El gran ausente, un programa de transición

Especial para ContrahegemoníaWeb

“Se dice que la verdad se refleja en la ficción. Me parece que este es el caso más y más en estos días. Toma la comedia de 1993 del Día de la Marmota. Bill Murray se despierta cada día para aliviar exactamente las mismas circunstancias diarias e interacciones interpersonales. Revive el mismo día, 2 de febrero, una y otra vez. No importa lo que haga, el ciclo repetitivo no se romperá. Se va a dormir, se despierta ante su alarma, y es la mañana del 2 de febrero de nuevo. Del mismo modo, en The Truman Show, Jim Carrey vive en un entorno simulado donde todos son actores en un popular programa de televisión, excepto él. Para él, es su vida real. Pero aunque no se da cuenta, todo a su alrededor está completamente escrito y es falso. Si se fusionan estas dos películas, describen perfectamente el mundo en el que vivimos hoy. Bienvenido al Día de la Marmota con el show de Truman.”  La reflexión pertenece al estadounidense Chris Martenson.

La ceguera social abarca a gobernantes que movidos por intereses espurios persisten en imponer políticas económicas que acrecientan la cuantiosas ganancias de los monopolios, especialmente de los bancos, en desmedro de los más elementales derechos humanos de los pueblos. La miopía se extiende también a trabajadores y sectores populares que reproducen su vida dentro de las determinaciones del capital y no ven una alternativa superadora del sistema dentro de su tiempo histórico.  El asistencialismo es un mal menor y al alcance que contribuye a paliar los pesares, mientras que la promesa de un mundo mejor es algo difuso, lejano, abstracto. Mientras tanto las personificaciones del sistema aprovechan para dar cauce a un modo de vida destructivo, que atenta en contra de la continuidad de la especie humana.

Allá en el corazón y en los músculos del opresor la realidad descorre velos. En el imperio despunta una preocupación a diestra y siniestra. ¿Desaparecen las civilizaciones?

A diestra Luke Kemp dice: “En la Universidad de Cambridge, estoy tratando de averiguar por qué se produce el colapso a través de una autopsia histórica. ¿Qué nos puede decir el ascenso y la caída de las civilizaciones históricas acerca de las nuestras?  Nuestro sistema económico globalizado y estrechamente acoplado es, en todo caso, más propenso a hacer que la crisis se propague. Lo preocupante es que el mundo ahora está profundamente interconectado y es interdependiente. En el pasado, el colapso se limitaba a las regiones: era un contratiempo temporal, y la gente a menudo podía volver fácilmente a los estilos de vida agrarios o de cazadores-recolectores. Para muchos, fue incluso un indulto favorable a la opresión de los primeros estados. Además, las armas disponibles durante el desorden social eran rudimentarias: espadas, flechas y, ocasionalmente, armas. Hoy en día, el colapso social es una perspectiva más traicionera. Las armas disponibles para un estado, y en ocasiones incluso para grupos, van desde agentes biológicos hasta armas nucleares.”

Continuamos transitando por la diestra. Rachel Nuwer  recuerda: “El economista político Benjamin Friedman alguna vez comparó a la sociedad occidental moderna con una bicicleta estable cuyas ruedas siguen girando debido al crecimiento económico. Si ese movimiento de avance fuera lento o cesara, los pilares que definen a nuestra sociedad (democracia, libertades individuales, tolerancia social y más) comenzarán a tambalearse. Nuestro mundo se convertiría en un lugar cada vez más feo, definido por una lucha por recursos limitados y el rechazo de cualquier persona fuera de nuestro grupo inmediato. Si no encontramos una manera de volver a poner las ruedas en movimiento, eventualmente enfrentaremos un colapso social total. Tales colapsos han ocurrido muchas veces en la historia humana, y ninguna civilización, no importa cuán aparentemente grande, es inmune a las vulnerabilidades que pueden llevar a una sociedad a su fin”.

A siniestra, desde la Universidad de Oregón Jhon Bellamy Foster sostiene: “Casi al terminar las dos primeras décadas del siglo XXI, es evidente que el capitalismo ha fracasado como sistema social. Hoy el mundo está inmerso en el estancamiento económico, la financiarización, el desempleo masivo, el subempleo, la precariedad, la pobreza, el hambre, y la desigualdad más extrema de la historia. Desde el punto de vista ecológico vivimos un planeta amenazado por una “espiral de muerte.” La revolución digital, el mayor avance tecnológico de nuestro tiempo, que en sus inicios fue una promesa de comunicación libre se ha transformado en un poderoso medio de vigilancia y control de la población. Las instituciones de la democracia liberal están a punto de colapsar, mientras que el fascismo, la retaguardia del sistema capitalista, está de nuevo en marcha, junto con el patriarcado, el racismo, el imperialismo y la guerra. Decir que el capitalismo es un sistema fallido no es, por supuesto, sugerir que su ruptura y desintegración es inminente. Sin embargo, significa – que en el presente siglo- el capitalismo ha dejado de ser un sistema necesario para transformarse en un régimen innecesario y destructivo. Hoy, más que nunca, el mundo se enfrenta a la elección entre la transformación revolucionaria de la sociedad o la ruina de las clases en pugna” .

En el oficio de no ver persiste el peronismo de izquierda, nacional y popular. En la actualidad los gobiernos, por supuesto dentro del orbe capitalista, optan por vestirse con ropas neoliberales o trajes neokeynesianos, la indumentaria varía según el portador y el tiempo histórico social. Los períodos más prolongados y dañinos se experimentan cuando el gobernante luce atuendos neoliberales. “Decir que el capitalismo es un sistema fallido no es, por supuesto, sugerir que su ruptura y desintegración es inminente”. Tiene razón Foster con esta afirmación; sin embargo, las certeras predicciones para el futuro próximo lejos de ser halagüeñas, son alarmantes, y en la cuestión climática las soluciones reclaman una atención urgente.

El peronismo de izquierda obsecadamente estima que la respuesta correcta se encuentra en los textos de Keynes: gasto público, demanda, salarios, redistribución. Olvidan que las contradicciones económicas, políticas, sociales, ambientales, de género, etc., son generadas por el fracaso de un sistema – el capital- y no por una forma de gobierno.

La productividad del trabajo ha aumentado, mientras que la seguridad en las faenas son sistemáticamente eliminadas y los salarios de lento y magro crecimiento corren detrás de una inflación que con pasos de gacela los deja atrás. Los datos de desempleo ya no tienen sentido debido al subempleo institucionalizado, al carácter estructural que hoy asume, más la amenaza de la llamada inteligencia artificial destinada a suprimir mano de obra. Los sindicatos, con una manifiesta pérdida cuantitativa de afiliados y trabajadores en las fábricas –  gracias a los malos oficios de la tecnología -, son meras sombras del pasado. ¿Alguien recuerda una Confederación General del Trabajo –CGT- más conciliadora con el poder que la actual conducción argentina? El capitalismo ha conseguido un control arbitrario de los lugares de trabajo. El ejército de reserva del trabajo es un 70 por ciento más grande que el ejército de trabajadores formalmente empleados.

La cotidianeidad de los países emergentes muestra que con la misma regularidad del sol se produce la fuga de capitales y como hay que reforzar el arcón monopólico la abultada remesa ganancias es un buen recurso.  La plusvalía obtenida por las corporaciones multinacionales – en las regiones más pobres del mundo – está produciendo una acumulación de riqueza financiera sin precedentes en el centro de la economía mundial y una extendida pobreza en el mundo de la periferia. Veintiseis multimillonarios disfrutan de tanta riqueza como la mitad de la población mundial; los tres hombres más ricos de los Estados Unidos, Jeff Bezos, Bill Gates y Warren Buffett, tienen más riqueza que la mitad de la población de su país.

Keynes o cómo superar lo que fue

Para muchos en el peronismo de izquierda la respuesta al neoliberalismo es un retorno al estado de bienestar, a la regulación del mercado o a alguna otra forma de democracia social limitada, y por lo tanto a un capitalismo más racional. La respuesta más habitual  contra el  mito de que una sociedad de mercado  puede salvaguardar la sociedad y el medio ambiente.  Esta concepción –que alimenta la esperanza de que el péndulo retroceda– ha sumado a cierta “izquierda” a distintas versiones de un social-liberalismo; el gobierno de Lula claramente se alineó en esta vertiente, adscripción acentuada por Dilma Rouseff. Esta versión en la práctica termina disimulando los fracasos del capitalismo y propone el retorno a un keynesianismo descafeinado, como si la historia pudiera desandar lo caminado.

En la actualidad Portugal es la tierra prometida por los seguidores de Keynes, reformas dentro del sistema. El país de Saramago fue sometido a un ajuste brutal por las exigencias de la banca europea: se incrementó la semana laboral de 35 a 40 horas; fueron rebajados los salarios, las jubilaciones, se duplicó el IVA – que llegaba al 23%-. Fueron eliminados el aguinaldo, las indemnizaciones por despidos, se aumentó la edad jubilatoria, se redujeron las vacaciones y cayó brutalmente el PBI. Al ajuste le llegó su punto final cuando se decidió conformar una coalición electoral integrada por partidos progresistas.

Volver a John M. Keynes. Lo primero que hicieron fue aumentar los salarios, eliminar los impuestos a los ingresos, nuevamente llevar la semana laboral a 35 horas y aumentar las jubilaciones y el salario mínimo. Se adelantó el pago de la deuda a la Unión Europea procurando gobernar sin trabas.

Portugal desde 2015 hasta ahora aprovechó una situación relativamente favorable, el petróleo era barato por la crisis, por menor actividad; el auge del turismo, porque siendo un país muy lindo y además cerca de los demás países, se llenó de turistas europeos. La instalación masiva de jubilados de otros países cuyas jubilaciones no les bastaban para vivir en Francia o Italia les sobraba para vivir en Portugal, la construcción que fue desarrollada por esa instalación de decenas de miles de extranjeros, un aumento del consumo de productos de mayor calidad y tuvo un auge entonces que todavía mantiene.

Cuando no alcanza con la reformas dentro del sistema, más aún en este mundo interconectado, los malos vientos nos sacuden a todos, la recuperación económica en Europa es relativa y en vísperas de una crisis bancaria más aún. El petróleo  recuperó algo de su precio y está encareciendo la vida y la mano de obra en Portugal,  y como sucede a menudo las disidencias afloran entre los que gobiernan,  hay presiones que están produciendo diferencias internas tanto en el Partido Socialista como en el Partido Comunista y también en el mismo Bloque de Izquierda en cuanto a las políticas a seguir. Lamentablemente pretender transitar por el camino más fácil no es una elección que posibilite logros duraderos.

Foster señala distintos aspectos sobre esta experiencia de no retorno e identifica a la socialdemocracia con la izquierda.

Primero, la socialdemocracia floreció solo mientras existía la amenaza de una sociedad socialista representada por la Unión Soviética y en Occidente partidos y una fuerza sindical importante que defendían a los trabajadores. Pero, como hemos comprobado, después de la caída del sistema soviético, las políticas socialdemócratas se desvanecieron rápidamente. El caso más típico es el de Felipe González en España, un político que provenía de un partido con rico pasado de luchas y a cuyos militantes defraudó con las medidas neoliberales que impulsó.

Segundo, el neoliberalismo es la forma que adquiere el capitalismo en su actual fase monopolista-financiera. Ya no existe la realidad económica del capital industrial en la que se sostenía el keynesianismo.

Tercero, en la práctica real, la Socialdemocracia Europea y de EEUU depende de un sistema imperialista que se enfrenta a los intereses de la gran mayoría de la humanidad.

Cuarto, el estado “liberal-democrático” y el dominio de la clase capitalista industrial dispuesta a un acuerdo social con el trabajo es una reliquia del pasado. Incluso, cuando partidos socialdemócratas llegan al gobierno prometiendo establecer un “capitalismo de rostro amable”, invariablemente se rinden a las leyes del funcionamiento del capital correspondiente a la presente fase histórica. La política de consenso desarrollada en el período de postguerra es hoy una estrella que desaparece en el cosmos, sin dejar ni siquiera una estela, además en agujeros de ese espacio se pierden derechos de los trabajadores logrados en luchas históricas.

Uno de los límites que encuentra el capital para su expansión transnacional es el estado nación. Resulta paradójico que siendo el estado parte de la base material del sistema se alce como un obstáculo para su reproducción global. La historia es en esta situación una intrusa que entorpeció la fiesta. El estado nación además de su función remedial en el marco del sistema y generalmente a consecuencia de esa función fue incorporando en su estructura los resultados de las luchas obreras y populares; hacer tabla rasa con ese estado nación es arrojar por la borda los derechos laborales y democráticos. Se tornó una necesidad para los monopolios la desaparición del Estado “liberal-democrático”. El neoliberalismo inevitablemente está en camino a un autoritarismo de mercado y a un neofascismo. En este sentido, Donald Trump no es una mera aberración. Bolsonaro en Brasil asume a consecuencia de las maniobras judiciales fraudulentas, del desencanto de los brasileños ante el programa económico instrumentado por una Dilma Rouseff claudicante, del accionar propio de un parlamente bananero; la prensa mayoritaria se encargó de diseñar una agenda apetecible por los sectores más rezagados del país. Una muestra de la decadencia del sistema en un país continente.  En 1927 Mises, uno de los creadores del neoliberalismo, lo expresó con claridad: “no se puede negar que el fascismo (y movimientos similares de la derecha) se propone el establecimiento de dictaduras, pero su intervención, por el momento, ha salvado a la civilización europea”. La civilización del capital, por supuesto.

Cuando el capital dispone de recursos humanos y naturales para su reproducción su paso es imparable. En estos días de capital monopólico la reproducción ampliada requiere de ingentes recursos, asumiendo la producción capitalista un efecto altamente destructivo y en correlación al agotamiento de la naturaleza, desperdicio de vidas humanas, alteración del medio ambiente: en consecuencia se están superando los beneficios económicos del propio capitalismo. Ahora la acumulación de la riqueza se está produciendo a expensas de una ruptura irreparable de las condiciones sociales y ambientales de la vida.

La ceguera social es un mal extendido, a menudo los problemas de visión impiden el acercamiento a formaciones socio-políticas con las que se podría acordar. Para Carlos Marx la ruptura con el capital debía ser concebida e instrumentada de la forma más radical posible. La virulencia y transparencia de la lucha de clases en su tiempo permite justificar y comprender lo que más tarde se revelaría como un error en la teoría marxista. Si no era ese el camino emprendido el pensador alemán estimaba que se había tomado el curso de la componenda y la complicidad con el enemigo de clase. En el horizonte político todavía, cuando Marx elaboró su teoría, no aparecían los nuevos y alternativos  senderos por los que el capital andaría procurando su reproducción, posteriormente extendería sus dominios más allá de Europa y en consonancia el colonialismo le otorgaría nuevos bríos.

Al respecto Meszáros sostiene que “en la medida en que se pudieran agregar nuevos países a los dominios ya existentes del capital, el correspondiente crecimiento en recursos materiales y humanos ayudaría al desarrollo de nuevas potencialidades productivas y, por ende, a la posposición de la crisis.” Las conclusiones de Marx son válidas en el territorio del largo plazo. Algo diferente sucede con el discurso político que pretende incidir en la movilización directa e inmediata. Meszáros es concluyente: “Si, no obstante, esta ambigüedad de las temporalidades se deja sin resolver, sus obligadas consecuencias son ambigüedades en el núcleo mismo de la teoría”. El propio Marx vivió experiencias en las que se reflejaban las dos escalas temporales. Un grupo de obreros luchaba levantando la consigna: “Un salario justo por una jornada de trabajo justa!” Marx sostenía que no debían bregar por un salario justo sino que deberían procurar la eliminación del salario.

Volvemos a Meszáros. Indudablemente, la persistencia de Marx en el ataque a las causas de los males sociales, en lugar de pelear las batallas obligadamente perdidas contra los meros efectos de la autoexpansión del capital en desarrollo, es la única estrategia correcta que adoptar. Sin embargo, en el momento en que tratamos de comprender el significado práctico/operacional de “abolición del sistema del trabajo asalariado” nos tropezamos con una grave ambigüedad. Porque la escala de temporalidad inmediata –el obligado marco de referencia de toda acción política tangible– la define como la abolición de la propiedad privada, y por ende como la “expropiación de los expropiadores”, que puede ser lograda mediante decreto en la secuela de la revolución socialista. No sorprende, pues, que sea así como la “consigna revolucionaria” de Marx acerca de la abolición del sistema del trabajo asalariado haya sido interpretada generalmente.

El problema es, sin embargo, que hay demasiado en el “sistema del trabajo asalariado que no puede ser abolido por ningún decreto revolucionario y, en consecuencia, tiene que ser superado en la escala temporal a largo plazo en la forma histórica nueva”.

Sectores de la izquierda argentina no contemplan en su propuesta la necesidad de la mediaciones, es el remanido “todo o nada” del trotskismo. En relación con las mediaciones G. Luckas e I. Meszáros mantuvieron una interesante disputa teórica. Para el primero la superación de la individualidad se lograba con la adhesión a una gran  causa y se alcanzaba esa gran causa  a través de mediaciones éticas. Por el contrario, Meszáros postulaba que las mediaciones deben ser materiales. El Comandante Hugo Chávez mostró su gran capacidad política desarrollando mediaciones materiales: Misiones, Salas de Batalla, Consejos Comunales, Comunas en pos de alcanzar una organización socio-política superior: El Estado de las Comunas. Politización y formación teórica política del pueblo, mejora en la calidad de vida, autogobierno-poder popular.

Foster da rigor al análisis apelando a conceptos y fórmulas elaboradas por Carlos Marx: se parte del recorrido por el cual el dinero se transforma en capital, la relación de valores y lo acontecido a partir de la década de los ’70 del siglo pasado cuando a posteriori de diversas mutaciones se establece la hegemonía del capital financiero. En línea con lo que Marx denominaba “la fórmula general del capital”, o D-M-D’, el dinero (D) se intercambia por capacidad de trabajo y mercancías con las que se produce una nueva mercancía (M), que será vendida por más dinero (D’ = D + Δd o plusvalía). De ahí que no sea el valor de uso, que cubre necesidades concretas, cualitativas, lo que constituye el objetivo de la producción capitalista, sino el valor de cambio, que genera un beneficio para el capitalista. Además, la naturaleza abstracta, puramente cuantitativa, de este proceso implica que no haya final para el incentivo de buscar más dinero o plusvalía, puesto que D’ conduce en el siguiente circuito de producción al impulso para conseguir D’’, seguido por el impulso para acumulación y expansión. Transitamos el terreno del capital industrial.

Es característico del capitalismo monopolista una ulterior torsión de este proceso mediante el desplazamiento del valor de uso natural-material por un valor de uso específicamente capitalista, – papeles que generan riqueza financiera, un reino de parásitos en donde no se satisfacen las necesidades humanas, razón por la cual mil millones de seres humanos sufren hambre – cuyo único uso “real” es aumentar el valor de cambio para el capitalista. En el nivel más estratosférico representado por las finanzas contemporáneas, la fórmula general del capital, o D-M-D’, está siendo suplantada cada vez más por el circuito de capital especulativo, D-D’, en el que la producción de valores de uso desaparece completamente y el dinero simplemente crea más dinero.

Lo que los economistas llaman “la economía real”, el reino de la producción de mercancías asociadas al PIB, queda de esta forma subordinada a la lógica irracional de la fase de capital monopolista-financiero de hoy a un proceso de generación de riqueza organizado alrededor de la apreciación de los valores financieros y dependiente de una serie infinita de burbujas financieras. El capital financiero lleva cada vez más la voz cantante, en gran medida desconectado de la economía real de producción de mercancías y de valor de uso.

En 2007, al principio de la Gran Crisis Financiera, las 200 mayores corporaciones contaban con aproximadamente el 30% de todos los beneficios brutos de la economía (tras subir desde el 13% en 1950), mientras que las 500 mayores empresas mundiales obtenían entre el 35 y el 40% del total de los ingresos mundiales (tras subir desde menos del 20% en 1960).

 

La ortodoxia de los papeles como riqueza

Los que ven con un solo ojo, el de los monopolios. Es la visión de Javier Milei y José Luis Espert, aunque usen indumentarias distractivas – Milei se dice anarquista-,  sus ideologías están asentadas sobre cimientos neoliberales. El neoliberalismo  es la  expresión intelectual del capitalismo en su etapa tardía. Se trata de un periodo en que el sistema para sobrevivir debe estar totalmente subordinado al capital monopolista-financiero. Por tanto, para efectuar análisis crítico-histórico del neoliberalismo no solo es necesario entender cómo funciona el capitalismo actual, sino que también hay que comprender la razón porque es imposible una alternativa al neoliberalismo que mantenga incólume el sistema capitalista. “El neoliberalismo, tal como surgió de la pluma de Mises, estaba muy alejado de los nociones del liberalismo clásico. Los críticos marxistas –e incluso algunas figuras de la derecha- lo vieron como un intento de ofrecer algún tipo de racionalidad al capital financiero y a la era de los monopolios. Desde su origen, el neoliberalismo fue un proyecto para proveer una base intelectual a la guerra de clases de los capitalistas; una guerra no solo contra el socialismo, sino contra todo intento de regulación social y de democracia: un ataque sin cuartel a la clase trabajadora”, afirma Foster.

Para los teóricos neoliberales los sindicatos son un obstáculo al mercado, mientras las patronales y las empresas monopólicas resultan totalmente compatibles con la libre competencia. Los mediáticos Milei y Espert se pronuncian de manera desconsiderada, aún, de la conciliadora dirigencia sindical “cegetista”.

Participando Milei en un programa televisivo se puso de pie cuando se nombró al mercado; es lógico, dentro de sus concepciones el mercado es una deidad, el inconveniente estriba en que al igual que otras deidades el mercado se apoya en extremidades de barro y a menudo debe acudir al mito de la mano invisible. Adam Smith reconoció, aunque de manera idealizada, que el carácter centrífugo de la sociedad capitalista necesitaba algunos correctivos vitales para que la caótica multiplicidad de las interacciones económicas que establecen los individuos, las determinaciones centrífugas del proceso de reproducción capitalista no surgen simplemente de las intenciones divergentes de los individuos, sino simultáneamente también de los intereses irreconciliables de las clases antagónicas conformadas por los individuos de la sociedad. Existen dos correctivos vitales a la «centrifugacidad» del sistema capitalista, de otra manera peligrosamente destructiva. El primero es el mercado, cuya importancia es casi universalmente reconocida. Sin embargo, esto no es así en el caso del segundo correctivo esencial: el papel más o menos importante de la intervención aplicada por el Estado capitalista.

La versión que el dúo Milei-Espert dan del estado es una de sus incongruencias conscientes,  se pronuncian a menudo contra el accionar del estado. Ahora bien, ¿qué estado les molesta ? Sin duda el estado de bienestar, que por circunstancias históricas – guerra fría, existencia de la URSS, descolonización- incorporó sensibilidad y reconocimiento a los sectores populares. En realidad el estado forma parte de la base material del sistema. El capital no podría existir un día sin la labor remedial del estado, la burguesía lo necesita no solo para paliar sus males, sino que también lo requiere para enriquecerse, la “patria contratista” es un diáfano ejemplo.

El dúo se rotula como liberales radicales, a la vez están estructurados por conceptos nada libertarios. Hayek, uno de los intelectuales neoliberales  más conspicuos cuando teoriza sobre los precios, sostiene que los seres humanos “deben adaptarse a una estructura que ellos no conocen, tenemos que dejar que los mecanismos espontáneos del mercado les indiquen lo que deberían hacer”. Lo que en verdad desea y afirma Hayek es que las personas deben someterse a los imperativos del orden existente. En otro párrafo Hayek invoca que la sociedad debe “tener la voluntad de someterse a la disciplina constituida por la moral comercial”; esa indefinida moral comercial encubre la dominación férrea que el capital ejerce sobre los ciudadanos.

Espontaneidad, otro de los mitos. El paraíso capitalista que no fue. En efecto, si el mercado con su “acción coordinadora, neutral y automática, pudiese regular al sistema del capital, no habría necesidad de un control externo sobre el trabajo ya que los mecanismos del mercado cumplirían esa función. La sola existencia de las varias personificaciones del capital da un rotundo mentís a las pretendidas bondades. Igualmente, la neutralidad queda en total entredicho, ya que en el mercado se reflejan y actúan relaciones de poder. A partir de la década de 1970 el capital se adentra en crisis estructural; se pone en boga una profusa aplicación de las recetas monetaristas a favor de los mercados libres,  lo que genera una serie de crisis financieras y bancarias entre las que el economista panameño Miguel Ángel Ramos Estrada destaca: “La crisis de las Cajas de Ahorro en Estados Unidos ,1985. La crisis bursátil de 1987 en Nueva York El Crack bursátil de Japón de 1989 La crisis bancaria sueca de 1992. La crisis del sistema monetario Europeo de 1992. La crisis mexicana de 1994. La quiebra Barings Bank de 1995. La crisis asiática de 1997. La quiebra de Long Term Capital de 1998. La crisis rusa de 1998. La crisis de Brasil de 1999. La crisis Turca de 2000. La crisis de los punto.com en E.U. en el 2000. La crisis Argentina de 2001. La crisis hipotecaria del 2007 en E.U. El crack bursátil del 2008. Más recientes y como efecto de la crisis del 2008 tenemos: La crisis de la deuda soberana europea desde el 2011 La progresiva reducción del dinamismo de la economía china desde el 2014”. Milei-Espert pregonan la aplicación de las recetas monetaristas haciendo deliberadamente caso omiso de la realidad.

Seamos reiterativos. “Decir que el capitalismo es un sistema fallido no es, por supuesto, sugerir que su ruptura y desintegración es inminente”, afirma Foster . Y tiene razón el sociólogo estadounidense, sin embargo el futuro tiene alas y vienen cargadas con urgencias, premuras con incidencia directa sobre la continuidad de la humanidad, es un modo de producción del capital quien pone en riesgo la continuidad de la especie. De allí la necesidad de aplicar políticas de transición que nos acerquen a otro modo de reproducirnos material y culturalmente. En Argentina lamentablemente se soslaya toda consideración sobre el momento histórico que transitamos. “Volveremos al mundo” dicen los neoliberales, el mundo para ellos se contiene tras las paredes de un banco. “Debemos volver al mercado interno”, se dice desde el populismo keynesiano y se aferran a máquinas diseñadas para lograr ganancias, que han menguado, y que son el símbolo de una producción destructiva. Es cierto que la subjetividad del pueblo no alberga tampoco las preocupaciones de la hora histórico social, una subjetividad, una conciencia moldeada por la dominante cultura monopólica y sus temáticas. Por ello se requiere que los partidos y organizaciones que dicen representar los intereses populares incorporen  formulaciones y programas políticos de transición que conduzcan al país “más allá del capital”.

En diversas manifestaciones populares a lo largo del planeta se escuchó un reclamo, una exigencia de mayor participación popular en las decisiones públicas, a veces con mayor conciencia ideológica, a veces con predominio de lo intuitivo; los Chalecos Amarillos – por ejemplo- incluyen entre sus pretensiones la incorporación de la institución del referéndum para definir cuestiones que afecten al pueblo.  En definitiva, hay un fuerte cuestionamiento de la democracia representativa y un anhelo de poder popular.  Joao Pedro Stedile, dirigente del Movimiento de los Sin Tierra, señala cuales son las herramientas que su organización se esfuerza por poner en funcionamiento en procura de las metas populares. “Estamos desarrollando una forma propia de hacer trabajo de base que llamamos Congreso del Pueblo, es un nombre pomposo, pero es tratar de desafiar, de ir casa por casa a hablar con la gente, preguntar sobre sus problemas, y motivarlos a ir a una asamblea popular en su barrio, parroquia, local de trabajo. Luego de las asambleas donde la gente diga sus problemas, tratar de hacer asambleas municipales, luego provinciales, para llegar algún día, el año próximo o a fin de año, a un Congreso Nacional del Pueblo como una forma de estimular al pueblo a participar de la política, de recuperar nosotros nuevos medios de comunicación, repartir nuestro periódico, discutirlo con la gente, utilizar las redes de internet, hacer actos culturales, llegar a la gente por la música, el teatro, y no solo por el discurso político que nadie escucha. Tenemos que utilizar otras pedagogías de masas para que la masa entienda qué está ocurriendo en Brasil, la creatividad de la que hablaba”. El Congreso del Pueblo ofrece una instancia interesante para la elaboración de un programa de transición surgido desde el seno de las masas.

Éric Toussaint es un cientista social que lleva tiempo investigando lo concerniente a la deuda pública. Con una mirada que proyecta desde París estima que hay medidas insoslayables en un programa de transición. “El oficio de banquero es demasiado serio para dejarlos en manos privadas. Se necesita socializar el sector bancario (lo que implica su expropiación) y colocarlo bajo el control ciudadano —de los trabajadores y trabajadoras de los bancos, de los clientes, de las asociaciones y de los representantes de los actores públicos locales— puesto que debe estar sometido a las normas de un servicio público y los ingresos que su actividad genera deben ser utilizados para el bien común. La deuda pública contraída para rescatar a los bancos es claramente ilegítima y debe repudiarse. Una auditoría ciudadana debe determinar las otras deudas ilegítimas, ilegales, odiosas, insostenibles… y permitir una movilización de tal envergadura que una alternativa anticapitalista creíble pueda ser posible.”

La alternativa reformista, insertada en el sistema, presenta nulas posibilidades de ser una alternativa real; en la periferia de la Europa desarrollada, a pesar de los graves desajustes sociales originados por las políticas neoliberales, los gobiernos socialdemócratas han persistido en la aplicación de “ajustes” reduciendo el gasto público, afectando a los servicios sociales, a  pensiones y salarios, a consecuencia de esas medidas Grecia hasta puso en venta sus islas En el presente se identifica, en Europa, a la socialdemocracia con la izquierda, configurando un descrédito para esta última. Los Chalecos Amarillos lo han explicitado en diversas oportunidades.  Otro tanto ocurre en otros niveles y sectores afectados por la crisis estructural del sistema. El fin del  Estado de Bienestar en el pequeño número de países privilegiados donde una vez fue realmente instituido, es una muestra clara de las dificultades que encuentran los reformistas para imponer sus políticas.  Se requiere una conciencia crítica que desplace la ilusión de solucionar el problema dentro de los límites del sistema.

Condición de relevancia es que la  teoría de la transición  articule las inquietudes de mayor envergadura del proceso social; se debe identificar con toda precisión la importancia temporal de cada factor señalado. Un error en esta apreciación puede macarrear descrédito para toda la teoría. Proclamar una validez general cuando solo es limitada conduce a la búsqueda de justificaciones carentes de solidez teórica y empírica.

En la elaboración de una teoría de la transición todos los factores deben ser captados dentro de la lógica interna de sus múltiples contextos; si uno de los temas involucrados es el cultivo de soja, se debe analizar el fenómeno en relación dinámica con otros factores: demografía urbana, deforestación, primarización de la producción, uso de químicos  en la producción- sus consecuencias-, insumos, etc. Es decir que partiendo de la inmediatez de los fenómenos investigados, mediante la identificación y elucidación de las condiciones y presuposiciones relevantes, hasta arribar a las conclusiones que surgen de un modo objetivo. Es decir, se requiere de una mirada holística.

Las condiciones críticas de la ecología se tornan en parte insoslayable de una teoría de la transición . En relación con ella el concepto productividad se reviste de un carácter sumamente problemático ya que debido a la destructividad que las exigencias de mayores resultados conlleva, la deforestación procurando extender la “frontera agrícola” es una clara muestra.

Los factores múltiples que operan en el metabolismo social exhiben distintas velocidades de cambio, así se destacan entre los más persistentes los valores, creencias y aspiraciones arraigadas, determinadas estructuras que tienen una continuidad transhistórica; ellos deben ser mensurados adecuadamente para poder elaborar una teoría que contemple de manera realista las posibilidades de acceder a otro nivel socio/económico. Los mitos desarrollados por el capital e introducidos en la cultura de los de a pié constituyen una rémora de difícil superación. Este es un aspecto de suma importancia, en Argentina debido a las mutaciones en la subjetividad de los habitantes que posibilitó el triunfo de políticos con intereses identificados con las propuestas monopólicas. La disputa cultural ideológica que deben librar los medios de prensa populares es una contienda librada bajo una relación de fuerzas  desfavorable, medios materiales, relaciones económica-sociales, totalmente inferiores.

Al final del proceso no puede surgir nada que no haya aparecido como presuposición y precondición desde el comienzo. “Todo tiene que salir a la luz”, dicen Carlos Marx e István Meszáros y agregan, “la empresa crítica parte de la inmediatez de los fenómenos investigados y, mediante la compresión y explicación de las condiciones y presuposiciones relevantes de su escenario estructural actúa como partera de las conclusiones que surgen de modo objetivo”. Lo que se viene sosteniendo se liga con los principios generales de una teoría de la emancipación; sin embargo, estos principios generales se deben diferenciar con nitidez de su aplicación a condiciones históricas, concretas, específicas. Los principios requieren de mediaciones materiales.

“Socialismo o Barbarie” solía decir Rosa Luxemburgo, lamentablemente y hablando en términos históricos la barbarie se avizora y las políticas desde la superestructura institucional para evitarla permanecen nonatas.

 

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Un comentario sobre “El gran ausente, un programa de transición

  • el abril 23, 2019 a las 13:03
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    PROFUNDO ANÁLISIS DE ANDRES CAÑAS, PARA ROMPER MITOS Y NO DEJARSE ATRAPAR POR LA COYUNTURA, LA SOLUCIÓN AL CAPITALISMO NUNCA PUEDE SER MÁS CAPITALISMO.

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