Del tecnocapitalismo desaforado al comunismo dinástico

Los cronistas Julián Varsavsky y Daniel Wizenberg viajaron por separado a las Corea del Sur y del Norte, y cruzaron miradas y plasmaron sus miradas en un libro de crónica y ensayo aplicando la obra del filósofo Byung Chul Han y sus conceptos de “sociedad del cansancio” y “panóptico digital”, un desarrollo que deja atrás el modelo de “sociedad disciplinaria” de Foucault a favor de otro al que llama “sociedad de rendimiento”.

El surcoreano Byung Chul Han es una estrella de la filosofía actual, una especie de Foucault 2.0 con una mirada crítica de la sociedad digital y sus nexos con el neoliberalismo de post Guerra Fría, cuyos libros de ensayos son un éxito de ventas internacional. Inspirados en su obra, Daniel Wizenberg y Julián Varsavsky analizaron cara y contracara de una misma moneda –la coreana– que sigue girando en el aire sin terminar nunca de caer, un conflicto congelado en el mismo lugar desde 1953 sobre un polvorín nuclear. En su libro Corea, dos caras extremas de una misma nación, los periodistas plantean que una hipotética democratización de Corea del Norte no sería tal, si se aplicaran allí los rigores sureños de “la sociedad del cansancio”.

–¿Cuál es el origen de este libro?

Wizenberg: –Yo publiqué en revista Anfibia una crónica de Corea del Norte contando que en el hotel “5 estrellas” de Pyongyang cenaba con campera por el frío que hacía en el restaurante. Y Julián hizo un comentario de lector en esa web diciendo que en Seúl había entrevistado a un ejecutivo norteamericano de Samsung que trabajaba en el edificio central de esa empresa, quien también tenía que trabajar con campera porque no le prendían la calefacción. Nos buscamos por Facebook sin conocernos y al chatear nos causó gracia que las dos Coreas se parecieran más de lo imaginado: nos llevó 5 minutos ponernos de acuerdo en hacer un libro. Podría decirse que Corea; dos caras extremas de una misma nación, fue gestado con la lógica del panóptico digital teorizado por el Byung Chul Han.

–¿Cómo entró Daniel Wizenberg a Corea del Norte?

Wizenberg: –Compré un tour. Es la única manera de llegar ya que nadie elige qué viaje hacer por Corea del Norte: todos lo compran armado. Tuve que mentir sobre mi profesión ya que se aclaraba en los requisitos que no se admitían periodistas. Sin embargo la tercera parte del contingente éramos periodistas que decíamos trabajar de otra cosa.

–Ustedes en el libro dicen que Corea del Norte es uno de los últimos rincones de la tierra no mapeados por Google Maps. ¿En qué consiste la muralla antidigital?

Wizenberg: –El país no está conectado a Internet. La población accede a una Intranet, es decir, a una red local con contenidos filtrados por el Estado; ningún ciudadano de a pie puede contactarse con nadie ni recibir información alguna fuera de las fronteras. No es posible siquiera llamar por teléfono a la familia en el sur ni recibir un llamado, y tampoco mandar una carta.

–O sea que estuviste incomunicado una semana. En la tercera parte del libro ustedes contrastan los dos países e hipotetizan un posible encuentro en el escalón que separa a las dos Coreas en la Zona Desmilitarizada. ¿En qué consiste ese escalón? ¿Cómo sería ese encuentro?

Wizenberg: –Se llama la Zona Desmilitarizada y es la más militarizada del mundo: la Guerra Fría quedó congelada en ese punto -el Paralelo 38º- fijado por la Unión Soviética y Estados Unidos, y no por las Coreas. Desde un lado y el otro de la frontera se organizan visitas guiadas a esa zona y en el libro jugamos con la idea de que podríamos habernos puesto de acuerdo para vernos desde lejos en la frontera y arrojarnos un avioncito de papel con una carta. Allí mismo, a mediados de noviembre, un soldado norcoreano cruzó la frontera corriendo y fue baleado por sus compañeros. El incidente fue cerca del famoso escalón, que es un punto donde no hay alambrada ni barreras entre los dos países: es un escalón de cuatro metros de largo que podría cruzar hasta un bebé. La idea del avioncito de papel es de alguna manera una metáfora política sobre esa situación de las dos Coreas, cuyos guardafronteras están tan cerca entre sí, que se miran cara a cara a los ojos todos los días. Y sin embargo hay un abismo político entre un lado y el otro.

–El sistema político norcoreano es un oxímoron: una dinastía comunista que va por su tercera generación en la sucesión del mando. En el libro cuentan muy bien en qué consiste ese culto cuasi-místico impulsado por la “dinastía” Kim. ¿Cómo ven esa contradicción?

Wizenberg: –En un principio Kim Il Sung, el abuelo del actual líder, fue un revolucionario en la escala de Mao y Ho Chi Minh, quien rápidamente se fue apartando del ideario comunista para desarrollar una “filosofía” local cerrada, basada en la adoración al Líder a quien se le atribuyen incluso poderes milagrosos: los guías de viaje cuentan que el día que murió Kim I, el pico nevado del monte Paektu dejó de ser blanco para volverse rojo, como si saliera lava de su interior, aunque no es un volcán en actividad. Ese compendio “filosófico” se llama Juche. El hijo del líder revolucionario, Kim Jong Il, lo sucedió y profundizó el régimen blindado. Y antes de morir dejó el trono a Kim Jong Un, quien gobierna hoy. El líder actual no tiene mucho de revolucionario: estudió en Suiza bajo un seudónimo y tuvo una vida de niño rico. Su principal afición hasta acceder al poder eran los partidos de basquetbol de la NBA. Sus tres hermanos habían sido descartados: una por ser mujer, el otro por gay y el tercero por terminar exiliado luego de un escándalo internacional: cayó preso en Japón con un pasaporte falso, una treta para llegar de incógnito a Disneylandia de Tokio. El año pasado fue envenenado en el aeropuerto de Kuala Lumpur.

–La crónica de Varsavsky parte de una investigación sobre el sistema educativo surcoreano como una muestra descarnada de la Sociedad del Cansancio. ¿Cómo funciona ese sistema?

Varsavsky: –Muchos niños de kindergarden comienzan a ir a clases privadas de apoyo escolar para ir aprendiendo a escribir, incluso en inglés. Estos institutos se conocen como hagwon y a medida que los adolescentes avanzan en la secundaria, pasan cada vez más horas extracurriculares allí estudiando de todo. Un dicho muy repetido afirma que quien duerma más de cinco horas por día, no habrá aprendido lo suficiente para sacar una buena nota en el suneung, el examen anual común de ingreso a las universidades: todos quieren entrar en las tres mejores. Los niños pierden su infancia jugando muy poco –lo cual ha sido denunciado en la ONU por no respetar su derecho a jugar–  y los adolescentes casi no hacen otra cosa en su vida que estudiar. A tal punto ha llegado la obsesión por asistir al hagwon, que se tuvo que legislar una ley para que los cierren a las 10 de la noche: debe ser la única ley en el mundo que prohíbe estudiar. Pero muchos institutos tratan de evadir la prohibición y existen patrullas nocturnas controlando que estén cerrados. Hay otros llamados kisuk hagwon donde los alumnos se internan meses a estudiar, literalmente incomunicados, sin TV ni teléfono celular, sin poder salir ni siquiera los domingos.

–Estudiantes y trabajadores surcoreanos viven muy cansados y ustedes aplicaron el libro de Byung Chul Han La sociedad del cansancio a la investigación: ¿Qué relaciones establecieron entre el libro y Corea del Sur?

Varsavsky: –Byung Chul Han es surcoreano y una suerte de Foucault 2.0 que propone dejar atrás la idea de la sociedad disciplinaria del filósofo francés, quien planteaba que el modelo de una cárcel panóptica encerraba las mismas lógicas de control social que se aplicaban en la sociedad industrial. Era una estructura de “visión total” panóptica cuyo esquema circular permitía a un solo hombre controlar todas las celdas desde una torre central (que se repetía en manicomios, hospitales, escuelas, fábricas). Los presos no sabían cuándo estaban siendo vigilados y por eso debían cuidarse todo el tiempo: así se mantenía la disciplina. Y por supuesto había estallidos de rebelión muy reprimidos: estaban claramente definidos los bandos de oprimido-opresor. Byung Chul Han plantea que esa “sociedad disciplinaria” ha cambiado hacia otra que denomina “de rendimiento”, donde ya no es tan visible para el trabajador el poder opresor. El neoliberalismo habría logrado imponer una psicopolítica individualista basada en la idea de la autosuperación, en pos de maximizar la productividad individual: se compite contra uno mismo. Lo que antes eran las prohibiciones del “deber” bajo la vigilancia panóptica, ahora son las libertades más seductoras del “poder hacer” del emprendedor y el consumidor. Esto resulta mucho más productivo laboralmente por su carácter motivacional. Pero el “sujeto de rendimiento” sigue disciplinado según Han: el llamado a la iniciativa propia genera una explotación más eficiente que el control panóptico clásico. Acaso la lección principal del sistema educativo surcoreano sea la de obedecerle, especialmente, a uno mismo: interiorizar la exigencia.

–Han habla de autoexplotación.

Varsavsky: –En el trabajador estaría cada vez más presente un Yo que se erige en víctima y verdugo a la vez, en amo y en esclavo, según la metáfora dialéctica de Hegel. Este sería un cambio de paradigma hacia una autoexplotación que limita la posibilidad de rebelarse contra un otro. Uno trabaja hasta desfallecer generándose un cansancio infinito, ya que el límite de la jornada laboral –o de estudio– es la resistencia misma del cuerpo. Por esto, las enfermedades paradigmáticas del siglo XXI surgen de la sobreexplotación del sistema nervioso, como el síndrome de Burnout, el agotamiento y la depresión: estamos ante un Yo autoexplotador colapsando por recalentamiento. Y cuando el “sujeto de rendimiento” fracasa en la sociedad neoliberal, al no tener conciencia clara de la existencia de un opresor, en lugar de rebelarse se deprime: Corea tiene la tasa de suicidios más alta del mundo desarrollado. En La agonía del Eros, Han dice: “El régimen neoliberal esconde su estructura coactiva tras la aparente libertad del individuo, que ya no se entiende como sujeto sometido (subjectto), sino como desarrollo de un proyecto. Ahí está su ardid. Quien fracasa es, además, culpable y lleva consigo esta culpa dondequiera que vaya. No hay nadie a quien pueda hacer responsable de su fracaso. Tampoco hay posibilidad alguna de excusa y expiación”.

–Y te dedicaste a investigar la contracara sureña de la muralla digital del norte: la hipervisibilidad de la “sociedad de la transparencia” de Byung Chul Han. Por lo visto es una sociedad con altos niveles de “intoxicación digital”.

Varsavsky: –Suena lógico que así sea en la patria de Samsung: un centenar de hospitales tienen servicio de desintoxicación digital para personas que quedan atrapadas entre la realidad física y virtual: no distinguen del todo la diferencia entre el adentro y el afuera de la red y no pueden despegarse de sus dispositivos electrónicos. Hay incluso clínicas de reclusión total para curar las adicciones cibernéticas, y se ha llegado a casos patológicos como el de un matrimonio que tuvo una bebé a la que dejaban sola todas las noches, mientras se iban a las salas de internet para sumergirse en juegos de roles: en uno llamado Prius “criaron” una niña virtual a la que le dedicaban más cuidados que a la de carne y hueso. Una mañana regresaron a casa y la encontraron muerta por desnutrición. Claro que esto es lo excepcional, pero lo normal es que el estadio olímpico de Seúl –y dos creados exclusivamente para videogames– se llenen de público que va a ver en megapantallas los combates profesionales del juego League of Legends.

–¿Cuál es la cara B de Samsung?

Varsavsky: –Por un lado la persecución gremial, una guerra declarada a toda forma de organización en defensa de los trabajadores, salvo el sindicato complaciente que ellos aceptan. Por el otro la existencia ya desde sus orígenes como empresa, de un presupuesto fijo multimillonario que vienen usando permanentemente para corromper presidentes, fiscales del estado, jueces y periodistas. Hoy por hoy el principal dueño de la empresa -Lee Jae-yong, nieto del fundador- está preso por un escándalo que le terminó costando el puesto mismo a la ex Presidenta de la Nación, Park Geun-hye.

–¿Quiénes son las personas que a tu modo de ver rompen los cánones hiper racionalistas de una sociedad entregada al alto rendimiento en el estudio y el trabajo? Para tratar de encontrarlos te internaste unos días en un monasterio budista a ver cómo viven quienes parecen la contracara de todo esto.

Varsavsky: –Me interné allí bajo el preconcepto de que ellos podrían ser unos rupturistas radicales, aquellos que eligen una vida mucho más reposada en la protección que les brinda un monasterio en la cima de una montaña. Pero allí vi que la vida de ellos también tiene sacrificios y una rutina muy estricta, que comienza a las 3 a.m. Estudian mucho y tienen ejercicios como el de meditar sentados durante siete días seguidos sin dormir, bajo la vigilancia de un maestro que les pega con una vara de bambú si se les dobla el torso.

–¿Es el caso surcoreano un milagro económico? ¿Es su modelo aplicable en América Latina?

Varsavsky: –Los milagros no existen tampoco en economía. En primer lugar no fue un modelo neoliberal como el que se le suele proponer imitar a América Latina para ser como Corea del Sur o Japón: su crecimiento se basó en un proteccionismo férreo que no permitía casi el ingreso de importaciones, salvo materias primas. En segundo lugar, el estado intervino fuerte para direccionar la economía otorgando créditos industriales muy específicos e invirtiendo en educación. Por otra parte esos países ubicados en fronteras importantes para el interés geopolítico de EE.UU. –como también Israel, Alemania y Taiwán– no solo no sufrieron los embates extractivos de riqueza del FMI, sino que recibieron aportes económicos millonarios norteamericanos en carácter de donación, que son exclusivos para esas zonas de conflicto. Y por último haría falta un espíritu de sumisión confuciana a la autoridad combinado con altos niveles de represión, garantizando condiciones laborales paupérrimas y una dictadura durante décadas. Chile, que sería la “niña bonita” del neoliberalismo en el surcontinente, casi no produce un solo auto ni televisor: los argentinos van a comprar electrodomésticos allá –libres de impuestos– traídos desde Corea del Sur, país que abrazó el neoliberalismo una vez que logró una posición dominante. El “modelo coreano” ha generado desindustrialización en Chile, lo cual es lógico porque en verdad el aplicado allí es muy distinto.

Wizenberg: –La existencia de Corea del Norte durante décadas tampoco es un milagro: fue posible gracias al sponsoreo de potencias extranjeras como China y la Unión Soviética.

–Según Han, la contracara de la opacidad comunicacional del norte es la hiper visibilidad “cegadora” que reina en el sur, “creando un ruido infernal” a nivel de la comunicación masiva.

–El filósofo no se refiere en su obra a ningún país en particular pero ustedes encuentran en Corea del Sur un paradigma de todo esto. ¿En qué consiste el concepto del panóptico digital?

Varsavsky: –En su libro La sociedad de la transparencia, el filósofo parte de la metáfora panóptica de Foucault para desarrollar el concepto del panóptico digital. Se refiere a una nueva visibilidad total que permite ver todo a través de los medios electrónicos. Esto abarca redes sociales y herramientas de Google –Earth, Glass y Street View– y Youtube. La hiperconectada Corea del Sur tiene la velocidad de navegación por internet más rápida del mundo y es el laboratorio más osado de la “sociedad de la transparencia”. El control panóptico de la sociedad disciplinaria funcionaba a través de una mirada lineal en perspectiva desde una torre central. Los reclusos no se veían entre sí –ni divisaban al vigilante– y hubieran preferido no ser observados para tener más libertad. En cambio el panóptico digital pierde su carácter perspectivista: en la matrix cibernética todos ven a los demás y se exponen para ser vistos. El punto único de control que tenía la mirada analógica desaparece: ahora nos observan desde todos los ángulos. Pero el control continúa, de otra manera. Porque cada persona le entrega a las demás la posibilidad de que su intimidad sea vista, generando una vigilancia mutua. Esta visión total convierte a la sociedad transparente en una sociedad de control más eficiente: nos controlamos unos a otros. Pero no nos sentimos vigilados sino libres: nos interconectamos de manera permanente desde un lugar de aislamiento, generando una hipercomunicación adictiva, multifocal e intermitente. Esto resulta en una información inconexa           –sin pasado ni futuro– donde es muy difícil establecer sentidos. La sobrecarga informativa y el exceso de luminosidad tendrían un efecto cegador: el mundo termina siendo un gran panóptico donde desaparece el muro que separa el adentro y el afuera.

–El panóptico digital es construido por quienes lo habitan.

Varsavsky: –Exacto. El homo-digital alimenta el nuevo panóptico impulsado por el voyerismo y el exhibicionismo: colabora con gusto en su construcción –algo impensable en un preso– y le sirve de plataforma para exhibirse e ir desnudándose de a poco. Para Byung Chul Han, la transparencia sin ocultamiento es pornografía y no es casual que Internet sea el reino del porno: la exhibición pornográfica y el control panóptico se compenetran. Cada persona se convierte en su propio objeto de publicidad, adquiriendo valor en la medida en que se exponga y sea reconocida a través del “Me gusta”: aquello que no esté en las redes no existe por no engendrar valor de exposición. Como resultado el cuerpo debe ser optimizado todo el tiempo y de allí el auge del gimnasio y la sobrevaloración de la belleza física: Corea del Sur –en tanto Meca digital– es también el paraíso asiático de las cirugías estéticas.

–¿Y cómo aplican la obra de Han a Corea del Norte?

Wizenberg: –Por contraste: es una sociedad disciplinaria de manual bajo un control panóptico analógico absoluto. Es una sociedad de control a la vieja usanza, con oficinas, funcionarios y papeles, basada en la prohibición y la censura.

–Todos queremos saber si puede haber una guerra nuclear en la península coreana. ¿Cómo se desempata este anacrónico conflicto? ¿El desenlace depende de qué movimientos de placas tectónicas de la geopolítica internacional?

Wizenberg: –Hace medio siglo que el juego está abierto; es un tanto perverso, muy tenso, y transformó el status quo de esa región. Todos los actores están “cómodos” en este punto de equilibrio: por un lado China no está interesada en tener un vecino auspiciado por Estados Unidos y quiere evitar las consecuencias demográficas de inmigración que traería un conflicto en Corea. La amenaza de Corea del Norte sirve a EE.UU. para justificar sus bases militares en la península. Y en Corea del Sur, históricamente, la mayoría de los reclamos políticos por democratización y aumentos de derechos laborales, se reprimieron bajo la acusación de “comunista” contra toda voz disidente. Pero en el sur se sabe que si se reanudan las hostilidades –y sobre todo a escala nuclear– ellos sufrirían bajas urbanas terribles. Todos parecen estar lo suficientemente bien así como para patear el tablero. Pero hay un factor de riesgo: las conductas irracionales e intempestiva de Donald Trump y Kim Jong Un.

Fuente: Pagina 12

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