Discutiendo el emprendedorismo

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Hay conceptos que se instalan con fuerza, se echan a andar y circulan construyendo horizontes simbólicos, escenarios posibles y deseables, y generando claro está, repercusiones concretas en la reproducción o transformación de las estructuras. Podríamos tomar distintos ejemplos para hacer el ejercicio que se quiere plantear pero queremos hablar ahora del concepto de emprendedor.

Preguntando

No interesa particularmente entrar en el debate académico sobre el concepto, que es profundo y del que sólo conocemos algunos recovecos. Nos interesa más bien pensar el concepto a la luz de nuestras prácticas, tratar de indagar por qué se ha instalado con tanta fuerza en el ámbito de la economía social, quiénes lo promueven, para qué, cual es su horizonte político, a que proyectos abona, que sectores lo reproducen, indagar en torno a la diversidad de sentidos con los que se carga el término dependiendo quienes lo enuncian, quiénes se autodefinen como emprendedores/as y por qué. Lógicamente no tenemos respuestas a todas éstas preguntas y las que logremos esbozar no serán las únicas posibles, tan sólo lecturas e interpretaciones parciales de una problemática que nos parece necesario abordar.

Desnudando

Cuando unx empieza a indagar qué cosa es la sociología y qué hace, pueden aparecer múltiples respuestas, una de ellas nos dice que la tarea de la sociología es correr velos, descubrir detrás de las cosas tal como se presentan los mecanismos ocultos que las producen, descubrir el carácter social de lo que se presenta como natural, hacerle preguntas a lo dado, incomodar. Y eso es un poco lo que nos interesa hacer con el concepto de emprendedor.

Emprendiendo

Si buscamos en el diccionario el significado del término emprender encontramos algo más o menos así: Acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro. Y emprendedor/a: [persona] Que tiene decisión e iniciativa para realizar acciones que son difíciles o entrañan algún riesgo.

El emprendedor/a entonces es definido exclusivamente a partir de sus capacidades individuales. Habría entonces contextos que pueden ser más o menos complejos pero la salida dependerá de las habilidades individuales, del ingenio, el esfuerzo y la iniciativa de quién emprende. La salida está en vos dice el mandato, meritocracia al palo, el que quiere puede y el que “sale innovadoramente” de una situación es porque se lo merece, el que no, se queda ahí en el pozo porque es vago y haragán. Simplificando, claro

Desligándose

No es casual que el término empiece a difundirse con más fuerza en un contexto de transformación de la matriz societal donde las relaciones asalariadas y el Estado como garante de la reproducción social comienzan a perder protagonismo y capacidad articuladora. Lo que antes garantizaban el Estado o el mercado a través del trabajo ya no, entonces se hace necesario inventar otras salidas. En este sentido es casi una derivación lógica que gobiernos e ideologías políticas afines al neoliberalismo promuevan el emprendedurismo meritocrático y lo presenten como una salida, es lógico que esas ideologías que hacen culto del individualismo propongan salidas que son individuales, es congruente que a través de programas estatales, de organismos internacionales y espacios de formación, gobiernos de este signo propongan el emprendedurismo como alternativa. Es lógico que a la vez que el Estado se desliga de garantizar determinados derechos aparezcan los ONG de cara lavada a cubrir los baches con teoría y práctica emprendedora y es lógico también que nieguen o prefieran esconder bajo la alfombra variables estructurales de carácter socio-económico que condicionan las acciones individuales, entre ellas la capacidad de tener “espíritu emprendedor”. Para que su discurso tenga efecto es necesario que escondan las desigualdades de fondo, es necesario hacer un montaje, un como sí, para que parezca que todxs partimos de las mismas condiciones. Sin eso la farsa de la meritocracia se cae.

¿Emprendedorismo transformador?

Emprendedorismo, meritocracia y neoliberalismo van de la mano, casi una obviedad. El tema es cuando la definición de emprendedor es utilizada, reproducida, fomentada e incentivada por quienes abonan a proyectos populares, bregan por la justicia y el cambio social ¿Qué sentido tiene aquí la noción de emprendedor? ¿Existe una contradicción entre la justicia social y la idea de emprendedorismo? Como compatibilizamos la idea de salvación individual presente en el emprendedurismo con las construcciones colectivas? ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que dotando a mujeres y/o varones de los barrios populares de algunos saberes emprendedores y entregándole herramientas para el desarrollo de su emprendimiento tienen alguna mínima posibilidad de no ser devoradas por el mercado? Tal vez cuando se analizan los índices de fracaso de estos emprendimientos resulte sencillo culpabilizar a los propios emprendedores/as que no pusieron lo suficiente de si mismos, que no estuvieron a la altura, que no tuvieron suficiente espíritu emprendedor.

Las instancias colectivas de los emprendimientos

Empecemos por decir que raramente encontremos un emprendimiento que se sostenga en base al trabajo de una persona solamente, en la mayoría de los casos, aunque se trate de emprendimientos motorizados individualmente por una persona, suele haber otrx involucradxs. Ya sea participando directamente en alguna parte del proceso o garantizando otras tareas que permiten que el/la emprendedorx se aboque a la actividad productiva. En muchísimos casos son familias enteras las que sostienen los emprendimientos. Más allá de este primer dato, lo interesante es constatar que la mayoría de los emprendimientos que se sostienen en el tiempo (independientemente de si son “individuales” familiares o cooperativos) lo hacen gracias a redes de articulaciones, colectivas, comunitarias, institucionales etc. a partir de las cuales tienen acceso a financiamiento, a espacios de comercialización para sus productos, a procesos de formación técnica y política etc. Redes colectivas que terminan siendo el apoyo y sosten de los emprendimientos.

¿Quién define la identidad?

El concepto de “emprendedor/a” que muchos (¿productorxs de la economía social, artesanxs, elaboradorxs? ) utilizan para definirse claramente no ha nacido de la ocurrencia de alguno/a de ellos que un día se levantó y decidió llamarse a sí mismx de ese modo. No tiene que ver tampoco con una identidad cultural arraigada. Es una identidad que la mayoría de las veces les ha sido impuesta por los programas del Estado y sus técnicos, las ONG, las universidades, y como sabemos nada que venga de estos lugares es azorazo. Responde a intereses, relaciones de poder, intencionalidades políticas. Yo te doy, yo te apoyo, pero yo también marco en la identidad que te doy el espacio en el que te podes mover, los límites, a qué podes aspirar y a que no. La figura del emprendedor difícilmente se constituya en una amenaza para el poder, más bien lo contrario, juega dentro de sus reglas, contribuye a reproducirlo y a legitimarlo.

¿Tiene sentido seguir hablando el lenguaje del opresor?

Es necesario establecer una diferenciación entre la carga que le dieron al concepto quienes desde determinados intereses lo promovieron, las interpretaciones que sobre el mismo concepto hacen quienes lo reproducen desde otros lugares y las lecturas de lxs propios nominados de ese modo (los y las emprendedorxs). Los conceptos no son estáticos y muy probablemente si les preguntáramos a los emprendedores/as que entienden por emprendedor y por qué se definen de ese modo obtendríamos respuestas muy disímiles. Lo mismo sucedería si les preguntamos lo mismo a quienes desde esferas del estado, políticas o técnicas, hablan de los productores/as del sector en términos de emprendedores. Con esto se podría decir, pero entonces ¿Si el contenido que los técnicos que trabajan con el sector y los propios productores/as le dan al concepto de emprendedor no reproduce la carga ideológica meritocrática e individualista que el mismo tiene en su origen entonces por qué no seguir hablando de emprendedores?. Creemos que hay al menos dos problemas 1) Independientemente de la resignificación que se pueda hacer, hay conceptos que están demasiado ligados a determinadas matrices y habría que estar aclarando permanentemente, emprendedor si, pero colectivo, no nos identificamos con la idea individualista que subyace al concepto. 2) Sigue siendo un término impuesto de arriba hacia abajo

Quien nomina domina

Muchas veces solemos menospreciar el poder de la palabra en tanto constructora de realidad, en tanto herramienta de poder para asignar sentidos, quizás por esto no generamos los espacios necesarios para reflexionar en conjunto por qué les llamamos a las cosas de un modo, las implicancias que esto tiene etc. Reconocer el poder del lenguaje, la potencia de los conceptos a la hora de configurar identidades, realidades posibles, sueños, deseos quizá sea el primer paso para discutir por qué les seguimos llamando emprendedores a quienes producen de manera autónoma y viven de su trabajo. Desentrañar la madeja e iniciar un proceso de discusión conjunto donde el término sea puesto en cuestión y exista la posibilidad de encontrar identidades definidas con la participación de los propios protagonistas. Identidades que tengan en su marca de origen la construcción colectiva, la solidaridad, identidades en lucha, rebeldes, no conformistas, identidades que marquen de manera autónoma su propio horizonte.

Finalmente hablando del poder del lenguaje, ¡Qué cosa! ¿no? que aún siendo mujeres el 90% de quienes participan en las ferias y espacios de organización del sector, sigamos usando el masculino emprendedores.

Andrés Jorge

 

 

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