El amor no es suficiente

A partir de un posteo que hizo Jimena Barón en su Instagram y que Cosecha Roja compartió como “Seamos dueñas de nuestros cuerpos”, el escritor e investigador Nicolás Cuello escribió esta columna sobre el engaño del amor propio.

En los últimos años el discurso de la positividad corporal ha cobrado un lugar protagónico en las narrativas públicas de la cultura popular.  Un ejemplo rápido: encontramos cada vez con más frecuencia imágenes publicitarias que incluyen lo que se denomina “cuerpos reales, de mujeres reales”, es decir, cuerpos que expresan un registro variable de tonalidades de piel, de rasgos étnicos, y también de peso corporal. A primera vista, estas imágenes buscan promover representaciones corporales positivas que den cuenta y hagan lugar a la diferencia de tamaño como algo natural y posible. Hasta ahí, perfecto. Nadie puede discutir la importancia radical de encontrar una imagen que nos interpele.

Una imagen que nos afirme, nos de un lugar, nos vuelva posibles a pesar de las violencias ininterrumpidas que oprimen, invisibilizan y patologizan la diversidad corporal, especialmente la gordura. Pero dichas imágenes vienen acompañadas de un discurso un tanto complejo: el lenguaje del amor propio.

Se trata de un lenguaje que en nombre de nuestro amor nos invita a dejar de odiarnos por lo que somos, nos invita a aceptar nuestras diferencias corporales,  nos empuja a creer que nuestra belleza es legítima, nos dice que podemos ser felices con lo que somos y tenemos, nos urge a empoderarnos, nos quiere fuertes, visibles, sin vergüenza y ante todo, valientes.  Hasta ahí, casi todo perfecto. ¿Quién no quisiera vivir sin la presión constante de la violencia que nos priva de la calidez apacible de lo bello? Pero existe un grado de crueldad en ese optimismo corporal, porque se trata de una promesa que funciona a la perfección con el discurso terapéutico que sostiene la política neoliberal, que busca evadir el dolor a través del consumo, que nos empuja a buscar de nosotros mismos una imagen sin marcas, sin grietas, sin fallas y sin angustia. Es la misma crueldad que termina suavizando con las narrativas del amor propio una historia sistemática de discriminación: al final del día, lo que importa no es el daño estructural que se deposita sobre nuestras subjetividades por ser personas gordas, sino cómo somos capaces de manejar esa violencia para que no nos afecte, para que no sea visible, para que no sea pública. Es la responsabilidad sobre nuestros sentimientos y nuestra propia voluntad de resistencia la que determina el éxito o el fracaso de nuestro rendimiento social, es decir, si conseguimos o no un trabajo, si conseguimos o no ser atendidos con respeto por un médico, si conseguimos o no  que nos deseen. Esa solución lleva como nombre “amor propio”, pero no se trata más que de otra forma de silenciar románticamente el maltrato desigual que experimentan algunos cuerpos más que otros, aplanando obstinadamente la diferencia para comercializar emocionalmente ficciones de igualdad que nunca llegan.

Cuando personajes públicos de la cultura popular comparten, quizás con buenas intenciones, mensajes optimistas de cómo la experiencia del rechazo que experimentan a diario miles de mujeres jóvenes por el color de su piel, por la escasez de sus recursos, por el tamaño y la forma de sus cuerpos gordos, podría solucionarse si tan solo ellas se amaran a sí mismas, básicamente les están comunicando que todo aquello que sienten es su responsabilidad. Les hacen creer que la dolorosa incomodidad que producen las marcas de una violenta economía patriarcal que objetualiza sus cuerpos y utiliza la crueldad para educarlas en la desigualdad, en la vergüenza y en la fetichización de la delgadez como un sueño de normalidad,  depende individualmente de su capacidad por “amarse”. De su capacidad de mirarse al espejo y decir: soy hermosa, a pesar de todo. Entonces, el dolor que experimentan, en lugar de ser explicado como el resultado de un proceso histórico complejo que utiliza la estigmatización y la patologización sobre la gordura como un modo de producción forzosa de normalidad a través del consumo, se convierte en una responsabilidad individual que depende de su voluntad, de su esfuerzo y de su buen o mal rendimiento como persona. Se vuelve su culpa. Se vuelve vergüenza. Se vuelve soledad. Se vuelve más dolor.

Los discursos públicos sobre la aceptación de la diversidad corporal en la cultura popular sin duda son necesarios y fundamentales. Cumplen una función importante en la apertura de interrogantes mientras que distribuyen imágenes que acercan validación y confianza en personas que hasta el momento no se habían encontrado representadas como posibles. Por eso es que no pretendo escribir en contra del amor, pero sí afirmar que no es suficiente. Lo que necesitamos es que dichos discursos públicos, en el que muchísimas niñas y mujeres jóvenes encuentran referencia, diversión e identificación,  no promuevan más esa versión liberal del empoderamiento que se vuelve revictimizante. Necesitamos, en su lugar, que existan otras nuevas imágenes, que pongan en valor la vulnerabilidad de esos cuerpos expulsados por diferentes. Para que puedan reconocerse en su dificultad, ser comprendidos en su dolor, ser escuchados en sus reclamos y finalmente usar esa incomodidad para recordarnos que la promesa de aprender a vivir libremente con nuestros cuerpos es un trabajo político arduo, radical, ambicioso, que no se hace en soledad y cuya belleza es verdaderamente hermosa.

Fuente: Cosecharoja.org

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