El brexit, la crisis y la pesadilla de Polanyi

Cuando la crisis económica global nos recuerda en su permanencia que no existen soluciones nacionales para las contradicciones del capitalismo, se hace necesario reinventar el proyecto internacionalista de los trabajadores.

El voto británico del día 23 de junio superó todos los contratiempos anteriores enfrentados por la Unión Europea a sus iniciativas. Grecia, Irlanda, Holanda, Francia, Suecia o Dinamarca, ninguna derrota anterior puede ser comparada al brexit. El voto británico prácticamente acabó con el proyecto de integración europeo. Al final, el Reino Unido no solo el segundo mayor país de Europa, sino, también, la principal plaza financiera del continente. Los sismos serán sentidos por todos lados: de Escocia a Cataluña, pasando, principalmente, por Italia.
Sin la presencia de los ingleses, la Unión Europea quedó parecida a un pacto franco-germano tejido para imponer la austeridad financiera y profundizar la explotación de la fuerza de trabajo de los países del Sur y del Este del continente. La sensación de colapso inminente del proyecto europeo dejada en el aire por los británicos se alimenta sobre todo, de la encrucijada en la cual el continente se metió cuando decidió que para garantizar la estabilidad del euro cualquier sacrificio era válido, inclusive destruir el Estado Social.

En gran medida, la victoria del Leave (Irse) fue interpretada como el resultado de la combinación del activismo de los “euroecépticos” en el interior del Partido Conservador con el crecimiento del UKIP (Partido por la independencia del Reino Unido). Es importante agregar que el conservadurismo, en este caso, posee un doble sentido: preservar el Reino Unido de los efectos socialmente venenosos traídos por la crisis de los refugiados -“retomar el control de las fronteras”, conforme a la expresión usada por los partidarios del UKIP-, pero, también, defender a la isla del desmanche neoliberal del Estado social practicado por Bruselas, no nos olvidemos de los millares de electores del Partido Laborista oriundos de la clase trabajadora que también votaron a favor del Leave.

En síntesis, el brexit es un fenómeno ambivalente capaz de revelar las contradicciones no apenas del capitalismo europeo, sino, en cierta medida, de la propia globalización capitalista de las últimas cuatro décadas. Así, tal vez, un volver atrás en el tiempo y a una época en que tanto el fascismo como el Estado social estaban siendo formados, nos ayude a reflexionar mejor sobre esta complejidad. La popular comparación entre la crisis de 2008 con la crisis de 1929 nos lleva a la transición de los liberales años de 1920 a la “revolucionaria” década de 1930.

A los ojos de Karl Polanyi (1886-1964), por ejemplo, uno de los principales analistas del período, el fascismo, el socialismo soviético y el fordismo estadounidense fueron respuestas de la sociedad al terremoto social producido por la tentativa utópica del liberalismo de establecer un sistema de mercado auto-regulado en las décadas anteriores: “La historia de la civilización consistió, en su mayor parte, en tentativas de proteger a la sociedad contra la devastación provocada por la economía de mercado”.(1)

De la misma forma que Polanyi percibió el avance descontrolado de la mercantilización sobre las mercaderías “ficticias”, esto es, el trabajo, la tierra y el dinero, como la gran amenaza a la reproducción de la humanidad, el también identificó en el contra-movimiento de la sociedad a los avances del mercado el antídoto para el envenenamiento del cuerpo social. Para Polanyi, las reacciones regresivas, como los diferentes fascismos europeos, por ejemplo, serían progresivamente sustituidas por el Estado social democrático. Al fin y al cabo, la incompatibilidad entre la mercantilización y el contra-movimiento destruiría la utopía de un sistema auto-regulado por las fuerzas abstractas del mercado: “En retrospección, nuestra época tendrá el crédito de haber visto el fin del mercado auto-regulable”.(2)

Alegre engaño. Sabemos cómo el advenimiento del neoliberalismo en los años 1980 y la globalización financiera de los años 1990 transformaron el sueño polanyiano en una verdadera pesadilla. En verdad, la función principal del intervencionismo estatal identificada por el sociólogo húngaro, esto es, la de revertir la aniquilación de la productividad del suelo y de los productores traída por la fijación del precio de la tierra y del trabajo, tuvo sus bases sociales solapadas por el debilitamiento de la regulación estatal traída por la combinación del neoliberalismo con la globalización económica.

Por eso, es totalmente imposible que el brexit represente una alternativa a esta monstruosidad imperialista que es la Unión Europea. Solamente un contra-movimiento en escala global sería capaz de hacer frente a los desafíos levantados por el neoliberalismo y por la financiarización. ¿En tanto, donde buscarlos? ¿Cuáles características contemporáneas? Evidentemente, no existen respuestas simples para estas preguntas. No obstante, si las conclusiones a la cuales Karl Polanyi arribó en la década de 1940 estaban erradas, parte considerable de su diagnóstico crítico respecto de la mercantilización es todavía útil.

En especial, la tesis según la cual el contra-movimiento se propone a enfrentar la mercantilización de los factores de producción, es decir, el trabajo y la tierra. De hecho, si hay una lección a ser aprendida con la actual crisis es que las inquietudes sociales de “de tipo polanyiano”, o sea, las reacciones de los subalternos contra los efectos de la mercantilización del trabajo y de la tierra, son más actuales que nunca. El problema es que no hay garantías de que esas reacciones asumirán una dimensión progresista. Mucho menos que serán capaces de crear un contra-movimiento a escala global.

Algunos resultados de la retomada del activismo político de los subalternos, tanto en Europa como en el Sur global, son, sin dudas, promisoria. Pero, ellos son todavía muy frágiles e inmaduros. En el Sur de Europa, por ejemplo, la región más atacada por la austeridad, Podemos sufrió recientemente un importante revés electoral. Y, a pesar de la victoria política progresista que fue la formación del gobierno socialista de António Costa, es evidente que no puede haber una solución estable para el Estado social portugués en los marcos de la austeridad impuesta por Bruselas.(3)

Además, Portugal es un buen ejemplo del pozo sin salida y hacia dónde la política nacionalista conduce fatalmente a los trabajadores. Si la crisis económica iniciada en 2008 afectó a Europa en 2009, fue el precariado portugués, antes que los indignados españoles, que primero se movilizó contra las medidas de austeridad impuestas por Bruselas. (4) A partir de sucesivas ondas de protestas, el movimiento de los precarios fue capaz de desafiar la pasividad tanto de gobiernos como de sindicatos, asegurando, finalmente, el apoyo electoral que viabilizó un gobierno anti-austeridad.

Mientras tanto, al revés de Podemos en España, además de la trágica solución griega sumada a la desorganización de la izquierda en Italia, dejó a los combativos portugueses sin el debido amparo a sus iniciativas de restaurar la protección laboral y contener la sangría financiera del país. En Portugal, la inquietud polanyiana con la mercantilización del trabajo fue suficiente para formar un gobierno. Pero insuficiente para encontrar una solución para el Estado social en el país.

Cuando analizamos el flujo de la crisis de 2008, percibimos que en diferentes países y regiones del globo un padrón semejante se ha revelado: para dónde va la crisis, la rebeldía del precariado va detrás. Después de la deceleración china, el superciclo de los commodities llegó a su fin, golpeando duramente la economía sud-africana, por ejemplo. En reacción, es posible identificar una verdadera “rebelión de los pobres”, para usar la expresión de Peter Alexander, orientada por la lucha contra la mercantilización de la tierra y de los servicios públicos, sumada a la revuelta contra el endeudamiento de las familias trabajadoras pobres en el país.(5) De hecho, la popularidad de los políticos del ANC (Congreso Nacional Africano) se encuentra en el nivel bajo.

Todavía así, incluso con el aumento inédito para el período pos-apartheid de los niveles de movilización política del precariado, no hay solución alternativa al neoliberalismo en gestación. O sea, no hay incluso un esbozo de gestación de un contra-movimiento a la globalización en el horizonte sud-africano. Además, en este caso, sería hasta problemático hablar de defensa del Estado social, pues, ante la realidad de la crisis económica y de aumento del desempleo, los datos etnográficos aportan hacia una verdadera implosión de cualquier esperanza en la ciudadanía salarial. No es casual que los eventos de violencia xenofóbica se hayan multiplicado en el país desde 2009.

Aunque en razón de las medidas económicas adoptadas por los gobiernos de Lula y de Dilma Rousseff, la crisis que cerró el superciclo de los commodities haya llegado con un cierto atraso al Brasil, en menos de tres años experimentamos una sincronización alucinante de los ritmos brasileros en relación a los demás países del Sur de Europa y del Sur global. Desde junio de 2013, el país pasó a vivir una intensificación de la movilización del precariado, en especial, de los sectores más jóvenes, presente tanto en grandes protestas en las calles, cuanto en la multiplicación del número de huelgas.

En la medida en que el golpe palaciego de Temer apunta a radicalizar la mercantilización del trabajo, de la tierra y del dinero, iniciada, digámoslo, por los gobiernos petistas, eliminando derechos laborales y profundizando la expoliación social por la banca, la movilización del precariado tiende a intensificarse. Aunque la formación del Frente Pueblo Sin Miedo -sin dudas, la principal iniciativa política protagonizada por sectores que representan al precariado brasileiro- traiga algún aliento al panorama brasilero, ella es todavía muy frágil para liderar una alternativa al neoliberalismo temerario.

Una lección que debemos sacar de la crisis actual es que no hay alternativas al neoliberalismo que eviten la internacionalización de las movilizaciones del precariado global. Y esto no ocurrirá espontáneamente como el concepto polanyiano de contra-movimiento insinúa. Se trata de un proceso de creación política que, necesariamente, implica la superación de los límites impuestos por el Estado-nación. Por eso es tan necesario reinventar la práctica política de los sindicatos y de los partidos ligados a la clase trabajadora.

Sea en Inglaterra, en Portugal, en África de Sur o en el Brasil, las fuerzas sociales progresistas no conseguirán ir más allá del horizonte dominado por los respectivos Estados nacionales. De allí la miseria de las elaboraciones estratégicas que han prevalecido en los sectores de la izquierda, en Europa o en el Sur global. ¿Además, para que serviría un debate estratégico cuando alcanzar el control del aparato del Estado por medios de elecciones se tornó el único camino? ¿O incluso, cuando conservar el control del aparato sindical para influenciar a los gobiernos nacionales en cuestiones ligadas a la creación de empleos es algo universalmente aceptado?

Cuando la crisis económica global nos recuerda en su permanencia que no existen soluciones nacionales para las contradicciones del capitalismo, se hace necesario reinventar el proyecto internacionalista de los trabajadores. Al final, por más que el precariado consiga movilizarse políticamente en escala global, este proyecto no surgirá de manera espontánea del interior de sus filas. El optimismo polanyiano en el contra-movimiento al liberalismo merece ser sustituido por la fórmula gramsciana: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.

 

Ruy Braga
Blog da Boitempo
24/8/16

Notas

1) Karl Polanyi. A grande transformação. Rio de Janeiro, Campos, 2000, p. 58. Edición en castellano: La gran transformación, Crítica del liberalismo económico. Las ediciones de la Piqueta, Madrid, 1989.

2) Idem, ibid., p. 173.

3) La crisis financiera actual del país, por ejemplo, ha recordado tristemente a todos los que portugueses que tienen cuentas corrientes, que simplemente no existen garantías suficientes para sus depósitos y ahorros. Además, la propia desnacionalización de los bancos portugueses es una prueba de las limitaciones nacionales en términos de compromisos pactados.

4) El día 12 de Marzo de 2011, se realizó una enorme protesta en las redes sociales sin ninguna vinculación a partidos políticos o sindicatos que reunió el mayor número de manifestantes en las calles de las ciudades portuguesas desde la Revolución de los Claveles el día 25 de Abril de 1974. Cerca de 500 mil personas participaron en las manifestaciones de la “Geração à rasca” reivindicando mejores condiciones de trabajo y el fin de la precariedad laboral. (Nota del traductor: la expresión “Geração à rasca” no tiene una traducción literal al castellano, en este caso se refiere a los miles de portugueses que aunque perfectamente preparados para la vida laboral no encuentran mejor porvenir que la emigración o la precariedad).

5) Protestas y levantamientos en comunidades pobres se multiplicaron, sumándose a un histórico ciclo huelguista protagonizado por sectores tradicionales de los obreros sud-africanos, como los mineros, por ejemplo. El activismo de los subalternos presionó a los sindicatos y a la coalición dominante al punto de generar rupturas inesperadas, como la salida del NUMSA, el todo-poderoso sindicato de los metalúrgicos da África Sul, del COSATU, la principal federación sindical do país.

Ruy Braga, Profesor del Departamento de Sociología de la USP (Universidad de San Pablo) y ex-director del Centro de Estudios de los Derechos de la Ciudadanía (Cenedic) de la USP. Autor, entre otros libros, de “Por uma sociologia pública” (Alameda, 2009), en colaboración con Michael Burawoy; “A nostalgia do fordismo: modernização e crise na teoria da sociedade salarial” (Xama, 2003); “A política do precariado, do populismo a hegemonía lulista”, Boitempo, 2012; y “Por que gritamos golpe? Para entender o impeachment e a crise política no Brasil” (Boitempo, 2016).

https://blogdaboitempo.com.br/

Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa

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