A un año del macrismo, resistencias y luchas populares

Ernesto Torres. Periodista y militante comunicacional en medios alternativos y organizaciones sindicales, como la de Aceiteros, entre otras. Responde la Encuesta a título estrictamente personal.

¿Cuáles fueron las principales luchas de este año y qué características y/o potencialidades tuvieron?

Es difícil señalar con claridad qué luchas fueron “las principales”, porque en primer lugar eso está marcado por la subjetividad del lugar del espectador, por eso, mi respuesta va en función de mi lugar de participación e interés en las luchas de la clase obrera.

En ese sentido, hubo una constelación de conflictos marcados en buena medida por la política muy agresiva de ajuste neoliberal del gobierno de Macri, en particular en torno a dos ejes: 1) los despidos impulsados desde el primer momento por el Estado nacional, que funcionaron como una señal hacia el mundo empresario de que la actual gestión habilitaba cesantías y suspensiones, en el marco de una política antiobrera que apunta a la destrucción generalizada de derechos sindicales y laborales y donde se inscriben otras ofensivas, como la “ley de primer empleo” y otras iniciativas flexibilizadoras, la re-reforma de la ley de ART y el ataque contra la justicia laboral, entre otras; y 2) los aumentos brutales en energía, agua y transporte.

La respuesta a esta ofensiva antiobrera, con el puntapié de la ola violenta y arbitraria de despidos ordenados por esa entidad grotesca -no la llamemos kafkiana para no darle un lustre literario que no se merece- inventada por el macrismo denominada Ministerio “de Modernización”, se dio a principios de año de múltiples maneras: desde los paros y la resistencia de los estatales de ATE, tanto la conducción de la verde nacional como expresiones concretas de izquierda combativa como las comisiones internas de los Ministerios de Trabajo y Economía, que alcanzaron en un momento una expresión de unidad importante; una miríada de conflictos puntuales por destrucción de puestos de trabajo, desde los ceramistas de la empresa San Lorenzo a los trabajadores de prensa de todo el país pero particularmente en CABA con la conducción del nuevo sindicato SiPreBA a la cabeza, el cierre de Ar Zinc que generó un paro en el cordón industrial del Gran Rosario, otros conflictos regionales muy importantes con sus características de respuesta al ajuste como la gran lucha en Tierra del Fuego, etcétera.

Es imposible enumerarlos a todos, pero la rapidez en la que se sucedieron estos hechos, velocidad que es en sí misma un síntoma de violencia gubernalmental, generaron expresiones de resistencia y malestar, que llevaron a instalar en la agenda pública, como reclamo de mínima, la necesidad de frenar los despidos. A pesar de la cortina mediática cada vez más cerrada, esta demanda terminó por imponerse por su propio peso. Un punto de inflexión fue la convocatoria unificada de todas las centrales obreras -aunque Barrionuevo jugó a las escondidas a último momento- el pasado 29 de abril. De esa movilización surgió el impulso que terminó concretándose en la forma de una muy limitada Ley de Emergencia Ocupacional, no retroactiva, que fijaba la doble indemnización por 180 días, y que fue inmediatamente vetada por Mauricio Macri.

A partir de ese momento el gobierno reaccionó bajando un tanto la intensidad y velocidad de su política de destrucción de puestos de trabajo, con el objetivo de mantener la “gobernabilidad” (este concepto neoliberal de gobernanza, la capacidad de mantener pasivos a los pueblos mientras se los golpea) ayudado por la colaboración de diversos sectores, no menor la pausa e inacción ante el veto de parte de la conducción de las tres CGT que se limitó a reorganizarse internamente y le regaló meses de calma al gobierno, hasta que finalmente la central sindical concluyó su proceso de reunificación y se dispuso a negociar en otros términos, sumándole a su renovada capacidad de realizar o no medidas de fuerza, una serie de reuniones que plantearon acuerdos a distintos niveles, con movimientos sociales, mano vaticana mediante, sectores patronales y representantes de partidos políticos. Básicamente en esos meses la CGT buscó consolidarse como poseedor de la llave de la “paz social” ante el gobierno, algo que logró con cierto éxito, al obtener junto a los movimientos sociales “vaticanos” una serie de concesiones y acuerdos. La “paz social”, otro concepto asociado a la “gobernabilidad” neoliberal, no está sin embargo del todo asegurada. Los conflictos estallan en distintos niveles y sectores, sin embargo sí parece estar asegurada en el muy corto plazo (¿desde este diciembre hasta marzo?), mediante el rol antes descripto de CGT e importantes movimientos sociales, su fragmentación y por ende su incapacidad de generar una crisis más profunda al poder político y económico en lo inmediato.

Todo esto es circunstancial y precario, sin embargo. La lumpenburguesía parasitaria que se encuentra al mando del Estado en el presente es particularmente inoperante y no deja de generar conflictos adicionales a los “esperables” en el desarrollo de un ajuste neoliberal como el emprendido. A la violencia-intensidad-velocidad con la que desarrollaron una serie de medidas en el primer semestre, le ha sucedido un estancamiento matizado con expresiones claras de desconcierto debido a los efectos de su política de transferencia de recursos, empobrecimiento, recesión, combinado con contradicciones internas como por ejemplo entre los funcionarios responsables de conducir la economía, y adicionalmente, sus propios torpes continuos errores. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en el punto 2 de la presente respuesta), el tarifazo, llevado adelante con -una vez más, pocas veces vista- prepotencia, codicia y profundo desprecio hacia el conjunto de la población, que despertó una importante resistencia en diversos sectores, populares y no -como parte del empresariado- y cuyos efectos, políticos y económicos, están aún por verse y evaluarse, tanto en nivel de malestar social como en continuo alimento de la inflación y aumento de precios -más transferencia de la riqueza hacia los sectores concentrados- y en generar nuevas y más profundas rupturas dentro del ya no cerrado apoyo del poder económico hacia el gobierno macrista.

La respuesta popular al tarifazo se incluye pues entre los principales conflictos de este año. En parte se expresó como contrucción popular desde un amplio conjunto de organizaciones populares, algunas más o menos autónomas, otras ligadas a organizaciones partidarias de izquierda y otras ligadas al kirchnerismo que busca volver al poder. La intensidad de la protesta no se explica por ninguna dirección política sino que estuvo a cargo de la sociedad en general, en parte por el mismo ciudadano de a pie que caceroleó agitado por el grupo Clarín en años anteriores y que había votado a Macri.

El impacto, los efectos políticos y sociales del malestar de las facturas con aumentos llegando a los hogares está, debido a estos retrocesos forzados del macrismo debido a la lucha popular, aún por verse en su real plenitud. El conflicto social que ofrecieron cerrar con su llave los vaticanos de la CGT y movimientos, se puede abrir en parte por este otro carril.

Fuera de estos dos aspectos, una lucha popular donde hay una continuidad importante del año pasado a éste es la visibilidad y consolidación del movimiento de mujeres, que es un proceso de muchos años pero que toma otra dimensión en la agenda pública en 2015, y continúa en el presente año.

 

¿ Qué estrategias para combatir las luchas populares se desplegaron desde el gobierno y el bloque dominante? En qué medida fueron eficaces?

El macrismo como gobierno me resulta particularmente estúpido, aunque cuenta con buenos asesores, ligados al poder económico corporativo trasnacional, a la especulación financiera y al aún actual gobierno norteamericano. Aplicaron una serie de medidas tendientes a reconfigurar la economía hacia un modelo neoliberal un tanto confuso, que combina la reprimarización de la economía, el reempobrecimiento generalizado de la población y el desarrollo de un sector de servicios cuya viabilidad es difícil de visualizar, por no hablar de que el tránsito hacia ese país es ingobernable sin implementar una represión tanto o más salvaje que la de 1976, e incluso así. No hay un modelo o un programa claro en los términos más pragmáticos políticamente que nos queramos plantear. Lo desarrollado hasta aquí parece en lo macro una sucesión de reflejos neoliberales en lo ideológico, combinados con los más bajos instintos de una combinación de plutócratas de la patria contratista, el capital financiero y las transnacionales que están eufóricos y se dedican a rapiñar todo lo que puedan, pero que en la implementación de sus medidas se encontraron con datos de la realidad que los superaron rápidamente. Pensaban gobernar con el control del Estado junto a una cortina mediática cerrada, mano dura y el sector más reaccionario del Poder Judicial. Les funcionó, más o menos, durante cierto tiempo (¿primer semestre?). Los límites de esa política parece que se les empezaron a volver evidentes. Parece que entraron en pánico al acercarse diciembre y ahora a ese esquema inicial le han agregado repartir grandes cantidades de dinero a distintos sectores, financiados con una toma de deuda externa pocas veces vista en la historia. Son medidas con cierta eficacia en el cortísimo plazo, pero generan serias dudas en el futuro cercano, esto es, el año próximo.

 

¿Qué límites, falencias o carencias propias evidenciaron esas luchas populares?

La fragmentación. Desarrollo más en la siguiente.

¿Qué estrategias y formas de construcción deben desplegar las luchas y organizaciones populares de cara al año que viene, que -ademàs- será un año electoral?

“Deben” es una palabra fuerte. Sería muy soberbio si me atreviera a decirle a las organizaciones populares y obreras lo que deben hacer.

Lo que yo creo es que una respuesta genuina desde las organizaciones-espacios-movimientos etc. populares está directamente vinculada a su capacidad de construirse democráticamente. Mientras más transversalmente esas organizaciones se vean atravesadas por instancias democráticas, asambleas, votaciones, elecciones internas, debate político genuino, más ética, escucha y obediencia a las bases de parte de sus dirigentes, más firme y sólida será esa construcción popular; y en este momento, mientras desde muchas bases se demanda lucha, desde muchas conducciones se contiene, se divide, se asusta, se reprime y se fragmenta.

Lo que hemos visto este año es como las dirigencias fragmentan y contienen. Ejemplo: la interna candente que tiene lugar en la CTA Autónoma, divide lo que las bases quieren unir. Para la CTA Autónoma este ha sido un año desperdiciado, donde podría haberse reubicado como espacio de vanguardia para la lucha obrera, y en vez de eso se ha autoparalizado y consumido en una interna de cúpulas, que desmoraliza y divide a sus propios cuadros. Claro que hay responsabilidades y enojos justificados, pero eso no cambia que esta es la realidad hoy de ese espacio.

En otros casos como la CGT, hay un sector mayoritario de su actual conducción que hace rato que ya no ni siquiera vandorista sino que es directa y materialmente empresaria, y prioriza una lógica de acuerdos políticos y económicos, que es oficialista de todos los gobiernos. Hay otro sector, que si se quiere es una burocracia con construcción sindical real, con cuadros, con una práctica de medidas de fuerza, pero que ha estado también sujeta en parte por esta política muy activa de conciliación eclesial que ha jugado este año desde el Vaticano y también han contenido y frenado el malestar y la voluntad de lucha de las bases.

Un párrafo aparte: El retorno de la Iglesia como actor de peso en la política argentina es un dato muy oscuro, que actualiza y renaturaliza el pensamiento mágico, de dominación, conciliador y de aceptación de la obediencia vertical sobre nuestro pueblo.

Otro párrafo aparte, porque si no caemos en generalizaciones falsas: no todas las bases demandan lucha, ni las demandan todo el tiempo. Pero este año el malestar ha sido claramente mayor en este sentido que en el anterior.

Volviendo al problema de la fragmentación desde las direcciones, con otras expresiones pasa algo similar, las organizaciones partidarias que integran el FIT trasladan a todos los ámbitos su propia interna y han intentado traccionar a otros sectores a la misma. Esto ha puesto en riesgo o directamente bombardeado ámbitos e iniciativas potenciales de unidad popular, así han hecho caer el acto obrero que se impulsaba para realizar en Racing a principios de año, cualquier compañero que haya intentado armar una lista clasista de unidad en cualquier gremio del país ha tenido que enfrentar esta interna trasladada a todos los ámbitos de su participación. Los compañeros y compañeras de las distintas organizaciones partidarias de izquierda, particularmente la troskista, tienen una confusión que no pueden resolver entre los intereses de su propia organización y los del conjunto de la clase trabajadora: que no sólo son los mismos, sino que a menudo, en la práctica, terminan siendo contradictorios. La clase obrera no tiene como interés prioritario la proyección electoral de una u otra organización partidaria troskista.

La salida popular y transformadora es la misma a corto y largo plazo: una apuesta a la autoorganización democrática cotidiana y permanente, con humildad, escucha y respeto a la voluntad de las mayorías, sea en la organización sindical, sea la barrial, cualquier otra. Si no está esto en la práctica, es inútil discutir tácticas y estrategias en el corto o largo plazo. Los acuerdos entre dirigentes y cúpulas no son transformadores sin la fuerza y la voluntad popular, están vacíos, son huecos. Son sólo reacomodamientos en la normalidad capitalista, parte del toma y daca de la gobernabilidad neoliberal que la amplia mayoría de los sectores políticos y económicos del país está hoy, a casi quince años del 19 y 20 de diciembre de 2001, preocupadísima por garantizar.

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