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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Del socialismo o la barbarie. (Aproximación conceptual a un proyecto de documental)

12 Sep,2014

¿Imágenes? Hambrunas, tsunamis, pestes, sequías, destierros, prisiones, gusanos, desiertos, muerte. En seguida, pies descalzos, curtidos, sobre los terrones. La azada en la tierra.  El agua en el surco, chispeante, feliz. El sudor en el rostro del hombre. La gota que se desliza por su mejilla. La gota que cae para ser agua en el agua. La ronda, el canto, los niños, las niñas, el fuego. El cielo estrellado. Y otra vez, hambrunas, tsunamis, pestes, sequías, destierros, prisiones, gusanos, desiertos, muerte. Parece obvia la idea, pueril, pero no lo es. No son imágenes de un mundo que exhibe realidades  paralelas, contrapuestas, dialécticas. Son dos mundos. Son una opción de hierro. No hay síntesis posible. Es la vida o el la muerte. Es el socialismo o la barbarie.

 

Fotografía: En la vuelta/Acción fotográfica

 

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Es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el del nuestro resurgiendo.

El día que fue el día era de noche. Y noche será el día que será el día (…)

Subcomandante Insurgente Marcos. EZLN

 

 

Primera parte

Las fuerzas productivas, es decir, la naturaleza y el trabajo mediados por la tecnología, han dejado de crecer. Es más, se destruyen en una progresión geométrica, cada día. El mundo natural y el trabajo humano se degradan a ritmos nunca antes sufridos por sociedad alguna. Solamente la tecnología al servicio de la dominación global avanza sin pausa: las comunicaciones digitales, la biotecnología industrial, el control satelital, el equipamiento bélico, etc.  El saqueo de bienes comunes como nueva forma de acumulación, la expansión de las fronteras extractivas y agroindustriales, la expulsión de población a las periferias urbanas, la degradación social, la corrupción política, la cultura del miedo y la resignación son las herramientas utilizadas por las corporaciones trasnacionales en esta nueva etapa del capitalismo, su etapa final. El capitalismo sucumbirá a manos de una nueva civilización, o hundirá a la humanidad toda con él.

Según los fundamentos de la economía política, cuando las fuerzas productivas no pueden crecer porque se ven trabadas por relaciones de producción anacrónicas para esa etapa del desarrollo económico, las condiciones maduran para que una revolución libere las energías que yacen bajo la losa de una sociedad atrasada. Sin embargo, las condiciones hoy no solo están maduras, han comenzado a pudrirse, y nada parece vislumbrarse en el horizonte parecido a un proceso revolucionario, más bien todo lo contrario.

Lo peor es que cuanto más dure la crisis a que nos ha conducido el capital, más se alejan las posibilidades de que una revolución triunfante retome, al decir del marxismo dogmático, las rutas del progreso humano. Sin embargo, el colapso a que nos lleva irremediablemente el capital ocluye para siempre la noción de progreso en el horizonte de una nueva civilización, porque es el paradigma del progreso, como norte de la civilización humana, es el que nos ha conducido al laberinto -aparentemente- sin salida en que hoy estamos.

 

Segunda parte

"Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes"

Carlos Marx, Federico Engels, "Manifiesto Comunista".

 

La primera oración del Manifiesto Comunista no tiene objeción alguna: Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases. Nada más habría que aclarar, y de hecho Marx y Engels lo vieron así para el contexto europeo, que esta historia comienza a partir de la ruptura de las llamadas comunidades ¨primitivas¨.  Y en el continente americano, agregamos nosotros, a partir de la irrupción del capitalismo con la llegada de la conquista y la colonización europea.

La segunda oración es la que ha tomado toda la izquierda marxista partidaria en todas sus variantes: "es una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social".

La tercera ha pasado desapercibida o ha sido negada como posibilidad, y es la que sostendremos como hipótesis de trabajo: (...) o al exterminio de ambas clases beligerantes. Pero, dada la expansión global y la crisis civilizatoria a que nos ha conducido en capitalismo, es posible que el exterminio no incluya solamente de esas clases en lucha, sino de la humanidad toda.

A esto podemos agregar que en la historia de occidente, de la lucha de clases entre libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos, nunca salió un nuevo régimen social. Lo nuevo no apareció porque las clases oprimidas hubieran vencido. La sociedad de amos y esclavos/patricios y plebeyos, predominante en el llamado mundo antiguo, fue remplazada desde afuera por la implosión del imperio romano y irrupción de los llamados bárbaros cuyos jefes constituyeron lo fundamental de la clase de los señores feudales. La sociedad feudal no colapsó porque los siervos se hubiesen impuesto a los señores, sino porque una nueva clase surgió en los burgos. ¿Porqué pensar entonces, que lo nuevo hoy vendrá de la clase enfrentada a la burguesía y engendrada por ella?

Los marxistas tomaron debida cuenta que el proletariado por sí mismo se demuestra incapaz de llevar la lucha contra la burguesía hacia la revolución y se mantiene siempre en una lucha economicista dentro del sistema, por eso se plantearon la necesidad de conformar una fuerza externa que  lleve al proletariado a dar ese paso; esto es, el partido revolucionario, conformado por individuos provenientes de otras clases, básicamente de la pequeña burguesía.

Pero hasta ahora, la historia ha demostrado que si bien el proletariado puede seguir en algunas circunstancias al partido en un proceso revolucionario, muy pronto retrocede y abandona al partido a su suerte dejándolo en las garras de la represión fascista (Alemania) o lo empuja a burocratizarse (Rusia). En este sentido podemos afirmar que en la Rusia soviética quién representó los intereses del proletariado fue el estalinismo, y no el trotskismo, fuerza que pretendía avanzar en un proceso de revolución permanente hacia el socialismo mundial, tarea que el proletariado ruso ni de lejos estaba dispuesto a cumplir. El estalinismo construyó desde el estado burocratizado las bases para el desarrollo capitalista del presente y conformó desde sus entrañas una nueva burguesía que vino a reemplazar a la que a principios del siglo XX fue incapaz de un desarrollo capitalista que expandiera las fuerzas productivas acorde con las necesidades del capitalismo mundial. La burocracia estalinista cumplió el sueño de un proletariado que buscaba una clase que lo explotara para darle sentido, entonces, como clase en sí. Sin dudas lo consiguió.

Lo mismo puede decirse de la nueva China que, junto a la nueva Rusia, componen una suerte de bloque inter-imperialista, sui generis, ya que la etapa imperialista proviene de un capitalismo construido por el proletariado y sus partidos estalinistas de donde surgen, en ambos casos, las nuevas burguesías. El diablo nos ampare...

Así, abandonada definitivamente la impronta cuasi revolucionaria de la última parte del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte, el proletariado se ha develado como una clase esencialmente anti revolucionaria, siguiendo de cerca los pasos de la burguesía mundial. Tanto en las metrópolis, como en las semi-colonias.

La consecuencia más trágica cercana a nosotros de este comportamiento manifiestamente anti revolucionario fue la traición del proletariado a la lucha revolucionaria del Che Guevara en Bolivia que llevó a la muerte al paradigma de la revolución socialista de Nuestra América. Paradójicamente una gran parte de los individuos que conformaban esa clase social, transformados, luego de la debacle neoliberal, en parias del sistema, van a ir a constituirse en uno de los bastiones de la batalla anti sistémica reorganizados territorialmente en El Alto de La Paz, a partir de fines del siglo veinte.

Se podría argumentar, como de hecho se hace permanentemente desde las filas del trotskismo histórico, que las burocracias sindicales y políticas son las responsables de las defecciones del proletariado. Es decir, que cuando el proletariado lucha lo hace porque es revolucionario y cuando no lo hace es porque las burocracias se lo impiden… Este argumento condescendiente y manipulador afirma el supuesto que tiene que demostrar y se derrumba por su propio peso: las burocracias no caen del cielo, no le son externas, no se le adosan ni se le imponen a la clase proletaria desde afuera, sino que son generadas en el seno del proletariado por el propio proletariado. Claro que las burocracias adquieren intereses propios, pero nunca se alejan del todo de los intereses de sus bases porque en ello le va la vida como burocracia. En realidad, las burocracias son un producto genuino del proletariado, surgen en el marco de sus luchas por el salario, tanto a nivel sindical como político, y son sostenidas como herramienta para negociar con la burguesía y para combatir, al mismo tiempo, dentro de sus filas, a quienes pretenden utilizar esas luchas por el salario para fines políticos revolucionarios ajenos a sus verdaderos intereses de clase.

En nuestras semi-colonias latinoamericanas, y particularmente en Argentina, hemos visto y vemos infinidad de luchas que se despliegan en apoyo a las luchas del proletariado, vale mencionar nada más que a Cutral-Co. Sin embargo no podemos contabilizar ni una sola lucha que involucre al proletariado en apoyo a las luchas de otros sectores oprimidos, muy por el contrario. Los obreros petroleros de la Patagonia, por ejemplo, muy combativos a la hora de defender sus condiciones laborales, siempre se abstuvieron de movilizarse para reclamar justicia por al asesinato del docente en lucha por más y mejor educación Carlos Fuentealba, en Neuquén, también en la Patagonia. Como contrapartida, los ex petroleros de General Mosconi, desocupados por la reconversión neoliberal de los ´90, expulsados del proletariado, reprimidos y encarcelados, protagonizaron, ya como movimiento social y territorial no sindical, uno de los ejemplos de lucha anti sistémica más importantes en la historia de las luchas populares argentinas.

Por lo demás, en la mayoría de los lugares donde las poblaciones luchan contra el saqueo y la contaminación de las trasnacionales, incluidas las petroleras, son los sindicatos quiénes aportan las fuerzas de choque que acosan y agreden a esas poblaciones en resistencia con el argumento, muy válido para ellos, de la defensa de la fuerza de trabajo.

Los sindicatos, sobre todo los industriales, reproducen la lógica de la democracia burguesa representativa, es decir el desplazamiento de las decisiones a un núcleo pequeño de dirigentes no sin el acuerdo del conjunto de los agremiados. Baste con revisar los porcentajes de participación electoral que tienen los gremios por rama de la industria, aun los más burocratizados, para comprobar el acuerdo tácito de las bases con las burocracias que las representan. Claro, es cierto que muchos proletarios, individualmente o agrupados en listas opositoras, se quejan y denuncian a la burocracia sindical, pero no es porque la burocracia no los conduzca a la lucha revolucionaria, sino porque la burocracia se queda con una parte de su salario. Y en este sentido, sus quejas y denuncias permanecen dentro de los estrechos límites de relaciones estrictamente capitalistas.De más está decir que las burocracias sindicales que controlan los gremios de las industrias extractivas, por ejemplo, son la expresión más legítima y desembozada de la alianza estratégica de estos sectores proletarios con el capital trasnacional. La burocracia sindical es, y lo ha sido históricamente, el brazo gremial de las políticas populistas o estalinistas, según los países, y nexo necesario entre la burguesía y el proletariado para sostener el pacto capitalista.

Milcíades Peña –el más importante historiador de la izquierda argentina- tenía una visión pesimista de nuestra historia porque veía que el proletariado nacional sería incapaz de superar las barreras del populismo. Pero esa visión pesimista se basaba en la idea, nunca demostrada por la historia, que podía haber un proletariado capaz de ir, a largo plazo, más allá del capitalismo. Afirmaba también que el proletariado argentino era lo que era porque nunca se había desarrollado una burguesía capaz de elevar el país al nivel de las grandes naciones capitalistas y, por lo tanto, a aportar al desarrollo de una clase proletaria que pudiera ir más allá del populismo. Sin embargo, en ninguna de esas  grandes naciones el proletariado se alzó nunca contra su burguesía más allá de la lucha económica por la plusvalía. Y menos aún frente a su imperialismo; todo lo contrario: cimentó su bienestar en la explotación y la opresión salvaje del resto del mundo colonial.

Un estudio de origen ruso realizado sobre la guerra colonial que Rusia emprendió contra los chechenos muestra que el 80% por ciento de los habitantes de Rusia apoyó la invasión, pero lo más impresionante es que al establecer porcentajes por posición social, el sector que más apoyó esa guerra fue el obrero con más del noventa por ciento. En el informe cualitativo los investigadores explican que las razones más generalizadas esgrimidas por el proletariado fue que la incorporación a Rusia de la riqueza petrolera de Chechenia les llevaría mayores puestos de trabajo y mejores salarios.

Sobran los ejemplos, también cercanos a nosotros:  mientras se llevaba a cabo la construcción de la planta de pasta de celulosa de Botnia, en Fray Bentos, Uruguay, entrevistamos al secretario general del gremio de la construcción en esa ciudad (que a diferencia de los burócratas sindicales argentinos, trabajaba en la obra) sobre su posición con respecto al saqueo de recursos y a la contaminación que llevaría semejante emprendimiento trasnacional y esto nos dijo, casi textualmente: ¨Nosotros representamos a los trabajadores de la construcción y debemos velar por conservar la fuente de trabajo, la seguridad de los trabajadores y que se liquide en tiempo y forma el salario como marca la ley, lo demás no tiene que ver con nosotros¨.

El problema de la izquierda revolucionaria (al menos la latinoamericana) es que, a pesar de su insoslayable estrategia de ¨revolución permanente¨ y de su opción -de hierro para nosotros- de ¨socialismo o barbarie¨, todo su denuedo revolucionario se asienta en una ilusión: que el proletariado es una clase potencialmente revolucionaria. Pero la verdad es que la indiferencia con que proletariado observa a esa izquierda está plenamente justificada. Ella no representa en absoluto sus intereses históricos. Sí que los representan los populismos, que prometen una burguesía nacional fuerte o los estalinismos que le proponen desarrollar el capitalismo nacional desplazando la lucha por el socialismo a un futuro incierto.

En Argentina se ha dado en los últimos años la situación política en que el populismo y el estalinismo vernáculos cerraron filas para enfrentar  el fracaso del duhaldismo y su política represiva para frenar la oleada anti sistémica visibilizada en el 2001, dando lugar una la alianza estratégica entre el partido comunista y el peronismo kirchnerista.

La izquierda partidaria, de la mano de su ciego seguidismo a los vaivenes de la lucha economicista del proletariado argentino, estuvo totalmente ausente de las movilizaciones que llevaron de la mayor crisis del sistema en su historia, puesta en evidencia en diciembre del 2001. En esa crisis sistémica el proletariado se mantuvo férreamente en sus puestos de trabajo haciendo honor a la consigna populista ¨de casa al trabajo y del trabajo a casa¨ mientras los ex proletarios, los trabajadores desocupados, ganaban las calles al grito de ¨que se vayan todos¨, haciendo referencia al conjunto del aparato jurídico-político de la burguesía. De esta manera, los proletarios argentinos se convirtieron en verdaderos esquiroles del pueblo.

Es una coartada oportunista la discusión sobre el verdadero alcance de la clase proletaria. El proletariado tanto como la burguesía se define desde el marxismo por su posición con respecto a los medios de producción y fundamentalmente por su ubicación en la relación de de producción capitalista. Un trabajador desocupado ha dejado de tener relación económica con la producción. Pero también con el andamiaje ideológico que la sostiene: la crisis del capitalismo desplaza individuos desde el proletariado hacia la periferia transformando sus relaciones sociales, su entorno -que deja de ser el laboral- y su medios y expectativas de vida. Ha dejado de ser un proletario, aunque siga siendo un trabajador. En cuanto a los trabajadores ocupados, su inmensa mayoría no forma parte del proletariado ya que no está ligada a la producción sino a otras áreas del campo laboral. Puede prestarse a confusión el hecho que eventualmente los trabajadores no proletarios tengan reivindicaciones comunes con el proletariado o que adhieran a las mismas centrales sindicales, pero no son estos factores determinantes a la hora de ubicarlos en el terreno de la lucha de clases.

Así que, partiendo de las premisas de Milcíades Peña, no se puede ser sino pesimista. Peña pretendía que la clase obrera pasara de la lucha por el salario a renunciar al ¨salario¨ como centro de su existencia en tanto que clase y así construir nuevas relaciones de producción. El problema es que el ¨salario¨ -que incluye el jornal, la fuente de trabajo, las condiciones laborales, etc- constituye el nexo de hierro que une al proletariado a la burguesía. Nexo de hierro que, al mismo tiempo, le proporciona al capitalismo la llave perfecta para desestimar cualquier intento de socavar sus bases desde una perspectiva proletaria. Por eso los populismos, que apelan al mejoramiento del salario son al mismo tiempo un imán para el proletariado y un freno adicional para cualquier aspiración de transformar la sociedad a partir de la abolición del salario. Las preocupaciones de los capitalistas con relación al proletariado no vienen de suponer que esa clase pueda con sus luchas cambiar el orden económico nacional o mundial sino porque sus luchas por el salario atentan contra la extracción del plusvalía y provocan crisis y guerras civiles e internacionales entre los distintos sectores del capital.

A diferencia del proletariado argentino, que participa de los ataques o es indiferente a las resistencias sociales de los pueblos saqueados y contaminados, a la defensa de los territorios de criollos y pueblos originarios usurpados por las trasnacionales, a luchas por la tierra y la vivienda digna de los confinados a los asentamientos y villas, los trabajadores desocupados tienden puentes y lazos porque perciben que las luchas por la dignidad y el futuro se mueven por caminos muy lejanos por los que transita la aristocracia obrera.

Esta visión optimista, además de asentarse en las nuevas experiencias productivas y sociales pre figurativas de un horizonte socialista a distancia del estado y los partidos, incluye a vastos sectores del proletariado transformados en mano de obra ociosa o desplazados a la periferia del sistema por el colapso de ramas enteras de la industria o la entrega al saqueo y la especulación de las trasnacionales. También incluye a sectores proletarios que en el camino de la lucha por la fuente de trabajo se desgajan del tronco reaccionario del economicismo sindical de la ¨clase obrera organizada¨ y logran construir bastiones anti-sistémicos en la periferia o a distancia de las organizaciones obreras del capital.

Ese es el caso de algunas fábricas recuperadas. Y Zanon es un ejemplo. Los obreros, al ocupar la planta y hacerla producir por sí mismos, niegan al patrón burgués, transforman las relaciones capitalistas de producción dentro de la fábrica y, en ese mismo acto, se niegan a sí mismos como proletarios. Su existencia ya no cobra sentido en el salario sino en la reciprocidad. Y a pesar que su producción vaya al mercado, han dejado de pertenecer al proletariado. Son trabajadores no proletarios. La fábrica se llama ahora Fasinpat – Fábrica sin patrón. Y sin proletarios, agregamos nosotros.

Lo que sostengo con todo lo anterior es que no estamos condenados a la barbarie, tal como parece indicar el derrotero del capitalismo. Tal vez desde la periferia, desde afuera de las relaciones capitalistas, surja una nueva fuerza social y económica beligerante que derribe revolucionariamente el régimen social actual y, al mismo tiempo, construya una nueva civilización a nivel mundial.

Hay ejemplos de esto, todavía aislados, pero que muestran un posible camino. Baste mencionar el movimiento zapatista, por ejemplo.

¿Será suficiente?

 

Tercera parte

 

"Eric Hobsbawm, ese gran historiador británico, decía que el siglo XX corto empezó con la Revolución rusa y terminó con la caída del muro de Berlín. Para nosotros, el siglo veinte corto comienza con la Revolución mexicana y termina en Chiapas, 1 de enero de 1994."

Norma Giarraca, en "Los ojos abiertos de América Latina".

 

Puesto en términos hegelianos, como hace Miguel Mazzeo, apelando a la dialéctica del amo y el esclavo, el proletario puede cobrar conciencia de sí mismo y comprender que lo que produce es de su propiedad y condenar entonces su existencia de explotado. Pero esto lo pone en una encrucijada. O bien pone en práctica su comprensión o bien permanece sumiso  por temor a perder el trabajo, es decir a perder la vida en tanto que proletario: a transformarse en un desocupado.

La puesta en práctica de esa comprensión implica un compromiso activo en pos de su propia emancipación y exige el ejercicio de poder. Por supuesto,  todo esto implica también un riesgo; riesgo que, aún siendo heroicamente asumido por sus combatientes más revolucionarios, como en la España republicana, por ejemplo, el conjunto del proletariado nacional e internacional no ha estado dispuesto a asumir.

Sin embargo, en esta nueva etapa del capitalismo de acumulación por desposesión,  las condiciones de las clases oprimidas, es decir, de la inmensa mayoría de la población, incluyendo a los proletarios expulsados del sistema, no dejan opción. Los trabajadores desocupados no pueden siquiera elegir permanecer sumisos porque en ello les va la vida: la sumisión ya no les garantiza el salario, que ha desaparecido de su existencia. Entonces,  nada hay más allá que su propia acción colectiva para la supervivencia. Esa acción, claro, también implica un compromiso tan activo como el otro, y también un riesgo, pero al desocupado no le queda  elección posible. Sabe que la época en que pasaba a formar parte del ejército industrial de reserva, que en épocas de crisis aumentaba y en épocas de auge económico se reducía hasta que prácticamente desaparecía la desocupación, es cosa del pasado. Y como también sabe que la mendicidad, la delincuencia, la prostitución no son una opción, no tiene otro camino que buscar ser reconocido por sus iguales y, juntos, luchar y resistir. Resistirse a morir. Y, en ese camino y al mismo tiempo, construir poder popular.

Por otra parte, los campesinos y pequeños productores rurales, así como las poblaciones que los rodean, apegados a sus propias parcelas, aislados entre sí y con centro de las decisiones económicas y políticas, comienzan a ser agredidos y expulsados por la expansión del capital hacia las fronteras de los territorios antes considerados improductivos para el mercado mundial.  Entonces, el aislamiento ya no es opción porque no les garantiza la supervivencia frente al avance de las trasnacionales del saqueo. Saben que serán derrotados y expulsados de su tierra para ir a hacinarse en las periferias urbanas si no resisten en el territorio, ya no como campesinos, productores o comerciantes aislados sino como conjunto social en lucha construyendo poder territorial.

Ahora bien, la pregunta obligada es si estos procesos de expulsión-reconstrucción serán suficientes para garantizar el surgimiento de una alternativa civilizatoria. Si los desheredados podrán constituirse en sepultureros de capital, si podrán construir un mundo nuevo a distancia del estado, si podrán afianzar y expandir los territorios liberados. El final de la comuna de Canudos parece demostrar que no, que no es suficiente.

Para nosotros, los argentinos, aparecen dificultades adicionales porque las experiencias exitosas como paradigmas de una civilización más allá del capital en Nuestra América se están dando a partir de la recuperación de saberes e instituciones ancestrales. Recuperando también formas productivas y relaciones de producción basadas no en la competencia sino en la reciprocidad y actualizándolas en la comunidad y en el territorio. Estas experiencias realizan una verdadera revolución en acto, en el sentido más primario y pleno del concepto, prefigurando al mismo tiempo un futuro no capitalista, por no decir socialista.  El problema para la Argentina  no es que falte una clase revolucionaria, tal como decía Milcíades Peña, sino que los saberes e instituciones sobre los cuales se podría asentar una superación revolucionaria del capital, tal como sucede en las comunidades zapatistas, por ejemplo, fueron destruidos casi hasta los cimientos por el propio desarrollo capitalista vernáculo.

Sin embargo, los esfuerzos por recuperar los retazos están en marcha, las asambleas populares son verdaderos tinkus  o encuentros, la solidaridad en los barrios populares y en los territorios amenazados se parece mucho a una minga. Lo mismo sucede con los emprendimientos productivos y distributivos de la mano de los emigrantes a las ciudades desde las periferias mestizas.  Muchas fábricas recuperadas combinan diferentes experiencias de lucha y organización, recurriendo al apoyo territorial como no lo había hecho casi nunca antes el sindicalismo obrero tradicional, salvo experiencias puntuales como la relación de los sindicatos fabriles Sitrac y Sitram con el barrio de Ferreyra, Córdoba, a principios de los ´70.

Es que, a partir de quedar huérfanos del orden económico y social que suministraba el salario, los ex proletarios, provenientes mayoritariamente  de las provincias norteñas o los países limítrofes, recurren a la memoria cultural para garantizar la supervivencia de sus familias y entonces realizan, en ese proceso, una re-conversión hacia lo más profundo de la herencia indoamericana.  Y en esa re-conversión también incorporan formas de resistencia urbana y de movilización callejera provenientes de pueblos vecinos. Incorporan el piquete callejero, por ejemplo, -generalizado partir de la lucha de los fogoneros de Cutral-Co- que tiene su origen en la región andina, a diferencia del piquete fabril, de origen europeo. Por otra parte, los movimientos socio ambientales  toman prestadas herramientas  organizativas y combativas tanto de la herencia originaria como de las nuevas resistencias urbanas, tales como la asamblea popular y la ocupación del espacio público.

Los cruces de saberes y experiencias están en marcha.  La defensa de las producciones locales artesanales en las provincias y el surgimiento de experiencias productivas comunitarias o cooperativas en las periferias urbanas agregan un elemento central sin el cual no puede seriamente pensarse en un nuevo paradigma civilizatorio, es decir formas de producción diferentes (no todas ellas necesariamente nuevas) de las que propone el capital.

En este camino, a diferencia de que sucedía en anteriores procesos, son las mujeres las que no solamente le ponen su impronta a formas invisibles de una nueva cotidianeidad, sino que ellas empiezan a aparecer en la primera línea de la organización y del combate. Sobran los ejemplos.  Desde las campesinas combatientes del EZLN a las compañeras asambleístas de Famatina y Chilecito. Sin embargo, no es esta actitud de protagonismo social lo más importante a la hora de ponderar su aporte fundamental a la gestación de un verdadero salto revolucionario, sino lo que le subyace: el espíritu de las mujeres, su fortaleza, su valentía, su perseverancia sin límites y, sobre todo, su ¨otro¨ paradigma de relación con el mundo y con la comunidad.

Ahora bien, a esta altura se requiere hacer la pregunta fundamental:

¿Por qué? ¿Por qué los oprimidos, los desheredados, los expulsados deben hacer todo esto? ¿Cuál es la razón que les asiste? ¿Por qué tienen derecho a construir poder popular y cambiar el mundo? ¿Será porque son muchos, porque son buenos, porque son necesarios?  Nos negamos a aceptar estas respuestas forzadas. ¿Cuás es la necesidad inmanente para que esto suceda?  ¿Cómo justificar conceptualmente esta necesidad sin recurrir a principios éticos o ideológicos impuestos desde afuera?

Al menos el marxismo tradicional partía de un supuesto  que sostenía todo el subsiguiente andamiaje conceptual sin necesidad de recurrir a la hipótesis de ¨dios¨, como una vez sostuvo Descartes.  Ese supuesto es el del progreso. El marxismo tradicional entiende la historia como una progresión creciente de las fuerzas productivas. Cuando esa progresión se frena porque las relaciones de producción la entorpecen en su crecimiento, hay una ¨necesidad¨ inmanente al modelo conceptual de derribar esa barrera. Si no se la derribara, el riego sería que las condiciones cada vez se harían más difíciles hasta ¨retroceder¨ a la barbarie, una etapa muy anterior, y por cierto nada deseable, en el progreso de la humanidad.

Pero, abandonado el supuesto del progreso…  ¿Qué nos queda? ¿Por qué pensar que es necesario que los oprimidos se emancipen? ¿Dónde anclar la necesidad de la revolución sin caer en entelequias ingenuas y sensibleras?

La revolución social y la emancipación de los oprimidos construyendo una nueva civilización no son un derecho o una razón de los oprimidos, sino de la especie humana toda en riesgo de extinguirse bajo la losa del capital. De ahí, de esa dramática opción de hierro, le viene su necesidad y su legitimidad.

 

Miguel Mirra, Lanús, Buenos Aires, septiembre de  2014

 

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