Apuntes sobre la violencia

#Grandes Alamedas. Los acontecimientos de diciembre pusieron sobre el tapete una cuestión relevante de la política: la violencia.

Max Weber, para tomar un pensador agudo y complejo, pero alejado de cualquier retórica rebelde, dice que la violencia es inherente a la política y Marx, ahora sí desde una perspectiva revolucionaria, sentencia que la violencia es la partera de la historia. Y podríamos remontarnos a Maquiavelo, a Nietzsche, a Hobbes para ubicar en el centro de la escena a la violencia. Pero no se trata aquí de hacer una apología de la violencia sino de descubrir la realidad, en el sentido de correr los velos que funcionan como un gran tabú en las sociedades democráticas devaluadas como la nuestra. Probablemente este tabú reconozca varias fuentes, una de ellas es la histórica fragilidad democrática de otrora que se actualizó con el síndrome del helicóptero como un fantasma que acecha. Pero estas líneas tienen otro propósito, es el de reflexionar sobre la realidad incorporando puntos de vista que escapan al encierro racional de pensar la política dentro de la lógica del sistema y del capitalismo como paradigma. A modo de digresión se puede decir que el peronismo históricamente tuvo una potencia especial porque representaba una relación ambigua con el capitalismo. Según los términos dominantes en esa ambigüedad fueron sus potencialidades sociales y políticas y sus limitaciones.

Retomando la cuestión resulta oportuno señalar que lo que se pretende analizar en este punto son los acontecimientos sucedidos tanto en las calles de Buenos Aires como en los distintos ámbitos de la sociedad argentina. Para ello vamos a realizar algunas distinciones sobre ciertos aspectos de la violencia. La primera será entre la violencia física y la simbólica. La segunda entre la violencia de masas y la de pequeños grupos. La tercera es la distinción entre la violencia de arriba y la violencia de abajo, que comprende a la violencia institucional y la violencia contestataria o revolucionaria. Por último la distinción entre la violencia legal y la violencia legítima y sobre cuáles son las fuentes de legitimación de la fuerza.

Para comenzar ¿qué es la violencia? En una de sus acepciones y en el tiempo verbal adecuado el diccionario de la Real Académica Española indica que violentar es “poner a alguien en una situación violenta o hacer que se moleste o enoje”. La molestia o enojo pueden ser individuales o colectivos y va de suyo que cuando son colectivos los enojos, la indignación se contagia y se potencia. “Cuando las conciencias individuales, en vez de permanecer separadas unas de otras, entran estrechamente en relación, actúan unas sobre otras y se desprende de su síntesis una vida psíquica de un género nuevo… en los momentos de efervescencia de este género, se han constituido en todo tiempo los grandes ideales en los cuales descansan las civilizaciones. Los períodos creadores e innovadores son precisamente aquellos en que, bajo la influencia de circunstancias diversas, los hombres son movidos a acercarse más íntimamente, en que las reuniones, las asambleas son más frecuentes, las relaciones más seguidas, los cambios de ideas más activos.”(1)

Con la situación concreta del despojo a los jubilados y otros beneficiarios de los derechos adquiridos, indignaron tanto el abuso y el engaño como las mentiras del propio presidente y de todos los poderes del Estado. No hubo una sola disidencia, a excepción de la inicial amenaza de Carrió, cuando iban a cometer un disparate con los DNU frente al primer fracaso parlamentario producto de la movilización popular. Finalmente Macri, con la bendición de Carrió, desistió del “atajo” y continuó con la vía parlamentaria. Con aprietes, sobornos y represión mediante se consumó la exacción de entre 70 y 100 mil millones de pesos anuales para darle un mazazo histórico al sistema previsional. El primer capítulo de la saga se podría llamar “la provocación”

Las distintas formas de violencia reúnen características tanto físicas como simbólicas. En el caso concreto: el despojo a los jubilados constituyó, como decíamos, una provocación que generó una extendida ira que finalmente explotó en la manifestación de la Plaza. La energía que genera el engaño y la estafa, hay que recordar que el gobierno había jurado y perjurado que no iba a tocar a los jubilados, entre otras promesas incumplidas. Después, y como consecuencia de esta situación de pérdida de legitimidad, vino la violencia física apoyada exclusivamente en el uso abusivo y brutal de la fuerza pública en sus distintas versiones: federales y locales. Una reedición de la teoría de la policía buena y la policía mala en versión “Cambiemos”, para tranquilidad del progresismo en todas sus vertientes. En realidad ni siquiera se puede hablar de legalidad y de cumplimiento de procedimientos democráticos. Si no estuviéramos frente a un poder judicial amañado ese accionar estaría seriamente cuestionado, sin distinguir “buenos y malos”. La policía “buena” produjo más heridos graves de lo común, incluida la pérdida de ojos a 4 militantes identificados con nombre y apellido, inusual número que demuestra que descargaban sus armas en los rostros de los manifestantes.

Una hábil estrategia comunicacional y el cumplimiento de “su misión” de la mayoría del periodismo, aportaron a la descalificación y demonización de la manifestación. Las imágenes de la lucha de calles han recorrido el mundo mostrando la dignidad y combatividad del pueblo argentino. Más allá de las maniobras de demonización existentes la historia recogerá estos hechos como uno de los grandes acontecimientos de masas del pueblo argentino en defensa de sus intereses.

Cada día se demuestra con mayor claridad como apretaron y compraron a los gobernadores y diputados con los recursos que en realidad les corresponden. A la mayoría de los periodistas los convencen, como es usual, con la pauta oficial. Ello es mucho más elegante que darle entradas o choripanes a los barrabravas. Para comprobarlo basta escuchar cualquier programa de radio o TV y reparar en los anunciantes oficiales que tienen.

El feminismo ha realizado un extraordinario aporte para desnudar la naturaleza y características de la violencia simbólica al advertir que ésta es parte de un proceso que regularmente deriva en violencia física. Y que la violencia tiene distintos formatos que esconden relaciones de fuerzas de dominación y sometimiento. Que cuando se ponen en acto, en un hecho físico, realizan el potencial que se vino acumulando como parte de la respuesta de los ofendidos y como imposición de los opresores.

La distinción entre la violencia de masas y la de los pequeños grupos suele ser cristalina. En varias movilizaciones de masas se dieron algunos actos de violencia, en algunos casos claramente en manos de servicios de inteligencia, pero en otros por parte de pequeños grupos de militantes que buscaban radicalizar artificialmente la movilización. Frente a esos sucesos las columnas se separaban notoriamente de estos grupos y en algunos casos hubo hasta interpelaciones verbales y físicas. Estos hechos ni conmovían ni impactaban en el sentido mentado por sus protagonistas.

Contrastaba con esas imágenes la plaza del lunes 18 de diciembre, por ejemplo. Primero por su masividad, después porque flotaba en el aire un clima tenso y cargado de indignación. Aunque el grueso de los militantes estaba organizado en columnas era incesante el ir y venir desde y hacia el frente de la movilización. Allí se producían los enfrentamientos con la policía que arremetía contra la multitud con motos, carros hidrantes y la guardia de infantería. Ellos también iban y venían, los manifestantes los hacían retroceder a piedrazos.

Las baldosas de la vereda se transformaron en la fuente principal de proyectiles de los manifestantes. En uno de los hoyos de la vereda había decenas de trozos de baldosas; En un momento un joven llegó hasta él y comenzó a guardar las piedras en una campera que había extendido en el suelo. Entonces, una señora mayor se acercó al joven y le ofreció una bolsa para llevar las piedras. Este relato, cuyos hechos transcurrieron a mitad de la plaza Congreso pretenden describir el clima existente. En el frente estaban los más jóvenes, pero el apoyo era masivo, tan masivo como la concurrencia. El apoyo y la participación no hacía distinciones entre las columnas sindicales, la de los movimientos sociales, de los partidos de izquierda, de los movimientos políticos. La que se ponía en práctica era una violencia de masas que se legitimaba políticamente tanto en la causa justa que enarbolaba como en la amplitud y masividad. La pretensión oficial de limitar la expresión a una mansa protesta chocó contra la indignación acumulada que explotó en las calles de Congreso.

Inmediatamente después de la represión se desplegó un operativo propagandístico, con un fuerte apoyo periodístico, para deslegitimar la marcha y atenuar los costos políticos de la aprobación de una ley confiscatoria apelando a la condena a la violencia. Mientras los diputados continuaban sesionando los sorprendió un cacerolazo que se extendió por toda el área metropolitana y en varias ciudades de provincia. La bronca no se apagaba y el cacerolazo se transformó en movilización a la Plaza Congreso.  La violencia no había desmovilizado sino por el contrario había encendido la indignación.

 

El fin de la inocencia

Frente a movilizaciones de tal masividad y combatividad como las registradas recientemente el quid de la cuestión no pasa por reivindicar o denostar la estrategia de acción directa sino de entender el significado de los acontecimientos. La violencia adquiere otro significado cuando está en manos de una multitud que enfrenta una política que agrede los intereses populares. Nadie seriamente ha desmentido el carácter antipopular de las medidas. Nadie desde el buen sentido debería negar el carácter popular de las manifestaciones y la legitimidad de la bronca. ¿Qué debería hacerse? ¿aceptar mansamente el despojo y el atropello represivo? El voto popular es una fuente de legitimidad pero no un cheque en blanco para realizar lo contrario a lo prometido. Todo esto habla del desprestigio monumental del parlamento que hace años se ha transformado en la escribanía general de los gobiernos. El segundo capítulo de la zaga se llama: el pueblo en la calle.

Se trata entonces de preguntase por qué se producen hechos de estas características a 40 días de la victoria electoral del gobierno en las elecciones de medio término, cuando los gobernantes tocaban el cielo con las manos y se acomodaban en los sillones. Aquellos sucesos también requieren de un análisis profundo capaz de explicar cómo en este breve plazo pasamos de una “pantalla hegemónica” a otra de crisis desnudando una gran inestabilidad. Los resultados electorales de octubre hacían impensables los acontecimientos que estamos viviendo pero aquí los tenemos. Dadas las condiciones reales existentes las protestas de diciembre se constituyen, como señalan muchos observadores, en un nuevo e impensado, punto de inflexión. Algo así como un antes y un después para el gobierno nacional, más allá de la imposición de la ley que aplicaron a sangre y aprietes y con un costo político fenomenal.

Acontecimientos similares se remontan al 2001 o a las jornadas de mayo del 69, entre muchos otros, que en un contexto de alza de masas significaron un punto de clivaje para la dictadura de Onganía. Las manifestaciones de masas históricamente tienen componentes de violencia. La misma Graciela Caamaño en el parlamento citó a Mandela haciendo de hecho una distinción entre la violencia legal y violencia legítima. Caamaño decía: “Un gobierno que emplea la fuerza contra los oprimidos enseña a los oprimidos a usar la fuerza para defenderse”. Los hechos represivos en la Argentina reconocen un crecimiento sostenido. Así aparecen el caso Maldonado, el asesinato por la espalda de Nahuel y la creciente represión a las movilizaciones sociales, que tuvieron en las movilizaciones de diciembre el cenit macrista de la represión. La creciente brutalidad y rechazo social, con la consiguiente pérdida de legitimidad de las fuerzas represivas, alimentaron la respuesta y el desarrollo de tácticas defensivas de masas. La rebeldía es la niña mimada de una sociedad con altas expectativas igualitarias y que no se resigna a un destino de sometimiento.

El disciplinamiento social ha sido históricamente uno de los objetivos estratégicos de las clases dominantes ya sea en dictadura o en esta democracia real donde la cabal manifestación del fracaso del sistema político es que no sólo es incapaz de resolver los problemas más elementales sino que reabre heridas que parecían suturadas. En la sociedad argentina, vertebrada desde muy temprano por un impulso igualitario, se seguirá activando ese impulso igualitario.

Podemos decir que sigue vigente la teoría del empate estratégico formulada por Juan Carlos Portantiero  donde “cada uno de los grupos tiene suficiente energía como para vetar los proyectos elaborados por los otros, pero ninguno logra reunir las fuerzas necesarias para dirigir el país como le agradaría“. Con las distinciones propias del presente ahora, citando a Jorge Beinstein, “transitamos las primeras décadas del siglo XXI en plena decadencia general de la civilización burguesa donde la financierización y otras formas parasitarias han establecido su hegemonía”. Y donde la novedad es que el sistema político decadente está alumbrando una nueva izquierda radicalizada que se manifiesta fundamentalmente en todas las formas de rebeldía emergentes.  

 

 (1) Emile Durkheim.  Efervescencia social, creación e innovación.

 

(*) Este texto pertenece al número publicado en diciembre 2017 del portal Grandes Alamedas.

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