Congreso de la Lengua en Córdoba: castellano para quiénes, castellano desde dónde

A t’aane’ u náajil a pixán.
Tumen ti’ kuxa’an a laats’ilo’ob.
Ti’e’ úuchben xa’anilnaj,
u k’aasal a kajtalil,
ti’ ku p’aatal a t’aan.

Tu idioma es la casa de tu alma.
Ahí viven tus padres y tus abuelos.
En esa casa milenaria,
hogar de tus recuerdos, permanece tu palabra.

(fragmento de La casa de tu alma, de Jorge Cocom Pech, poeta mexicano de idioma maya)

 

Una vez, cuando yo era chica,  mi abuela vasca me contó cómo era el trato en la escuela a la que apenas asistió unos meses como toda la educación que pudo recibir. Mi abuela era de una familia pobre que vivía en una aldea entre montañas donde el idioma cotidiano era el euskera. Pero el euskera estaba absolutamente prohibido en la escuela, donde las clases y todos los intercambios debían hacerse en español.  Obligados así a hablar en una lengua que no era la cotidiana a los chicos se les escapaban palabras y conversaciones en vasco, y entonces, si el maestro las escuchaba,  castigaba al alumno humillándolo delante de la clase y dándole una piedra que debía cargar en su cartera  ida y vuelta de la escuela a su casa, hasta que se escuchara a otro chico cometer el mismo error de hablar en su propio idioma, y le pasara la carga. La pesada piedra de la vergüenza le enseñaba así a los niños a callarse su lengua para no ser castigados, a ocultarla, a avergonzarse de ella, y a aceptar el excluyente castellano a los golpes.

Esto he recordado cuando está a punto de iniciarse en Córdoba el VIII Congreso Internacional de la Lengua (CILE), que se realizará del 27 al 30 de marzo. Los CILE, que se realizan desde 1997,  están organizados por el Instituto Cervantes, la RAE Real Academia Española  y las academias americanas de la Lengua, y acompañadas por los gobiernos de los países anfitriones.

Los más destacados escritores, investigadores y académicos se presentan en los debates de las sesiones plenarias y paneles que siguen cinco ejes principales: El español, lengua universal; Lengua e interculturalidad; Retos del español en la educación del siglo XXI; El español y la sociedad digital; y La competitividad del español como lengua para la innovación y el emprendimiento.  El lema de este año es “América y el futuro del español. Cultura y educación, tecnología y emprendimiento”. A la inauguración oficial del día 27 asistirán el rey de España y el presidente Macri, además de las autoridades del gobierno de Córdoba, de las academias, universidades y ministerios. Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura 2010  y notorio ideólogo ultraliberal, será una de las figuras estelares en la  apertura.

Acerca de las razones de estos congresos  los directivos de la RAE y del Instituto Cervantes han manifestado  que estos encuentros hispanoamericanos surgieron con el propósito de ser «espacios de celebración y reflexión sobre la lengua en todo el mundo», congresos de «hermandad entre quienes estamos unidos por una lengua, vínculo ante el cual todas las diferencias desaparecen». Se proponen también desarrollar compromisos institucionales con la unidad de este idioma que hablan más de quinientos millones de personas en el mundo.

Pero ¿todas las diferencias desaparecen?

Las declaraciones y discursos florecen en nubes de celebraciones fraternas por el idioma común pero nada dicen acerca de que hay una variedad, el español de España,  que se impone sobre las otras como la norma a la que las demás variedades deben referirse y aceptar, en un imperialismo lingüístico que no respeta otros parámetros que no sean los de la imposición de la institucionalidad del español, aunque el noventa por ciento de sus hablantes nativos sean americanos.

La RAE muestra su lema actual  “Unidad en la diversidad” y multiplica sus diccionarios panhispánicos  pero a la hora de considerar el habla correcta y la normativa de uso resulta que todo se somete a sus normas aristocráticas y a sus regulaciones y casi siempre somos los de ese noventa por ciento los que al final  hablamos incorrectamente el castellano. Lo que esa normatización  genera entonces es una jerarquía y una desvalorización más o menos consciente del habla o hablas de los latinoamericanos, que también, por suerte, son más o menos resistidas.

Esa desvalorización de los castellanos que hablamos de este lado se convierte en desplazamiento e inferioridad cuando el español convive con otras lenguas.  Así sucede hoy mismo para las naciones que en el Estado español tienen como idiomas nativos el euskera, el catalán y el gallego,  y que continúan bajo la obligatoriedad de ser educados en español y de aceptar que en los hechos hay lenguas superiores y lenguas inferiores.

Ni qué decir de los idiomas originarios de América a los que se les aplicó esa misma vara. Los hablantes de mapuche, guaraní o quechua, por nombras solo algunas lenguas,  han seguido el mismo curso violento de desplazamiento, ocultamiento y pérdida frente al castellano, desde la conquista y después también. Así, la institucionalidad del español  muestra que hay un solo idioma que uniforma y une a España, sin considerar de qué manera lo hizo o lo  hace, y  que en América señala a sus variedades como subordinadas y deja a los demás idiomas que se hablan en un callado segundo plano.

Por otra parte la orientación de los CILE es la que se impulsa desde Madrid y desarrolla el Instituto Cervantes para “promover universalmente la enseñanza, el estudio y el uso del español y contribuir a la difusión de las culturas hispánicas en el exterior”, pero en una perspectiva de mercado, como idioma de nivel académico en el horizonte de los negocios, algo de lo que da cuenta la implantación de los institutos Cervantes en más de 40 países desde los  años 90 acompañando la expansión de empresas españolas de comunicaciones, editoriales,  bancos y petroleras.  No por nada entre los patrocinantes y aportantes del Instituto Cervantes  aparecen Repsol, el banco Santander, Telefónica, Iberia o el diario El país, entre otros.  Completando el cuadro expansionista se propagaron también los institutos de enseñanza del español y la potestad de reconocer los títulos habilitantes, que el Cervantes trata de monopolizar.

“El que nomina, domina”, dice la definición. Y es que la lengua es  terreno de disputa como  ninguno porque quien habla nombra y designa, y transmite con sus palabras su visión del mundo  para imponerla sobre los demás.  Por eso se libran en la lengua intensas batallas políticas, sociales y de género, como la que se da ahora a capa y espada contra la resistencia tenaz de la RAE a aceptar mover el masculinizado español  hacia formas inclusivas y abiertas.

Y hay además una especie de falsedad en esta “fiesta” de la lengua, una celebración que cae a cierto vacío cuando brindan  en medio de las dificultades que pasan muchos de quienes trabajan con ella: editores, traductores,  escritores, docentes, libreros, que se ven obligados a cerrar sus pequeñas editoriales o imprentas, o penar laboralmente por imposibilidad de ser editados o contratados, o de vender el libro. Además de los alumnos o de los lectores en general que no pueden comprarlos.

Pero hay también otro congreso: al mismo tiempo que el CILE, y frente a este, se realizará  el I Encuentro internacional:  derechos lingüísticos como derechos humanos, que ha surgido como iniciativa de un grupo de estudiantes, docentes y egresados de  la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.

Este encuentro se propone “visibilizar problemáticas vinculadas a la lengua y a las políticas lingüísticas, con la convicción de que el respeto a la variabilidad lingüística constituye un derecho humano inalienable”.  Serán cinco días de actividades, desde   el martes 26  hasta el sábado 30, para dar a conocer, intercambiar y  debatir acerca del castellano desde una perspectiva latinoamericana e inclusiva, con sus espacios abiertos al acercamiento con las lenguas originarias. Las numerosas mesas y paneles de su programa, a los que asistirán investigadores, escritores y periodistas,  buscarán descorrer los velos que normatizan el castellano de manera jerárquica y autoritaria,  para pensar a la lengua y a las lenguas como un derecho de sus hablantes y  para darles la pluralidad de sentidos y de voces que ellos necesitan.

 

Arte: Niño chicotero, de Francisco Huaroco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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