Cuatro hipótesis sobre la quiebra argentina

Para evitar la masacre económica hay que tomar medidas extremas, que solo pueden ser impuestas mediante la rebelión de las masas

I

La salida del capital especulativo es el motivo inmediato de la corrida contra el peso. El Gobierno, con la venta de dólares que ya ha hecho desaparecer en el aire el 15 % de las reservas, no ha hecho otra cosa que convalidar la depreciación del peso y financiar la fuga. El mecanismo es inevitable en la medida en que esta política económica exige sí o sí financiamiento externo.

La depreciación del peso a fin de año, que fue empujada sobre todo por los exportadores, y la baja de la tasa que promovió el ala política, arruinaron la bicicleta especulativa del verano. Por eso, progresivamente, los Fondos de Inversión de capital extranjero comenzaron a deshacer sus posiciones en pesos y a pasarse a dólares. La suba de las tasas norteamericanas, estimuló este mecanismo y reforzó la decisión de salir. “Tal vez sea tiempo de irse de la Argentina”, acaba de titular una nota el periodista de Forbes Kenneth Rapoza.

¿Es, por lo tanto, esta crisis cambiaria, como dice el gobierno, un problema “externo”, un puro efecto de la crisis mundial? Por supuesto que bajo el capitalismo cada vez más internacionalizado, es imposible sustraer a ninguna economía nacional de las condiciones que impone el funcionamiento global del régimen. Pero esta política económica no hace más que conducir a la desvalorización de la economía nacional, al abaratamiento de su capital social y a su ruina, convirtiéndola en simple garantía de repago de las inversiones de los grandes capitalistas extranjeros.

II

El shock al que finalmente asistimos es hijo del ajuste gradual, tanto como el macrismo lo es del kirchnerismo. Para rastrear los orígenes de esta política económica que hoy explota hay que remontarse, en realidad, al último mandato de Cristina, al viraje ortodoxo de Axel Kicillof. A partir del estallido de la crisis mundial en 2008- 9, el kirchnerismo se vio obligado a recomponer el frente externo, agotado el proceso de crecimiento económico apoyado en la monstruosa desvalorización del capital social nacional por la crisis del 2001. Había que obtener capital extranjero, ante el evidente fracaso de la utopía del capitalismo nacional.

Aquel programa se basaba en la eliminación progresiva de los subsidios, en la desvalorización del salario mediante topes a las paritarias y en la profundización del peso del impuesto al salario en la estructura fiscal. Apoyado en una base social diferente a la del macrismo, el ajuste kirchnerista dependía de otros condicionamientos políticos. Así, por ejemplo, la masacre de Once se llevó puesto el proceso de quita de subsidios, pero la devaluación de 2014 produjo una caída de casi el 7 % del salario real. Fue justamente en el frente externo, el gobierno fue inflexible: el acuerdo con el CIADI, la indemnización a Repsol, etc., fueron clarísimas señales de lo que el ex presidente del BCRA llamó “desaceleración del desendeudamiento”, que por obra de la negación de la negación no es otra cosa que aceleración del endeudamiento…

De allí, el ajuste gradual kirchnerista entroncó con la política económica del gobierno macrista, en forma cada vez menos gradual.  La progresiva eliminación de los subsidios a las ganancias de las empresas energéticas, mediante los cuales el kirchnerismo garantizaba a la vez energía barata a la población y ganancias gigantescas a los inversores, estímulo una inflación de los costos de producción que encareció el funcionamiento general de la economía y convirtió en perpetuo el fenómeno inflacionario.

III

La acumulación de desequilibrios económicos, en este marco, no podía más que llevar a la explosión. La postergación de las reformas estructurales podía ser aceptada por los inversores extranjeros siempre que se mantuviera intacto el mecanismo de  la bicicleta financiera. Las distorsiones a ese mecanismo impuestas por el ala política, y las complicaciones de la economía mundial, agotaron la paciencia del capital extranjero, que comenzó a abandonar el barco. La única salida para el Gobierno, ahora, es imponer las reformas a sangre y fuego. El shock.

Esa es la base de la defensa a rajatabla del tarifazo. Se trata, junto a la loza puesta encima de las negociaciones paritarias, con la complicidad de la burocracia sindical traidora, del único rubro en el que el gobierno ha podido cumplir con las exigencias del capital extranjero. Abdicar de eso es perder la confianza para siempre de los inversores, además de que, el propio Macri, es un representante directo del capital invertido en servicios públicos y empresas de energía.

El fortalecimiento del ultraortodoxo presidente del BCRA Federico Sturzenegger, y el paso al costado del ala política representada por Marcos Peña, será la consecuencia inmediata de esta situación. Los instrumentos con los que intentará controlar la corrida (venta de dólares y aumento de la tasa de interés) no harán más que agravar la situación. Para retornar, el capital especulativo exigirá a la Nación arrodillarse mucho más de lo que ya lo ha hecho. Las consecuencias recaerán sobre las masas trabajadoras del país.

IV

Frente a esto: ¿Hay una salida posible a esta explosión, favorable a los intereses de las masas trabajadoras? La bancarrota de la política económica, la encerrona a la que la burguesía ha llevado al país: ¿puede ser resuelta en beneficio de los verdaderos productores de la riqueza social?

En primer lugar, hay que decir que tal salida depende de la movilización del pueblo trabajador. Está claro que la voluntad de lucha y movilización de las masas en nuestro país es gigantesca, pero las direcciones sindicales no se cansan de traicionar esa voluntad. Los trabajadores deben sacudirse a la lacra de la burocracia sindical si quieren evitar que la monstruosidad del ajuste que se viene recaiga sobre ellos.

Es que no existen, en las condiciones actuales de la economía argentina, salidas intermedias. Para evitar la masacre económica hay que tomar medidas extremas, que solo pueden ser impuestas mediante la rebelión de las masas. No hay forma de evitar que la catástrofe se descargue sobre el lomo de obreros y desocupados, sin nacionalizar el sistema bancario, el comercio exterior y los servicios públicos.

No hay.

Luis Brunetto

El Furgón

 

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