El fallo de “La Manada”: ni excesos ni abusos: Cultura de la Violación

  • El fallo de “la manada” en España, conmocionó las últimas semanas a la opinión pública, la indignación se convirtió a lo largo y ancho del estado español en una serie de manifestaciones y respuestas espontáneas en la calle de voces indignadas contra un fallo que relativiza la responsabilidad de los responsables y culpabiliza a la víctima. Ahora bien estas manifestaciones no responden (o al menos no exclusivamente) a una busquedapunitivista ni mucho menos sino que ponen de manifiesto un complejo entramado cultural, la cultura de la violación, que tiende a responsabilizarnos y a estigmatizarnos a quienes sufrimos violencias sexuales.

De este modo el patriarcado organiza y ejerce violencias, y amenazas de violencias posibles que según las cuales se regula toda la organización cotidiana de la vida, las prácticas y las costumbres. Pero además configura socialmente un modo determinado como el “correcto” de padecer esta situación, de sufrirla o de afrontarla.

La comprensión de la cultura de la violación se estructura en la idea de que en los casos de violación en particular y de abuso sexual en general los perfiles de víctima y victimario son mucho más complejos y difusos de lo que se tiende a caricaturizar. Hay de hecho una normalización de las agresiones sexuales sobre las mujeres. Tendemos a ver a la violación como un caso extremo y atípico: un desconocido al acecho en algún lugar oscuro y poco transitado que nos ataca por sorpresa. Estas son sin dudas los casos menos frecuentes entre una gran cantidad de casos de abuso realizados por personas conocidas  y de confianza, en el interior del hogar o es espacios frecuentemente habitados.

Pero aún más, si vemos que las relaciones sexuales muchas veces son entendidas en si mismas como un ejercicio de poder (y ahí podemos pensar por ejemplo en expresiones populares que hablan del sexo como una forma de agresión), vemos que el hecho de estereotipar las violaciones como perversiones permite establecer un límite claro que de otro modo resulta mucho más confuso. Entre una infinidad de agresiones sexuales “habilitadas” o “permitidas” socialmente no queda claro cuál sería el límite en cuestión. Es interesante en este sentido como distintas publicaciones dedicadas a las mujeres establecen artículos del tipo “posiciones sexuales para cuando él quiere y tu no” o “cómo hacerlo gozar cuando no tienes ganas”[1]. La violencia física no es el único modo de coaccionar a alguien, la violencia simbólica, el chantaje emocional, la amenaza de terminar una relación, del cansancio o la infidelidad funcionan en el mismo sentido (sino de qué otro modo podríamos explicar que alguien buscará posiciones para tener relaciones sexuales si no lo desea).

De hecho muchas mujeres asumen y denuncian muchos años después de un hecho el haber sido violadas ya que en un primer momento algún forcejeo o alguna práctica no querida parecerían ser cuestiones menores, o alejadas de esa situación de violación estereotipada tan fácilmente caracterizable. En el mismo sentido en las distintas legislaciones locales durante gran parte del siglo XX las violaciones en el marco del matrimonio eran consideradas legalmente o judicialmente como tales en función del “deber maritar” de tener relaciones sexuales.  Esa misma no prohibición reflejaba y generaba a la vez que esas agresiones no fueran vistas como problemáticas por las víctimas y victimarios, la falta de conciencia sobre el hecho de estar cometiendo una agresión (que como veremos no responde únicamente a casos particularmente límites sino que incluso puede extenderse a casos en que la agresión resulta manifiesta) puede comenzar a explicar por la gran cantidad de pequeñas agresiones sexuales autorizadas previamente.

De este modo podemos pensar en las representaciones jurídicas de las situaciones sociales como una aportación de sentido, se establecen entonces criterios y formas de actuación. De hecho no se establecen únicamente criterios de corrección en relación a la actitud que deben tomar las personas que pasan por esta situación sino que se establece incluso una valoración al respecto.-

 

En el Código Penal en Argentina hasta hacer poco tiempo las agresiones sexuales se encuentran tipificadas en un capítulo titulado como “delitos contra el honor”, la vulneración separada de la integridad física por ejemplo en la que se enmarcan las lesiones, es contra el honor. En el caso español se encuadran en un apartado bajo el nombre de “Delitos contra la libertad e indemnidad sexuales”, seguramente este nombre en principio se presenta como superador, al menos no habla del honor o no de una persona violada, sin embargo es interesante detenernos un momento en la cuestión de la indemnidad sexual. La palabra indemnidad en el diccionario de la Real Academia a española remite a indemne y allí se encuentra la siguiente definición: “libre o exento de daño”. Es decir la defensa, aun cuando se refiere también a la libertad, repara de manera explícita en aquello que está exento de daño. De hecho se ha analizado históricamente a nivel doctrinario la afectación del pudor o incluso la posibilidad de pervertir diferenciada en función de que la persona atacada haya mantenido o no relaciones sexuales con anterioridad. Creemos que esta ubicación legal puede servir como pista para pensar algo de la gravedad que otorga la sociedad a la violación, de algún modo no es una agresión física más porque atenta contra aquello sagrado, irrecuperable como es la sexualidad femenina. En este punto nuevamente Despentes:

“Las pocas veces –a menudo super pedo- que he querido hablar del tema, ¿acaso he dicho la palabra?. Nunca. Las pocas veces que he intentao contarlo, he esquivado la palabra <<violación>>: <<una agresión>>, <<un lío>>, <<un agarrón>>, <<una mierda>>, whatever… Mientrás no lleva su nombre la agresión pierde su especificidad, puede confundirse con otras agresiones, como que te roben, que te pille la policía, que te arresten o que te peguen una paliza. Esta estrategia de miopía resulta útil. Porque, desde el momento en que se llama a una violación, violación, todo el dispositivo de vigilancia de las mujeres se pone en marcha: ¿qué es lo que quieres?, ¿Qué todo el mundo te vea como a una mujer a la que eso le ha sucedido? Y de todos modos, ¿cómo es posible que hayas sobrevivido sin ser realmente una puta rematada? Una mujer que respeta su dignidad hubiera preferido que la mataran. Mi supervivencia, en sí misma, es una prueba que habla contra mí. El hecho de tener más miedo a la posibilidad de que te maten que a quedar traumatizada por los golpes de pelvis de tres cabrones, parecía algo monstruoso: yo nunca he oído hablar del tema, en ninguna parte. Gracias a mi condición de punki practicante podía vivir sin mi pureza de mujer decente. Porque es necesario quedar traumatizada después de una violación, hay una serie de marcas visibles que deben ser respetadas: tener miedo a los hombres, a la noche, a la autonomía, que no te gusten ni el sexo ni las bromas. Te lo repiten de todas las maneras posibles: es grave, es un crimen, los hombres que te aman, si se enteran, se van a volver loco de dolor y de rabia (la violación es también un diálogo privado a través del cual un hombre declara a los otros hombres “yo me follo a vuestras mujeres a lo bestia”) (Despentes, 2007: 35)

La autora habla explícitamente del carácter específico de la violación, el que puede invisibilizarse cuando es silenciado, incluso puede entenderse como una agresión a otros hombres. Una marca, un sufrimiento en el sentido más estricto del término, como portar una carga (de sub debajo y ferre llevar o carga, estar debajo de algo que se porta), que acompaña a quienes la han sufrido con un mandato de forma respecto de cómo llevarla, pero que también acompaña a modo de amenaza o de precaución a quienes son potenciales víctimas aun cuando no hayan sido violadas.

Las mujeres y las identidades disidentes vivimos (o debemos vivir) con miedo de ser violadas. La organización de nuestras vidas debe estar organizada en relación con esa posibilidad y con las precauciones que pueden tomarse para evitarlo. Suele decirse que si dos mujeres están “solas” (es decir no acompañadas por un hombre porque siendo mujeres adultas no se entiende a quien alude el criterio de solas) es peligroso que caminen por determinadas zonas en ciertos horarios. Ciertamente esto alude a la posibilidad de una agresión sexual, de otro modo no habría razones para pensar que todos los hombres tienen más fuerza física para defenderse que todas las mujeres de una agresión de otro tipo que además se pretende realizada sin ningún tipo de armas porque sino la fuerza física quedaría realmente relevado a un plano de irrelevancia. De este modo la ropa que se debe utilizar, los espacios de circulación, la compañía, las relaciones o respuestas a las interpelaciones de los hombres quedan supeditadas a una posible violación y a la voluntad de evitarla.

Ahora bien esta voluntad de evitarla se debe a que, como vimos, la violación debe ser vivida por la víctima como un hecho peor que la muerte, como dice VirginieDespentes en Teoría King Kong “si ellas sobreviven es que la cosa no les disgustaba tanto”. Esta es la forma en que socialmente se organiza que esto sea vivido.

La misma autora explica el proceso posterior por el que pasó, durante años, dice, evito hablar del tema, luego ante la violación de una amiga que la devuelve al tema reflexiona que:

La violación es algo que se pilla  y de lo que después no te puedes deshacer. Contaminada. Hasta ese momento, yo creía que lo había asumido bien, que tenía la piel gruesa y cosas mejores que hacer en lugar de dejar que tres paletos me traumatizaran. Pero al darme cuenta de hasta qué punto yo veía la violación de mi amiga como un acontecimiento a partir del cual nada sería nunca como antes, acabé aceptando, de rebote, lo que nosotras mismas sentíamos. La herida de una guerra que se libra en silencio y en la oscuridad.(Despentes, 2007: 33)

Pero evite escrupulosamente contar mi historia porque no sabía cuál sería el juicio de antemano: <<ah, así que has seguido haciendo dedo; si eso no ha bastado, es que te debió gustar.>> Porque en la violación siempre es necesario probar que no estábamos realmente de acuerdo. La culpabilidad está sometida a una atracción moral no enunciada, que hace que todo recaiga siempre del lado de aquella a la que de la se la meten más que del lado del que la mete” (Despentes, 2007: 34)

 

De algún modo se genera una responsabilidad de la víctima respecto de la violación que va más allá del rol en otros delitos, incluso en otros delitos ejercidos desde la violencia de género. La víctima debe acreditar su no deseo al respecto, pero además debe dar cuenta de que ese hecho es seguramente capaz de destruir toda su vida. Es interesante por un momento detenernos en esto, por qué se exige esto, sin dudas hay muchas agresiones de una gravedad que en principio podría considerarse al menos equiparable a la de la violación, cuál es su particularidad entonces.

 

 

La violación en la historia.

Es interesante recuperar el recorrido histórico que realiza Rita Segato respecto del mandato de la violación a los efectos de avanzar en el entendimiento de la particularidad de esta agresión. El planteo de la autora es que si bien hay sociedades más y menos propensas a la violación, hay una universalidad de la experiencia del “acceso sexual al cuerpo de la mujer sin su consentimiento” (Segato, 2006 :24) Realiza un rastreo que nos permite detectar al menos algunos de los sentidos de que se ha cargado esta práctica históricamente, “en las sociedades tribales (…) la violación tiende a ser un acto punitivo y disciplinador de la mujer, practicado en grupo contra una víctima que se ha vuelto vulnerable por haber profanado secretos de la iniciación masculina, por no contar o haber perdido la protección del padre o los hermanos o por no usar una prenda de la vestimenta indicativa de que tiene esa protección o acata su pertenencia al grupo” (Segato, 2006 :25) A continuación registra sociedades indígenas donde la violación buscaba apropiarse de la capacidad reproductiva de las mujeres. Lo que puede resultar llamativo es que en ambos casos está práctica no está penalizada socialmente sino que resulta reglada y prescripta para determinadas condiciones. Vemos que resulta habitual que en nuestra sociedad la violación se realice de manera colectiva y aun que pueda entenderse en términos punitivos o disciplinadores.

A continuación en las sociedades premodernas“la violación tiende a ser una cuestión de estado, una extensión de la cuestión de la soberanía territorial, puesto que, como territorio, la mujer y, más exactamente, el acceso sexual a ella, es un patrimonio, un bien por el cual los hombres compiten entre si” (Segato, 2006: 26) Más allá de que la posibilidad de agredir a otro hombre a través de una mujer cae formalmente con la modernidad y el reconocimiento de los derechos de la mujer en igualdad al hombre vemos como en distintas circunstancias, ejemplarmente la guerra, la violación funciona como una agresión mediada. Incluso podría pensarse a contrario sensu que el hecho de que las violaciones se realicen a mujeres o a grupos de mujeres “solas”, y nunca con hombres da cuenta de un respeto de un hombre por otro en relación a la propiedad de esa mujer que la acompaña (creemos que el argumento de la mayor fuerza física de los hombres debería quedar deslegitimado de plano ya que las violaciones muchas veces ocurren en grupos, o con armas que acrecientan el potencial de agresividad, sin ni siquiera mencionar el hecho de que no necesariamente un hombre por ser tal tiene más fuerza que una mujer). En este punto la autora cita a Pateman cuando marca que más allá del contrato social moderno explicitado hay un contrato genérico entre hombres que defiende a una mujer en tanto y en cuanto está queda protegida por el interés de uno de los hombres parte de ese contrato.

 

 

Rita Segato realiza en las cárceles de Brasil entrevistas con detenidos condenados porviolaciones cruentas, es decir violaciones que más allá de ser cometidas por una persona conocida o desconocida responde a algunas de las características propias de la violación estereotipada y que en principio resultaría absolutamente identificable. En estos casos explica que a estos detenido“no les resultaba del todo claro queestaban cometiendo un delito al momento de perpetrar” (2006, p. 28). La autora explica que este es el delito con menor representación cuantitativa entre los delitos de violencia sexual (2006:22), sin embargo es el más recurrente simbólicamente, y aún en estos casos los agresores no lo entienden como delito en el momento de cometerlo.

En este sentido es interesante recuperar lo que plantea Despentes en su libroTeoría King Kong sobre una violación sufrida por ella: “Mientras ocurre ellos hacen como si no supieran exactamente qué está pasando. Como llevamos minifalda, como tenemos una el pelo verde y la otra naranja, sin duda, «follamos como perras», así que la violación que se está cometiendo no es tal cosa. Como en la mayoría de las violaciones, imagino. Imagino que, después, ninguno de esos tres tipos se identifica como violador. Puesto que lo que han hecho es otra cosa. Tres con un fusil contra dos chicas a las que han pegado hasta hacerles sangrar: no es una violación. La prueba: si verdaderamente hubiéramos querido que no nos violaran, habríamos preferido morir, o habríamos conseguido matarlos. Desde el punto de vista de los agresores, se las arreglan para creer que si ellas sobreviven es que la cosa no les disgustaba tanto”. (2007:30).

Esto resulta interesante en un doble sentido, por un lado estabanalización de la violencia o incluso falta de conciencia que hemos mencionado conanterioridad, pero por el otro también por el mandato sobre la víctima que se construye para la violación y a posteriori. Para ser una víctima en todos los aspectos ellas debieron haber preferido morir, sino la cosa no les disgustaba tanto, o de hecho en otras palabras “un poco les gustaba”. Acá nuevamente puede verse los difusos límites de la agresión sexual, de algún modo todas las prácticas sexuales son vistas como agresivas o de supremacía del varón,entonces, el reverso de eso es que incluso las agresiones sexuales más explícitas, la violación,puede “gustar” a quién es víctima de eso; tanto como puede gustarle una práctica sexual libremente consentida.

Finalmente la cultura de la violación funciona como un ordenador de conductas a nivel social, quien fue violada debe demostrar permanentemente con las consecuencias que laagresión haya tenido sobre su subjetividad, que hubiera preferido morir. La contracara es que las mujeres deben vivir con miedo a ser violadas, esto genera y ordena toda una serie de actos en términos de “prevención” (siempre en relación al estereotipo de violador y no a violaciones ocurridas dentro del hogar en con otros parámetros), es decir vestir de un determinado modo, no caminar sola por algunos lugares o a algunas horas, no “ponerse en riesgo” lo cual termina nuevamente poniendo la responsabilidad del lado de la víctima (quien fue violada posiblemente se haya puesto en riesgo) y no del agresor. Es en este sentido que Segato se refiere a “crímenes de poder”, de confirmación de un sistema de ordenamiento de las relaciones vigente.

 

Los miembros de “la manada” se mandaban mensajes antes durante y después del ataque hablando de una violación, hay entonces una actividad premeditada, consciente y voluntaria. Sin embargo en el juicio alegaron que se había tratado de sexo consentido e incluso dicen que fue su idea la de tener “sexo en grupo”.

La víctima resultó cuestionada durante todo el proceso, no solamente por no haber hecho los que supuestamente hubieran sido los esfuerzos adecuados para evitar la agresión (o tal vez para demostrar su voluntad de evitarla como si esto fuera posible), sino que en los distintos medios españoles se hace hincapié sobre que supuestamente ella le había dado un beso a uno de los atacantes voluntariamente. Como dejando entrever que eso habilita, o al menos como si resultara atenuante de la violación colectiva a la que fue sometida después. Incluso se la señaló por no haber denunciado en un primer momento, por qué sentía “que les estaba jodiendo la vida a cuatro personas, que era mi culpa lo ocurrido (…)  que no tenía que separarse de su amigo ni tampoco hablar con desconocidos” . El patriarcado nos instruye en una forma de reacción y después descree de nosotras por eso mismo.

Nuevamente la violación, y la cultura de la violación, como una forma de organización social que distribuye roles, permisos, prohibiciones y cuidados entre mujeres y hombres sean o no estas violadas y sean o no estos violadores.

Rita Segato marca tres explicaciones posibles para una violación, en primer lugar “como castigo o venganza contra una mujer genérica que salió de su lugar, esto es, de su posición subordinada y ostensiblemente tutelada en un sistema de status. Y ese abandono de su lugar alude a mostrar los signos de una socialidad y una sexualidad gobernadas de manera autónoma o bien, simplemente, a encontrarse físicamente lejos de la protección activa de otro hombre”  (Segato, 2006: 31). La chica violada pensó que podía salir de fiesta, tomar unas copas, y volver sola a su casa. Las respuestas son claras, las mujeres no deberíamos salir solas, encontrarnos en determinados lugares por la noche o incluso utilizar determinadas ropas que puedan dar cuenta precisamente de una sexualidad gobernada de manera autónoma. En este caso, lo explícito de los videos, de los mensajes previos, de toda la situación, no permitió que quedaran completamente impunes. No aparece explícitamente el “es tu culpa” (tal vez porque ya han logrado interiorizarnoslo tanto que aparece en su cabeza directamente), pero sí “podrías tener más cuidado” “cuídate de esas cosas”. Pero en la misma línea Higui y las violaciones disciplinadoras a las lesbianas, y cada una de las formas disidentes de practicar nuestra sexualidad que no son toleradas por el sistema patriarcal.

En segundo lugar la autora habla de la violación como “una agresión o afrenta a otro hombre también genérico, cuyo poder es desafiado y su patrimonio usurpado mediante la apropiación de un cuerpo femenino o en un movimiento de restauración de un poder perdido para el” (Segato, 2006: 32). En este caso alude en particular a sociedades con fuertes niveles de exclusión o incluso a casos de guerra.

Finalmente se menciona que sea “una demostración de fuerza y virilidad ante una comunidad de pares, con el objetivo de garantizar o preservar un lugar entre ellos probándoles que uno tiene competencia sexual y fuerza física. Esto es característico de las violaciones cometidas por pandillas, por lo común de jóvenes y habitualmente las más crueles” (Segato 2006, 33). Y acá nuevamente “la manada”, las violaciones colectivas suelen aparecer en espacios de fiestas locales en el estado español, los chistes al respecto, las planificaciones, que van desde el “llevemos burundanga” al tristemente célebre “hoy follo mañana juicio” de los estudiantes de derecho del año pasado.

La cultura de la violación organiza nuestras vidas antes de un hecho violento, y dispone mandatos muy claros y estrictos para quienes han sido víctimas de violación (no así para los violadores llamativamente) respecto de cómo procesar ese dolor, como sufrirlo en términos de corrección, y cómo (o no) superarlo.

No es necesario que haya una sola explicación a la violación como práctica ejercida con una frecuencia preocupante y de alguna manera sancionada y visibilizada aun solo parcialmente. Seguramente este corolario de una forma de agresión física sexualizada sea un paso más en muchas micro violencias (en tanto cotidianas e invisibilizadas no en tanto irrelevantes) con contenido sexual en la que se estructuran las relaciones en un sistema patriarcal. Pero además de esto, tenga en cada caso una función reafirmadora de la virilidad y disciplinadora de la mujer o no lo cierto es que la sola amenaza de ese sufrimiento funciona disponiendo de las vidas y las acciones de hombres y mujeres. El caso de La Manada, es un ejemplo.

 

Referencias:

 

-Despentes, M. (2007) Teoría King Kong. Editorial Milusina. Disponible en

-Segato, R. (2013) La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en ciudad Juarez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado”. Tinta Limón ediciones. Buenos Aires.

-Segato, R. (2006) Estructuras elementales de la violencia: ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Prometeo Libros.

[1] No es la nota original pero habla de esta: https://magnet.xataka.com/why-so-serious/aqui-tienes-todas-las-posiciones-sexuales-para-cuando-el-quiere-y-tu-no-las-buenas-las-de-verdad

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