Crónicas de las experiencias de un viajero por el interior rosarino

Por Paulo Menotti /El ciudadano

“A mí me preocupa qué se puede contar. Cuando escribo como historiador, cuando cantamos tango o en otras actividades, la cuestión pasa sobre qué estamos contando. Hay temas que me apasionan de la historia, como qué sucedió en Rosario en 1928 o sobre el tema de las inundaciones en la ciudad, pero a mucha gente eso no le interesa. Yo tenía la intención de ser claro y no buscaba comunicar saber sino transmitir distintas experiencias desde adentro. Esos son lugares de los que fui parte. Ninguna es una experiencia ajena. Fui a la Ronda de las Madres, fui al Eempa, fui a los encuentros de tango y milongas, fui a pasear por la costa, por todos los lugares que aparecen  citados en el libro. Sumado a eso, está el tema del agua, de las inundaciones en la ciudad que me interesan particularmente. Cuando elegí escribir eso fue un tema que me apasionó y pensaba que los rosarinos vivimos al lado de dos vías fluviales importantes y no las vemos. Se debería escribir la historia de la ciudad a partir de los dos arroyos que marcan los límites y centro de la ciudad”, comentó Pablo Suárez a raíz de su libro Rosario, ciudad ocupada, un texto que reúne diversas crónicas de distintos espacios de nuestra urbe a partir de la mirada de un narrador que participa en las rondas de las Madres de la Plaza 25 de Mayo, en conciertos de tango, describe una tarde en la costa del Paraná, en el barrio Ludueña o dialoga con las propietarias de casas en Zona Cero.
El escritor se definió como un ecléctico que reparte su tiempo entre su oficio de editor publicitario y de contenidos de medios, de historiador y de tanguero. En diálogo con El Ciudadano, Suárez reflexionó sobre su libro, sus semejanzas con las crónicas de viajero y su visión de los espacios de Rosario.

— ¿Por qué eligió contar la historia desde la crónica de lugares de la ciudad?

—Me parecía que había una forma de contar la historia de manera diferente. Esto es, contar cosas que estén pasando ahora. Uno viene con la formación historiográfica de contar las cosas que pasaron y hay una cárcel ahí. Aunque también me gusta escribir cuentos, me parecía que había cosas que estaban pasando y que no se estaban contando. Y que a veces la disciplina histórica, en su forma académica, tiene una forma de contar las cosas que se aleja de la escucha, de cómo se escribe en los diarios, abierto al público. También es un defecto del historiador en general porque cuando publica lo hace al estilo de Luis Alberto Romero en La Nación, lo que son supuestamente pantallazos de larga duración de la visión propia del historiador. Me parece que la crónica del presente es un espacio que tenemos que ocupar los que nos gusta escribir historia. Y además escribir, ése es el tema. Contar cosas que estén pasando ahora de una forma que no sea académica, sin citas. Aunque sea un género tan vilipendiado por la disciplina histórica, que lo considera un género menor. Por ejemplo, las crónicas de la Conquista de América, de Ulrico Scmidl. Además, hay un género de crónicas de viajeros, de libros de viajes, de las cuales yo soy ávido lector.

—Más que de ciudad ocupada como dice el título, ¿no pensó en espacios de la ciudad donde se hacen cosas, espacios de sociabilidad?

—Bueno, ahí hay una disyuntiva. Hablo de espacios públicos, del concepto. Y tomé la decisión de contar lo que pasa en algunos lugares de la ciudad y que cada quien lo caracterice como quiera. Hay gente que está trabajando sobre el concepto de la construcción del espacio público en la ciudad. Si este libro les sirve, me parece bien. No tengo problemas, en ese sentido, de ponerme del otro lado del mostrador. De hacer una producción sociológica, por ejemplo. Me interesa también problematizar la construcción del espacio público, pero principalmente la ocupación de ese espacio. Salvo el uso de lo que se hace de la plaza 25 de Mayo por las Madres de la Plaza, que no le dan el uso que tenía en sus inicios, la construcción de la costa rosarina al lado del río fue totalmente guionada, es decir con determinados fines de uso. Acá se hace esto, acá se hace lo otro y no se puede hacer lo que uno quiera. Por encima de esto, lo que quise generar es la posibilidad de leerlo y generar una diversión con el hecho de leer. Porque para mí, un requisito necesario es escribir y leer con el fin de divertirse. Me pareció divertido ver cómo la gente evade los guiones, las coreografías que se les proponen cuando se construyen los espacios públicos.

—¿Por qué elegió determinados espacios? ¿esos espacios pertenecen a la cultura de izquierda, del progresismo?

—No, porque yo tengo una mirada diferente. Por ejemplo, a pesar de ver de modo positivo la construcción de la costa de Rosario abierta a la ciudad y no como era antes con un murallón, creo que igual tiene muchas deficiencias. Es segmentadora y clasista, en algún punto. También hubo ocupaciones espontáneas de la costa fluvial de nuestra ciudad que denotan hábitos de clase. Como la ocupación del arroyo Ludueña con gente que se fue a vivir a esa zona y también tenés gente que armó un club de pescadores con sus botecitos y sus cañas. Y hay un club náutico que se está haciendo en la desembocadura del Ludueña; lo hace un grupo de personas de una posición social más elevada que genera un conflicto de clase, una disputa entre ellos y el resto de la gente.

—En el relato hay lugares donde hay movimiento y otros donde hay asentamientos, ¿por qué contar lo que pasa en Zona Cero, en el oeste rosarino?

—Yo daba clases en el Eempa de ese barrio y me pareció bueno entrevistar a mis alumnas. La idea de ocupar un lugar desde cero y a partir del impulso estatal provincial, me pareció interesante. También hay una mirada social y eso quiero agradecérselo a la editorial, de haber admitido eso, esto es, haberme permitido plasmar mi mirada social. La crónica muchas veces puede ser denostada porque se supone que tiene una mirada sesgada o una opinión política, o también una perspectiva al mismo nivel de la gente y no desde arriba. Yo me planté ahí y no intenté disimular mis opiniones políticas.

Certamen para rescatar la memoria  de hechos locales

Rosario, ciudad ocupada es un libro premiado por la convocatoria que realizó Baltasara Editora el año pasado. El certamen consiste en elegir obras inéditas de autores rosarinos y publicarlas en las distintas colecciones de la editorial como las de narrativa, poesía, teatro, ensayo, testimonio, patrimonio y Andrómeda y que, según la casa editorial: “Pretenden rescatar la memoria de hechos acontecidos en Rosario y en el mundo, de los que se encuentran señales en el archivo Laudelino Ruiz; así como promover y difundir la obra de escritores locales, nacionales e internacionales; y abarcar temas de interés en el campo de las artes y las ciencias que puedan generar movimientos culturales alternativos”. Baltasara Editora es una editorial independiente que recoge la tradición del librero y editor español Laudelino Ruiz, radicado en Rosario en 1930, cuando inició su librería y edición de libros, actividad que continuó hasta 1972.

fuente: https://www.elciudadanoweb.com/cronicas-de-las-experiencias-de-un-viajero-por-el-interior-rosarino/

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