Angola. Tras el cambio de mando. Renovación en la continuidad

José Eduardo dos Santos, quien armó una estructura de poder y riquezas alrededor de su familia, ve con resignación cómo su partido, el Mpla –que gobierna desde hace más de 40 años– y su sucesor, João Lourenço, la están deshilachando. El nuevo presidente y hombre de aparato promete terminar con la corrupción pero también liberalizar la economía del segundo país petrolero de África.

Lo que está sucediendo en Angola actualmente tiene no pocos puntos de contacto con lo que pasa en Zimbabue: un dirigente todopoderoso entronizado en el poder hace 38 años, protagonista de las luchas anticolonialistas y que ejerció el gobierno apoyándose en un clan –político y familiar–, está abandonando la escena política en el marco de una transición dentro de los límites del “sistema”. En Harare la transición se está dando a partir del desplazamiento del antiguo hombre fuerte Robert Mugabe, un movimiento iniciado por un golpe de Estado incruento, seguido de una corta prisión domiciliaria del líder y culminado con su renuncia–; en Angola, el presidente José Eduardo dos Santos ya había pasado la posta a un fiel entre los fieles que no resultó serlo tanto, João Lourenço, que ganó las elecciones de agosto último y comenzó a apartar de las estructuras de poder a los integrantes del clan familiar. Así como Mugabe hubiera querido colocar en su lugar a su esposa Grace, Dos Santos hubiera deseado ser sucedido por alguno de sus hijos. Grace, apodada “Gucci” por su gusto enfermizo por el lujo y la ostentación, había trepado en el aparato del partido gobernante, y su viejo (93 años) y enfermo Robert le había abonado el camino para que llegara a remplazarlo, pero la vieja guardia del Zanu-PF, el partido gobernante, que estaba siendo dejada de lado, reaccionó y designó a uno de los suyos, el ex vicepresidente Emmerson Mnangagwa, despedido por Mugabe dos semanas antes, para que tomara las riendas del gobierno. Mugabe perdió el liderazgo del Zanu-PF y terminará probablemente sus días confinado en su casa, “venerado por lo que representó en el pasado”, según dijo uno de los jefes del ejército que protagonizaron esta revolución de palacio. “Gucci” Grace fue a su vez expulsada del partido y tal vez sea objeto de juicios por corrupción.

En Luanda, Dos Santos, 19 años más joven que Mugabe pero también enfermo, está viendo con resignación cómo Lourenço y su partido, el Movimiento Popular de Liberación de Angola (Mpla) –triunfador en 1975 de la guerra de independencia contra Portugal, 25 años más tarde de una guerra civil contra movimientos armados respaldados por Estados Unidos y la Sudáfrica del apartheid, y por abrumadora mayoría en las elecciones parlamentarias que se han ido sucediendo–, está apartando del poder a su clan.

En Zimbabue, un país surgido de la antigua Rodesia pro apartheid y gobernado desde su origen por un partido como el Zanu-PF, que se definía como socialista, lo que se viene, se dice, son reformas liberalizadoras –en lo político y en lo económico–, una ofensiva contra la corrupción enquistada en las estructuras de gobierno y contra la familia Mugabe, y una apertura al capital extranjero ávido de hacerse de las grandes riquezas mineras del país.

En Angola, donde un partido (el Mpla) que se definía como socialista ejerce el gobierno desde hace más de 40 años, lo que se viene, se dice, son reformas liberales, una ofensiva contra la corrupción enquistada en las estructuras de gobierno y contra la familia Dos Santos, y una apertura al capital extranjero, ávido también de apropiarse de las grandes riquezas mineras del país. Vaya, vaya.

Si Grace “Gucci” Mugabe hace gala de su poder, a Isabel dos Santos la apodan “Princesa”, tanto por su riqueza como por su discreción. Forbes, la revista de negocios estadounidense que cada tanto establece un ranking de los más ricos del mundo, afirma que la hija de 44 años del ex presidente José Eduardo dos Santos es la mujer más adinerada de toda África. Según Forbes, tendría una fortuna superior a los 3.000 millones de dólares, repartidos entre sus negocios en las industrias de energía, la minería (sobre todo los diamantes, segunda fuente de ingresos del país), las telecomunicaciones, los bancos, la distribución, la construcción, el arte. Es propietaria también de varios restaurantes en Luanda y de muchas, muchas casas en la capital angoleña, Londres, Lisboa, Suiza…

En 2016 José Eduardo dos Santos colocó a Isabel al frente del consejo de administración de la Sonangol, la compañía que gestiona la industria petrolera, y tres años antes a su otro hijo, José Filomeno de Sousa dos Santos, como presidente del Fondo Soberano, el organismo encargado de invertir las regalías provenientes del petróleo. Así José Filomeno le encargó a uno de sus mejores amigos gestionar casi la totalidad de los activos de dicho fondo (alrededor del 85 por ciento). Un muy buen negocio para el suizo-angoleño Jean-Claude Bastos, quien según datos de los Paradise Papers que reveló la Bbc, cobró 41 millones de dólares en dividendos, a través de diversas empresas suyas en paraísos fiscales.

“Un solo presidente”

Cuando asumió la presidencia, a fines de setiembre, tras ganar las elecciones parlamentarias con algo más del 61 por ciento de los votos (en Angola el líder del partido más votado se convierte automáticamente en jefe de Estado), (1) João Lourenço dijo que la lucha contra la corrupción y la concentración del poder sería una de sus prioridades. Opaco, sin gran carisma, hombre de aparato (características que también lo acercan al zimbabuense Emmerson Mnangagwa), Lourenço no era visto como alguien que tuviera las agallas para enfrentarse al clan Dos Santos, a pesar de que poco antes de la elección había asegurado que “Angola no tendrá dos presidentes”. Sin embargo, apenas un mes después de llegar al poder destronó a Isabel de la Sonangol y colocó en su lugar a Carlos Saturnino, un hombre de su total confianza que había hecho carrera en la empresa y había sido despedido por la hija del ex presidente. No sólo la sacó de la compañía petrolera. También anunció que terminaría con los monopolios de varias empresas, la mayoría controladas por el clan Dos Santos, como la cementera Nova Cimangola, en cuyo consejo de administración figura el esposo de Isabel, el congoleño Sindika Dokolo, conocido por frecuentar a magnates orientales y otras gentes con glamour. No se sabe aún si mantendrá o no a José Filomeno dos Santos en la dirección del Fondo Soberano, pero en todo caso decidió remplazar a varios de los ministros del anterior gobierno, considerados muy cercanos al ex presidente, acusados de diversos actos de corrupción. “Los cuadros del partido esperan cambios drásticos en la gestión. Hay un creciente descontento en el país con la manera de ejercer el poder del clan Dos Santos y su acaparamiento de las riquezas nacionales”, dijo al diario francés Le Monde (28-VIII-17) Nuno de Fragoso Vidal, un investigador especializado en el Mpla. Están hartos, esos cuadros del partido, de que mientras la economía nacional se desploma, producto de la caída de los precios del petróleo, un recurso que aporta la casi totalidad de las divisas que entran a Angola y tres cuartas partes de los ingresos fiscales, las arcas del clan Dos Santos y de sus más cercanos colaboradores no paren de crecer.

En aquel discurso previo a las elecciones de fines de agosto Lourenço también había afirmado que él será el hombre de la “tercera era de la Angola libre”, luego de la encarnada por Agostinho Neto, el médico y poeta que condujo la lucha anticolonialista y fue el primer presidente del país independiente hasta su muerte, en 1979, y de José Eduardo dos Santos, que lo sucedió. “Neto conquistó la independencia, Dos Santos nos dio la paz y mi misión será mejorar la economía”, proclamó Lourenço.

Tercera era

Al mismo tiempo que decidía el despido de Isabel dos Santos de la Sonangol, Lourenço se contactaba personalmente con los representantes de las grandes trasnacionales petroleras ya presentes en Angola (Total, Chevron, Exxon Mobil, Eni) para ofrecerles mejores condiciones para sus inversiones y más ventajas operativas. También anunciaba mayores facilidades para la inversión extranjera en la agricultura, el turismo, la pesca, la minería, la infraestructura vial. “Vamos a trabajar para crear un buen ambiente de negocios”, declaró semanas atrás. Y agregó: “Vamos a estudiar la posible privatización de aquellas empresas estatales que son pesos muertos para el país, que no son rentables, que le están costando mucho dinero a las arcas del Estado. El Estado no puede ocuparse de todos los ciudadanos. Por eso apostamos al sector privado, que es la solución al grave problema del desempleo”. Todo un programa.

Hace ya mucho tiempo que Angola abandonó el camino de la búsqueda de una alternativa al capitalismo. El Mpla, que hasta la implosión de la Urss, su principal aliado, mantenía una definición “marxista leninista”, luego la abandonó y adhirió a la Internacional Socialista.

Según consigna Le Monde, el recorrido del nuevo presidente de Angola podría ser el de un cuadro ejemplar del Mpla: combatió al colono portugués, se formó en la Unión Soviética, peleó codo a codo con los cubanos contra la guerrilla de la Unita financiada por Estados Unidos y el régimen racista sudafricano, y al término de la guerra, en 2002, se dijo partidario de “construir sobre nuevas bases” un país con una economía en ruinas y un territorio plagado de minas que había que desmontar. Tuvo la suerte de estar al margen de la era de la plata dulce que siguió al boom petrolero: a fines de 2002, cuando dijo que aspiraba a suceder a José Eduardo dos Santos, fue desplazado y pasó varios años en un discreto segundo plano, del cual salió recién en 2014, cuando fue designado ministro de Defensa. A ese relativo ostracismo le debe, afirma Le Monde, que no cargue con la mochila de la corruptela que pesa sobre la dirección del Mpla y el círculo áulico del clan Dos Santos.

La doble cara del oro negro

Segundo productor de África, detrás de Nigeria, el petróleo fue la salvación del país al término de la guerra contra la Unita, una época en la que los precios del oro negro estaban por las nubes, a más de 110 dólares el barril. Angola extrajo y extrajo: unos 1,8 millones de barriles al día. El petróleo inyectó divisas y la economía creció a tasas gigantescas (entre 10 y 23 por ciento entre 2004 y 2008). Pero fue también la base de una corrupción generalizada y el motivo de que Angola no desarrollara ningún otro sector de su economía: teniendo un clima privilegiado que favorece los cultivos agrícolas y abundante pesca, el petróleo se lo llevó todo. Y la “familia presidencial” y sus amigos, y algunos cuadros del partido y de las fuerzas armadas, se apropiaron de los petrodólares que inundaron el país. Fue en ese período que el clan Dos Santos consolidó su telaraña de poder y que una elite súper poderosa aumentó su control sobre la economía y profundizó su distanciamiento de los sectores populares. La angoleña se convirtió en una de las sociedades más desiguales del continente africano, e incluso del mundo; y su capital, Luanda, en la que brotaron por un lado barrios privados y residencias de lujo, centros comerciales y torres y rascacielos, y por otro lado asentamientos sin agua ni electricidad, poblados por cada vez más gente, en su vitrina más espectacular. En 2009 Luanda desplazó a Tokio de la condición de capital más cara del mundo. “Todas las megaobras, incluidas autopistas de cuatro, seis y ocho vías, de la ciudad, fueron construidas por empresas chinas escasamente preocupadas por saber los orígenes de los fondos –señala Le Monde–. Cerca del 30 por ciento de los costos de construcción terminaron en los bolsillos de los poderosos. La corrupción, tan salvaje y extrema como el capitalismo angoleño, se convirtió en regla”, y el país devino un “El Dorado para los aventureros de todo tipo”.

Un estudio de la Universidad Católica de Angola citado por el vespertino parisino destaca que entre 2002 y 2015 unos 189.000 millones de dólares de capitales angoleños terminaron en paraísos fiscales o en circuitos financieros opacos de países occidentales. Paralelamente, el grueso de la población se fue hundiendo en la miseria. Hoy Angola tiene una de las tasas de mortalidad infantil más elevadas del mundo, ocupa el lugar 148 según el índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas (sobre 186 naciones consideradas), 70 por ciento de sus habitantes sobrevive con menos de dos dólares por día, la industria prácticamente no existe, los alimentos en buena parte se importan. “La Angola actual es un país con algunos ricos que no quieren compartir sus riquezas ni trabajar”, señala el economista Carlos Rosado de Carvalho, director de la revista Expansão.

La crisis ha llegado a tal grado que decenas de miles de obreros chinos, que llegaron en el marco de un acuerdo de intercambio de “petróleo por infraestructuras” suscrito entre Pekín y Luanda, lo han abandonado porque el desplome del oro negro impide que la ecuación funcione. China ya no hace tantos negocios con Angola, y el Fmi está volviendo por sus fueros, “sugiriendo” sus recetas tradicionales, que van más allá de las propuestas del nuevo presidente, como la privatización total de las empresas estatales, el despido de funcionarios, recortes aún más profundos en los ya magros programas sociales para reducir una deuda pública que supera el 70 por ciento del Pbi y un déficit fiscal de más del 6 por ciento.

En el Mpla no todos se reparten entre los partidarios de la “renovación en la continuidad” preconizada por los afines a Lourenço, o la continuidad sin matices que defienden el clan Dos Santos y la elite de burócratas y empresarios que lo acompaña. Un sector preconiza una vuelta a los orígenes socialistas del partido. Pero es pequeño, muy pequeño.

Nota

1) El Mpla perdió 25 escaños respecto de las anteriores elecciones de 2012, aunque ganó en votos, una contradicción que se explica por un aumento de la participación, que pasó del 63 al 76 por ciento. El partido que más creció fue el derechista Unita, que duplicó sus escaños, llegando a los 51, con 26,5 por ciento de los votos.

 

Fuente: Brecha.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.