Argentina. Entre el pobrerismo y el parlamentarismo: ¿hay alternativas?

“Luche y se van” y “Fuera Macri”, dos consignas para acompañar una lectura de la movilización del miércoles frente al Congreso y un intento de mapeo del campo popular en la Argentina contemporánea.

“Luche y se van” y “Fuera Macri”, en un extremo y otro del espectro político-ideológico, fueron las notas que desentonaron del coro uniforme de las expresiones compañeras que el miércoles pasado confluimos en la Plaza de los dos Congresos para repudiar la propuesta de Presupuesto 2019 de la Gestión Cambiemos, avalada por lo peor que el peronismo supo dar en estos tiempos. No nos detendremos aquí en los números y las consecuencias posibles que ese presupuesto tendrá para los sectores populares de este país, ya que basta con prestar atención a las noticias que vienen circulando (aún en medios del sistema) para darse cuenta de lo nefasto de dicha propuesta. Sí me interesa, al menos brevemente, detenerme en las características y los perfiles de quienes pretendemos resistir estos embates.

Si bien con vasos comunicantes poco visibles, ambas perspectivas (que para decirlo rápido podríamos catalogar como de “Libertarias” en el caso del piberío que marchó con el rostro cubierto por pañuelos palestinos bajo la bandera con la inscripción “Fuera Macri”, y de legado “Nacional, Popular y Revolucionario”, en el de quienes lo hicieron bajo la bandera argentina con la inscripción “Luche y se van”) comparten el hecho de intentar plantar otra voz, decir otra cosa que no sea que hay que llegar como se pueda a mediados de 2019, para armar un buen conglomerado opositor al macrismo y ganar las elecciones con un frente opositor que contenga las distintas expresiones de oposición al actual gobierno nacional…..

Más cerca o más lejos de Cristina Fernández de Kirchner, con menos o más simpatías por el peronismo histórico, al parecer hoy prácticamente todos los sectores del campo popular en Argentina comparten esta caracterización. La excepción: los sectores mencionados, minoritarios respecto de ese gran conglomerado, aunque con inserción en espacios de masas, al menos en el caso del sector del “Luche y se van”.

Por supuesto, dentro de esa unidad frentista no entra la izquierda clasista realmente existente (ni los tres partidos trotskistas del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, FIT, ni su “cuarta pata” guevarista de Poder Popular, ni tampoco los más minoritarios trotskistas MST y Nuevo MAS), aunque se rozan en su sobrevaloración de la instancia parlamentaria, más allá de discursos que puedan a veces ser más o menos radicalizados (tal vez habría que matizar esta aseveración en el caso de Poder Popular, ya que provienen de otra tradición y recién comienzan a dar sus pasos en las intervenciones electorales, sin descuidar hasta el momento su inserción en frentes de masas y trabajos de base que desarrollan desde hace muchos años).

En el espacio “Luche y se van”, aunque parezca un matiz, no es menor el hecho de que el cruce con las nuevas realidades contemporáneas (como el feminismo, que tiene su historia pero ha logrado en estos años una presencia política inusitada, y el precariado, que ha logrado ser en algunos casos un sujeto político mucho más dinámico que el sindicalismo tradicional) se produzca enmarcado en una tradición que se reivindica aún con vocación revolucionaria, y no “democrática”, en tanto que democrático se entiende como “democracia representativa”, respeto por la Constitución (escrita con la sangre de los vencidos) y las leyes vigentes (que surgieron de los gritos que tronaron en el anochecer de la historia nacional). Esta mixtura entre nuevos fenómenos y legado se expresa también en el cruce generacional de sus militancias: las pibas que protagonizaron la pelea por el derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito como una de sus primeras batallas; el piberío que tomó colegios para defender la educación pública; quienes encontraron en las barriadas una oportunidad para sostener la consigna de la resistencia mientras muchos (y muchas) se desmoralizaban tras la asunción de Mauricio Macri a la presidencia; quienes se politizaron durante los años kirchneristas sin serlo; quienes protagonizaron la insurrección de 2001 desde construcciones territoriales y recuperando fábricas abandonadas por las patronales en medio de la crisis; quienes vienen de las luchas de los años sesenta y setenta y no encontraron en el puente imaginario que en 2003 se trazó con 1973 un lugar donde seguir cobijando sus sueños de juventud…

Ese espacio (reiteramos, que se congregó bajo una bandera argentina que llevaba la inscripción “Luche y se van”), junto con el anarquista fueron quienes el miércoles pasado intentaron plantar otra voz, ni soberbia ni grandilocuente, pero otra mirada al fin y al cabo. ¿Cuál? Una muy sencilla: aquella que enuncia que no es funcional a la derecha enfrentar la represión del Estado; que no son servicios de inteligencia todos aquellos (y aquellas) que se cubren el rostro, empuñan una gomera, arrojan piedras contra la policía y levantan barricadas. Una voz que sostiene que es posible pensar (y accionar) para que Macri se vaya, pero no en 2019 sino antes, y no tras un proceso electoral sino echado por la rebelión popular, como Fernando De La Rúa en 2001, y Celestino Rodrigo y el Brujo López Rega, en 1975.

Más que el que se vayan todos, que padece de un profundo olvido en las militancias, la consigna del “Luche y se van” –previa incluso al 2001—pervive aún como fantasma, y se expresa cada tanto en alguna movilización. Sin ir más lejos, fue entonada el miércoles pasado frente a la Comisaría en donde permanecían detenidos los presos tras la represión frente al Congreso.

Recordemos: “se pensaron que nos habían cagado/ porque estábamos desorganizados/con sudor, con lucha y con paciencia/ va creciendo la nueva resistencia/ Luche que se van/luche que se van”.

La canción es de los años 90, y por supuesto, la consigna de “Luche y se van” fue retomada durante la resistencia antineoliberal de otra resistencia anterior: la que se ejerció durante los años del terror contra la dictadura del Proceso de Reorganización Nacional.

Movilización de masas, lucha de calles y consignas destituyentes.

¿Ultraizquierdismo que niega la instancia de intervención electoral? ¿Petardismo que sostiene que cuanto peor vaya todo mejor? Para nada: está claro que siempre es mejor tener parlamentarios de izquierda que no tenerlos (se llamen Miryam Bregman o Luis Zamora, o el nombre sea); que siempre es mejor –para desarrollar la organización popular de base, para promover la movilización y el protagonismo popular activo, para sostener una perspectiva de ideas propias de la clase que vive del trabajo, etcétera— un gobierno de corte progresista que uno abiertamente de derecha, de esos que reprimen con frecuencia (no olvidar que el progresismo también sabe reprimir determinadas luchas populares, y las patriadas en defensa de los bienes comunes así lo atestiguan, así como las batallas del sindicalismo clasista); gobiernos reaccionarios que recortan derechos sociales y laborales elementales, que violan derechos humanos básicos. Pero eso no debería impedir resituar la discusión sobre lo electoral y el triunfo en las urnas de amplios conglomerados progresistas en su justo lugar; en un lugar en donde lo estratégico no quede totalmente opacado por las urgencias de desplazar a estos sectores de la gestión del Estado.

Desmoralizar la crítica política

Ante lo descarnado de la derecha en el gobierno no deberíamos olvidarnos tan fácilmente, entonces, que la larga década progresista en América Latina (y más puntualmente en nuestro país) vino acompañada de concentración y extranjerización de la tierra, con políticas de “genocidio ambiental” en muchos casos; con precarización laboral y reforzamiento de las estructuras burocráticas del sindicalismo patronal; con una inclusión social fuertemente neoliberalizada en función de una lógica de consumo de bienes no precisamente de uso en una perspectiva de buen vivir; con la consagración de la figura individualista del “ciudadano” (y ciudadana), sujeto (sujetado) del derecho (burgués), sostenido sobre las bases de las relaciones de la propiedad privada y la representación política por parte de una casta privilegiada, y en muchos casos enriquecida a costa de no entender su función, precisamente, como una función (y de servicio) sino como un eterno permanecer en puestos de gestión para ensanchar las arcas económicas familiares.

Que en general coincidamos en que no se puede compartir las críticas que la derecha hace al progresismo no implica negar realidades a esta altura innegables.

De nuevo: se trata de desmoralizar la crítica política, de enlazar la crítica a una ética militante y de asumir la necesidad de la polémica desde el piso del compañerismo y la confluencia en las movilizaciones y la intervención callejera por parte de las militancias de distintas procedencias.

“Son los sectores de izquierda, anarquistas y del kirchnerismo”

La frase que engloba tal diversidad en un común –digna de un bloque del programa televisivo Peter Capusotto y sus videos— con que la derecha gobernante intenta estigmatizar como desestabilizadores a los sectores movilizados de la oposición, no deja de tener un núcleo de verdad.

El miércoles pasado en las calles de Buenos Aires confluyeron algunos pocos gremios (la mayoría inscriptos en las dos CTA) y fundamentalmente, el amplio espectro de organizaciones de la economía popular, en la que intervienen casi todas las corrientes políticas, con excepción del trotskismo y el progresismo, que de todos modos se movilizaron encolumnados bajo sus banderas partidarias. De hecho, no sólo estaban los cinco partidos trotskistas mencionados, y algunos activistas anarquistas, sino también Nuevo Encuentro, La Cámpora, e incluso parlamentarios kirchneristas que no sólo se negaron a acompañar la propuesta de presupuesto oficial para 2019, sino que incluso salieron del parlamento, para estar en las calles, codo a codo, con las izquierdas y los movimiento sociales a los que tanto criticaron en tantas oportunidades.

En Marcha a la división con la bandera de la Uni/Dad

Tres días después de la movilización frente al Congreso que culminó con represión, se lanzó el Frente Patria Grande, con Juan Grabois a la cabeza (uno de los referentes de la CTEP, hombre de confianza del Papa Francisco en la Argentina), y un saludo de Cristina Fernández de Kirchner a través de un video, que se proyectó en un acto en el que los guevaristas del Movimiento Popular La Dignidad confluyeron con las dos fracciones en las que se partió el Movimiento Patria Grande y otras expresiones más chicas como las que encabeza la cordobesa Cecilia “Checha” Merchán (ex referente de Libres del Sur).

En el acto de Mar del Plata confluyeron lo más extremo del pobrerismo y el parlamentarismo. Es decir, de aquello que argumenta un discurso político en una ontología del ser pobre (esencialismo populista que idealiza al abajo como verdad) y no se plantea trascender los límites de aquello que el enemigo ha impuesto como molde para la intervención política de los pueblos (la democracia representativa).

De nuevo: no se trata de un juicio moral sino de reivindicar la posibilidad de realizar una crítica política de una determinada cultura militante. Aquella que, por un lado, idealiza al pueblo, siempre bueno y siempre portador de valores esencialmente liberadores; y por otro lado, coloca a los sectores populares como medio y no como fin, es decir, como actores sociales y no como sujetos políticos (actores sociales en un escenario que disponen otros, en un guión también escrito por otres y en un drama dirigido por otros, u otras, la Gran Otra, en este caso: la jefa ordenadora de los caminos a seguir).

El lanzamiento de este espacio expresa, por otra parte, una doble confirmación.

Por un lado, la bancarrota de la “izquierda popular” (dos de sus principales fuerzas, nacidas luego de 2001 pero sin haber sido nunca kirchneristas, se reconocen ahora bajo el liderazgo de Cristina, en un frente encabezado por un hombre de Bergoglio, ahora Francisco en el Vaticano, históricamente enfrentado al kirchnerismo), proceso que se complementa con el corrimiento a un espacio trotskista por parte de Poder Popular, y el naufragio y desorientación estratégica del resto de agrupamientos que se consideraban parte de una izquierda autónoma o independiente.

Por otro lado, liquida la posibilidad de que la mayoría de los “movimientos sociales” (las organizaciones territoriales más desarrolladas del sector de la economía popular) puedan tener una herramienta única de intervención en el plano electoral, tal como se venía proyectando con el Frente En Marcha, en donde estaban los dos sectores de Patria Grande y el Movimiento Popular La Dignidad (integrantes de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, al igual que el Movimiento Evita) pero también sectores de la CTA, Libres del Sur y el Partido de los Trabajadores y del Pueblo (ambas estructuras políticas que fundaron y sostuvieron el Movimiento Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa).

Quedará por ver ahora cómo se resuelven las internas al interior del peronismo y del kirchnerismo para saber cómo quedarán posicionados el conjunto de estos sectores que se plantean librar una disputa electoral. Lo que parece cierto es que ya no intervendrán de conjunto desde una misma herramienta política.

Mientras tanto, habrá que ver cómo se desenvuelve el macrismo.

Falta aún un año para las elecciones nacionales. Muy poco, en términos de lo que implica fortalecer alianzas y posicionar candidatos. Una eternidad, sin embargo, para los tiempos políticos de este país. Sobre todo, ante ofensivas conservadoras como las que viene emprendiendo Cambiemos, seguramente envalentonado por el giro a la derecha general que se vivencia en el mundo y en particular en la región (y más específicamente, con los resultados electorales del hermano país de Brasil).

Más acá de agosto y octubre de 2019, entonces, está diciembre. Un mes históricamente caliente en Argentina. Un mes en el que ya no sólo se conmemoran las casi dos décadas de la insurrección de 2001 sino el primer aniversario de aquella gran patriada que implicó el repudio del año pasado al intento de avanzar con las leyes como la laboral y la provisional por parte del macrismo.

Devaluación y precarización generalizada de la vida de por medio, el fantasma del luche y se van puede ser un insumo para gestar una pragmática popular que entienda que, de irse con anticipo este gobierno, el que venga tendrá otro margen de maniobra o, si se quiere, un piso más alto para enfrentar a los poderes fácticos si se lo propone.

 

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