Ars Poetica: ¿cómo se cuenta lo que pasa?

La catástrofe social que sufrimos es la contracara de un modo de producción que no consigue reproducirse sin destruir porciones cada vez mayores de humanidad y naturaleza. Esta tragedia no se nos presenta como un armagedón, momento único de destrucción total, sino que se acumula en oleadas superpuestas.

Tragedia, en el uso cotidiano del lenguaje significa catástrofe, desgracia, calamidad, fatalidad; sin embargo Tragedia es además una forma de representación.

 

La representación de la catástrofe adquiere formas diferentes entre los pueblos que tienen diferentes historias nacionales. En una época en la que las políticas del Estado buscan combinar represión con construcción de consenso, instalar una narrativa hegemónica supone la elección del registro que más se acomoda a la visión de mundo del receptor.

 

El “reingreso al mundo” de Argentina

 

En el contexto de creación de un nuevo marco legal que autorice la plena integración del territorio a la nueva configuración del capital, la Organización Mundial del Comercio (OMC) se reúne en Buenos Aires entre los días 10 y 13 de diciembre. Pero el mes de diciembre comenzó, además, con un encuentro del Grupo de los 20 (G20) que se reunió en Bariloche, donde se discute una agenda sobre “desarrollo, economía verde, agricultura, empleo, corrupción, turismo y negocios”. El gobierno de Macri, sin freno, intenta aprobar las contrarreformas que alteran la regulación de las relaciones laborales y de la seguridad social. La intención es tornar el territorio nacional un “paraíso” para las corporaciones, no sólo para su actuación directa, sino principalmente para la integración “virtuosa” de toda la economía a las cadenas productivas organizadas a escala planetaria y comandada por unas centenas de empresas transnacionales.  La economía local se transforma entonces en un terreno a ser expoliado.

 

Pero el “show” armado por Macri presidiendo la reunión del G20 esta vez no cuenta con coloridos globos amarillos. Se da después de que el gobierno militarizara la región de Bariloche, donde se realiza el encuentro.  Al mismo tiempo el gobierno impidió el ingreso completo de las delegaciones, tanto de las que vendrían para el G20 como las que vendrían para la OMC, seleccionando a los representantes de los gobiernos y descartando a los representantes de la sociedad civil: sindicalistas, miembros de organizaciones ambientales y sociales. Es decir, si el gobierno pretende que Argentina “reingrese al mundo”, no permite que el mundo, con sus contradicciones, ingrese a Argentina. Esto incomoda a las delegaciones oficiales, porque la presencia de la sociedad civil, de alguna manera, le da un toque de legitimidad a las dos reuniones.

 

Al mismo tiempo, las reformas que crean el nuevo marco legal necesario para la nueva configuración del capital, avanzan. Dichas contrarreformas barren, una y otra vez, con todo un andamiaje legal que entró en vigencia en períodos de pacto social. En rigor, sería necesaria una reforma constitucional. Por ahora se trata de combinar la aprobación de las reformas con acciones represivas fuera de la legalidad, defendidas con desparpajo desde el gobierno.

 

Se procede, paralelamente, a una purga y acoso al poder judicial. El gobierno cuenta para todo eso con los medios hegemónicos que actúan de manera articulada en operaciones combinadas. Para tal fin echan mano a enormes recursos destinados a la asesoría de prensa y comunicación. Cuenta también con la sorpresa que provocan los ataques a los derechos en las organizaciones de los trabajadores, acostumbradas a moverse en el terreno de la negociación.  En el contexto de recesión y de organización de la producción en cadenas flexibles, sus tácticas habituales pueden oponer poca resistencia efectiva. Vemos, por ejemplo, que la gran movilización del día 30/11, cuando se votaba en el senado nacional la reforma jubilatoria siguiendo el modelo de las recomendaciones del FMI, no consiguió impedir su aprobación. Con una decena de votos de senadores oficialistas, dos decenas de senadores kirchneristas y otro tanto de partidos aliados al oficialismo, la reforma pasó a la cámara de diputados.

 

Son los territorios, la punta de las cadenas de expoliación, los que ofrecen mayor resistencia a ese avance del capital. Los pueblos originarios se vienen configurando como una frontera material e ideológica al saqueo de los bienes comunes. Y vienen levantándose como posibilidad de ampliación de los territorios de la vida, en la perspectiva de una crisis alimentaria sin precedentes a escala mundial.

 

La militarización de estos territorios es el recurso que el Estado pretende usar para proteger a las cadenas extractivas. Militarización que se vale de la doctrina de combate al terror, plasmada en la ley antiterrorista sancionada durante el gobierno de CFK. La aplicación de la ley es la garantía para acuerdos internacionales de libre comercio que permiten, según palabras del actual presidente, el “reingreso al mundo”. Todo esto sucede al mismo tiempo en que se realizan acuerdos de cooperación militar con Israel y EEUU y maniobras conjuntas en regiones próximas a los centros de explotación minera.  Y sucede cuando el gobierno se empeña en aprobar en el congreso recursos para rearmar las fuerzas armadas. La desaparición del submarino ARA San Juan, se da en este contexto. Que es al mismo tiempo el contexto del desenlace del juicio a los represores de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y de la responsabilidad de la Armada en los “vuelos de la muerte”. El pasado 29/11, 48 represores fueron condenados, 29 de ellos a cadena perpetua.

 

La clave trágica

 

El registro trágico capta fácilmente los acontecimientos históricos argentinos. Nos referimos a la tragedia argentina en ambos sentidos, de alguna manera asociados: de experiencia trágica, como la llama el sentido común, y la forma trágica concebida según la descripción de Aristóteles desde el siglo V a. C. El héroe trágico es portador de valores, pero comete un exceso desafiando al destino: el hybris. Tal desmesura rompe un equilibrio que sólo puede ser restituido con la exclusión del héroe. El público se identifica y sufre con él. La recepción del relato genera una descarga emocional que alivia la tensión y amansa el conflicto: la catarsis.

 

El avance del extractivismo sobre el territorio trae como resultado una nueva y potente onda destructiva, ciclos permanentes de acumulación “primitiva” en los que el capital rapiña. Si los pueblos de la tierra y su economía no capitalista vienen siendo frontera para ese avance, vimos que en el caso de la resistencia de los Mapuche en Chubut fue Santiago Maldonado, un joven argentino, y no un Mapuche, quien mejor encarnaría al héroe trágico para la nación del Plata. Hubo 140 mapuches desaparecidos en el contexto de la lucha contra el extractivismo antes de la desaparición de Santiago Maldonado. Pero ninguno de ellos lograría representar al protagonista de la tragedia para los argentinos. Un hijo de la clase media, en cambio, provocó esa empatía. El público podía reconocer en él a la generación de desaparecidos de la última dictadura.  La juventud, la barba, la generosidad, el idealismo e incluso el tono claro de su piel permitían la identificación: “podría haberle pasado a nuestro hijo”. No porque los argentinos seamos todos blancos, sino porque es así que nos vemos.

 

No fueron los medios hegemónicos los que le dieron ese lugar a Santiago Maldonado. La cultura nacional estaba apta para captar el relato de la represión en el Lof de Resitencia Cushamen como la tragedia de Santiago, con su nombre de santo. Los Mapuche son radicalmente el “otro” de la nación argentina en el relato historiográfico y de los medios. Cualquier invento que se hiciera con respecto a ellos podría prender: “son chilenos”, “los financian los ingleses”, “son kirchneristas”, “entrenados por la guerrilla kurda”, “quieren construir un Estado propio”. De hecho, los medios y los funcionarios del Estado argentino lanzaron estas afirmaciones.

 

Cuando las organizaciones de derechos humanos centraron toda su campaña en la aparición con vida de Santiago Maldonado y presentaron su desaparición a manos de la Gendarmería Nacional, su muerte y el ocultamiento de ambos delitos como crímenes de Estado, el gobierno y los medios afines no consiguieron contrarrestar la ola solidaria que impuso el tema en la agenda nacional. Santiago, más que un militante pro Mapuche, era presentado como un pibe solidario, simpatizante de todas las causas de los humillados y ofendidos. Ni las operaciones de distracción, ni el ejército de trolls en las redes sociales, ni los montajes en los procesos de investigación oficial fueron eficaces en la construcción de sentido.

 

La divulgación de la pericia de la autopsia de Santiago, que como sabemos es insuficiente para explicar las circunstancias de su muerte y las condiciones de desaparición de su cadáver, coincide con otra desaparición: la del submarino de la marina de guerra ARA San Juan, con 44 tripulantes. Los medios, todos ellos, incluso los de la oposición al gobierno, contribuyeron a un gesto que, de alguna forma, pretendía substituir un héroe trágico por 44. En el proceso de lanzamiento de productos mediáticos destinados a emociones de alta intensidad, para ser descartados en un plazo de validez a ser calculado sobre la marcha, el Contraalmirante Gabriel González se fue de boca al comunicarles la explosión dentro del submarino a los familiares de las víctimas del siniestro: “Por fin ahora los medios de comunicación van a poder hablar de héroes de verdad y no de tipos como Maldonado”. Más allá de la diferencia numérica entre uno y 44 desaparecidos, si a Santiago no se lo podía presentar como otra cosa que un “disidente de la nación”, el submarino es un ícono de la defensa nacional contra el enemigo externo. Nada mejor para resolver la crisis interna provocada por las (contra)reformas que un llamado a la unidad nacional encarnado por los “héroes de la soberanía”. Pero, atención, que ese camino está lleno de vizcacheras.

 

La búsqueda de los 44 tuvo, en los primeros diez días, un lugar central en los medios y se procesó a partir de la identificación humanitaria con el sentimiento de desesperación de los familiares. El gobierno intentó salir de la escena, las miradas recayeron sobre la fuerza y la tragedia no se leyó en clave política, sino técnica. La gran cuestión pasa a ser la falla técnica, lo que oculta la gran pregunta: ¿Qué estaba haciendo el submarino? La jueza a cargo de la investigación viene admitiendo que la misma está parada porque la Armada no entrega información, argumentando que se trata de datos confidenciales que comprometerían la seguridad nacional. En julio, el poder ejecutivo envió al congreso un pedido de recursos para realizar una simulación de rescate de un submarino en el fondo del mar, pero el pedido fue denegado.  El 30/11, y después de haberles asegurado a las familias que los buscarían hasta encontrarlos, las búsquedas de sobrevivientes cesaban y la ayuda internacional se retiraba. Los familiares supieron la novedad por la televisión, e, indignados, muchos de ellos iniciaron acciones legales contra el Estado. La gran desesperación mediática centrada en los tripulantes se diluyó así al día siguiente de la condena judicial a los marinos que actuaron en la represión durante la dictadura, muchos de ellos arrojando militantes al mar.

 

Pero el descenso del tema del ARA San Juan a la profundidad del mar mediático se inició cuando las acciones del gobierno contra la recuperación de tierras por parte de la comunidad del Lof Lafken Winkul Mapu, junto al Lago Mascardi, resultaron en el asesinato de Rafael Domingo Nahuel Salvo. La “limpieza” de esa área cercana a Bariloche, donde se desarrollaría la reunión del G20, se realizó con una orden de desalojo firmada por el juez Gustavo Villanueva, reconocidamente anti Mapuche. Los propios participantes de la operación, del grupo Albatros de la Prefectura Naval, reconocieron que las armas con las que la comunidad intentó repelerlos fueron palos, piedras y honderas. Y los disparos que mataron a Rafael se dieron cuando la comunidad huía montaña arriba. En los días previos mujeres y niños habían sido detenidos. A una joven, autoridad espiritual Mapuche, la obligaron a comer tierra por negarse a arrodillarse frente a la policía. Al cuerpo del joven moribundo, lo bajaron de la montaña, en una camilla improvisada, dos jóvenes, con la esperanza de que recibiera atención y le salvaran la vida. Los apresaron y golpearon.

 

Se empezaba a dibujar un nuevo héroe trágico. Esta vez no era un hijo de la clase media, sino de un joven Mapuche que, sin embargo había crecido en las afueras de la ciudad de Bariloche. Un pibe del conurbano que aprendió oficios en los cursos ofrecidos por una ONG católica. Hacía changas y había decidido acompañar a su tía en la retomada de la tierra ancestral. El regreso a la tierra traería la posibilidad de vivir la cultura de los suyos y abandonar la media vida sufrida de los jóvenes subempleados de la periferia.

 

Rápidamente, el gobierno, articulado con los medios hegemónicos, intentó recuperar terreno. Bullrich y Garavano, comunicaron en rueda de prensa que se trataba de un enfrentamiento con grupos violentos, con armamento pesado, que habían invadido un parque nacional. El gobierno y los medios vienen construyendo un enemigo interno: la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche).  Pero en ese mismo comunicado, la ministra Bullrich explicó que la RAM no es un grupo, sino “un concepto” (sic). ¿Las armas? La RAM las habría hecho desaparecer. Y dijo aun que los funcionarios del ejecutivo no tenían que probar nada.  Michetti declaró en reiteradas oportunidades que el “beneficio de la duda” en un caso como este debía otorgársele a las fuerzas de seguridad. En un país que vivió la represión de la dictadura, en el que los asesinatos de militantes se justificaban con la fórmula “muertos en enfrentamiento”, este relato oficial se recibe con sospechas por parte de la sociedad que exigió “castigo a los culpables” de la represión durante los años entre 1976 y 1983. Ahora, la ministra pretende que las fuerzas de seguridad no cumplan las órdenes judiciales si las consideran ilegales, en una copia burda de la película, ya burda, “Juez Dredd” (1995), con Sylvester Stalone. En el enredo de ciencia ficción, los policías tienen también el papel de jueces.

 

Simultáneamente, el obispo de Bariloche, Juan José Chaparro, llamó a la formación de una Mesa de Diálogo. Además de las dos decenas de comunidades Mapuche de la provincia, se sumaron movimientos sociales, sindicatos, universidades y el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), órgano dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. El órgano encargado de los parques nacionales, en cambio, se negó a participar.  La Mesa de Diálogo tuvo como intención inmediata desmontar el relato oficial que justificaba la criminalización de los Mapuche y la lucha por la tierra. Consiguió que se suspendiera el desalojo y la libertad de los dos jóvenes presos. El juez Villanueva, consciente de que podría quedar comprometido con el asesinato, ya que suya había sido la orden de desalojo, comenzó rápidamente la investigación de las circunstancias de la muerte del joven, comunicando como resultado de la pericia que fue baleado por la espalda, de abajo hacia arriba y que no se hallaron restos de pólvora en sus manos ni en la de los dos jóvenes que habían sido detenidos. Los ocho prefectos sospechosos, sin embargo, volvieron a sus respectivas ciudades.

 

La situación del gobierno es muy delicada. Y se lanza con desenfreno a remendar una narrativa a la que le falta cohesión. La pregunta es, sin embargo, si en esa batalla de los relatos podemos, no sólo ganar, sino superar la insistencia neurótica en la representación trágica. Las versiones que se cristalizaron sobre la dictadura también terminaron tomando esa forma. El acomodo a esas estructuras no tiene sólo razones culturales. Probablemente sea más acorde con la historia de los héroes derrotados. La superación de la forma trágica no es, por lo tanto, una cuestión literaria. No va a resolverse en el papel o en la pantalla, sino en el terreno duro de la historia. Los relatos utilizan el recurso del bombardeo y la sustitución rápida hasta el paroxismo de productos mediáticos, pero a cada fracaso en satisfacer las necesidades de la vida material de la sociedad, las historias mal contadas, que se acumulan como capas geológicas, vuelven a estar sobre el tapete y se reabren.  Es en el campo de la lucha social donde podemos transformar la “naturaleza trágica” de nuestros héroes derrotados. No conformarse con la reivindicación moral de nuestros héroes y luchar para que la derrota no sea el desenlace es todo un programa para las actuales generaciones.

 

Josefina Mastropaolo y Silvia Beatriz Adoue

 

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