Bergoglio: el más conservador de los reformadores

De reaccionario arzobispo de Buenos Aires a carismático líder que llegaba para reformar una conservadora institución en crisis, a las encerronas actuales

Un balance provisorio del papado de Francisco I.

El 13 de marzo de 2013 buena parte de la prensa mundial apuntaba su mirada al Vaticano. “Habemus papam”, anunció un cardenal francés antes de informar que Jorge Berglogio, el primero en llegar desde América Latina, desde ese momento llamado Francisco I, daba comienzo a un nuevo intento de la cúpula eclesiástica por resolver los problemas que aquejan a la iglesia católica. Los mismos que habían llevado a la renuncia del alemán Benedicto XVI jaqueado por las filtraciones internas conocidas como Vatileaks.

Desde ese momento, el hosco y reaccionario arzobispo de Buenos Aires, como si hubiera obrado un milagro celestial, se transformó en un carismático líder que llegaba a reformar la conservadora institución, logrando incluso atraer a viejos opositores al pensamiento del jesuita que no dudaron en catalogarlo como “progresista”.

El recorrido de su papado finalmente muestra que ni el reformador progresista era tal y que el arzobispo reaccionario, aunque oculto por momentos, sigue estando allí.

 

Hagan lío… pero no tanto

“Hagan lío”, exhortó a la juventud Bergoglio en Brasil en 2013, en uno de sus primeros viajes pastorales. Esas palabras parecían anticipar la impronta que tendría su papado, en el que Francisco I prometía darle a la iglesia un perfil mucho más cercano a los sectores que se sentían “abandonados” por las autoridades de la curia. Tan solo cinco años después el papa debe enfrentar un fuerte cuestionamiento, como se vio en sus viajes a Chile o Irlanda, donde el fervor inicial dio paso a un creciente reclamo por los crímenes de la curia.

Marcelo Larraquy, autor de dos libros sobre la llegada de Francisco I al Vaticano, Recen por él (2013) y Código Francisco I (2016), señala que la crisis de la iglesia estaba y está marcada por dos cuestiones centrales: por un lado, la crisis moral de valores cristianos que pregona jaqueados por las continuas denuncias contra curas pederastas y sus encubridores –uno de los elementos que potenció el crecimiento de las iglesias evangélicas en regiones como América Latina– y, por el otro, los innumerables casos de corrupción que van desde las oscuras cuentas del Banco del Vaticano hasta la relación de varias diócesis en el mundo con dinero non sancto.

Larraquy afirma en Código Francisco I que además, “… el mundo había cambiado durante los dos pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. De un enfrentamiento bipolar, simétrico, entre dos potencias mundiales, se habían incorporado en el escenario nuevas potencias emergentes (…) la diplomacia vaticana había quedado opacada” (pp. 21-22). Al cambio global que menciona el autor se debe agregar por un lado el impacto de la crisis económica internacional de 2008, y por el otro, el surgimiento de tendencias a la acción de masas a nivel internacional como respuesta a esa crisis, lo que expresó la “primavera árabe” por poner un ejemplo, que marcaran también el perfil del nuevo papado.

Bergoglio aprovechará ese cambio en la arena mundial para retomar “la misión evangelizadora” que había marcado una parte del papado de Juan Pablo II, pero ahora el centro del discurso papal se enfocaría en lo “social”, en la “igualdad” y en intentar ser vocero de los más afectados por la creciente desigualdad producto de la crisis capitalista.

Ese nuevo “relato social” de la misión evangelizadora incluyó la denuncia a “la globalización de la indiferencia”, una tibia denuncia a la acción de las principales potencias centrada en la cuestión de la inmigración y los refugiados, y una búsqueda por expresarse “desde la periferia”, en un intento por cambiar la visión global de un Vaticano servil a las potencias occidentales. Los gestos hacia potencias regionales emergentes, la búsqueda de un vínculo con China, un territorio sin explorar por la iglesia católica, y el lugar otorgado a Rusia expresan ese intento.

Este giro, sin embargo, irá acompañado por un acercamiento a la política internacional de EEUU durante la administración del demócrata Barack Obama, que en el marco de la crisis del orden neoliberal y de la decadencia hegemónica estadounidense aplicó una política “menos agresiva” para imponer las condiciones imperiales a fin de mantener el statu quo global. El rol político jugado por el Vaticano en la normalización de las relaciones entre EE. UU. y Cuba, tan celebrado por sectores del progresismo latinoamericano, coincidió con la exploración de un nuevo camino en pos del avance de la restauración capitalista en la isla, encarado por el gobierno estadounidense (que sin embargo mantuvo el bloqueo económico sobre Cuba).

Pero la crisis económica mundial que estalló en 2008 también gestó la crisis del llamado “extremo centro”, como Tariq Ali denominó a los regímenes que en los países centrales alternaban a los partidos socialdemócratas y de centro derecha en el gobierno aplicando los mismos planes neoliberales, y del surgimiento de los denominados “populismos” por derecha y extrema derecha. Un cuestionamiento al statu quo cuya expresión máxima se dio en EEUU con la victoria electoral de Donald Trump. Ese cambio, junto a la creciente desestabilización global que generaron sus medidas a la vez que en Sudamérica el fin del ciclo posneoliberal daba el ascenso de fuerzas de derecha, fueron un golpe inesperado para el “nuevo relato” papal.

Si el gran impacto por los gestos y el tono de sus denuncias a la globalización marcaban la impronta del papado, incluso logrando eclipsar los aspectos más conservadores de la nueva misión evangelizadora, el surgimiento de un cuestionamiento por derecha al statu quo global volvió a ubicar al jefe del Vaticano en un lugar secundario en la escena mundial, haciendo aflorar lo irresuelto: la crisis moral hacia afuera y las disputas internas en la iglesia.

 

La guerra interna en la iglesia y el fracaso de una reforma fugaz

Junto a la “misión evangelizadora”, que se tradujo en un intento por reubicar en la geopolítica global al Vaticano, Francisco I –el mismo que en su rol como arzobispo de Buenos Aires llamó a una “guerra Santa” contra el matrimonio igualitario–, buscó instalar una agenda menos conservadora en algunas cuestiones relacionadas a la doctrina de la iglesia. La llamada “puerta abierta”, que incluyó la relación con las personas divorciadas, la homosexualidad, entre otros temas, se convirtió en una “… estrategia para que el mundo laico volviera a mirar a la iglesia, no ya como un imperio premoderno de costumbres anacrónicas, sino como un actor valioso para ofrecer una mirada pastoral política y social renovada” afirma Larraquy (Código Francisco I, p. 83).

El intento no respondía a un “afán reformador” aislado de Bergoglio sino que expresaba una corriente interna que buscaba “modernizar” sobre cuestiones que estaban haciendo perder influencia a la iglesia sobre millones de católicos.

Esos cambios mínimos fueron la excusa para que el sector ultraconservador de la iglesia se agrupara contra Francisco I. Ante una posible escalda de la “guerra interna”, el papa eligió preservar la unidad de la iglesia, descartando los cambios en clara concesión a los sectores más reaccionarios.

La reciente denuncia de que el papa encubrió al ex arzobispo de Washington, acusado por abusos, realizada por el arzobispo Carlo Viganò, parte del ala conocida por sus posiciones contra el divorcio o la homosexualidad, muestra la virulencia que comienza a tomar la disputa.
El exnuncio y el sector de la curia al que pertenece tienen relaciones con organizaciones de la ultraderecha estadounidense. En febrero del 2017, el diario The New York Times detectó que el exjefe de consejeros del presidente Trump, Steve Bannon, buscaba organizar a los prelados ultraconservadores contrarios a las posiciones de Francisco I. Para los sectores relacionados con el movimiento conservador Tea Party, una especie de rama fundamentalista del Partido Republicano, se requiere una fuerza religiosa cristiana tradicional que detenga la “expansión” del Islam. Por eso defienden las políticas islamofóbicas de Trump y la ultraderecha europea, además de coincidir en el repudio a los homosexuales, el derecho al aborto legal, y defienden la familia tradicional como uno de los valores más altos.

Esta resistencia ultraconservadora dentro de la iglesia es resaltada por quienes ven, y exageran, un espíritu reformador de la institución en el papa. Es evidente que los ataques a cambios mínimos existen, pero tan evidente como que el intento “aperturista” solo abarcó terrenos en los que la iglesia ha sido derrotada hace tiempo. En lo esencial, Bergoglio ha mantenido una doctrina reaccionaria en cuestiones fundamentales sobre las que pretende influir la iglesia en la vida pública: sobre la familia, los derechos de las mujeres como el aborto legal o el matrimonio entre personas del mismo sexo, entre otros temas.

Pero además de evitar que los debates aperturistas culminen en una crisis mayor, otro aspecto actuó como freno para la supuesta “reforma” que permitiera superar la crisis moral que arrastra la institución. El entramado de encubrimiento, complicidad e impunidad relacionados con los casos de abusos de menores por parte de miembros de la iglesia católica salen a la luz en varios países a diario, implicando hasta las más altas autoridades incluido el Vaticano.

Como explica Julián Maradeo en una entrevista a propósito de su último libro La trama detrás de los abusos y delitos sexuales en la iglesia católica, el Vaticano elaboró un método para silenciar las denuncias de abusos contra curas y obispos. Maradeo asegura que existe un sistema de encubrimiento que, “tiene dos patas: uno es el traslado geográfico de los curas cada vez que se identificaba un caso de abuso. El otro es, lo que el Comité de Derechos del Niño de la ONU, denominó como ley del silencio”. Ese silencio de los casos de abuso operaba “sobre los niños abusados y los curas que se animaban a denunciar los abusos”, explica el autor.

El diario inglés The Guardian reveló en 2009 que el representante del Vaticano ante el Comité de los Derechos del Niño de la ONU, en un intento por minimizar el escándalo por los casos de abusos, declaró que entre el 1,5 y el 5 por ciento del clero católico participó en abusos sexuales. Maradeo en su libro asegura que, “Si la comunidad religiosa de la iglesia católica, apostólica y romana alcanza la cifra e alrededor de 440.000 personas, los involucrados en situaciones de pedofilia oscilan entre las 6.600 y las 22.000”.

Bergoglio no ha estado alejado de esa trama, y por ese motivo la denuncia del ex nuncio Vigano suena creíble; Francisco I ha quedado involucrado por la defensa pública a miembros de la iglesia católica chilena acusados de encubrimiento, en su gira a América latina, lo que se suma al escándalo más reciente que se dio al finalizar la visita papal a Irlanda. La reunión de los principales funcionarios de la iglesia de todo el mundo, convocada por el papa para febrero, que discutirá qué pasos dar ante las crecientes denuncias contra curas abusadores, aparece como un gesto in extremis para frenar los cuestionamientos a la inacción del Vaticano. Lo cierto es que la crisis interna de la iglesia puede hacer, como mínima, que esa reunión no llegue a resultados ciertos.

Esa combinación de “cruzadas reaccionarias” como la vivida en Argentina contra la aprobación del aborto legal y la exposición de los casos de abusos junto al encubrimiento de los mismos por parte de las autoridades de la iglesia, explican la creciente pérdida de autoridad de esta institución sobre buena parte de la población. Un ejemplo es el apoyo que recibe la campaña por la separación de la iglesia y el Estado en la tierra del papa.

 

Del fin del mundo al rescate de la ONG más grande del planeta

La elección de Bergoglio para comandar la cúpula de la iglesia católica es la culminación de una carrera en la curia donde la acción política para ubicar a la institución como un actor central en la contención ante posibles crisis que cuestionen el statu quo capitalista. Bergoglio, relacionado con la derecha peronista, manifestaba en la década de 1970 sufrir “una sana ‘alergia’ a las teorías que ‘no han surgido de nuestra realidad nacional’”, según relata Larraquy en su libro Código Francisco I. Luego del golpe militar genocida, “… en el afán de protegerse, Bergoglio reflejó en el Colegio Máximo el oscurantismo que la dictadura militar impuso a la sociedad, aunque lo hizo más por precaución que por correspondencia ideológica”, agrega el autor.

Fue en esos años que, como máximo responsable del Colegio de Jesús, fue parte de la jerarquía católica que avaló el genocidio perpetrado desde marzo de 1976. El periodista y fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales, Horacio Verbitsky, relaciona a Bergoglio con la desaparición de miembros de la orden que estaba bajo su mando. Verbitsky dice:

… en algunas ocasiones la luz verde fue dada por los mismos obispos. El 23 de mayo de 1976 la Infantería de Marina detuvo en el barrio del Bajo Flores al presbítero Orlando Yorio y lo mantuvo durante cinco meses en calidad de desaparecido. Una semana antes de la detención, el arzobispo Juan Carlos Aramburu le había retirado las licencias ministeriales, sin motivo ni explicación. Por distintas expresiones escuchadas por Yorio en su cautividad en la ESMA, resulta claro que la Armada interpretó tal decisión y, posiblemente, algunas manifestaciones críticas de su provincial jesuita, Jorge Bergoglio, como una autorización para proceder contra él.

El actual pontífice llega al Arzobispado de Buenos Aires de la mano del cardenal Antonio Quarracino, líder de una iglesia aliada del neoliberalismo menemista. En esos años Bergoglio busca poner a la “iglesia en salida” tomando un discurso social y de “opción por los pobres” (del que había renegado en los años 70) dando comienzo a su ascendencia política sobre movimientos sociales, que aún hoy mantiene.

El mayor reflejo de esa influencia sobre algunos de estos movimientos se ve claramente en Argentina. “Francisco I insta a organizarse, a frenar la exclusión social actual, y eso molesta mucho” afirmó Daniel Menéndez (coordinador nacional del Movimiento Barrios de Pie) en una entrevista con Página/12. Además, agregó que el papa pone “sobre la mesa un mensaje crítico al orden social actual”. Esa visión es compartida por otras organizaciones, como la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), cuyo referente es Juan Grabois, o el Movimiento Evita, que ante un Bergoglio al que se le puede aplicar la máxima de que nadie es profeta en su tierra actúan como apóstoles del mensaje de la iglesia que busca ubicarse como parte de los factores de contención social y evitar la irrupción del descontento.

En un sentido similar, se han posicionado corrientes que responden a la expresidenta y hoy senadora Cristina Kirchner. Poco antes de ser nombrado papa, Bergoglio se había visto enfrentado con el gobierno kirchnerista, en especial contra la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, conocida como matrimonio igualitario. La llegada al Vaticano de Bergoglio cambió drásticamente la relación con el kirchnerismo, en especial luego de que las principales figuras de esta corriente abandonaran las acusaciones por su rol en la dictadura.

Bergoglio logró unir dos rasgos que son funcionales para el giro que se propuso un sector de la cúpula eclesiástica: es un conservador extremo en materias dogmáticas que muestra una marcada sensibilidad social. Esa combinación fue la que permitió el deslumbramiento de muchos con el papa de los gestos y discurso social.

Pero la “revolución franciscana” nunca llegó, aunque esa esperanza estuviera más cerca de la fe que de la realidad. Si bien durante un momento, y con gran ayuda de otros actores que le han tendido la mano, como sucede en Argentina con algunas organizaciones sociales y políticas, Bergoglio logró el objetivo de volver a ubicar a la iglesia con cierta autoridad para actuar como un pilar de los mecanismos de dominación bajo el capitalismo.

El carisma, junto a un discurso renovado, de los primeros años del papa Francisco I parecía suficiente para evitar una pérdida mayor en la autoridad moral de una iglesia cuestionada en varios frentes. Sin embargo, el extremo conservador y la defensa a ultranza de la doctrina eclesiástica le ganaron a la sensibilidad social. Las cruzadas reaccionarias en defensa de la moral de la sociedad se suman a los cada vez más notorios encubrimientos en los casos de curas pedófilos, minando la autoridad papa.

Bergoglio tras más de 5 años de su papado, aunque recuperó un rol destacado para la iglesia como mediadora en algunos países latinoamericanos y en especial en Argentina, juega un papel cada vez más deslucido sin los aliados que le permitieron tener una influencia global en su momento, y es cuestionado internamente por sectores envalentonados (y apoyados) por el avance de la derecha y ultra derecha en EEUU y Europa. La renuncia de Benedicto y el cambio de las formas y gestos del papa tuvieron un objetivo: recuperar la autoridad de una institución que es, como definió hace unos años el diario británico The Economist, “la más grande organización no gubernamental del mundo” y que hace milenios es un bastión reaccionario al servicio de los poderosos. Ese objetivo global aparece cada vez más lejano ante los cambios actuales.

x Diego Sacchi

La Izquierda Diario

 

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