De desigualdades, supremacías y crecimiento. Mapuches y mano dura

En materia política, o geopolítica o geoeconómica, las desigualdades no son capacidades diferentes, suelen ser ventajas que originan ganancias en juegos de suma cero. No se trata de una competencia de obstáculos, sino de una lucha. Algunas veces por la sobrevivencia.

Por lo que el crecimiento mismo es una pelea, a veces hasta literalmente. Y esto último cada vez más. Por eso se vincula a las supremacías, que no son simbólicas sino efectivas.

Y las supremacías son la coronación, la investidura evidente y feroz de la desigualdad.

 

La desigualdad es la base histórica y lógica de la dominación, una de cuyas formas es la explotación. Pobreza y riqueza son los términos extremos de la desigualdad, por eso no existen la una sin la otra, no hay juego donde ganemos todos, salvo en la teoría de la cooperación. Lo que algunos llaman hoy economía colaborativa. Que no es más que un tipo de organización comunicativa. En la que tampoco los participantes ganan todos sino los más fuertes “asociándose” a las grandes cadenas de valor.

La sensación superficial es la de una competencia deportiva, donde gana el que obtiene mayor índice de producción, cualesquiera sean los productos. Entre ellos, y sobre todo, los financieros. Que no alimentan más que a sus poseedores para ampliar las finanzas. Abriendo más la brecha de la desigualdad. Aunque haya muchos pobres que comen pero no se alimentan, comen chatarra: gorditos y desnutridos. Tantos como desnutridos delgados. La urbanización forzada, Nestlé y las gaseosas, (OMS, NYT). Se alimenta así la naturalización de la desigualdad. “Pobres hubo siempre” decía la finadita María Julia Alsogaray.

Esa desigualdad es la base de las supremacías, de los dominantes. Mimetizada con nacionalidades, tradiciones, religiones y valores morales. Hasta de etnias, bautizadas como razas, por los racistas.

Mimetizadas también en las capacidades técnicas, como en Alemania. Esta aparece como líder mundial en innovación tecnológica. De allí que Barañao haya dicho en el Polo Tecnológico que Merkel era “la líder mundial más relevante”. Alemania es el país de mayor crecimiento del G7. Y los banqueros dicen que en la Europa financiera se habla alemán.

Según un informe de la Fundación Bertelsmann el 15,7% de los alemanes están bajo la línea de pobreza y 600.000 niños” viven en una pobreza absoluta y no toman una comida caliente al día”. (El País Global, 23/09/17)).

Pero para supremacía, la de los Estados Unidos de Norte América.

La economía creció 3,1% anual en el segundo trimestre de 2017. La pobreza es del 12,7% de la población: 40,6 millones (casi la población de Argentina).

En la distribución del ingreso el 1% de arriba ha logrado más de 30% de ganancias, el 80% muestra salarios estancados o en retroceso. La tasa de participación laboral disminuyó al 62, 7%, cayendo 4 puntos desde el 2007. “Los 4 puntos de disminución de la fuerza laboral -unos 8 millones de operarios- constituyen el terreno fértil en que se nutre la epidemia de drogadicción, alcoholismo y suicidio que diezma a los trabajadores industriales estadounidenses y los sumerge en un agudo proceso de desesperación acumulada”(Jorge Castro, Clarín Económico, 17/09/17).

Unos acumulan capital y otros, desesperación. El cuento resarcitorio: la supremacía. Y el crecimiento.

Resultado: la desigualdad y la pobreza, en crecimiento.

Pobreza que diferencia (desiguala) a los mismos pobres, ya desiguales respecto a los dominantes. La desigualdad genera desigualdad entre los mismos desiguales.

Y así se prenden a la supremacía, la del “pueblo americano” o la del “pueblo alemán”.

¿Ahora la del “pueblo argentino” respecto a emigrantes y pueblos originarios?

Los gendarmes de menor graduación exigen a sus superiores mayor mano dura contra los vagos y roñosos “indios mapuches”. Si no la tienen son cagones, es decir cobardes. Si la tuviesen serían valientes defensores de los emprendedores, limpios y “argentinos”.

Independientemente de pistas falsas, que más que para desorientar la investigación de la desaparición forzosa de Santiago sirven para banalizarla, naturalizarla y olvidarla, el signo tanto o más preocupante es la aparición (o reaparición) de la “supremacía” fundada en la evidente desigualdad (Benetonn-campesinos). Desigualdad que genera otras desigualdades criminales, signo a su vez de barbarie. De “obsolescencia programada”, vida limitada de hombres (sobrantes) como “necesidad” para el crecimiento. No hay progreso sin inversiones y no hay inversiones con indios mapuches o cualquier otro “vago y roñoso”.

Los Trump, los Macron y los Macri no son casuales. Y no son solo producto de la “indiferencia” de algunos sectores “medios” y el gorilismo cerril.

Edgardo Logiudice

setiembre 2017

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