Brasil 1968: El asalto al cielo, la bajada al infierno

El comienzo de los 60 había sido contradictorio para las luchas sociales en el mundo. En 1964, bajo la orientación colaboracionista del Partido Comunista, el movimiento popular brasileño fue derrotado sin luchar. En 1965 y 1966, la misma política facilitaría la masacre de un millón y medio de comunistas y la consolidación de la dictadura en Indonesia. El asesinato del líder marroquí socialista Ben Barka, en Francia, en octubre de 1965, y la sustitución  de Ben Bella por Boumedienne en Argelia en junio del mismo año también mostraron hasta donde llegaba el compromiso de lucha por la independencia social, bajo la dirección de las clases burguesas nacionales consideradas como progresistas.

La década se inició con señales premonitorias. En las barbas del gigante imperialista, en 1959, a partir de Sierra Maestra, un grupo de jóvenes revolucionarios reavivó a la población de la pequeña isla y tumbó a la dictadura odiada. Dos años más tarde, la revolución cubana tomaba un tinte claramente socialista. En abril de 1961 el fracaso de la invasión imperialista en Bahía Cochinos hizo crecer la humillación estadounidense. Sobre todo en Indochina, donde avanzaba sin descanso la lucha armada de las fuerzas populares vietnamitas, a pesar de los enormes recurs La derrota brasileña

La derrota en Brasil había pesado mucho sobre la coyuntura mundial. A comienzos de los 60, amplios sectores de clase media y baja se habían enrolado en las vagas propuestas de reformas de base que, según prometían, rescatarían a los marginados de las ciudades y del campo y volverían a promover la industrialización que, en las tres décadas anteriores, había modernizado relativamente la anacrónica estructura rural de la nación. En 1964, el proyecto nacional-reformador fue abortado violentamente. En nombre de las clases proletarias del país, los militares impusieron la dictadura y reprimieron duramente al movimiento popular. La derrota fue todavía más dolorosa porque se dio sin ningún tipo de resistencia, precisamente cuando muchos se creían a un paso de la victoria.

Los grandes líderes populares — Jango, Brizola y Arraes ­— abandonaron el país sin oponer resistencia. Brizola había propuesto, inútilmente, una oposición de última hora, lo que fue totalmente rechazado por el presidente João Goulart, su cuñado. El Partido Comunista  Brasileño (PCB), la gran organización de la izquierda, de orientación prosoviética, mantuvo hasta el triste final del gobierno constitucional su dominación sobre el populismo nacionalista, entorpeciendo la organización autónoma de los trabajadores. Después del golpe de 1964, el Partidão (PCB) reafirmó sin ninguna autocrítica su política colaboracionista.

Sin embargo, en Brasil la euforia de los vencedores sería corta. A través del mundo, la crisis capitalista mundial, que se asomaría en las principales economías mundiales en 1967, por primera vez después de largos años de crecimiento ininterrumpido, exigía que trabajadores y asalariados se apretasen el cinturón, para que el gran capital sacara sus castañas del fuego. Desde abril de 1964, los militares brasileños intervinieron en los sindicatos, se le negaron los derechos políticos a parlamentarios populares, los militares demócratas fueron sustituidos, las conquistas sociales fueron suprimidas, la renta de la clase media y de los trabajadores cayó profundamente debido a la violencia política recesiva dictada por el gran capital al gobierno sumiso del dictador Castelo Branco [1964-1967].

El paro aumentaba. La inflación crecía. Las clases medias se pasaban, desilusionadas, a la oposición, después de haber desfilado en marzo de 1964 con Dios, por la patria y por la familia, convocados por el imperialismo, por la Iglesia y por los partidos de derecha, preparando la intervención militar que salvaría al país de la “dictadura sindicalista”. Políticos de ideas no populares, o que habían apoyado el golpe, como Carlos Lacerda y Juscelino Kubitschek, marginados en el poder, se unieron a João Goulart en un efímero “Frente Amplio”, a finales de 1966, al percibir que la intención de los militares era eternizarse en el poder.

Poder Negro

La situación internacional era tensa y dinámica. Después del fracaso de los regímenes árabes conservadores, especialmente Egipto, Siria y Jordania, en la Guerra de los Seis Días contra Israel, a principios de junio de 1967, la guerrilla palestina asumía la lucha antisionista reemplazando las corrientes conservadoras desmoralizadas. Con la crisis económica que llegaba a los Estados Unidos., en gran medida debido a los gastos de la guerra, que anteriormente sólo habían garantizado beneficios al gran capital, el movimiento pacifista estadounidense criticaba duramente la intervención en Vietnam y los valores del american way of life. El imperialismo yankee sufría un golpe en su mismo vientre. Malcom X fue asesinado en febrero de 1965, en Nueva York, pero el black power se iba fortaleciendo y los barrios negros ardían bajo el fuego del odio de la población humillada. Los hispanos estadounidenses y los mismos grupos amerindios también levantaban su cabeza. En Vietnam, el 30 de enero de 1968, murieron los sueños de la victoria militar, con la Ofensiva del Tet, durante la cual los vietcongs atacaron más de treinta ciudades vietnamitas  del sur y la misma embajada estadounidense, en Saigón. Mientras tanto, la clase obrera estadounidense seguía inmovilizada bajo la hegemonía del gran capital.

Del 31 de julio al 10 de agosto de 1967, se celebró en La Habana, Cuba, el primer encuentro internacional de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Después de teorizar resumida y superficialmente la experiencia vivida en la isla, la dirección cubana proponía claramente  la generalización incondicional de la lucha guerrillera rural; “Crear un, dos, muchos Vietnams”. Si bien de forma confusa y voluntaria, la OLAS rompía el monopolio político soviético, que defendía, en América Latina y por todo el mundo, la colaboración y subordinación del movimiento popular a las burguesías nacionales, presentadas como progresistas. La presencia de Carlos Marighella en el encuentro de OLAS, difundida ampliamente, al llegar a Brasil, supuso la expulsión del conocido militante comunista del PCB. La captura y muerte de Guevara, el 8 de octubre de 1967, en la selva boliviana, fue vista como un duro mazazo en el largo camino a ser recorrido, y no como el resultado de las inconsecuencias de propuesta de inicio de lucha armada por pequeños grupos al margen de las luchas y de la consciencia real de los trabajadores.

Tanto en Brasil, como en Italia, en la Alemania Federal, en Japón, en México y en tantas otras regiones del mundo, el 1968 comenzaba con la marca de la resistencia explícita. La crisis económica de 1967 hizo que el movimiento obrero brasileño, luchando contra la represión salarial, se recuperase un poco de los golpes sufridos. El 16 de abril mil doscientos trabajadores de la siderúrgica Belgo-Mineira paraban de trabajar, en Contagem, Minas Gerais. En un abrir y cerrar de ojos, eran dieciséis mil los trabajadores que se estaban en huelga. El movimiento se disolvió, al inicio del mes siguiente, al conseguir un aumento salarial del 10%. El 1 de mayo de 1968 representó otra nueva victoria. El gobernador Abreu Sodré y su equipo, tras haber sido invitados por agentes infiltrados como sindicalistas y del PCB a subir a la tribuna de la Praça da Sé, fueron abucheados, increpados y obligados a refugiarse en la catedral de São Paulo. Los participantes del acto quemaron la tribuna y marcharon en una manifestación. El mes siguiente se dieron breves cortes en las fábricas de montaje de São Bernardo.

“Passeata” (desfile en brasileiro)

Paris brûle-t-il?

En mayo, fortísimos vientos europeos avivaron el brasero nacional. La ciudad de París, y a continuación toda Francia, se convulsionó por el estudiantado universitario enragé. Seguidamente, el movimiento obrero empezó una dura y larga huelga general. El gobierno de De Gaulle dio marcha atrás, la burguesía tembló, se llegó a hablar de un gobierno popular, antes de que el Partido Comunista Francés encauzase la manifestación callejera y las ocupaciones de fábricas hacia la lucha institucional, enterrándolas bajo un estrepitoso fracaso electoral. El mayo francés reavivó al mundo, casi ensombreciendo las luchas estudiantiles y obreras también muy duras en Italia y en la misma Alemania Federal, avivada en éste último país por al atentado al líder estudiantil Rudi Dutschke el 11 de abril de 1968. El mismo mes asesinaron a Martin Luther King, en Memphis, Tennessee. En Francia se luchaba contra el autoritarismo, contra la discriminación, contra los privilegios, por el socialismo obrero y democrático. Una generación de líderes de veinte años contagiaba a la juventud del mundo con su radicalismo, inconformismo, autonomía, coherencia — Daniel Cohn-Bendit, Alain Krivine, Jacques Sauvageot, Alain Geismar  etc.

La victoria cubana impuso el principio de que la revolución comenzaría por las gestas ejemplares de algunos guerrilleros. En 1967, el foquismo sería teorizado en Revolución en la revolución, por el joven francés Régis Debray, intelectual de rápida vocación guerrillera de poco éxito. Si el origen no podía comenzar en el campo, comenzaría en la ciudad. Desde enero de 1967, el activismo de los Guardias Rojos contra la restauración capitalista, hoy totalmente victoriosa, prestigiaba el maoísmo, sobre todo entre jóvenes católicos radicalizados. La acción de las organizaciones trotskistas en Francia hizo propaganda del marxismo revolucionario, el antiestalinismo, la antiburocracia, volviendo a seguir a Ernest Mandel, referente público mundial.

Debilitado por la derrota de 1964, el PCB explotó en una constelación de grupos radicalizados. Jóvenes llegados en gran parte de la Juventud Universitaria Católica (JUC) y de la Juventud Obrera Católica (JOC) se unían a la lucha antiimperialista y anticapitalista. Entonces, Brasil tenía un gran número de pequeñas organizaciones revolucionarias — ALN (Acción Libertadora Nacional), BCPR (Agência para Prevenção e Recuperação de Crises), AP (Ação Popular), POLOP (Política Operária), VAR-Palmares (Vanguarda Armada Revolucionária Palmares), POC (Partido Operário Comunista), Fração Bolchevique-Trotskista, MRT, etc1. – con algunas centenas de militantes, generalmente de los 17 a los 25 años, con cobertura normalmente regional. La juventud universitaria y de grado medio era partidaria de la lucha política, cultural e ideológica, con coraje, generosidad e impaciencia. Salía a las calles garabateando “Más gasto social y menos cañones” [“Mais verbas e menos canhões”]; “Un, dos, muchos Vietnams” [“Um, dois, mil Vietnãs”], “El pueblo unido tumba a la dictadura” [“O povo unido derruba a ditadura”], “Viva la alianza obrero-estudiantil” [“Viva a aliança operário-estudantil”]. Conscientes de que no hay práctica sin teoría, los jóvenes militantes leían sin descanso, sobre todo historia, economía, sociología, — La revolución rusa de Trotsky; El diario de Bolivia, de Guevara; Los tres profetas de Isaac Deutscher; La revolución brasileña de Caio Prado Júnior; El libro rojo, de Mao; los Poemas de la cárcel de Ho Chi Minh.

En 1968, por primera vez en Brasil, la Civilização Brasileira publicaba El capital, de Kark Marx. Militantes imberbes devoraban los gruesos volúmenes, de cabo a rabo, página por página, sin entender mucho. Se estudiaban y debatían los mínimos detalles de la revolución rusa, china y cubana, aunque fuese mucho mejor el interés por la historia de Brasil, sobre todo en el período anterior a 1930, durante el cual las categorías de sociología del capitalismo no eran del todo funcionales. Fuera del país, se discutían y se desarrollaban duras polémicas. El futuro estaba al alcance de la mano. Se abrazaban las nubes, en un asalto al cielo.

La cultura es del pueblo

La explosión de creatividad invadió las artes, sobre todo la música, el teatro, el cine y la producción editorial nacional. Una estética radical de raíces indígenas tupiniquim aseguraba momentos de gloria al cine nacional. Nélson Pereira dos Santos grabó el clásico Vidas Secas, en 1963, y Anselmo Duarte conquistó Cannes con El pagador de promesas en 1962. El casi niño Glauber Rocha dirigió Tierra en trance en 1967, y terminó en 1969 El dragón de la maldad y el santo guerrero. Beltor Brecht era fijo de los teatros nacionales — Los fusiles de la Sra. Carrar, Galileo Galilei; La ópera de tres centavos; Madre Coraje y sus hijos. La dramaturgia nacional echaba raíces propias con Libertad, libertad y Arena conta Zumbi, en 1965, Arena conta Tiradentes, en 1967, y puestas en escenas explosivas como Roda Viva en 1968, que fue objeto de ataques de grupos paramilitares de derechas.

En un país con pocos lectores y con la televisión todavía en pañales, la lucha cultural mostraba los dientes en el terreno de la música popular. Sólo parcialmente inconscientes del papel que cumplían, Roberto Carlos, Erasmo Carlos, Vanderléia y el grupo de la “Jovem Guarda” pregonaban a favor de la despolitización y sólo pedían “que tú me arropes en este invierno, que todo lo demás se va al infierno”. La izquierda dominaba totalmente el campo musical, con una selección que sólo aceptaba craques: Caetano Veloso, Chico Buarque, Elis Regina, Jair Rodrigues, Gilberto Gil, Geraldo Vandré, Vinícius de Morães, etc., cuando en los festivales de música, la lucha politizada se convertían en casi una batalla campal.

A través de la música se debatían los proyectos para el futuro del país. En una época sin ceremonias, iconoclasta, el público se revelaba contra los monstruos sagrados que construía, en caso de que osasen salirse de la línea a seguir, o de lo que se pensase que era la línea. El 28 de marzo de 1968, tres días antes del cuarto aniversario del Golpe, la policía militar del Ejército y la Aeronáutica invade el restaurante Calabouço, en Rio de Janeiro, disparando a quemarropa contra los estudiantes y matando a Édison Luís de Lima Souto, de 18 años. El día siguiente, un viernes, la antigua capital de la República se detiene para que sesenta mil personas despidan al estudiante de grado medio.

La respuesta es violenta. Durante varios días, la ciudad se convierte en un campo de intensiva batalla. Por un lado, estudiantes y gente común. Por el otro, la policía y el ejército. Son asesinados universitarios, estudiantes de grado medio y civiles. Al desplazarse por las calles del centro, los soldados se protegen bajo las marquesinas de los objetos lanzados desde los edificios. Un policía militar a caballo muere al caerle en la cabeza un pesado cubo cargado con cemento todavía fresco, lanzado desde un edificio en construcción.

Cien mil contra la dictadura

La agitación estudiantil se extiende por Brasil, con manifestaciones en las principales capitales. El miércoles 26 de junio el movimiento alcanza su punto álgido. En Río de Janeiro, cien mil manifestantes se concentran en Cinelândia y marchan por el centro, en una manifestación permitida por el gobierno. Cincuenta mil personas protestan en las calles de Recife. Las grandes manifestaciones alcanzaban el efecto deseado. Algunos días más tarde, una comisión de “La marcha de los cien mil”, en Río de Janeiro, es recibida en Brasilia por el dictador Costa e Silva. Entre los miembros de la delegación se encuentra un representante de la UNE (Unión Nacional de Estudiantes), grupo ilegalizado inmediatamente después del Golpe. Sin embargo, el encuentro no tiene consecuencias.

La movilización obrera llevó a la oposición sindical a planificar un amplio movimiento de huelga para finales de año, momento clave de importantes categorías. La explosión de las manifestaciones de junio aceleró la huelga. El 16 de julio José Ibrahim, presidente del Sindicato de los Metalúrgicos, de Osasco, de 20 años, vinculado a la organización militarista VPR (Vanguarda Popular Revolucionária), se pone al frente de una paralización de la COBRASMA (Companhia Brasileira de Materiais Ferroviários), con ocupación de la empresa y retención de dos trabajadores de grado, a la cual se unen diez mil trabajadores de otras industrias. El movimiento exige un reajuste del 35%, restitución salarial cada tres meses y otras reivindicaciones.

La dictadura militar responde violentamente. Cientos de trabajadores son arrestados y despedidos. COBRASMA es invadida. José Ibrahim es, acto seguido, detenido y condenado al destierro en Chile. Zequinha Barreto, un dirigente trabajador  de COBRASMA, es arrestado y torturado. Después de cinco días, se suspende la huelga. Una segunda paralización, en Contagem, Minas Gerais, en octubre, fue reprimido con facilidad. La huelga general de fin de año no sería convocada jamás.

La movilización decrece en el país. El 12 de octubre el movimiento estudiantil, espina dorsal de la oposición, recibe un fuerte golpe. Subestimando la represión, la dirección de la UNE reúne en su 30º Congreso en un lugar de Ibiúna, una pequeña ciudad del interior de São Paulo, a miles de delegados de todo el país. La detención de los participantes permite el arresto de los cabecillas y la localización de los líderes estudiantiles de norte a sur del país. El mismo día en que caía el Congreso de Ibiúna, era acribillado por un comando militar de la VPR, delante de su residencia en São Paulo, el capitán estadounidense Charles Chandler, trabajador de la CIA, que estaba estudiando sociología en Brasil.

Los dos acontecimientos reflejaban la orientación que adoptaría la resistencia en los años siguientes. Acciones armadas de grupos de valientes jóvenes militantes, aislados socialmente, pretendían ocupar el lugar del movimiento de masas en retroceso. El 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, en la capital mexicana, de doscientos a trescientos manifestantes fueron masacrados por el ejército y la policía, diez días antes del inicio de los Juegos Olímpicos, que se celebraron sin ningún tipo de remordimientos.

Especialmente entre 1969 y 1973, organizaciones de izquierda militaristas, inspiradas en el foquismo guevarista, lanzarían acciones espectaculares –asaltos a bancos, secuestros de embajadores y de aviones, ejecuciones de torturadores, guerrillas rurales, etc.- sin que los trabajadores urbanos y rurales se unieran a la propuesta de lucha armada inmediata, quienes estaban a millones de años luz de sus consciencias, necesidades y capacidad de organización de la época.

Aisladas, las organizaciones serían diezmadas, una tras otra, por la represión, que se extendería tanto a los militantes sublevados como a las clases populares. En esos años, los coches de la nueva clase media emergente invadían las calles con una pegatina que decía “Brasil: ámalo o déjalo”, repartida por la represión; un calco de la consigna derechista estadounidense America love it or leave it..

El 28 de septiembre de 1968, en el III Festival Internacional da Canção, de la cadena Globo, en São Paulo, acompañado por Mutantes, Caetano Veloso presenta la canción “É prohibido, prohibir” [“Está prohibido prohibir”], vestido con ropas de plástico de colores, con collares exóticos, mientras que un joven estadounidense, aún más psicodélico, sube y grita en el escenario como si formara parte de la coreografía. En la competición participaba la canción finalista “Caminhando”- “Para Não Dizer que Não Falei das Flores” [Caminando – Para no decir que no hablé de las flores], de Geraldo Vandré, que se convertiría en una especie de himno de la resistencia. “Vem, vamos embora/ Que esperar não é saber/ Quem sabe faz a hora/ Não espera acontecer” [Ven, marchémonos/ Que esperar no significa saber/ Quien sabe se adelanta al tiempo/ No espera a que ocurra].

Geraldo Vandré – Pra Não Dizer Que Não Falei Das Flores (Caminhando)

Los históricos abucheos que recibió Caetano Veloso mostraban fielmente la conciencia del público, formado prácticamente sólo por jóvenes, de la distancia cada vez más grande de parte de la intelectualidad de la resistencia en regresión. En 1972, Elis Regina cantaría que sólo quería “uma casa no campo, do tamanho ideal…”. [“una casa en el campo, del tamaño justo…”]. La deserción de su compañero Jair Rodrigues – “O morro não tem vez/ e o que ele fez já foi demais/ Mas olhem bem vocês/ Quando derem vez ao morro/ Toda a cidade vai cantar.” [“El morro no tiene voz/ y lo que hizo ya fue muchísimo/ Pero prestad atención/ Cuando den al morro una oportunidad/ Cantará toda la ciudad”] – sería todavía más bucólica.

En los años siguientes, sólo algunos artistas continuarían con pies de plomo y jugando con fuego. Entre ellos destacaba Chico Buarque, que bien atacando con un ritmito simple de rock con “você não gosta de mim, mas sua filha gosta” [“a ti no te caigo bien, pero a tu hija sí”], o con composiciones clásicas y duras como “Fado tropical” junto con Ruy Guerra en 1972-73, o con “Cálice” en 1975 junto con Gilberto Gil. Su “Apesar de você”, en 1970, se convirtió en el himno de la lucha final contra la Dictadura y de la esperanza de una disculpa pública por los crímenes cometidos bajo ésta, retractación que hasta hoy no se ha producido – “Hoje você é quem manda/ Falou, tá falado/ Não tem discussão”; “Você vai pagar e é dobrado/ Cada lágrima rolada/ Nesse meu penar” [“Hoy eres tú quien manda/ Has hablado, está todo dicho/ No hay más que hablar”; “Vas a recibir tu merecido con creces/ Por cada lágrima caída/ En mi mar de penas”].

El año, que había nacido bajo el signo del deseo del pueblo, se cerraba bajo el despotismo militar. La resistencia comenzó su bajada a los infiernos. El 29 de agosto de 1968, tropas policiales y militares, fuertemente armadas, invadieron la Universidad de Brasilia. Las imágenes difundidas por la prensa recordaban las acciones de las tropas de ocupación nazi. Los estudiantes eran obligados a marchar con las manos en la cabeza y a tirarse al suelo, a punta de pistola.

El golpe sería proclamado días más tarde. Un anodino pronunciamiento del diputado Márcio Moreira Alves, el 2 y 3 de septiembre, que pedía el boicot de la población al desfile del Siete de Septiembre [conmemoración de la independencia brasileña], sirvió para que los militares presentaran la petición de levantamiento de la inmunidad parlamentaria, para instaurar el proceso que repararía el honor militar mancillado.

El 12 de diciembre el Congreso Nacional rechazó la petición humillante. El día siguiente, 13 de diciembre de 1968, el gobierno liquida lo que quedaba de la libertad democrática. El caso Márcio Moreira Alves era la disculpa. Al comienzo del año, en abril, el oficial comandante de brigada João Paulo Burnier había propuesto al Parasar, servicio de salvamento de Aeronáutica, una amplia campaña terrorista, con ejecuciones individuales y atentados en masa, para cerrar del todo el régimen.

El plan se frustró por la oposición del capitán aviador Sérgio Ribeiro Miranda de Carvalho, castigado y retirado por su coraje. El Acto Institucional nº 5 cerró el Congreso, las Asambleas Legislativas, suspendió el habeas-corpus, fortaleció la censura, preparó el camino para la represión, para el encarcelamiento, para la tortura, para la eliminación de los opositores.

El retroceso de la movilización popular tenía raíces mucho más profundas que la represión. Habían pasado desapercibidas a una oposición formada, en su gran mayoría, por jóvenes que acababan de despertar para la vida política. Desde comienzos de 1968, después de años de retroceso, la economía nacional crecía. La extrema explotación a los trabajadores, la entrada de capitales internacionales, la reorientación de la producción para la exportación, la apertura a nuevos mercados, etc. provocaba un relanzamiento de la producción interna. El paro caía, crecía la acumulación de capitales, el empresariado nacional se respaldaba en el régimen que le permitía aumentar ostensiblemente sus ganancias.

Ahora, para los empresarios, hablar de democracia y de derechos sindicales era una indecencia. Al contrario, pedían, con insistencia, más represión, financiando incluso y participando directamente en la tortura, junto con policías y militares. En las décadas siguientes, la población nacional pagaría patéticamente la cuenta social y económica del Milagro. A mediados de 1968, la expansión económica y la represión policial conseguían la adhesión de amplios sectores sociales, sobre todo de las clases medias, mostrando éstos una postura apática e, incluso, de tibio apoyo a un régimen militar que les prometía cumplir sus soñados deseos.

El caída de la inflación, financiamientos accesibles para la vivienda y préstamos a bajo coste permitían que importantes sectores de las clases medias alcanzasen el sueño de la casa propia, el primer coche, el primer viaje a Europa. En los años siguientes, al visitar el Viejo Mundo, los hijos del Milagro se distanciaron de los apestados extraditados y exiliados que encontraban por casualidad.

En 1969, en “Pequeno burgués”, Martinho da Vila criticaba al movimiento estudiantil, que celebraba el poder estudiar en las universidades privadas financiadas por la Dictadura: “Dizem que sou burguês/ Muito privilegiado /Mas burgueses são vocês.” [“Dicen que soy burgués/Muy privilegiado/Pero vosotros sois los burgueses”]. También explícitos eran Dom y Ravel en 1970 con “Eu te amo, meu Brasil, eu te amo/. Meu coração é verde, amarelo, branco, azul-anil./ Ninguém segura a juventude do Brasil.” [“Te amo, mi Brasil, te amo/. Mi corazón es verde, amarillo, blanco, azul añil. /Nadie garantiza la juventud de Brasil”]. El claro éxito entre el público de esas canciones mostraba los nuevos vientos.

En un escenario de progresión social, las clases medias cerraban normalmente los ojos frente ante la extrema explotación que sufrían las clases obreras y frente a la represión de la oposición. Los militantes que se habían encontrado como pez en el agua, entre la población sublevada contra el régimen militar, se sentía ahora que el horno no estaba para bollos. En las Universidades, eran señalados con el dedo, antiguos compañeros se cambiaban de acera para no hablar o ser vistos junto con el tristemente célebre subversivo.

La expansión económica neutralizaría importantes sectores obreros. Los bajos salarios y los altos ritmos de producción fueron vistos como casi una liberación por los trabajadores recién llegados del campo. Jornadas de doce o más horas de trabajo les permitían comprar productores no perecederos que antes estaban fuera del alcance de los bolsillos populares — televisor, frigorífico, etc. Principalmente la expansión de la industria metal-mecánica creó una joven aristocracia obrera, relativamente bien pagada. La cual más tarde se confrontaría fuertemente contra el régimen, a finales de los 70, cuando el regreso de la inflación perjudicaría los salarios.

La modernización conservadora del país originaría una administración pública federal bien remunerada, empleados en las grandes capitales, en expansión. El crecimiento salvaje de la enseñanza privada superior disminuía la presión social provocada por la falta de plazas en las universidades públicas. Se reorganizaron las universidades federales, siguiendo modelos estadounidenses. Por primera vez, se creó una burocracia académica bien pagada y bien financiada, una gran parte de la cual se sumergiría durante más de una década en un tranquilo y cómodo apoliticismo disfrazado de un neutro cientificismo.

Aisladas socialmente, insensibles al nuevo contexto nacional, las organizaciones armadas se aferraron, a partir de 1969, a la lucha en las tinieblas a la que se refiere Jacob Gorender en su libro homónimo, pequeño clásico en aquellos duros años. Acorraladas entre el enfrentamiento de los grupos armados y la represión, las organizaciones que no se habían dejado arrastrar por la aventura militarista tuvieron duramente recortadas sus posibilidades de intervención en el contexto de enfrentamiento armado que se vivía en el país.

Incapaz de presentar un proyecto político que representase las necesidades de las amplias masas, ni de proponer formas de lucha y de organización que estuvieran a la altura de la época, la militancia de la izquierda, fuertemente aislada, cayó luchando, fue encarcelada, se exilió o intentó sobrevivir en el duro contexto de la dictadura. En los momentos más duros, angustiados por el peso de la derrota, centenares de militantes permanecieron en el país organizando la resistencia como bien podían.

La dictadura del capital, que si bien en 1968 parecía tambalearse, aún se mantendría durante largos años hasta 1985, cuando la movilización obrera y popular conquistó, finalmente, la redemocratización, pero sin obtener, en el momento de la transición, el derecho a elecciones directas. Este hecho acarreó una nueva derrota, al substituirse el régimen militar del gobierno que mantuvo lo esencial en las modificaciones institucionales emprendidas durante los veinte años de la dictadura, que perjudicó a las clases subalternas y favoreció los privilegiados. En cierto modo, simplemente “se cambiaba todo, para que todo quedara igual”.

Agravada por la victoria de la ofensiva neoliberal internacional de finales de los 80, la derrota de 1968 pesa todavía muchísimo sobre la vida nacional. Aquellos días memorables son recordados para, todavía con nostalgia condescendiente, señalar los muchos errores, los innumerables engaños, para señalar que jamás se debía haber luchado, que la batalla estaba perdida de antemano – como en el caso de Zuenir Ventura, en su best-seller 1968: el año que no terminó.

Se mantiene curiosamente vigente el concepto de que sin “osar luchar”, no es posible vencer y que no hay peor derrota que la que se sufre sin luchar. Los días de 1968, en Brasil y en el mundo, no son simples hechos históricos para ser narrados.

1968 sigue siendo la esfinge enigmática que exige que sean desvelados sus lados más complejos. Como un poderoso faro, todavía sigue indicando, aunque desde muy lejos, en el horizonte, el camino seguro que hay que seguir.

Bibliografia resumida

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