80 años de la revolución española: lecciones del pasado, tareas del presente

 

Han pasado ya 80 años de la revolución española y todavía sus ecos se nos hacen presentes. Se siguen publicando libros y estudios, se continúa novelando sobre los acontecimientos y es una fuente de lecciones para la actividad política de quienes quieren cambiar el mundo. Cierto que ha pasado mucho tiempo, pero diría que ahora se recuerda más y sobre todo mejor. Se han ido levantando muchos velos impuestos por una tergiversada e interesada interpretación dada por el estalinismo y también por lo que la transición del franquismo quiso ocultar. Muchas cosas han cambiado, pero los procesos revolucionarios son la expresión de una crisis profunda de la sociedad y de un alto nivel de lucha de clases de los que las generaciones posteriores podemos aprender.

El 18 de julio de 1936 un golpe militar fascista intentó derrocar a la Segunda República. El día siguiente, una fenomenal movilización popular se enfrentaba al “alzamiento”. En Homenaje a Cataluña el escritor George Orwell define el carácter de la revolución: “Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas…En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientes miraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniosas del lenguaje habían desaparecido… A lo largo de las Ramblas, la amplia arteria central de la ciudad constantemente transitada por una muchedumbre, los altavoces hacían sonar canciones revolucionarias durante todo el día y hasta muy avanzada la noche. El aspecto de la muchedumbre era lo que más extrañeza me causaba. Parecía una ciudad en la que las clases adineradas habían dejado de existir”. Más o menos, así era en toda Cataluña y en las zonas de España en las que obreros y campesinos se hicieron dueños de la situación para enfrentarse al golpe militar fascista.

Para explicar la crisis española hay que enmarcarla en la crisis capitalista general que estalló con el crack de la Bolsa de Nueva York en 1929. En muy pocos años se concentraron acontecimientos decisivos de la lucha entre la revolución y la contrarrevolución. Frente al triunfo del fascismo en Italia y del nazismo en Alemania, el proceso revolucionario en España se alzó como la posibilidad de un cambio en la tendencia histórica.

La Monarquía española arrastraba una profunda crisis política y social que la crisis capitalista mundial aceleró y la acción de las masas determinó.

En 1931 se proclama la República. El Rey huye después que las candidaturas republicanas ganen las elecciones municipales.

En 1933 las derechas ganan las elecciones y se inicia el llamado “bienio negro” con persecución de las organizaciones de izquierda.

En octubre de 1934 se produce un levantamiento obrero y popular, la Comuna de Asturias, y una huelga general en Cataluña. Son duramente sofocadas.

En febrero de 1936 gana las elecciones el Frente Popular (una alianza entre los partidos obreros y los de la pequeña burguesía)

El 18 de julio de 1936 los militares inician el golpe de Estado. En buena parte del país las masas salen a la calle y se inicia un proceso revolucionario y la guerra civil que durará hasta 1939. En las zonas donde se derrota a los militares se toman medidas revolucionarias. Se constituyen comités, se colectivizan empresas y transportes, se forman milicias de defensa, los campesinos ocupan las tierras, se forman columnas militares para combatir a los fascistas… Entre las izquierdas se debate sobre si hay que ganar la guerra antes que hacer la revolución o si sólo avanzando en la revolución se podrá ganar la guerra. O sea, si hay que mantener el estado burgués o profundizar la revolución.

En Mayo de 1937 estalla el enfrentamiento en Barcelona entre los partidarios de una u otra opción, por un lado los anarquistas y el POUM y por el otro el PSUC y Esquerra Republicana.

En abril de 1939 los militares fascistas ganan la guerra y se inicia la larga noche del franquismo. Centenares de miles de personas tienen que irse al exilio y otras tantas son detenidas y/o fusiladas.

La guerra y la revolución

La reacción popular frente al golpe militar dejó al estado burgués al desnudo. Los cuadros del ejército, la Iglesia, la mayoría de la burocracia estatal, los capitalistas… o se pasaron directamente al lado de los golpistas o huyeron. La república (burguesa) había sido superada por los acontecimientos, ya no era útil para las clases poseedoras, pero tampoco para las clases populares… a no ser que alguien quisiera salvarla. Y eso se dedicaron, no sólo los partidos republicanos de la pequeña burguesía sino también los socialistas y el Partido Comunista, ya en esa época en manos del estalinismo.

No hay paréntesis en la lucha de clases, o se mira hacia delante o se echa la vista atrás. Uno de los principales argumentos para recomponer el estado burgués fue el de que primero había que ganar la guerra al fascismo y luego ya se continuaría la revolución. En la práctica se hizo más para debilitar la revolución que para ganar la guerra. No era una simple lucha de ideas sino una expresión de la lucha de clases en el bando republicano, entre quienes querían el triunfo de la revolución social y quienes defendían el mantenimiento de la república burguesa.

Andreu Nin, dirigente del POUM que fue asesinado por los estalinistas, lo discutía en un mitin en septiembre de 1936: “Se nos dice que ahora tenemos un objetivo inmediato: la lucha en los frentes; primero hay que ganar la guerra, y después ya veremos. Estas dos cuestiones no se pueden separar, no se pueden desligar. Las guerras se ganan no solamente desde el punto de vista técnico. Desde el punto de vista técnico, por la superioridad del armamento y por la disciplina, los militares tendrían que haber vencido el día 19 de julio: ¿Por qué no vencieron? Porque nosotros teníamos aquello que los militares no tenían, la fe y la esperanza en una sociedad nueva, contra aquellos elementos que luchaban por una sociedad condenada a desaparecer irremediablemente”

De una forma u otra, este problema se plantea a menudo. Suele ser la antigua pero siempre actual polémica entre reformas y revolución. Conquistar reformas, políticas, sociales, de condiciones de trabajo, es siempre necesario mientras se van reuniendo fuerzas en la lucha contra el capitalismo, pero es cosa distinta limitarse a las reformas manteniendo el actual sistema que luchar por reformas mientras se preparan las condiciones para un movimiento revolucionario.

Más lamentable fue en la España de 1936. Había una revolución en marcha, había que profundizarla hasta la victoria. Así se podría vencer al fascismo. Sin duda que para ganar una guerra se necesita armamento, disciplina y organización, pero más importante aún es el programa social de los combatientes. Los campesinos podían luchar para repartir la tierra expropiada a los terratenientes, los obreros para gestionar y socializar las fábricas, las mujeres para conquistar sus derechos, etc. De esa manera el pueblo podría imponerse a los militares fascistas. Pero se impuso, no sin una dura lucha y la represión que desencadenó, como durante las Jornadas de Mayo del 37, la idea de que la guerra debía pasar por delante, y así, se derrotó la revolución y se perdió la guerra.

¿Es actual la revolución?

Se podría hacer un cierto paralelismo entre la situación del capitalismo en los años 30 y la actual. Son muchos los analistas y economistas que han comparado la crisis que se abrió en el 2008 con el crack de 1929. No hay duda que la crisis capitalista ha arrojado al paro a millones de personas, la desigualdad se extiende y agudiza por todo el mundo, que el racismo y la xenofobia crecen, que en los países más desarrollados aparecen expresiones políticas de extrema derecha… No se trata de establecer paralelismos formales sino de apreciar en qué sentido la actual crisis capitalista puede generar el surgimiento de movimientos revolucionarios.

La revolución es actual en la medida que la crisis agudiza las contradicciones sociales y que es incapaz de resolver las necesidades de la mayoría de la población.  Otra cosa es su proceso de maduración, la expresión de procesos políticos correspondientes y la preparación de las condiciones necesarias para ese momento. A diferencia de los años 30, lo que hoy podemos apreciar es un retraso del movimiento obrero, de su conciencia y organización, y una crisis de las izquierdas para responder a los problemas que plantea la actual crisis.

La dirigente anarquista, Federica Montseny, lo expresó así: “(el golpe militar) ha tenido como consecuencia adelantar la revolución que todos ansiaban, pero que nadie esperaba tan pronto”. Una crisis política, una movimiento de huelgas, una protesta generalizada…puede desencadenar procesos revolucionarios. La cuestión es tener propuestas políticas y alianzas políticas y sociales para prepararlos.

Como la revolución española mostró, la acción de las masas trabajadoras es la base sobre la que sostener cualquier cambio político, pero la acción no es suficiente, se necesita un programa, unos objetivos, una organización, unos cuadros políticos, una confianza entre las masas y sus organizaciones. No es el caso hoy en día. Muchas de ellas están desprestigiadas o no están a la altura.

Las contradicciones de clase subsisten y se han visto agudizadas de forma exponencial por la crisis del 2008, sin embargo la expresión de las necesidades de la población trabajadora necesita concretarse en una plataforma clara y, más importante aún, en una alternativa clara. La “crisis de las izquierdas” tiene mucho que ver con ello.

Emancipación nacional

Otro de los problemas claves del proceso revolucionario español fue el de las nacionalidades. España está configurada por distintas naciones con distintas lenguas, Cataluña, País Vasco, Galicia y la propia España. El endémico atraso español no logró configurar una única nación sino que construyó un estado sobre la supeditación y opresión de otras naciones. En los años 30 el movimiento nacional catalán estaba en pleno auge, la libertad republicana facilitó el desarrollo del movimiento vasco y el gallego. El  mismo día que se proclamaba la república de 1931, en Barcelona se proclamaba la república catalana formando parte de la república federal española. Era una forma de expresar el derecho de Cataluña a formar un estado y aliarse con el resto del estado español. Sin embargo, el gobierno central de Madrid lo impidió y obligó a echar atrás la decisión. Posteriormente, se acordó un Estatuto de Autonomía que estaba muy lejos de las aspiraciones del pueblo catalán. En 1934, ante la amenaza de anular el Estatuto se volvió a proclamar la República Catalana. Otra vez, el gobierno central de Madrid, en ese momento dirigido por la derecha, no sólo anuló esa proclamación sino que encarceló al gobierno de Cataluña, presidido por Lluís Companys.

La revolución y la guerra plantearon el problema de forma distinta. Durante unos meses las fuerzas obreras determinaron los acontecimientos. Posteriormente, el gobierno catalán ejerció “casi” plenamente sus derechos en la gestión de Cataluña, pero conforme avanzaba la guerra fue perdiendo peso y de nuevo el gobierno republicano central fue anulando sus prerrogativas. La victoria del franquismo se hizo especialmente cruel y represiva en Cataluña y el País Vasco, prohibición de la lengua, persecución de cualquier atisbo de cultura nacional, etc.

Pero los problemas no resueltos acaban reapareciendo. Durante el franquismo la lucha nacional en el País Vasco y en Cataluña estuvo a la cabeza, junto al movimiento obrero, en la lucha por acabar con la dictadura y conquistar las libertades. Como tampoco se resolvió durante la transición, ahora mismo la lucha por el derecho a decidir y la independencia en Cataluña está a la cabeza de la movilización social por cambiar las cosas en el Estado español, en este caso por conquistar su derecho a la autodeterminación y a decidir libremente su relación con el resto de pueblos. Podemos afirmar que tras 80 años de la revolución española muchos de los problemas que tuvo que afrontar siguen bien vivos. No puede haber un movimiento emancipador sin la defensa práctica del derecho de las naciones a su autodeterminación

Marruecos

España nunca fue una potencia colonial después de perder sus posesiones en América y Filipinas. En los años 30 solo una parte del norte de Marruecos y algunas otras pequeñas posesiones africanas estaban en sus manos. El ejército español, que desde el siglo XIX siempre fue derrotado excepto cuando tenía que reprimir a su propio pueblo, tenía una parte importante de su base en la colonia marroquí. Franco y los suyos supieron aprovechar esa circunstancia para arrastrar a oficiales y soldados y a buena parte de las tropas marroquíes.

Frente a este problema el gobierno de la república actuó también negligentemente. En vez de buscar apoyo en el pueblo que se oponía a la presencia española, existía un potente movimiento contrario a la colonización, apenas hizo nada y lo poco que hizo fue para mantener a Marruecos como colonia.

El revolucionario anarquista italiano Camillo Berneri lo denunció en su periódico: “La base de operaciones del ejército fascista se halla en Marruecos. Debemos intensificar la propaganda a favor de la autonomía marroquí en todos los sectores de influencia islámica. Madrid debería hacer declaraciones inequívocas proclamando el abandono de Marruecos y la protección de la autonomía marroquí”. Lo único que hizo el gobierno de la república fue ofrecer a Francia y Gran Bretaña una modificación en la situación del norte de Marruecos a cambio de que presionaran a Italia y Alemania. Ni siquiera obtuvo respuesta. El gobierno despreció la posibilidad de encontrar un aliado contra los fascistas en el movimiento anticolonialista marroquí. La independencia de las colonias, lo que hoy sería una política antiimperialista, es condición básica para todo proceso emancipador.

En el 2016

Es deber de los luchadores y luchadoras saber analizar la situación que les toca vivir para saber como enfrentarse a los enemigos de los derechos y las reivindicaciones de la población trabajadora. Sin duda que la situación de España, o de muchos otros países, es bien diferente, pero los problemas de la táctica y la estrategia revolucionaria suelen ser bastante parecidos. Es un arte lograr interpretarlos correctamente.

Como una expresión de la crisis política y social que se vive en España, probablemente este aniversario haya sido uno de los que más se han conmemorado. Los denominados Ayuntamientos del cambio, como el de Barcelona, con la alcaldesa Ada Colau al frente, en Pamplona, Vitoria… han organizado actos oficiales. Es la primera vez que ocurre. Es una expresión del cambio iniciado en muchas ciudades. La exigencia de reconocer la memoria histórica, la cada vez mayor popularidad de los valores republicanos que se entrelazan con la potencia del movimiento independentista catalán, o el vasco y el gallego, la cada vez mayor desigualdad social debido a la crisis y a las políticas del Partido Popular, la pérdida de derechos… la suma de muchos conflictos, de diferentes crisis, pide paso para un cambio político y social. La historia no está escrita. Depende de los hombres y mujeres que luchan. Las lecciones de la anterior revolución pueden ser muy útiles para organizar los cambios que se necesitan.

 

Fuente:  www.sinpermiso.info,

 

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