Banksy o la paradoja de la crítica del capitalismo

El artista británico ha querido proceder a un acto supremo de rebelión frente a la mercantilización del arte: la destrucción de su propia obra (ver video). Pero si ha fracasado en destruir su valor, ha logrado mostrar las taras del capitalismo moderno.

Banksy es actualmente más que un artista reconocido. Es una estrella, cuyo carácter misterioso aún refuerza más su atractivo. Se le busca y se buscan sus obras. Y cada uno de sus actos crea el acontecimiento. Cuando el artista de Bristol en junio pasado, pintó en los muros parisinos, la efervescencia alcanzó a toda la capital francesa. Pero Banksy, también es un “rebelde” que se muestra crítico con el capitalismo. Su último estallido ha sido , desde este punto de vista, la destrucción parcial de su obra, “Muchacha con globo”, algunos minutos después de su adjudicación por 860.000 libras esterlinas por el grupo londinense Sotheby’s, que reúne a sociedades internacionales de venta mediante subasta obras de arte.

Banksy ha reivindicado  el asunto: ha remitido por correo un video mostrando que había integrado en el marco una destructora de papel “en caso de que la obra subastada se vendiera”, ha precisado. Banksy estaba preparado desde hace tiempo, con el objetivo de destruir una obra que al escapársele, se convertía en objeto de especulación. Un acto de desafío a la lógica capitalista de creación de valor a partir del arte. El artista británico por otro lado se ha ha apropiado una cita (alterada) de Picasso: “el deseo de destruir es también un deseo creador”. La función del acto de Banksy es clara: mostrar la superioridad del acto creador sobre el acto mercantil; se puede destruir la mercancía como opción, el segundo no se lo puede permitir.

Sin embargo Banksy ha perdido su apuesta. La tela, solo destruida a medias, según los expertos aún valdrá más cara en adelante. Su valor se ha reforzado por la reivindicación del artista y por los videos de la destrucción. El feliz propietario de la tela puede desde ahora vanagloriarse de poseer no solo la obra, sino también la prueba de su acto destructor. Y esta destrucción proporciona precisamente más valor a la misma. Así puede agradecerlo al artista: cuando decida revender esta pieza, podrá embolsarse una plusvalía engordada.

Este episodio, ha comportado varias reflexiones interesantes (En Francia, Les Échos, e incluso en Bloomberg) pero plantea una cuestión central en economía, la de la creación de valor. Banksy ha creado valor a su pesar e incluso lamentándolo. Su acto de destrucción de valor, el que quería aniquilar el bien vendido para aniquilar el interés de la transacción, ha fracasado porque el proceso de creación de valor no reside ya hoy simplemente en el proceso de cambio.

A nihilista, nihilista y medio El capitalismo moderno es mucho más nihilista que su crítica: ha adquirido esta capacidad de hacer millones con nada o casi nada. La negación de la mercancía se convierte ella misma en mercancía. Incluso podemos estimar que si la destructora de papel hubiera terminado su tarea, el precio de la obra aún habría aumentado y las tiras de la obra habrían valido cada una las 860.000 libras de la obra completa.

Si la voluntad de Banksy era clara en realizar un acto de protesta y de destrucción de valor, fracasó porque su obra ya no le pertenece. Pertenece a un mercado capaz de transformar todo en dinero y de crear valor a partir de la negación misma de lo que es una transacción comercial. La abstracción de las relaciones mercantiles ha llegado a ser tal que, en adelante, el valor viene de la destrucción del propio valor. Schumpeter es cogido aquí por sorpresa: su destrucción creativa tan apreciada actualmente por quienes toman decisiones supone que lo que ya no tiene valor, se destruye y ha de ser reemplazado por una producción nueva que contenga más valor. La nueva destrucción creativa se basa en que en adelante, el producto destruido vale más que el que le precede.

Si como señala con razón Jean-Marc Vittori en Les Échos, el acto de Banksy ha querido mostrar que el mundo se autodestruía, en realidad ha mostrado aún más: ha mostrado que el capitalismo es capaz de valorizar hasta el infinito esta destrucción. El mundo está, lo sabemos, amenazado por el cambio climático, pero este cambio climático es él mismo un medio para ganar más. Por lo tanto encontrará los medios para hacer de esta destrucción un fuente de valor. Algunos ven incluso en esta capacidad una ocasión de salvar al planeta gracias al genio creador del capitalismo. Es posible, pero el asunto Banksy subraya otro escenario: el de un valor creciente al filo de la destrucción, volviendo a esta destrucción incluso más necesaria para el funcionamiento del capitalismo. Esto conduce a la necesidad de no confundir, como se hace hoy muy a menudo, creación y extracción de valor.

Este episodio llega al punto señalado; es decir,  al momento mismo en que, el lunes 8 de octubre, el comité del Banco de Suecia, acaba de conceder a Paul Romer y William Nordhaus el premio de economía, a menudo llamado “Nobel”. Ambos han investigado para defender la idea de un crecimiento resistente a sus límites naturales: como subraya Antonin Pottier en Alternatives économiques, para Nordhaus, ¡el calentamiento climático óptimo son 3,5 C! La destrucción de la obra de Banksy muestra que una pequeña idea (la destructora de papel en el cuadro) puede, como lo dice Paul Romer, crear un gran valor, aunque la destrucción (como ocurriría en caso de calentamiento de  3,5C) pueda ser óptima. Es esta propia lógica la que arriesga en llevar al planeta a su pérdida, siguiendo la idea de que todo lo que crea valor es bueno por naturaleza.

Pero el episodio Banksy enseña una segunda lección, que vuelva la primera aún más inquietante. Es que el capitalismo moderno no puede ya ser criticado, porque su crítica se convierte en sí misma en un agente en la creación de valor. Cuando Banksy pinta en un muro parisino la imagen de un hombre que ofrece a su perro la pata que acaba de cortarle, el antiguo presidente de MEDEF, Laurent Parisot, considera la obra “extraordinaria” y ve en ella una crítica de la relación entre el hombre y el animal, aunque se trata de una alegoría de la alienación capitalista descrita por Marx. La crítica del capitalismo se convierte en imposible, porque resulta incomprensible. No hay recuperación o, como se podía decir antaño, de perversión del arte por el dinero.

Hay simplemente una incapacidad de extraer lo que puede ser una crítica del funcionamiento del capitalismo, que ha llegado a ser natural. Laurence Parisot no critica al capitalismo ante la obra de Banksy, critica “al  hombre” porque el hombre es intrínsecamente capitalista.

En el capitalismo moderno, es imposible no aceptar las leyes del capital. Toda crítica se realiza así en ese estrecho marco y forzosamente se traduce en una creación de valor, que escapa a la que está en su origen, porque en adelante pertenece a un sistema que le niega el derecho de crítica. Prueba que es capaz de negárselo valorizando su crítica; por lo tanto aniquilándola. Banksy ha experimentado esta prisión mental en la que su acto claramente anticapitalista se ha convertido en el summum del capitalismo moderno.

 

(traducción: Bansky extraordinario aparecido esta noche en La Sorbonne: el hombre, ese ser generoso,
ofrece a su perro el hueso de la pata que acaba de cortarle)

 

Pero no hay mal que por bien no venga. Para quien sabe verlo, este acto ha desvelado los resortes de la destrucción venidera: el avance ciego de un sistema capaz de nutrirse de nada y de su contrario en el que la humanidad esta presa.

 

 

fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/banksy-o-la-paradoja-de-la-critica-del-capitalismo

 

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