había defendido sus mejores medidas políticas. La contradicción, esta vez, fue demasiado evidente e inverosímil. La inesperada derrota y la esperada traición posterior del movimiento peronista, no hicieron más que confirmarla.

 

Ellos quieren que cambiemos…

Igual que la Junta Militar del ´76 frente a Isabel y López Rega, igual que la Alianza en el ´99 frente al menemismo, el gobierno de Cambiemos pudo llegar al poder prometiendo salvar a la república de la corrupción populista. A más de un año de gobierno, sin embargo, ya no quedan dudas de la batalla cultural que venían a librar. Siguiendo el programa de Pagni, diseñado para cambiar nuestra mentalidad en relación a lo privado, a lo extranjero y a los ricos, ya nadie en este país puede negar que: 1) la primacía de lo privado sobre lo público es ahora asumida sin mediación alguna, ahorrándose incluso las coimas que antes debían gastar para garantizar sus negocios con el estado; 2) la sumisión de la nación al extranjero superó incluso nuestros peores presagios, con el pedido de perdón a las empresas españolas por haberlas hostigado y al mismísimo rey de España por la mismísima independencia nacional; y 3) el talante cultural de los ricos argentinos, nunca antes había sido encarnado de manera tan cerrada por un gobierno democrático, exhibiendo toda su arrogancia, mezquindad y decadencia.

Recién ahora quizás podamos entender con mayor claridad, algo que a muchos de nosotros y nosotras nos costaba creer hace unos años: para cumplir la anunciada misión histórica de cerrar la grieta argentina, es decir, de eliminarnos culturalmente, no hacía falta alguien que fuera capaz de comprenderla en su verdadero significado histórico. Por el contrario, bastaba alguien que pudiera vivirla como parte de su propio odio y resentimiento cultural, de su propia codicia y miseria espiritual, de su propio encono y estupidez. Alguien que expresara como nadie el afán de privilegios sin límites sociales.

Las distintas agresiones dirigidas por el gobierno del Pro contra nuestras banderas de derechos humanos, agresiones tan torpes como aparentemente innecesarias, forman parte en realidad de una vieja disputa hegemónica por el sentido común. Para sostener y expandir todos sus negocios a costa de nuestros derechos y bienes comunes, deben quebrar la identidad cultural que las Madres de Plaza de Mayo lograron imprimirle al país en torno a los derechos humanos, desde entonces nuestra más sagrada bandera de resistencia frente al terror y principal eje articulador de nuestras protestas y demandas. Tarea difícil y riesgosa, lo saben, por el grado de intensidad y de amplitud social que alcanzaron estos compromisos; pero para nada imposible, lo sabemos, por las múltiples divisiones ideológicas y políticas que hoy los atraviesan.

 

De la resistencia cultural a la alternativa política

Una vez más en la cíclica historia argentina, queda en evidencia la incapacidad de las clases dominantes para imponer un proyecto económico que vaya más allá del simple saqueo. Nuevamente, la palabra crisis comienza a ser pronunciada por propios y ajenos, tiñendo gradualmente todo el horizonte político nacional. El peronismo tradicional, aún desorientado por la derrota electoral, se debate entre regular el descontento social para negociar con el gobierno del Pro o intentar capitalizarlo con la esperanza de volver a ocupar el poder ejecutivo. En el primer camino, rechazan con descaro al kirchnerismo; en el segundo, lo aceptan con desconfianza, pero aspiran a desplazarlo. Temen que la imagen de Cristina Fernández, aún asociada por amplios sectores a nuestras banderas de igualdad social y de derechos humanos, termine luego por devaluarlos en el cambiante mercado político-electoral. Contradicciones de la clase política tradicional que, en plena competencia por los cargos públicos, no hacen más que fragmentarnos y desalentarnos, mientras el cerrado equipo gobernante del Pro se vuelve aún más temerario en sus ofensivas políticas, sociales y culturales.

Tal como están dadas las cosas, el actual gobierno de gerentes puede provocar en la Argentina una profunda regresión cultural, tan nociva como la de la dictadura militar y la de los años noventa. Ninguna de las fuerzas políticas que hoy compiten por representar nuestras amplias demandas igualitarias, desde la izquierda trotskista hasta el kirchnerismo, están en condiciones de desalojar a Macri por sí mismas. Y aún en el caso de que el Pro termine su mandato en medio de una crisis social que catapulte al poder al viejo peronismo conservador, la ofensiva cultural en relación al sentido común sobre los derechos humanos podría ser irreversible. Regresión cultural que, en cada escalón descendente, nos va dejando cada vez más aislados y aisladas de nuestros propios pares, de nuestro propio pueblo.

Sin embargo, las enormes movilizaciones en defensa de la igualdad de género y de la educación pública, pero sobre todo, la creciente masividad de la marcha por el 24 de marzo, verdadera anomalía argentina que convierte a la declaración universal de los derechos humanos en una verdadera bandera de lucha popular, nos impide resignarnos a la derrota anunciada. El actual desafío histórico no es sencillo, nunca lo es. Pero si lográramos impulsar un nuevo instrumento político que se proponga asumir de frente la verdadera batalla cultural en curso, sin reeditar la falsa dicotomía tradicional entre nacionalismo-católico-popular y liberalismo-moderno-burgués, podríamos irrumpir en la política argentina para hacernos cargo de la difícil pero clara demanda de unidad. Un nuevo instrumento político, profundamente democrático y de genuina vocación frentista, que sea capaz de contener y explicar sin evasiones las contradicciones de nuestro propio lado de la grieta. Que sea capaz de unir nuestras banderas, sin tratar de anularlas en sus particularidades de fondo, de articular nuestros más diversos proyectos de igualdad social, sin rechazar las discusiones, críticas y tensiones internas. Un instrumento capaz de representar la masividad y pluralidad de todas nuestras movilizaciones en defensa del bien común, para potenciarlas en sus efectos políticos, sin dirigirlas ni subordinarlas a la lógica tradicional de partido único. En términos culturales, un instrumento que no pretenda unificar por la fuerza nuestra marcha por el 24 de marzo, sino que la defienda globalmente en todas sus variantes y significados, frente a un gobierno que no distingue nuestras diferencias y que nos desprecia a todos y todas por igual. Si con este instrumento lográramos interpelar a los amplios sectores que hoy repudian la política antisocial de Cambiemos sin sentirse representados por las identidades políticas tradicionales, los actuales partidos de la fragmentada oposición progresista, populista o de izquierda, podrían verse obligados a considerar esta alternativa frentista como una necesidad.

Para ello, el principal eje político deberá ser la defensa irrestricta de los derechos humanos. En primer lugar, por el lugar que ocupan los pañuelos blancos en nuestra identidad cultural, único eje de verdadero contenido histórico que es capaz de convocarnos por encima de las diferencias ideológicas para la defensa de todas nuestras demandas igualitarias del presente: educación y salud pública, trabajo digno y democracia sindical, transporte público y vivienda, agricultura familiar y medioambiente, igualdad de género y libertad sexual, reforma judicial y seguridad democrática, soberanía nacional, integración latinoamericana y solidaridad internacional. Pero también, por su enorme potencialidad revolucionaria. Situados en los bordes de la modernidad que, en su versión capitalista, los violenta sistemáticamente, los derechos humanos contienen en su interior la posibilidad de articular nuestros más diversos proyectos políticos de igualdad futura.

No nos mueve la ambición sino la necesidad vital de defender nuestra propia identidad amenazada. Nuestra arma principal es la dignidad conmovedora que en cada marcha nos transmiten nuestras Madres y Abuelas de la Plaza. Porque los pañuelos no se manchan. Y porque el pueblo, nuestro pueblo, siempre las abraza.

Federico Nacif

Buenos Aires, 24 de Marzo de 2017

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Un comentario en “24 de Marzo de 2017: la verdadera grieta argentina o cómo derrotar a Macri

  1. Gustavo

    Una visión íntegra y emocionante que nos pone de frente al hierro caliente de la propia existencia y al valor unívoco de ésta en nuestro tiempo. Ineludible y sabio artículo, un unicornio azul, que no debe desaparecer,sobre todo de nuestra conciencia. Un sol encendido .

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