Camilo Torres y el tiempo latinoamericano del amor eficaz

Los textos que presentamos a continuación integran el libro «Camilo Torres Restrepo Polifonías del Amor Eficaz» que forma parte de la colección «Aportes del pensamiento crítico latinoamericano» del IEALC (Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe, Facultad de Ciencias Sociales, UBA), coordinado por Luz Ángela Rojas Barragán (Comisión Internacional del Congreso de los pueblos, Colombia) y Nicolás Armando Herrera Farfán (Colectivo Frente Unido-Investigación Independiente, Argentina). El libro también es el producto de una apuesta editorial conjunta entre Editorial El Colectivo (Argentina), Editorial Caminos (Cuba), Fundación Editorial y Escuela El perro y la rana (Venezuela) y Editorial Quimantú (Chile).

I

Hace exactamente 50 años atrás, se congregaban en Montevideo militantes de diversos países de la región para participar del Encuentro Latinoamericano Camilo Torres, en el mismo momento que en Medellín se daban cita numerosos obispos para dar inicio a la Segunda Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En la Cuba revolucionaria, Fidel Castro instaba al diálogo con la Iglesia y saludaba de manera auspiciosa documentos como las resoluciones del Concilio Vaticano II. En Argentina la resistencia peronista, la irrupción de la nueva izquierda al calor de la politización de la juventud y de sectores importantes de la clase trabajadora, abonaban a un clima de ebullición y descontento cada vez mayor, mientras el país se sumía en un régimen dictatorial cuyo presidente de facto, Juan Carlos Onganía, hacía alarde de su exacerbado catolicismo.

En esta coyuntura tan particular –muy bien reconstruida por Gustavo Morello en su pormenorizado estudio acerca de la radicalización política de sectores católicos en Argentina– mayo de 1968 resultaba un parteaguas no solamente en múltiples territorios del mundo, sino también en nuestro país. El cura villero Carlos Mugica –quien desde hacía algunos años tendía puentes entre cristianos y marxistas e impulsaba un compromiso ético con los pobres– vivenciaba en París la revuelta obrera y estudiantil que hacía germinar cientos de barricadas en las calles y exigía conquistar lo imposible. Durante ese mes, la ciudad de Córdoba ofició de terreno fértil para la realización del Primer Encuentro Nacional del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, como una interpretación herética y plebeya del cristianismo, que hacía de la solidaridad con las y los oprimidos un precepto cristiano fundamental, en contraposición a la lectura autoritaria y conservadora ejercitada desde el poder estatal y eclesiástico.

En el plano intelectual y de renovación cultural, revistas como Cristianismo y Revolución invitaban en sus páginas a “realizar los cielos nuevos en nuestra tierra” y reivindicaban la figura del padre Camilo Torres –caído en combate en las montañas colombianas de Santander en febrero de 1966, como integrante del recién creado Ejército de Liberación Nacional (ELN)–. Las Universidades eran un hervidero y, a pesar de la represión sufrida por la llamada Noche de los Bastones Largos, ocurrida el mismo año de la muerte de Camilo, ejercitaban la búsqueda de un pensamiento no imitativo y descolonizador, dando lugar a experiencias como la de las Cátedras Nacionales y Marxistas, sin dejar de estrechar lazos con el pueblo trabajador para producir conocimiento enraizado y transformador de la realidad.

Si rememoramos este caleidoscopio de acontecimientos, proyectos y cruces de caminos no es con un ánimo de mera exégesis historiográfica, sino para enmarcar el contexto inmediato en el que la figura de Camilo Torres emergió como referencia descollante para buena parte de la región en un momento bisagra excepcional. En efecto, si bien las décadas del ‘60 y ‘70 cuentan con una frondosa cantidad de referencias políticas, en tanto momento histórico preñado de futuro, estuvieron marcadas por dos personajes caídos en la lucha, que lograron sintetizar los anhelos de liberación de los pueblos de Nuestra América. Por un lado, Ernesto “Che” Guevara quien, además de resultar uno de los protagonistas principales de la revolución cubana, produjo textos de una enorme hondura teórica y política, y denunció la actitud imperialista en el continente y las formas neocolonialistas que asumía la realidad del Tercer Mundo en ese entonces. Por el otro, Camilo Torres, un cura y sociólogo que decidió dejarlo todo, ejercitar un “suicidio de clase” y sumarse al trabajo militante con los sectores más postergados de Colombia para, más tarde, incorporarse a las filas de la guerrilla, en pos de ejercitar hasta las últimas consecuencias el amor al prójimo.

Ambas figuras devienen mito movilizador para las nuevas generaciones, que ansían revolucionarlo todo. “En este tiempo latinoamericano –sentencia Juan García Elorrio en uno de los editoriales escrito en 1968 para Cristianismo y Revolución– desesperadamente ansioso de realidades más que de signos, el gesto redentor de Camilo junto al de tantos otros que ‘dan la vida por los amigos’ en montes (…) constituyen ya un nuevo estilo de celebración eucarística y presagian (…) el encuentro de todos los pueblos liberados del mundo que sin proclamar tanto el nombre de Cristo y su Eucaristía, harán realidad con su historia lo que ella significa y produce: la igualdad de todos los hombres, compañeros de la tierra”.

En aquel tiempo latinoamericano sumamente original y de politización extrema, la presencia e influencia de Camilo Torres en Argentina fue por demás significativa, aunque hoy aparezca para muchos como desconocida. Resta aún desandar el impacto que tuvieron sus ideas y el ejemplo de su lucha como cristiano, pero también como precursor de la sociología crítica latinoamericana y de los proyectos político-militares que surgieron en el cono sur tras el triunfo de la revolución cubana.

Incluso pocas personas recuerdan sus huellas en vida por estas tierras, a partir de su presencia física y la entusiasta participación en la Primera Conferencia Latinoamericana de Escuelas y Departamentos de Sociología, realizada en Buenos Aires en septiembre de 1961, en la que presentó una ponencia con el sugerente título de “El problema de la estructuración de una auténtica sociología latinoamericana”. En ella, se lamentaba por la tendencia recurrente en nuestra región a la copia, más que al esfuerzo por gestar un pensamiento original que, sin perder severidad, no eluda una sincera actitud de autocrítica a la luz de las problemáticas y los desafíos contemporáneos. Luego de este evento, Camilo regresó a nuestro país en agosto de 1962, para asistir a un encuentro de obispos y sacerdotes latinoamericanos donde, entre los concurrentes, estaba el joven Gustavo Gutiérrez, quien pocos años más tarde sería uno de los principales exponentes de la teología de la liberación.

A pesar de tener previsto retornar a la Argentina en 1964 a un encuentro de Sociología, finalmente desistió por la abultada agenda de actividades que imposibilitó concretar su viaje. Los meses sucesivos lo encontraron recorriendo la Colombia profunda impulsando la propuesta del Frente Unido, una plataforma de articulación inédita por su carácter plural y por su osadía política, que concitó un enorme entusiasmo en los sectores más postergados y también en el activismo de la izquierda popular. Sin embargo, las desavenencias internas en este espacio embrionario y el cierre definitivo de los pocos canales de participación legal que aún se mantenían en pie en el país, radicalizaron su posición y lo llevaron a tomar la decisión de pasar a la clandestinidad e incursionar en la guerrilla del ELN, cayendo en combate en su primera confrontación armada. Su cuerpo, al igual que el de miles de compatriotas, aún hoy se encuentra desaparecido.

II

Este nuevo volumen de los Aportes del Pensamiento Crítico Latinoamericano sale a la luz en una coyuntura tan delicada como adversa en Colombia y en la región, pero también preñada de expectativas y añoranzas. Si bien el país parece transitar actualmente un proceso de paz signado por esperanzas y apuestas políticas venturosas, continúan predominando los sinsabores de una creciente criminalización de la protesta y el incesante asesinato de militantes populares, sobre todo en las zonas rurales, que nos hace priorizar el pesimismo de la inteligencia por sobre el optimismo de la voluntad, asentado en un prolongado historial de antecedentes e intentos de superar la guerra que ha dejado un tendal de víctimas y millones de desplazados. La tierra del realismo mágico, retratada de manera magistral por Gabriel García Márquez, ha vivido durante décadas una guerra sin tregua.

Basta recordar las frustradas apuestas civiles de la Unión Patriótica, A Luchar y el Frente Popular, que padecieron un casi total exterminio producto del terrorismo estatal y paramilitar en los años ochenta. En aquel entonces, las negociaciones de paz se vieron clausuradas por el crimen, el exilio y la desaparición forzada de quienes aspiraron a transitar hacia una vida democrática con plena participación civil, en un sistema político que ha resultado refractario a las opciones por fuera del binomio impuesto, a sangre y fuego, por conservadores y liberales desde los tiempos de la llamada “Violencia”, década que dejó como saldo decenas de miles de muertos y desplazados, y que tuvo como hito catalizador al magnicidio del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948.

En el monumental libro La violencia en Colombia, Orlando Fals Borda –sociólogo excepcional y amigo personal de Camilo Torres– caracterizó la historia reciente de su país en los términos de “una tragedia del pueblo colombiano desgarrado por una política nociva de carácter nacional y regional y diseñado por una oligarquía que se ha perpetuado en el poder a toda costa, desatando el terror y la violencia. Esta guerra insensata ha sido prolífica al destruir lo mejor que tenemos: el pueblo humilde”.

A juzgar por su derrotero, la historia de Colombia parece refutar a Marx: la tragedia se repite como tragedia, aunque la democracia de la que presumen las élites dominantes y la politología norteamericana siempre tenga algo de farsa.

La posibilidad concreta que se ha abierto con las mesas de paz entre el gobierno y las insurgencias de las FARC y el ELN, es un primer paso para conjurar más de 50 años de conflicto armado en Colombia. Sin embargo, en un país donde 14 millones de campesinos viven en la pobreza y más de un millón de familias rurales carecen de tierras, donde 6 millones de personas han sufrido desplazamientos forzados de sus territorios, la represión contra las luchas populares continúa y los presos políticos se cuentan de a miles, resulta iluso hablar de “posconflicto”, como pretenden hacer desde el gobierno y los medios hegemónicos de comunicación. Sin erradicar las bases estructurales que han dado lugar durante décadas a una violencia social y política endémica, sin la garantía de no repetición –uno de los puntos centrales impulsado por las insurgencias de las FARC y el ELN en las mesas de diálogo– y sin el desmonte definitivo y la condena efectiva del paramilitarismo –que aún se mantiene activo en gran parte del país y cuenta con un considerable apoyo de sectores desestabilizadores de ultraderecha–, no cabe pensar en que las negociaciones lleguen a buen puerto y la paz será más un anhelo que una realidad.

Teniendo como trasfondo a este delicado contexto, desde el IEALC nos enorgullece poder rescatar la figura de Camilo Torres, por sus aportes al campo del pensamiento crítico colombiano y latinoamericano, como precursor de una sociología comprometida y en franca ruptura con el eurocentrismo, impulsor de un proyecto emancipatorio al que Fals Borda bautizó con el nombre de socialismo raizal, pero también porque con su ejemplo de vida nos muestra un itinerario que va a contramano de lo que dicta por lo general la academia. Lejos de postular una posición neutral y distante con respecto a los padecimientos y anhelos de los pueblos, Camilo nos incita a ejercitar una pedagogía de la dialoguicidad y la convicción ética, que se enlaza con la rigurosidad intelectual e investigativa de raigambre latinoamericanista. “Debemos saber que cuando vamos a la base de nuestro pueblo es mucho más para aprender que para enseñar”, llegó a advertir en una de sus últimas conferencias públicas.

Revitalizar a Camilo Torres desde sus múltiples aristas, y a partir de un crisol de miradas complementarias y lecturas senti-pensantes que, de manera tozuda y ejemplar, han enhebrado Luz Ángela Rojas Barragán y Nicolás Amando Herrera Farfán en esta hermosa polifonía y tapiz de voces, evita reducirlo a una única faceta –ya sea la de mártir guerrillero de las luchas campesinas e indígenas, sociólogo comprometido, investigador militante, educador popular, animador socio-cultural o cura tercermundista prefigurador de la teología de la liberación–, y nos permite conocer de primera mano sus aportes y originalidades en el cruce de caminos e identidades, desde una amalgama de interpretaciones, afectos y mixturas que hacen de Camilo un personaje inigualable dentro de la tradición del pensamiento y la praxis crítico-transformadora en Nuestra América.

Para adquirir el libro, se puede consultar en el facebook del Colectivo Frente Unido (https://www.facebook.com/cfu.ii/) o en su e-mail: colectivofrenteunido@gmail.com

 

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