Argentina: ¿Vuelve el perro arrepentido?

Estimadxs: volvimos al Fondo. Hemos recibido -nuevamente- el abrazo tan temido. Como si tuviéramos sólo memoria a corto plazo, retomamos el camino del infierno del ajuste estructural, del endeudamiento y el recorte sin fin. Argentina, ese laboratorio social, político y económico que todxs miran -al menos desde 2001-, vuelve a probar una medicina que ya tomó y cuyos efectos destructivos todavía estamos atravesando: las recetas del FMI.

¡Abajo el patriarcado, que va a caer, que va a caer!

¡Arriba el feminismo, que va a vencer, que va a vencer!

 

“Nuestra experiencia nos ha enseñado que, sobre todas las cosas,

debemos ser pacientes, perseverantes y decididos[as].

A veces, pasan meses sin que nada aparente suceda.

Pero si se trabaja con ejercicio de estas tres cualidades,

la tarea siempre ha de fructificar, en una semana, en un mes, en un año.

Nada debe desalentarnos. Nada debe dividirnos. Nada debe desesperarnos.

Agustín Tosco.

 

I

Hasta hace unos meses, el gobierno de Cambiemos soñaba con que, por fin, comenzaba a verse la luz al final del túnel, y los ansiados ‘brotes verdes’ en la economía comenzaban a desarrollarse y florecer. Y comenzó el mes de mayo de 2018… y todos los demonios juntos aparecieron.

El dólar, ese karma de la economía argentina, comenzaba -nuevamente- a ser noticia porque su precio se disparaba: 18 $, 20 $, 23 $, 25 $… Aparecían nubarrones en el mercado mundial: la Reserva Federal de los EE.UU. (suerte de Banco Central) empezaba a ajustar su política de tasas de interés, que comenzaban a aumentar; anunciaba el fin del dinero barato a nivel global. Para colmo de males, Brasil -nuestro principal socio comercial regional- mostraba signos de crisis propia. Para completarla, el clima: una importante sequía destruyó o puso en riesgo una porción importante de la producción sojera de Argentina, lo que en un país con monocultivo de tal ‘yuyo’ sólo agrega nafta al fuego de los desequilibrios estructurales de la economía dependiente.

En una economía que en los últimos años multiplicó su endeudamiento externo y con un equipo económico que mira -como quién ve palomas en una plaza- como el déficit externo aumenta sin límites, sólo era cuestión de esperar para que un estornudo global y/o local, encendiera las lámparas LED rojas -bajo consumo, por supuesto- del capital financiero internacional. En tal contexto, quienes habían acompañado -de pie y con aplausos- la política de ajuste ‘gradualista’ desde fines de 2015, comprendieron (en una suerte de epifanía colectiva) que la revolución de la alegría y las buenas ondas podía no llegar a buen puerto. A partir de allí, el crédito amigo ya no sería tanto ni tan barato.

II

En tal contexto, en pocas semanas, el Banco Central de la República Argentina (BCRA), bajo la dirección de Federico Sturzenegger, perdió casi 10 mil millones de dólares, un porcentaje muy significativo de sus reservas. El dólar multiplicó su precio, llegando a una devaluación acumulada en torno a 30% en comparación con finales de 2017. El temor a que la crisis final del proyecto Cambiemos se acercaba rauda, comenzó a atravesar todas las esferas del gobierno nacional, como un sudor frío que bajaba por las espaldas de sus funcionarios.

Como el ahogado haciendo sus últimos intentos para mantener su línea de flotación, el gobierno Cambiemos comenzó a dar manotazos a mansalva y aceleró el tranco. Primero, dio señales de centralización de la política económica: el Ministerio de Hacienda -en cabeza de Nicolás Dujovne- pasaría a coordinar y supervisar el conjunto de la política económica. La idea de que cada Ministerio podía actuar bajo su mejor saber y entender, cada cual atendiendo su juego (ver nota), había fracasado. El libre albedrío se agotó: con el apoyo invalorable del Ministerio de Modernización, el recorte en cada Ministerio se haría a partir de ahora, orgánico y sin titubeos. En segundo lugar, el gobierno decidió pedirle ayuda al peor amigo del mundo: el Fondo Monetario Internacional (FMI).

En pocas semanas, en el medio de los que parecía convertirse en una corrida contra el peso argentino, el gobierno inició febriles conversaciones con el organismo internacional famoso por el fracaso de sus programas de ajuste estructural. O, para ser justos, fracaso en términos de los intereses de los pueblos del mundo, pero altamente exitoso y aplaudido por las grandes corporaciones transnacionales, fondos de inversión globales y grandes potencias imperialistas.

El Memorando de Entendimiento (Memorandum of Understanding, o MOU, por sus siglas en inglés) firmado entre el Ministro de Hacienda y la Directora Gerente del FMI, Christine Lagarde, establece un programa de ajuste fiscal acelerado para los próximos 36 meses a cambio del cual el gobierno argentino se hace beneficiario de un crédito Stand-by de Alto Acceso por 50 mil millones de dólares. La garantía del FMI abrió a su vez créditos complementarios de organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial (BM). Estos créditos sumarán a la pesada carga de la deuda pública del Estado nacional, que ya supera los 235 mil millones de dólares.

Clarifiquemos: sólo 15 mil millones estarán disponibles a la brevedad; el resto será habilitado progresivamente y de manera contingente al cumplimiento de las pautas del acuerdo, según la evaluación trimestral de funcionarios ‘interventores’ del Fondo.

La democracia formal argentina se desvanece un poco más: el FMI pasa a convertirse en un Ministerio (el más importante) más del Estado nacional; el país queda realmente ocupado por uno de los principales agentes del gran capital global.

III

Según el ministro Dujovne, el acuerdo con el Fondo permitió “evitar una crisis”. Ceguera supina. El capitalismo dependiente argentino está atrapado desde al menos 2011 en una crisis transicional de la cual no puede salir: el PBI creció sólo 2,5% entre 2011 y 2017. Por aquellos años el gobierno de Cristina Fernández inició el ajuste heterodoxo, eufemísticamente llamado política de “sintonía fina”. El fracaso de esa política abrió el camino para el triunfo de Cambiemos en 2015 y la aceleración del ajuste, ahora denominado “gradualismo”. Nuevamente un eufemismo: la política de Cambiemos ha sido, ni más ni menos, que la aceleración, salto cualitativo, del ajuste y crisis transicional.

Las últimas semanas no han evitado la crisis. Por el contrario, la han acelerado. La corrida contra el peso fue resuelta transitoriamente atacando sus síntomas y no sus causas. El BCRA subió las tasas de interés al 40% anual en sus títulos de corto plazo (LEBAC). Moderó temporalmente la suba del dólar, pero puso a la economía otra vez en el camino de la recesión con alta inflación. Si los había, los brotes verdes tendrán dificultades para resistir esta dosis extra de glifosato.

IV

El acuerdo con el FMI opera como una suerte de ultimátum. El conjunto del gran capital financiero internacional ya ha decidido que el programa de Cambiemos no avanza en la dirección y ritmo que esperaban (y exigen). La resistencia social en alza (la batalla campal de diciembre de 2017 todavía está fresca en las retinas de lxs poderosxs) y la oposición política (aun dentro del campo de los partidos del orden) comienza a rearticularse: la aprobación de un proyecto de ley que reducía el impacto de los ajustes tarifarios da cuenta de tal rejunte de fuerzas; el veto de Macri expresa no tanto su poderío, sino su debilidad.

El préstamo del Fondo busca blindar al gobierno. El mismo consta de tres grandes elementos. Por un lado, aporta financiamiento complementario fundamental en este contexto. El préstamo FMIsta cubre -parcialmente al menos- los vencimientos de deuda pública del Estado nacional que hasta fin de año superan los 53 mil millones de dólares. No está claro si ese aporte será suficiente para cubrir la sangría que la deuda provoca, en especial cuando en 2017 la economía argentina tuvo un saldo negativo en su cuenta de pagos por más de 30 mil millones de dólares: -5.500 millones por comercio de bienes, -10.000 millones por comercio de servicios (incluido turismo internacional) y -15.000 millones por pago de rentas (principalmente, intereses de deuda externa y remisión de utilidades). Y ese déficit no para de crecer, con una economía estancada.

Por otra parte, el acuerdo con el fondo exige una mayor independencia del BCRA respecto del gobierno, algo que debería atravesar la (difícil) aprobación parlamentaria de una nueva Carta Orgánica. Esa mayor independencia supone que el organismo dirigido por Sturzenegger dejará de financiar, en un plazo perentorio, al Tesoro nacional. Es decir, el Banco Central dejará de emitir dinero para financiar el déficit público. En 2018, la emisión presupuestada era de unos 140 mil millones de pesos, o unos 5500 millones de dólares, o 1% del PBI, o casi un tercio del déficit primario presupuestado. La mayor independencia del BCRA respecto del Tesoro supone una mayor dependencia del capital financiero. Liberado de la “carga” de financiar el gasto público, el Banco Central quedará liberado para atender de manera exclusiva los intereses del sistema bancario y financiero. El objetivo exclusivo de “bajar la inflación” en cabeza del Central deja otros objetivos, como generar empleo o mejorar los salarios, a la intemperie.

Finalmente, el acuerdo hace énfasis en la necesidad de acelerar la reducción del déficit fiscal primario, para llevarlo a cero en 2020. Mientras tanto, el déficit financiero del Estado nacional (es decir, el que incluye el pago de intereses por la deuda pública) pasaría de 5,1% del PBI en 2018 a 2,3% en 2020. En este sentido, el gobierno nacional en cabeza de Cambiemos ya venía haciendo los deberes: en un reciente informe (ver acá) el Ministerio de Hacienda mostró que el gasto primario del Sector Público Nacional No Financiero subió sólo 17,3% en los primeros cuatro meses de 2018 en comparación con igual período de 2017, por debajo de la inflación acumulada de 25,3% en igual comparación. De esa forma, el déficit primario se redujo un 31,1%. En igual período, por contraste, aumentaron un 57% los pagos de intereses por la deuda pública y el déficit financiero subió 12,8%, para superar los 134 mil millones de pesos en el primer cuatrimestre del 2018. El ajuste ya llegó hace rato, pero la vuelta al Fondo busca convertirse en el acelerante, como el querosén al fuego.

El renovado proceso de ajuste fiscal se apoyaría a corto plazo (2018-2020) en tres pilares: la caída en la cuenta de salarios del sector público, la reducción violenta en la obra pública y la eliminación sustantiva de los subsidios a los servicios públicos. El gasto en seguridad social (jubilaciones, pensiones, asignaciones universales) comenzaría a reducirse recién a partir de 2020. El gobierno quiere evitar abrir ahora el debate sobre el ajuste previsional (aumento de la edad jubilatoria, reducción de beneficios, etc.) que tantos dolores de cabeza le trajo en diciembre pasado (pero que está en el botiquín del FMI). El gobierno de Macri prefiere esperar a que llegue su ansiada reelección, donde intentaría quemar las naves; ¿llegará? Mientras tanto, desde Cambiemos intentarán continuar con el ajuste donde ya lo están haciendo: empleo y salarios públicos (creciendo sólo 18,8%, en términos nominales, según el informe mencionado, en los primeros cuatro meses del año), obra pública (una caída de 23,6% en los gastos de “capital” que abarcan casi todos los rubros) y subsidios en servicios públicos (cayendo 19,4%).

V

En definitiva, nos encontramos a las puertas de un intento de avanzar en un ajuste con efectos espiralados en sentido descendente sobre la economía en su conjunto. El ajuste fiscal violento profundizará la desarticulación del mercado interno argentino sin crear ningún impacto positivo sobre las condiciones de rentabilidad que puedan suponer un salto -aún si leve- en la inversión. Las esperanzas del gobierno siguen puestas en la confianza que pueda generar a mediano plazo. El FMI lo sabe y por ello apoya fervorosamente, en un último intento de sacar a la economía argentina de la trampa del estancamiento con inflación. Lagarde lo señaló hace poco “[buscamos] contribuir a ese esfuerzo [el plan de ajuste] brindando respaldo financiero, que apuntalará la confianza del mercado, dándoles a las autoridades tiempo”. Tiempo, eso, cree el gobierno, le dará la razón. Creen que con el acuerdo con el Fondo están comprando el futuro; su futuro como fuerza gobernante y nuestro futuro como fuerza de trabajo, como tiempo vital.

Precisamente, tiempo es lo que como Pueblo no tenemos. No podemos seguir atravesando el ajuste permanente como estrategia para ese futuro venturoso que no llegará. Aun si la economía recupera sus bríos, de la mano de la ‘lluvia de inversiones’ o a partir de una poco probable recuperación de la economía global, las condiciones de vida de las grandes mayorías sólo pueden empeorar. En especial, en el marco de una estrategia de ajuste (“re-equilibrio de la posición fiscal” dice, eufemísticamente, Lagarde) que supone que los problemas de la economía argentina son el exceso de gasto público y consumo popular, y no su dependencia estructural en el marco del capitalismo en su era transnacional.

Frenar las reformas estructurales y el ajuste fiscal, rechazar el acuerdo con el FMI y desarmar la política de liberalización de la economía son los puntos de partida de una estrategia que pueda recuperar la iniciativa popular. Desde ese nuevo plano de la lucha, podremos apuntar a un proyecto de cambio social que desarticule el capitalismo dependiente, superando sus límites en el camino de un proyecto societal de carácter socialista, libertario, de carácter radicalmente transformador, y que tenga al protagonismo popular como centro.

Ahora: la pregunta es si para conseguirlo podremos enfrentar el ajuste promovido por el FMI con la presencia de ánimo del pueblo jordano que estos días volteó al gobierno que intentaba avanzar en un plan similar, o si pasaremos a la historia acompañando al Pueblo griego que hace nueve años sufre las atrocidades del ajuste permanente. La resistencia social al ajuste previsional en diciembre, la masiva movilización y paro de febrero de 2017 y la contundencia de la lucha de las mujeres por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, son ciertamente esperanzadoras. En cualquier caso, si como decía la CGT de los Argentinos ‘solo el Pueblo salvará al Pueblo’, solo nos queda seguir trabajando en tal sentido.

 

Mariano Féliz: Profesor UNLP. Investigador CONICET. Integrante de la Sociedad de Economía Crítica e integrante de COMUNA-FPDS/CN en Movimiento de los Pueblos.

 

 

Fuente Zur.org.uy

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