Con la consigna de “evitar los cortes de calle”, la celebración estará más centrada en clubes y plazas que en los históricos espacios urbanos. Los Descontrolados de Barracas y La Redoblona, las murgas más críticas, fueron sometidas a evaluaciones llamativamente negativas.

“Cada año un poquito menos”. Ese parece ser el lema detrás de la organización de los carnavales porteños, que se celebrarán cada sábado y domingo de febrero y el primer fin de semana de marzo, que es largo pues los feriados caen el 4 y 5 de ese mes (lunes y martes). Este año se mantiene la cantidad de corsos (30) respecto de 2018, pero estarán un poco más escondidos. Los medios adictos al gobierno de los globos celebran que serán “con menos cortes de calles”, lo que en verdad significa mandarlos puertas adentro de clubes y plazas (enrejadas, claro). Si el Carnaval porteño tiene tradición de ruptura, resistencia cultural y social e irrupción en el espacio público, “evitar los cortes de calle” es no entender su naturaleza o –peor aún– entenderla demasiado bien y querer contrarrestarla. Los carnavales –en particular los porteños– tienen una larga historia que se remonta al virreynato. Y aunque fueron cambiando su fisonomía, sus costumbres, vestimenta, pasos, estructuras y tradiciones, llevan implícita esa historia. Uno de esos elementos centrales era la irrupción de lo popular dentro de los espacios “bien” de la ciudad. Quitarles a los pibes de hoy la posibilidad de ser, al menos por unas noches, el centro de esos recorridos es ignorar un par de siglos de construcción cultural genuina.

Además, hay otra forma sutil de ataque a la antiquísima tradición murguera, a través de los jurados que evalúan a las agrupaciones cada año. En este sentido resulta significativo que dos de las murgas más críticas de las autoridades (Los Descontrolados de Barracas y La Redoblona) fuesen sometidas a evaluaciones llamativamente negativas. Hace algunos años, en protesta, Los Descontrolados se retiraron del circuito oficial. Otros, rebajados de categoría, ahora acceden a menos presentaciones por temporada (la categoría que se alcanza en las evaluaciones determina cuántas veces bailará una murga el año próximo).

Las quejas del año pasado se mantienen. No hace falta consultar a los murguistas por la falta de publicidad que reciben los carnavales porteños: se comprueba en la cartelería de las calles de la ciudad, donde el tema está ausente. Nuevamente, es significativo que el único spot que circula por las redes sea el realizado por la Agrupación Murgas (un spot que, además, con sus planos generales y tomas áreas es revelador para el lego del orden performático que rige a las murgas). La ausencia de corsos en algunos barrios, desde luego, se mantiene inalterada. No hay ninguno cerca si uno reside, por caso, en Congreso. El circuito completo se encuentra en la web www.carnavalargentina.com.ar.

Para este año queda la incógnita de qué sucederá en los corsos más allá de la propuesta cultural en sí misma. Algunos tienen una larga tradición barrial de identificación para los vecinos y conjugan el arte con la situación social. Muchas esquinas de los corsos coinciden con los actuales cortes de calle y cacerolazos por los cortes de luz. ¿Se reencontrarán los vecinos con la murga de protesta?

En ese sitio web también se consignan los carnavales del resto del país, desde las comparsas de Gualeguaychú en Entre Ríos hasta la tradición de la localidad bonaerense de Lincoln, los festejos norteños en Tilcara y Humahuaca hasta la cuyanía de San Luis. En total, la página consigna festejos en 33 localidades y provincias. Varios de estos festejos ya comenzaron, como el de Gualeguaychú, a cuya inauguración asistió el titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, Hernán Lombardi. Allí el funcionario se sacó fotos con palcos semivacíos de fondo que publicó en su Twitter y destacó no el aporte cultural de la tradicional fiesta entrerriana, sino su potencial turístico con el extranjero. Una previsible declaración de principios.