Asamblea de los hombres

La plenaria de la reunión de la coordinación nacional del Movimiento de Trabajadores rurales Sin Tierra (MST-Brasil) estaba repleta de hombres. Era de noche. Corría un viento fuerte. Las olas rompían en nuestras espaldas, cerca de ahí. Había tensión en el aire. Ellas no estaban.

El problema no era juntarnos entre muchos hombres, para discutir. La cuestión era el motivo. Asamblea de los hombres. Mientras ellas se reunían en el comedor. Asamblea de las mujeres.

¿Para qué? ¿Discutir nuestros problemas? ¿Por qué no hacemos eso juntos? ¿Para qué separar? Sería normal que ellas se junten para discutir los problemas de ellas, pero de ahí, ¿Querer que nosotros hagamos eso también?

Una de ellas vino a explicar la intención. Dirigente, explicó la razón, el método. No era una invitación, ni un pedido. Era un encauzamiento, dando inicio a nuestra asamblea.

Tres hombres de divideron las tareas, coordinando, exponiendo qué es el patriarcado, qué relación tenemos nosotros con eso, que es lo que eso tiene que ver con el capitalismo. Entre explicaciones, siempre en un tono de voz calmo, daban ejemplos de actitudes nuestras que ni percibíamos, pero que ellas dicen que llegan a molestar mucho, a lastimar ciertamente.

Sorprendía la atención general, ausencia de ironía con la que lidiábamos con todo eso. Era una situación nueva, distinta a la de un debate de coyuntura. El asunto era nosotros mismos, nuestras vidas, la forma en que fuimos educados, nuestra relación con ellas, la forma en que ejercemos el poder.

Estábamos como guerreros sentados, pesadamente torpes con nuestras armaduras, entregadas las armas depuestas, sin mañas cómplices, sin chistes armados. De ahí no teníamos como retroceder.

El falso trayecto, que se esbozaba en algunas intervenciones, era que encaremos aquello como un pedido de ayuda de ellas: La ruta del paternalismo. Lo que para nosotros era novedad, para ellas fueron pasos dados en años, de encuentros en el tiempo extra de la programación, de reivindicación de la necesidad de espacio para el debate, de la inserción de la cuestión de género en la estructura del movimiento, de transformación de algo invisible a nuestros ojos en una pauta irrefutable.

Para ellas, ese momento era una batalla vencida, para nosotros era un mundo nuevo. No nos pedían cabezas, juicios e inquisiciones. Tal como el feminismo negro estadounidense, estaba poniendo el desafío de reconocernos y superar las contradicciones que introyectamos del sistema capitalista. Una opción por la construcción de poder popular, la apuesta en la construcción colectiva, en la formación, más allá de la sanción.

Las mujeres del MST querían que hablemos entre nosotros, sin interrogatorios, sin justificativas, sin transferencia de culpa. Cada cual con su pesada carga, sea por la ausencia, por el exceso de fuerza, por la complicidad con la violencia, por la falta de escucha, por la rigidez derivada de la ignorancia.

En el debate, nos fuimos arriesgando, tomando la palabra. ¿Qué es ser hombre? Fuimos tirando el hilo del ovillo de nuestras historias, arriesgando testimonios, declaraciones, preguntas; asumiendo desarmados, que sí, somos machistas, nos beneficiamos de un espacio de poder desigual, y si no actuamos contra eso, somos cómplices con la estructura de poder que nos privilegia.

Más allá de la guerra de los sexos, con víctimas y verdugos, fuimos viéndonos como diferentes, hombres gay hablaron de las discriminaciones que sufren, jóvenes que llegan al suicidio por la discriminación que los rodea. Temas de afuera de la pauta entraron en la asamblea, antes inaudibles, ahora improrrogables.

Entonces ellas llegan cantando, en marcha, las mujeres del MST, que no retiran el pie del buen combate, en coro, alegres, amazonas de nuestro tiempo, fraternas, nos acogen, nos entregan un poema con un grabado, nos abrazan. No nos toman como enemigos, nos quieren como compañeros.

Rafael Villas Bôas

Fortaleza, 25 de enero de 2017.

Traducción: Diego Ferrari

 

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