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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Uruguay. Aprendiendo de una lucha esencial

08 Sep,2015

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Durante estos días hemos vivido uno de los conflictos más importantes de las últimas décadas. Sin lugar a dudas quedará en la retina de los trabajadores de la educación y los estudiantes organizados como una de las experiencias de lucha más dignas y creadoras del último tiempo. El conflicto no ha terminado. La lucha sigue, en estos precisos momentos están ocupados varios Institutos por sus estudiantes, hay previstas nuevas movilizaciones y nuevos paros. Por lo tanto, es apresurado intentar hacer un balance del mismo. Sin embargo, es posible hacer algunas valoraciones de lo sucedido hasta ahora.

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En primer lugar, es necesario señalar algunos de los hechos gubernamentales que fueron marcando el conflicto. Sería interesante, aunque inabarcable para este artículo, poder reconstruir una genealogía completa de los desencuentros entre los gobiernos frenteamplistas y las demandas históricas del campo popular en materia educativa.

Durante el gobierno de José Mujica los desencuentros con los sindicatos docentes fueron notorios. Los intentos de desacreditación, de desligitimación de los  sindicatos con una retórica campechana, con frases como “las maestras trabajan cuatro horas” y “que vayan a dar clase debajo de un árbol”, indignaron a gran parte de los trabajadores de la educación que coparon de forma masiva las calles aquel 28 de junio de 2013. Posteriormente nos enteramos de cual era el deseo del ex presidente: “juntarse y hacer mierda a esos gremios”. Esa campaña de estigmatización se cristaliza en el gobierno de Tabaré Vázquez, con la designación de una obediente marioneta, reconocida por sus actitudes autoritarias y antisindicales, al frente del Ministerio de Educación. Su tarea: enfrentar a los sindicatos docentes.  Ya se olfateaba el decretazo.

Como es sabido, el plazo para la presentación del proyecto de ley de presupuesto vencía el 31 de agosto. El gobierno ha denunciado que los sindicatos no estaban dispuestos al diálogo y la negociación. Sin embargo, desde comienzo de año todos los sindicatos públicos estaban a la espera de las pautas salariales para comenzar esa negociación. Después de varios amagues, el gobierno las comunica el 7 de agosto y recién el 17 de agosto se convoca a la primera instancia de negociación de la rama de la educación pública, dejando tan solo dos semanas para la negociación con los sindicatos.

El 21 de agosto se realiza la primera propuesta salarial. Tres días después de esa propuesta -que pudo ser discutida solo por la Fenapes- el gobierno decreta la “esencialidad”. Insisto, el viernes 21 presenta su primera propuesta y el lunes 24 decreta la esencialidad. Un fin de semana de por medio y en el cual solo Fenapes tenía prevista una asamblea general. ¿Dónde está el margen para estudiar la propuesta y proponer modificaciones? Es decir, ¿dónde está la voluntad de negociación?

Del lunes 24 al lunes 31 de agosto todo el debate público sobre el presupuesto educativo giro en torno a la esencialidad. El 31 de agosto al mediodía se levanta el decreto y dos horas más tarde se reinicia la “negociación”. El gobierno presenta prácticamente la misma propuesta inicial, pero con un aditivo: “si no aceptan el aumento salarial propuesto, no les damos nada”.

Resumiendo, los días de negociación fueron del 17 al 21 y a la instancia del 31 se fue con una propuesta a tomar o rechazar, no a negociar. En síntesis, hubo tan solo cinco días y dos instancias de negociación para definir el salario de los trabajadores de la educación pública para los próximos dos años.

¿Maniobra o error político?

Mucho se ha discutido en estos días sobre si la imposición del decreto fue una intención deliberada del gobierno para distraer y descentrar el tema fundamental. Parecería que así fue. El único sindicato que estaba en huelga al momento del decreto era Ades (Asociación de Docentes de Enseñanza Secundaria) Montevideo. Fenapes (Federación Nacional de Profesores de Enseñanza Secundaria) tenía previsto un paro por tres días y Ademu (Asociación de Maestros del Uruguay) Montevideo por cuatro días que empezaban a regir el mismo lunes 24. La esencialidad ocupó la agenda durante una semana entera; una semana clave para avanzar en las negociaciones, algo que, como vimos, no sucedió.

El gobierno recortó los tiempos de la negociación deliberadamente. Chantajeó a los sindicatos ofreciendo el levantamiento del decreto si se levantaban los paros, lo cual significaba imponer la esencialidad pero sin decreto. Como maniobra fue exitosa. La soberbia que caracteriza al gobierno, y en particular a la dupla Vázquez-Muñoz, creyó que el caldo de cultivo generado por el ex presidente Mujica contra los sindicatos docentes iba a amortiguar la oposición al decreto e iba a lograr el aislamiento político tan ansiado.

El error fue subestimar al  pueblo. Fue creer que con unas tablas salariales maquilladas y con un discurso pastoral, el padre, la madre, iban a ver, de repente, a la maestra y al profesor de sus hijos como el enemigo. Subestimaron esas relaciones potentes que se tejen por abajo, el vinculo de la maestra con “sus” niños, con las familias y con el barrio. Ese vínculo que es invisible al gobierno. Subestimaron también la dignidad docente. Nos subestimaron a todos.

Cuando el abajo se mueve...

La esencialidad generó una respuesta popular que creció en todo el país. El mismo día del decreto se ocuparon más de 50 centros de estudio, se fueron sumando más y más trabajadores a las asambleas y ocupaciones, los estudiantes ocuparon sus liceos con los profesores, se fundaron nuevos centros de estudiantes, se realizaron asambleas multitudinarias. Artigas, Carmelo, San Ramón, Tacuarembó, en prácticamente todo el país se ocuparon liceos e Institutos de Formación Docente. El cordón de maestras en el Parlamento, la marcha de más de 50 mil personas en Montevideo, las movilizaciones en las plazas del interior, la moña negra en las escuelas, la túnica de una maestra rural colgada en aquella soledad inmensa, los abrazos, los reencuentros de las maestras en las asambleas llenas de emoción y dignidad. Miles de jóvenes que experimentaron sus primeras marchas, sus primeras ocupaciones y otros no tan jóvenes que retomaron las calles, las asambleas. Todos confiando en las fuerzas propias, en la capacidad del movimiento popular para defender sus derechos y la educación pública.

Los comentarios de las maestras emocionadas, comparando lo que sucedía con la huelga del 89 indicaban que lo que estábamos viviendo iba a ser un punto de inflexión, que al igual que en el 89 se estaba escribiendo una nueva página de la gloriosa historia del movimiento sindical de la educación. Y así fue. No pudieron aplicar el decreto. Como deseaba Galeano, fuimos desobediente ante una orden que humillaba nuestra conciencia. Se desobedeció todo intento de contener esa bronca, indignación y rebeldía. No pudo el gobierno ni los dirigentes sindicales, más preocupados “por no echarle más nafta a las brasas” que por apoyar la lucha docente en defensa de la educación pública.

Algo se movió abajo y nació una experiencia de lucha que marcará un antes y un después. Es imposible calibrar hoy las dimensiones de ese movimiento. Por lo pronto, podemos señalar tres aprendizajes de los tantos que nos está dejando este conflicto:

1.

Significó el conflicto sindical y popular más importante, masivo y democrático de toda la era progresista. Síntoma del agotamiento del proyecto político de izquierda representado por el Frente Amplio; lo cual no significa un agotamiento electoral sino el agotamiento de su capacidad de seguir siendo la síntesis de  la izquierda y la representación de un proyecto de transformación social.

En un contexto de extraordinario crecimiento económico, el gobierno pudo gobernar para “todos”, realizando mejoras sustanciales en el nivel de vida de los sectores más postergados y manteniendo los compromisos macro económicos en beneficio de los intereses dominantes. Sin embargo, cuando el frío acecha y se tironea de la sábana, queda claro cuales serán los sectores que queden a la intemperie.

2.

Significó recobrar la confianza en las fuerzas propias del movimiento popular. En los días más álgidos del conflicto se vivía una sensación muy particular: una mancomunión que se tejía espontáneamente por abajo, desbordando estructuras y rebasando las fronteras sindicales (fonteras que a veces son una barrera). Padres, madres, vecinos, el pueblo en general se fue inclinando en defensa de la educación y en contra de la esencialidad. Más allá de los corazones frenteamplistas, se sabía que solo la unión y organización de los trabajadores y estudiantes podía torcerle el brazo al gobierno y avanzar en mejores condiciones educativas.

“Orgullosa de ser maestra”, “orgullosa de mi sindicato” se repetía en las asambleas. La identidad sindical y la identidad de clase primaron sobre la identidad partidaria. Muchos compañeros sintieron, por primera vez, la contradicción entre esas identidades, lo que generó un sentimiento de decepción y confusión. Se resquebrajó la domesticación de las expectativas impuestas por el consenso hegemónico construido con y desde el Frente Amplio

3.

El conflicto puso de manifiesto la necesidad impostergable de construir un nuevo sindicalismo. Retomando lo mejor de nuestra cultura sindical, construir una nueva forma de hacer y sentir sindical. Fue un conflicto masivo y democrático. Las asambleas de base multitudinarias resolvieron a pesar y en contra de los intentos de los operadores políticos de callar los reclamos y tranzar cualquier acuerdo. Las movilizaciones, ocupaciones, intervenciones, se fueron adoptando por los trabajadores de a pie, sin pedir permiso a nadie. Algunos quisieron leer este conflicto como una rencilla interna entre sectores frenteamplistas, porque les cuesta leer la realidad sin los lentes institucionalizados y partidarios. Es innegable que los sectores operan e inciden, pero este conflicto los desbordó a ellos también.

Un nuevo sindicalismo no se proclama, se construye en la cotidianeidad de los trabajadores, enraizado en sus luchas, en sus dolores y alegrías. No se construye en nuevas estructuras, se construye con un método sindical democrático, prefigurador de la sociedad y las relaciones con las que soñamos. No se construye con oportunismos, sino en la solidaridad y en la construcción permanente de poder popular.

 

Fuente:

Zur, pueblo de voces (Uruguay)  /

Imagen:

rebelarte.info

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