Argentina en tiempo de descuento ¿De la crisis económica a una nueva crisis orgánica?

Sólo el Pueblo, salvará al Pueblo
(CGT de lxs Argentines / R. Walsh)

Hace un año atrás hubiera sido difícil proyectar la profundidad de la crisis en la que hoy se encuentra sumido el capitalismo argentino. La posibilidad cierta de su ocurrencia era fácil de prever por las razones estructurales y la política económica. La dependencia exacerbada y una política macroeconómica riesgosa (basada en el endeudamiento masivo y el ajuste en el Estado), ponían a la economía argentina frente a riesgos extremos. La alta probabilidad de la crisis era también esperable debido a un contexto mundial de crisis de hegemonía y de crisis civilizatoria. El errático gobierno de Trump en los Estados Unidos y la continuidad del devenir de la crisis iniciada en 2007/2008 eran motivos de creciente preocupación.

Estaba todo preparado para que la crisis ocurriera. Sólo faltaba una chispa: la movilización popular activa en las calles. Y diciembre, siempre diciembre, de 2017, se convirtió en el momento propicio. Desde ese instante, una incipiente recuperación económica se atascó y comenzó a desarrollarse un nuevo ciclo descendente en la crisis transicional en que la economía argentina se encuentra atrapada desde 2011 (ver más).

 

Cambiemos o el peor equipo

 

Se puede excluir que, por sí mismas, las crisis económicas inmediatas produzcan acontecimientos fundamentales; solamente pueden crear un terreno más favorable para la difusión de ciertos modos de pensar, de plantear y de resolver las cuestiones que implican todo el desarrollo posterior de la vida estatal

Cuadernos de la Cárcel (Antonio Gramsci)

 

El gobierno de Cambiemos pretendió ignorar todas las señales de la profundidad de la crisis, que expresaba -nuevamente- la condensación de los límites del desarrollo capitalista en Argentina (ver más).

Sin un diagnóstico adecuado, Cambiemos se propuso aprovechar la crisis para avanzar a una agenda de largo plazo de reestructuración capitalista. Hemos señalado el tema antes: buscarían avanzar en la radicalización del desarrollo capitalista dependiente en Argentina a través del ajuste y la crisis (ver más, ver más).

La praxis del ajuste en el gobierno liderado por el PRO se orienta en términos generales a eliminar controles y regulaciones al capital, y a transformar (más que simplemente reducir) el papel del Estado en la economía (ver más, ver más, ver más). Avanza en la eliminación de impuestos al gran capital y a las grandes fortunas, recorta programas enteros en el sector público y reduce o transforma la mediación estatal en los mercados.

Sin embargo, antes que superar los límites del capitalismo vernáculo, el programa de Cambiemos acentúa sus desequilibrios y barreras al desarrollo. El déficit fiscal se acelera:  progresivamente deja de financiarse con emisión monetaria mientras aumenta paralelamente el endeudamiento en moneda extranjera. El descalce externo se acrecienta: suben violentamente las importaciones y las distintas formas de fuga de capitales. La inflación no baja, el crecimiento macroeconómico no logra asentarse (y se mantiene errático) pues la tasa de ganancia general no repunta (ver más), y las finanzas públicas se descalabran, al igual que la sociedad que profundiza su fractura frente al poder del capital transnacional, las nuevas formas del trabajo capitalista y la crisis global. La crisis transicional no parece tener visos de solución (ver más): la economía casi no crece desde 2011 y el ingreso por habitante ha caído fuertemente; estamos camino a una nueva década perdida.

Las fracciones hegemónicas del gran capital construyen su visión de nuestro futuro en las múltiples reuniones del G20 que se desarrollan este año bajo la presidencia argentina del organismo (ver más): (1) infraestructura para el saqueo (‘para el desarrollo’ le dicen), (2) privatización de la vida, bajo el mote de ‘agricultura sustentable’ o ‘revolución agroindustrial’ (de las cuales el proyecto de nueva Ley de Semillas es uno de sus mascarones de proa) y (3) la uberización/precarización del trabajo (o ‘el trabajo del futuro’).

Hegel decía que lo racional es real y lo real es racional. Buscaba justificar el status quo del dominio del estado prusiano a finales del siglo XIX. Cambiemos hace un uso impropio de esa proposición para negar realidad de la crisis: pretende imponer la racionalidad del capital (el ajuste) como la única realidad (el “único” camino posible, dice Macri, y resuena la TINA –There Is No Alternative– de Margaret Thatcher a comienzos de los años ochenta en Inglaterra). Las ideas de los sectores dominantes (su verdad) intentan ser impuestas como las ideas dominantes, no sólo por la fuerza de los ‘hechos’ sino con el uso de la represión simbólica y material.

 

¿De Cambiemos al reKambio?

 

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa

18 Brumario de Luis Bonaparte (Carlos Marx)

 

Ante la profundización de la crisis, Cambiemos busca y necesita subir a las principales fuerzas de oposición parlamentaria al Titanic que es su programa de gobierno. Le prende velas a los santos del campo, y espera que una buena cosecha en 2019 apuntale un rebote, aunque más no sea leve, frente a la elección de Octubre.

El neoperonismo hace uso descarnado de la cita hegeliana y asume que él mismo es lo único real, y por tanto un (futuro) gobierno peronista lo único racional. Ante el manotazo de ahogado del gobierno nacional, juega con fuego. Pretende aplazar una salida veloz a la crisis, esperando las elecciones de 2019. Intenta construir una forma de gobernabilidad que evite el estallido social fuera de su control, mientras resuelve simultáneamente su interna.

En ese espacio, la fracción kirchnerista busca presentarse como la fuerza progresista que podrá recuperar un ‘estado presente’ neodesarrollista: un estado que pueda configurar un patrón de gobernabilidad en un nuevo proyecto de ‘capitalismo en serio’.

Para ello avanza con la configuración de un espacio que articule las fuerzas de fracciones importantes de los movimientos populares de base territorial, dentro del movimiento obrero organizado en la(s) CGT y la(s) CTA, y entre los movimientos políticos que, para usar laxamente el concepto gramsciano, priorizan la guerra de posiciones (y se afanan en ocupar espacios institucionales como parte fundamental de su acción política). El rejunte de las fuerzas (muchas de ellas expulsadas del mismo espacio político en tiempos del ajuste o ‘sintonía fina’ en el último gobierno de CFK) procurará hegemonizar la coalición electoral opositora en el recambio del año próximo.

La pregunta (retórica, al fin y al cabo) que vale aquí es: ¿este frente político estará apostando a que Cambiemos haga el ajuste brutal, pague los costos políticos y una forma de neoperonismo recupere el poder estatal sobre las cenizas de lo que quede (al estilo de Néstor Kirchner en 2003, luego del ajuste 1998-2002)? Las expresiones a favor de dar al gobierno la posibilidad de aprobar el presupuesto del FMI -dando quórum pero absteniéndose -o aún oponiéndose- en la votación)- apuntan en ese sentido.

Si ese fuera el caso, más allá de la desconsideración por enormes efectos sociales y económicos de postergar la salida de la crisis, se abre la pregunta por el programa mismo de esa salida.

¿Buscarán intentar volver sobre sus pasos (volver al 2015), sin enfrentar los límites evidentes del proyecto neodesarrollista en crisis? ¿O, pretenderán avanzar sobre el programa del G20 pero habiendo superado -a través del ajuste PRO- las actuales barreras de corto plazo a la acumulación (en especial, las restricciones externa y fiscal) a partir de un nuevo abordaje desarrollista más acorde a la etapa actual de nuestro capitalismo dependiente? Es decir, el nuevo programa desarrollista, primero buscará ampliar la extensión y profundidad del saqueo (ahora, supuestamente ‘sustentable’) a partir del desarrollo de Vaca Muerta, la explotación del litio y otras formas de (mega)minería, nuevos mega emprendimientos energéticos y la intensificación del monocultivo de soja. En segundo lugar, retomando la fracasada reindustrialización de la etapa anterior, avanzarán en la modalidad de una industrialización fragmentada bajo control transnacional a partir de mayor intensidad laboral, más precariedad y nuevas formas de organización del trabajo. Finalmente, buscarán recuperar un crecimiento moderado pero ya con una muy limitada redistribución, mucho más discreta que la ya débilmente realizada en la fase ‘progresiva’ del ciclo neodesarrollista anterior (2003-2008). En definitiva, el programa progresista no será tanto una vuelta a la ‘tragedia’ épica pos-2002, sino más bien un retorno bajo la forma de ‘farsa’.

 

El tiempo es ahora: del chau Macri a la impugnación de la democracia burguesa

 

El sueño se hace a mano y sin permiso,

arando el porvenir con viejos bueyes

(Silvio Rodríguez)

 

Mientras las fuerzas políticas de los partidos del orden debaten la gobernabilidad, el conjunto de los sectores populares enfrentan una crisis económica y social con pocos precedentes. Hoy mismo más del 50% de les niñes están por debajo de la línea de la pobreza y 500 mil pasan hambre. La tasa de desempleo abierto se acerca al 10% en promedio, pero supera el 21% para las mujeres jóvenes. 80% de los ocupados cobran menos de 23 mil pesos por mes.

La crisis combina una inflación en ascenso con una violenta caída en los niveles de actividad económica, junto con un ajuste fiscal brutal. La proyección para el año 2019 de aceleración del ajuste (el nuevo acuerdo con el FMI) con el objetivo del déficit fiscal cero y el endurecimiento de la política monetaria del BCRA para estabilizar el dólar, rayan el límite de lo racional. Mientras se propone recortar las partidas presupuestarias en la mayoría de las acciones del Estado nacional, aumentan 50% los pagos de intereses de la deuda pública y el BCRA paga tasas de corto plazo (LELIQ) que superan el 70% anual (entregando miles de millones de pesos a los bancos simplemente por absorber sus saldos excedentes de dinero). En estas condiciones, la aceleración en la caída de la actividad económica hará casi imposible alcanzar los objetivos del programa del Fondo: la espiral del recorte fiscal y la recesión general sólo podrán profundizar la crisis.

La pregunta por la salida del ajuste sin fin es primordial: debe ser inmediata y por lo tanto debe superar todos los escollos que frenan la transición. El primero de ellos, el gobierno de Cambiemos. ¿Puede haber 2019 con Macri en el gobierno? La segunda barrera es la oposición parlamentaria de los partidos del orden (en particular, todas las formas del neoperonismo). Tercero: todas las formas organizativas que bloquean la organización popular, su autoactividad y autogobierno, aun aquellas que se encuentran dentro del campo del Pueblo; debemos radicalizar nuestras prácticas políticas para vencer la inercia y dar un salto hacia adelante en lo organizativo.

Una salida popular a la crisis requiere en este contexto multiplicar las expresiones de resistencia callejera poniendo como objetivos básicos (a) la caída del acuerdo con el FMI, (b) el rechazo del Presupuesto Nacional con déficit cero, y (c) rechazo al G20 y su programa; es decir el final del programa de Cambiemos.

En lo inmediato, alcanzar estos objetivos implica (a) repudiar la deuda pública generada por mecanismos extorsivos, usurarios e ilegales, recuperar el control del mercado de cambios con controles al flujo de capitales y eliminar de formas espurias de endeudamiento cuasi-fiscal (como las LEBAC y LELIQ). Estas medidas acompañadas de (b) control popular de las empresas estratégicas (en especial, energéticas, agroexportadoras y bancarias), liberará en lo inmediato recursos públicos que pueden destinarse para atender la emergencia social y permitirá (c) iniciar un programa de obra pública en barrios populares cogestionados con las organizaciones populares y el amplio arco de empresas de la economía popular, incluidas las fábricas recuperadas. A esto habrá que sumar una recomposición de emergencia en el conjunto de los salarios y transferencias sociales (jubilaciones, pensiones y asignaciones familiares) financiadas con una redistribución de la carga impositiva hacia las grandes empresas y riquezas.

Por último, la salida del G20 abre el camino para avanzar hacia la definición de un nuevo proyecto societal que impugne la democracia burguesa (formal y restringida) y el proyecto del gran capital. Con la creación de nuevas formas de autogobierno a partir de la participación protagónica del Pueblo, la consolidación del poder popular será la base para avanzar en un proyecto de transición feminista, antiracista, ecosocialista.

 

Mariano Féliz*

 

* Profesor UNLP. Investigador CONICET. Integrante de COMUNA/FPDS-CN en el Movimiento de los Pueblos. Integrante de la Sociedad de Economía Crítica de Argentina y Uruguay (SEC). Texto terminado el martes 5 de Octubre de 2018. Agradezco los comentarios preliminares de Melina Deledicque, Nora Tamagno y Sergio Zeta.

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