Desde la Cuba revolucionaria. Feminismo y Marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin

Mabel Bellucci / Emmanuel Theumer. El pasado 22 de noviembre se presentó, en el marco de la 8ª Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales, el libro Desde Cuba revolucionaria: Feminismo y marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin, de Mabel Bellucci, (IIGG-UBA) Emmanuel Theumer (UNL-CONICET), editado este año por Clacso. Cabe subrayar que este libro acaba de ganar el premio del Concurso de Letras en la categoría “Ensayo No Ficción” del Fondo Nacional de las Artes.

Desde Cuba revolucionaria: Feminismo y marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin hace referencia al empeño que, en 1968, Isabel Larguía junto a John Dumoulin, militantes comunistas y feministas, pusieron en la teorización marxista-feminista del trabajo doméstico en Cuba. Así, comenzaron la investigación sobre la situación de la mujer, basada en encuestas que ellos mismos realizaron sobre el trabajo doméstico. A los dos les preocupaba el vacío de respuesta por parte de las ciencias sociales en relación con dicha temática. Si bien en la isla la legislación era de avanzada y las mujeres se habían incorporado de forma progresiva a la vida social, era imprescindible un estudio específico. Surgió una necesidad imperiosa de aportar nuevos conceptos para la práctica de la liberación. Este fue el período en el que elaboraron su ensayo «Por un feminismo científico», que alcanzó una circulación extensiva a partir de la década del setenta.

A continuación reproducimos un extracto del libro Desde Cuba revolucionaria: Feminismo y marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin

Objeciones feministas al “Trabajo invisible”

La problematización del trabajo doméstico prolifera política y académicamente a lo largo de los setenta, década señalizada como de alta efervescencia social. Ensayistas, académicas y activistas de distintas regiones de Occidente comenzaron a analizar tanto teórica como empíricamente lo que parecía a primera vista un tema superficial: los quehaceres domésticos y el cuidado de la prole. Isabel Larguía y John Dumoulin (1969) en Cuba; Margaret Benston (1969) y Peggy Morton (1970) en Canadá; Christine Delphy (1970) en Francia; Shulamith Firestone (1970) en Estados Unidos; Juliet Mitchell (1966 y 1973) en Inglaterra; María Rosa Dalla Costa y Selma James (1972), y después Silvia Federici (1975), en Italia; fueron algunas de las más reconocidas teóricas y analistas que releyeron a Marx y Engels desde el prisma feminista y viceversa. Todas y cada una de ellas tomaron en serio las limitaciones del pensamiento marxiano y buscaron respuestas ante tal vacío teórico.

Uno de los principales debates feministas-marxistas abiertos en torno al trabajo doméstico fue sobre el carácter productivo o improductivo del mismo, en parte por las limitaciones inscritas en las concepciones de valor de uso y valor de cambio. Esto abrió dos grandes interrogantes: ¿el trabajo doméstico produce plusvalor?, ¿estamos ante un modo de producción? La respuesta a tales interrogantes arrastraba inmensos y decisivos conflictos políticos. Significaba pasar en limpio si la lucha de las mujeres debía tener su propia autonomía o si debía realizarse junto a la de las fábricas. ¿Qué tipo de trabajo es el de las amas de casa?, ¿Cuál es su relación con el capitalismo? 1 A grandes trazos, la idea de que las mujeres producían valores de uso se contraponía a los valores creados en la esfera pública de la economía dominada por los varones, lo que permitió tradicionalmente calificarlos como improductivos.2

Isabel Larguía y John Dumoulin tenían serios interrogantes respecto al desarrollo de la transición socialista cubana. Por un lado, reconocían el papel de la Federación de las Mujeres Cubanas (FMC) en la alfabetización e inserción de este contingente a la economía definida tradicionalmente como productiva. Por otro, sabían que este proceso, promovido por un verticalismo inherente al socialismo de Estado, podía caer en una “doble jornada” laboral si no desmontaban al trabajo doméstico producido como invisible. Ciertamente, este aspecto ya se encontraba problematizado en su ensayo inaugural: “Trabajan ocho horas en la fábrica, recibiendo por ese trabajo un salario, y al volver al ‘dulce hogar’ les espera una segunda jornada de trabajo no pago, de trabajo descalificado y estupidizante que les quita del espíritu toda ilusión sobre la igualdad con el hombre y sobre su brillante dependencia social” (Larguía y Dumoulin, 1972: 190) Al mismo tiempo, la producción intelectual cubana deberá enfrentar las críticas realizadas por el feminismo blanco del norte: una emancipación “desde arriba” que podría reproducir roles tradicionales asignados a las mujeres3. Para la dupla, estas críticas feministas solo eran posibles desde un punto de vista colonial (eurocéntrico, agregaríamos) que ignoraba los múltiples factores en curso para garantizar la transición o, más bien, quizás podían ser útiles para articular la resistencia en sociedades capitalistas con realidades diferentes a la de la sociedad cubana.

Conceptualizando el trabajo invisible

La propuesta teórica que esbozaron ambos partió del precepto científico marxista: para conocer las características de un grupo social, hay que precisar la forma particular en que se le explota. Así exponen dicho precepto: “Encontramos el fundamento de la opresión de la mujer en su actividad cotidiana de reproducción de fuerza de trabajo. Aquí el trabajo no reconocido y enajenado es el que ella rinde como ama de casa. El trabajo invisible la coloca en condiciones de esclava o de sierva.” (Larguía y Dumoulin, 1987: 73). La cuestión subrayada pretendía problematizar un conjunto de actividades invisibilizadas llevadas a cabo por las mujeres en el hogar: la reproducción biológica, la educación y cuidado de los hijos, enfermos y ancianos, servicios sexuales, la reproducción de la fuerza de trabajo consumida diariamente. Bajo el signo de la maternidad, el amor o el matrimonio se esconden la reproducción privada de la fuerza de trabajo, lo que gastan varones y mujeres en el proceso de producción social.

Partiendo del materialismo histórico, Larguía y Dumoulin sostenían la lectura tradicional engeliana según la cual la emergencia de las sociedades de clases y la disolución de las comunidades primitivas signaron la progresiva individualización del trabajo de las mujeres, confinándolas a la producción de valores de uso para el consumo directo y privado, limitándolas a garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo4. Frente a este lugar común de las políticas marxistas, la dupla impugnó la reducción de la mujer a su reproducción biológica: “su función económica consistió en reconstituir la mayor parte de la fuerza de trabajo del hombre a través de las materias primas que ella transforma en valores de usos para el consumo inmediato”( Larguía y Dumoulin, 1972:182). De acuerdo con este planteo, la diferencia radica en que el varón produce un producto visible, mientras que el producto de las mujeres queda confinado a las cuatro paredes del hogar, no se produce como mercancía y, por lo tanto, queda fuera de la esfera del intercambio. He aquí los términos visoespaciales –la arquitectura del hogar que delinea lo visible/no visible- que articulan la conceptualización “trabajo invisible”.

Pero: ¿cómo es que las mujeres del hogar aceptan su situación de explotación? La dupla prestó atención al control sociosexual del matrimonio, apuntando a sus raíces económicas y sus implicancias en la regulación de lo público. Así quedó expreso:

La mujer no vende su fuerza de trabajo ni sus productos, simplemente acepta con el matrimonio la obligación de ocuparse de su familia, de hacer las compras, de procrear y de servir a cambio de su mantenimiento […] Las mujeres de hogar no tienen entre ellas relaciones de intercambio como productoras ni tampoco con otras clases. (Larguía y Dumoulin 1972: 183-185)

En otras palabras, según esta propuesta, la condición de producción inmediata de bienes de uso las priva del salario y, además, el propio aislamiento hogareño las priva del contacto con otras trabajadoras. Vislumbrada en Cuba, esta problemática tendrá consecuencias importantes al momento de diagramar alternativas y pensar las modalidades en que podría desarrollarse una conciencia por parte de las mujeres para ser, así, protagonistas de la lucha revolucionaria.

La apuesta era grande, porque se trataba de reconocer los fundamentos materiales de la opresión de las mujeres a través de una particular forma de explotación: el trabajo doméstico invisible. Reconocer para desnaturalizar y politizar la función reproductiva de las mujeres, articulándola en términos de reproducción y sostenimiento de la fuerza de trabajo: horas y horas de explotación en condiciones de encierro doméstico. En esta teorización, el “trabajo invisible” constituye el cimiento del capitalismo, se encuentra oculto a través de la fachada de la familia individual-privada y una fuerte división del trabajo que habría de desaparecer con el advenimiento del comunismo. En Larguía y Dumoulin, este trabajo es producido como no-visible y, al mismo tiempo, tiene un carácter de valor de uso: su consumo es inmediato y no llega a incorporarse al mercado, pero eso no implica que mantenga una relación de exterioridad con la generación de plusvalía.

La noción de trabajo invisible también obligaba a revisar los términos con los que había sido pensada la reproducción social en el capitalismo. Esto es, la renovación constante de la producción, asociada a la creación de mercancías para el intercambio y consumo indirecto por parte de los varones. Para ambos, esta categoría económica necesitaba problematizar el hogar: allí es donde las amas de casa reponen directamente gran parte de la fuerza de trabajo de toda la clase trabajadora. Afirmaban: “Solo contando con horas de trabajo invisible puede el proletariado producir plusvalía en la economía social. Por tanto, puede decirse que el trabajo femenino en el seno del hogar se expresa transitivamente en la creación de plusvalía, por medio de la fuerza de trabajo asalariada” (Larguía y Dumoulin, 1971:14) En su teorización, el trabajo doméstico invisible es clave en la reproducción social y mantiene una relación transitiva en la creación de plusvalía.

Argumentar que la opresión de las mujeres tiene como base el trabajo doméstico invisible supuso la necesidad de dilucidar cuál es la relación entre patriarcado y capitalismo, así como también el modo en que debía explicarse ese vínculo a través del bucle mujer-trabajo. Ambos son tópicos favoritos de los feminismos marxistas y materialistas en los años setenta y ochenta.

El libro puede descargarse aquí: 

https://www.clacso.org.ar/grupos_trabajo/publicaciones_detalle.php?idioma=&id_libro=1432&pageNum_rs_libros=&s=5

1 En una reciente publicación la filósofa cubana Georgina Alfonso González (2016) inscribe, con acierto, el trabajo de Larguía-Dumoulin dentro de una tradición iniciada por Flora Tristán, Clara Zetkin y Alexandra Kollontai. En el amplio espectro feminista, tanto la francesa Simone de Beauvoir (1949) como la norteamericana Betty Friedan (1963) habían problematizado la vida de las mujeres en el hogar, pero bajo marcos analíticos muy distantes. La parisina, no obstante, fue incisiva respecto de las limitaciones del análisis de clase para explicar la opresión de las mujeres. Asumiendo las limitaciones de Marx y Engels, Beauvoir hizo un llamamiento a “desbordar el marxismo” (sic). No hay dudas que aquello fue inspirador para el feminismo radical estadounidense y el feminismo materialista francés.

2Véase Seccombe, Wally 1974 “The hosewife and her labour under capitalism” en New Left Review (London) N°83; Shutz, M. 1974 “The Economic Status of the Housewife” en Political Affairs Vol. 53, N° 7. Zaretsky, Ely, 1975, Capitalism, the Family and Personal life (New York: Harper and Row).

3Véase Z, Anne, 1971 (1970), «La revolución en la revolución en Cuba» en Liberación de las mujeres: año cero (Buenos Aires: Granica); Bengelsdorf, Carolle y Hageman, Alice, 1979, «Emerging from Underdevelopment: Women and Work in Cuba» en Einsenstein Zillah Capitalist Patriarchy and the case for socialist feminism (New York: Monthly Review) y MacKinnon, Catharine, 1995 (1987), Hacia una teoría feminista del Estado (Valencia: Cátedra). Este último libro sintetiza buena parte de las críticas que durante los años setenta el feminismo norteamericano y francés se permitió sobre la experiencia de los países socialistas. Cuando McKinnon se pregunta a qué intereses servía esta posible emancipación para las mujeres, ignora que, además de Margaret Randall, trabajos como los de Larguía y Dumoulin ya estaban desarrollando contra-argumentos a propósito del mismo tópico veinte años antes.

4 A lo largo de la década del ’70, Larguía y Dumoulin se esforzaron por realizar una historiografía materialista de Cuba, intentando comprender su inserción en el capitalismo neocolonial para así comprender la Revolución. Estos trabajos fueron publicados en diferentes actas de congresos y ediciones latinoamericanas. En todos los casos insistieron en complejizar la situación de las mujeres, llegando a introducir variables sociológicas tales como campo-ciudad, franja etaria, matrimonio-prostitución. Véase Larguía y Dumoulin (1988). En sucesivas revisiones, la dupla recurrirá, además de a Marx y Engels, a otros académicos marxistas tales como Jean Suret Canale, historiador francés, y al economista germano Jürgen Kuczynsky.

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