El macrismo y las elecciones. ¿Hacia una nueva hegemonía? (Parte II)

El macrismo y las elecciones. ¿Hacia una nueva hegemonía?

Parte II

Sergio Nicanoff

El retorno de los Diciembres rebeldes

El mes de Diciembre del 2017 se constituyó en el escenario de una ofensiva global del macrismo tratando de aprovechar el impacto de su victoria electoral con las publicitadas reformas laboral, fiscal y previsional. Una vez más contó con el inestimable apoyo de gran parte del PJ, en particular de la mayoría de los gobernadores de ese espectro político. Fueron los legisladores peronistas que votaron la ley los que garantizaron una mayoría que Cambiemos no tenía. Mientras escribimos esto aún no está claro el resultado total en el parlamento de esa ofensiva, al menos en el caso de la reforma laboral aparentemente postergada para Marzo, aunque Cambiemos consiguió aprobar la reforma fiscal y previsional pero con un grado alto de conflictividad y desgaste que lo ubica en la categoría de triunfo pírrico.

Previamente a que se iniciara el ciclo de luchas de Diciembre ya Cambiemos había notado que los efectos de la victoria electoral parecían diluirse demasiado rápidamente, ante el descontento social por las leyes proyectadas. De allí que acudió a la exitosa receta electoral de polarizar con el K por medio del insólito fallo del juez Bonadio. La amenaza del desafuero de Cristina, que hoy resulta poco probable ya que la bancada de Pichetto hasta el momento no lo avala, combinada con las mediáticas detenciones de ex funcionarios K sirvió para cambiar el eje del debate público y fortalecer la polarización con el gobierno anterior, situación en la que el macrismo se mueve a sus anchas. La diferencia es que esta vez la maniobra se consumió rápidamente y se mostró impotente para ocultar la estafa y saqueo de las leyes impulsadas. Poco importa que el fallo de Bonadio se base en argumentar barbaridades tales como que Argentina se encuentra en guerra con Irán, califique de traición a la patria una ley votada por el Congreso y que el Memorándum jamás se haya aplicado, entre otras cosas porque los mismos iraníes se negaron a ratificarlo. El objetivo es político y a esta altura los sustentos jurídicos, más o menos prolijos, sencillamente no importan.

Uno de los elementos de análisis importantes que surgen es que el macrismo está dispuesto a avanzar decididamente hacia un estado de excepción, que desarticule toda oposición y, sobre todo, desarme el accionar de los movimientos populares de base. Para posibilitar esto recrea un nuevo enemigo interno con la demonización de los pueblos originarios y acompaña a las fuerzas de seguridad en todos sus actos represivos, incluidos los más extremos, sea en la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado o en el asesinato del joven mapuche Rafael Nahuel a manos de efectivos de la Prefectura.

Las fenomenales represiones del mes de Diciembre a movilizaciones masivas, en particular las del 13, 14 y, sobre todo la del 18, enmarcan lo que afirmamos. Esas jornadas populares pretenden ser mostradas por los medios de desinformación como un mero producto de la violencia de grupos minoritarios, con el militante Sebastián Romero del PSTU encabezando la lista de los supuestos ‘terroristas urbanos’. El fiscal Moldes pide que ningún detenido en manifestaciones pueda ser excarcelado, violando toda garantía constitucional y presunción de inocencia, mientras algunas voces del coro mediático aceleran la caza de brujas agregando “una izquierda que no es democrática” a las bestias negras del K y el RAM mapuche. Otros, sin decirlo públicamente todavía, piensan en cómo lograr que las Fuerzas Armadas puedan participar de la represión interna y no descartan ante una posible agudización del conflicto la declaración del estado de sitio.

Un estudio realizado recientemente –antes de Diciembre- comprobó que en los dos años de gobierno de Cambiemos hubo en promedio una represión por semana a conflictos sociales. En esos operativos fueron detenidas 354 personas y ni más ni menos que 328 resultaron heridas. Más del 50% de esas represiones se ejercieron sobre protestas laborales. La acción directa del Estado sobre las protestas va acompañada de la multiplicación de la judicialización de referentes gremiales, estudiantiles o territoriales por participar en cortes y marchas, elemento que por cierto venía creciendo desde el gobierno anterior y se potencia en esta administración.

Pero si Diciembre fue el mes de la ofensiva macrista para aprovechar su victoria electoral, el gran dato político que seguramente pasará a la historia con enorme fuerza es el protagonismo de la lucha popular que conmovió profundamente el sistema de poder de Cambiemos y sus aliados del PJ. La polarización con el K esta vez no les resultó suficiente para ocultar el costo social de las leyes impulsadas. A quienes explican todo a partir de lo electoral y los realineamientos por arriba en función de las luchas de palacio, una vez más se les quemaron los papeles. La lucha de calles irrumpió nuevamente con toda su potencia. El año que había comenzado con las gigantescas movilizaciones de Marzo y prolongado con la ola del paro de mujeres y el crecimiento del movimiento feminista, que se extendió con las jornadas del 2×1 y la exigencia de aparición con vida y, posteriormente, justicia para Santiago Maldonado cierra con las tremendas jornadas de Diciembre.

Quienes minimizan la lucha de calles, por cierto no sólo pertenecientes a Cambiemos, no pueden explicar que sin su fuerza no se habría frenado el 2×1, los femicidios y el patriarcado estarían fuertemente invisibilizados, la desaparición de Santiago Maldonado se habría ocultado rápidamente o la reforma previsional se hubiese aprobado el mismo 14 sin los costos políticos que el gobierno debió asumir. Aún cuando no fue suficiente para frenar la reforma previsional, el 18 de diciembre golpeó en el epicentro del proyecto de poder. Entre sus enseñanzas se cuentan:

La variedad de espacios sociales resistentes, sindicales, territoriales -con peso importante del triunvirato CTEP, Barrios de Pie, CCC-, juveniles, feministas, culturales, ambientales, antirepresivos que participan de la resistencia y que, según la temática de la protesta, predominan en su composición sin perder nunca su diversidad. En esta ocasión las jornadas se eslabonaron entre sí paulatinamente. El 13 con epicentro en los movimientos sociales; el 14 y 18 los movimientos sindicales y territoriales junto a organizaciones políticas, sobre todo de izquierda, tuvieron el papel estelar. Las clases medias irrumpieron con sus cacerolazos en la noche del 18, madrugada del 19, en ciudades y barrios donde el macrismo había arrasado en las elecciones, todo un dato político a evaluar con atención. Las jornadas del 13 y 14 fueron muy masivas. La movilización del 18 en su clímax iba desde la Plaza del Congreso, se extendía por Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio y las calles Rivadavia e Hipólito Yrigoyen pasando Luis Sáenz Peña. Multitudinaria por donde se la mire.

Las protestas tuvieron una enorme combatividad. La voluntad de poner el cuerpo, resistir todo lo que se pueda la represión, enfrentar los gases, reagruparse tozudamente sin retirarse de la plaza una y otra vez, aguantar las balas de goma, las motos barriendo las calles, la cacería desenfrenada de fuerzas de seguridad que se sienten totalmente impunes, hagan lo que hagan. Mostraron además, como un dato central, que no estamos dispuestos a poner la otra mejilla y que el pueblo se va a defender con lo que pueda. Los medios demonizarán esa actitud insistentemente pero, ante las grandes represiones, ese proceder vino para quedarse. No es violencia marginal de pequeños grupos, ni producto de infiltrados –aunque estos existan, como se vio el 18 o en las movilizaciones por Santiago- sino resistencia masiva que responde a la sistemática represión del Estado, que empezó con el famoso protocolo antipiquetes de Patricia Bullrich, la represión en Cresta Roja y se repitió en diversas manifestaciones a lo largo de todo el año. Es hartazgo y bronca acumulada. Si la mayoría de los manifestantes no participó directamente de la ola de piedras que se arrojó el 18 sobre la policía, no existió ninguna actitud de repudio o alejamiento visible de la multitud respecto de quienes llevaban adelante las acciones directas. Si gran parte del enfrentamiento más álgido lo sostuvieron jóvenes pertenecientes a orgánicas de izquierda y movimientos sociales, muchas de ellas no encuadradas en el FIT, en los enfrentamientos postreros participaron directamente columnas de sindicatos o agrupaciones metalúrgicas, del neumático y ferroviarias, en este caso para tratar de evitar el desalojo de la plaza. Es discutible tácticamente si la ofensiva sobre la policía posibilitó la maniobra política y mediática de invisibilizar la marcha masiva y victimizar a la policía. En nuestro caso estamos convencidos que la represión y el enfrentamiento se hubiera producido igual. En cualquier caso hay que repudiar la demonización y persecución de compañeros/as, incluidas los revival de la teoría de los dos demonios que igualan piedras con el enorme arsenal, entrenamiento, preparación y despliegue de las fuerzas represivas del Estado. Hay que defender la actitud de resistencia, contextualizar su surgimiento y sacar las lecciones necesarias para la lucha de calles/clases venidera.

Importante en el aspecto legislativo, el K estuvo muy lejos de ser la fuerza más activa en las jornadas de Diciembre. Eso manifiesta sus dificultades para conducir el conflicto social. Las columnas de sus organizaciones políticas fueron débiles y con escaso protagonismo. Por supuesto sí estuvo representado en las columnas de gremios de la CTA Yasky y la Corriente Federal, pero apareció con fuerza un variopinto espacio social de izquierda, que incluye pero excede al FIT, con alta composición juvenil y mucho más radical en su accionar. Los límites del K no sorprenden para quienes entrevimos que la famosa politización de ese ciclo tenía mucho de estatalidad, absorción de prácticas sociales desde arriba, masificación en base a recursos fáciles y no era producto de un ciclo sostenido de luchas populares. Las nuevas generaciones harán su experiencia en el conflicto, a la vez que es una excelente oportunidad para remover miradas fuertemente institucionalistas fruto de que su incorporación a la política se realizó en un ciclo de reconstrucción de la gobernabilidad.

Párrafo aparte merece la CGT y su repudiable triunvirato. El llamado a paro debe haber sido el que menor voluntad mostraron sus cúpulas dirigenciales para convocar en toda su historia. El 14 muchas de las columnas de esos gremios se retiraron ante los primeros gases. El 18 brillaron por su ausencia, algo que los manifestantes recordaron en sus canticos en más de una oportunidad. El agregado de la borrada de Camioneros en todas las jornadas abre una vez más el debate sobre si la familia Moyano no juega a policía bueno –Moyano padre- y malo –Pablo, a veces Facundo- con el macrismo para proteger su red de negocios.

Otro elemento que emerge es la fragilidad que tienen en nuestro país los supuestos consensos sociales basados en triunfos electorales y cómo rápidamente pueden pasar al olvido en apenas dos meses.

El conflicto por la reforma previsional y lo sentido de esa reivindicación fue el catalizador que permitió la unificación en la lucha de ese heterogéneo arco social que describimos. Qué formas y reclamos canalizan y posibilitan esa convergencia a futuro es un aspecto no menor para pensar de cara a este nuevo escenario político.

Pero nada de esto puede confundirse con un contexto tipo 2001 o con la idea de que nos encontramos frente a un gobierno débil que se va a ir en helicóptero. Esas miradas son absolutamente superficiales, algo que encaja muy bien en las redes sociales pero no en una discusión política medianamente seria. Muchas de las fortalezas del bloque de poder que describimos en la primer parte de este trabajo no se han modificado celularmente aún. Dista de haberse producido una virulenta crisis económica que mine decididamente su electorado, aunque una franja todavía no mayoritaria de este empieza progresivamente a alejarse.

Otro dato político no menor a tener en cuenta es que en esta coyuntura una franja social está dispuesta a aceptar explícitamente la represión y justificarla, acompañada por los grandes medios de desinformación que tanto moldean como reproducen esa subjetividad neofascista. A su vez, otros sectores se mantienen en una aparente indiferencia. Al mismo tiempo, como contrapartida, crece la bronca social contra Cambiemos, bronca que la represión no logra trocar en miedo. Esto significa que el avance hacia el estado de excepción –proceso que lejos está de haberse completado- cuenta con una sociedad fuertemente fracturada. Esa fragmentación es un aspecto importante a favor de la naturalización de las estrategias de control social pero que choca agudamente con las concepciones democráticas y rebeldes de gran parte de las clases populares y medias. Todo indica que la polarización social se acentuará y radicalizará. La rebeldía de nuestro lado necesita canales y debates no sectarios, acorde a su diversidad.

Las Otras Reformas

El debate sobre los ejes fiscal, previsional y laboral que impulsa el gobierno oculta transformaciones estructurales en curso menos visibles pero de efectos igualmente devastadores A nivel educativo se está llevando a cabo un cambio muy profundo en la educación pública. La combinación del Plan Maestro con las publicitadas evaluaciones del Operativo Aprender para alumnos y docentes primarios y secundarios o el Enseñar para los terciarios, las masivas pasantías y cursos de emprendedurismo previstas para todos los quintos años de la Escuela Secundaria del Futuro en CABA, el ítem aula implementado en Mendoza, la decisión de no convocar más a las paritarias nacionales docentes, el ataque a los mecanismos de ingreso irrestricto de la mayoría de las universidades nacionales, el fuerte ajuste a los becarios del Conicet y la anunciada universidad en CABA que elimina de un plumazo profesorados y escuelas normales de larguísima trayectoria, por mencionar algunas de las modificaciones introducidas o a introducir, son estrategias -nacionales o locales pero nacionalizables en un segundo momento- que reestructuran la educación pública en todos sus niveles. Esas reformas quiebran la estabilidad del Estatuto Docente y dan pasos para que el salario docente se ate al rendimiento de sus alumnos y escuela, fragmentando aún más el sistema educativo al estilo de Chile o México; generan un enorme reservorio de mano de obra barata en función de las necesidades de las empresas, lo que las conecta directamente con la proyectada reforma laboral y introducen al capital en aspectos determinantes de la educación pública, incluso en la elaboración de contenidos. Eso ya está sucediendo. Un gran problema es que las resistencias a esas medidas son parciales sin que se encare una estrategia que dé cuenta de la globalidad y profundidad de la transformación en marcha.

A nivel salud aparece la Cobertura Universal de Salud (CUS). Se trata de una cartilla dirigida a los pacientes que no tengan obra social. En lugar de acceder a la salud en forma irrestricta en los hospitales públicos, se presentará un listado básico de prestaciones de acuerdo a la capacidad de pago y el Estado abonaría los gastos decidiendo si se realiza, en hospitales o en clínicas privadas. De este modo el presupuesto del Estado se distribuiría entre el sistema de salud público y el privado con el obvio desfinanciamiento del primero y un nuevo negocio para los segundos.

Si nos detenemos más en estos aspectos es porque están aún menos presentes y discutidos como proyectos globales que las denominadas reformas con las que empezamos este artículo.

Pero el objetivo en esta ocasión no es sólo discutir la coyuntura o aspectos más profundos, como las tendencias y contratendencias que se juegan alrededor de la posibilidad de que Cambiemos estructure un nuevo ciclo hegemónico (Ver parte I de este trabajo), sino debatir qué tareas deben encarar las fuerzas populares y revolucionarias en este período para enfrentar este proyecto. Estamos profundamente convencidos, como definíamos en la primer parte de este trabajo, que a diferencias de los 90’ una derrota profunda de los movimientos populares aún no se ha concretado. Afirmamos que “una de las cuestiones centrales que se dirimen en el próximo año y medio es si en base a una relación de fuerzas pos elecciones más favorables, el gobierno no puede lograr victorias significativas sobre algunos conflictos sociales de magnitud que necesariamente se van a presentar. De lograr esto, un estado de apatía y reflujo de gran parte de las clases populares sí pueden modificar aún más negativamente el escenario y podríamos a partir de allí estar frente a un ciclo de larga duración”. Las jornadas de Diciembre refrendan categóricamente las dificultades del bloque de poder para lograr ese objetivo.

Una discusión decisiva de cara al futuro es reflexionar sobre las limitaciones, potencialidades y perspectivas de las luchas populares para aportar a una resistencia que pueda colaborar con modificar las relaciones de fuerza desfavorables existentes y trazar líneas de avance que excedan lo coyuntural. A ese debate nos volcamos en las próximas líneas, en particular a reflexionar sobre una de las cuestiones centrales como el problema de la unidad.

Los problemas de la unidad. Una construcción tríadica

Sí es correcto el diagnóstico de que el conjunto de las fracciones del bloque dominante se han lanzado a reconstruir la gobernabilidad sin las concesiones sociales que se vieron forzados a tolerar en el ciclo K por los efectos del 2001, está claro que el nivel de concentración de fuerzas sociales capaz de batallar en todos los planos contra esa reestructuración debe ser muy amplio. Nos referimos a acuerdos que alimenten la conflictividad en la calle y den sustento, lugar de condensación y unificación a las luchas sectoriales por abajo. Un primer plano de la unidad se trata de la construcción de un bloque social que posibilite trabar, dificultar y, en el mejor de los casos, impedir las brutales transformaciones sociales en curso. Es unidad de acción –frente único se diría desde determinadas tradiciones- cuyo requisito esencial es que sirvan realmente para la lucha. Por supuesto esa discusión se traslada inmediatamente al plano de la unidad entre las fuerzas K y la izquierda o a la discusión sobre el acuerdo o no en el conflicto con determinadas fracciones de la burocracia sindical, como por ejemplo ocurre con algunas de sus alas alrededor del conflicto por la reforma laboral y previsional. Mucho de la potencia de esa unidad se esbozó en las jornadas del 14 y 18 de Diciembre. Aún más, enfrentar el salto cualitativo represivo requiere profundizar el camino de alianzas específicas muy amplias. Porque se trata de defender un derecho democrático básico como lo es el de protesta.

La lucha de calles por sí sola no puede dar las respuestas que el bloque de poder actual requiere. Pero es un punto sustancial. Ese plano de la unidad requiere tener en cuenta que la conflictividad no se expresa linealmente en un sentido siempre creciente sino que por el contrario es un proceso plagado de desvíos, retrocesos, avances y frenos, de allí que es imprescindible que haya procesos de convergencia que se desarrollen celularmente. La recreación por abajo de esa unidad necesita de formas más orgánicas que no se reduzcan a las movilizaciones y perduren en el tiempo para sostener la vitalidad de la protesta. Una posibilidad es el impulso de coordinaciones y multisectoriales en distintas regiones, que deben partir de la hegemonía de los sectores más combativos sin caer en el sectarismo y el aislamiento.

Insistimos que la consolidación hegemónica del proyecto actual requiere de una derrota profunda de las luchas populares que aún no han logrado y es decisivo que no puedan hacerlo.

De todas maneras sería inocente en función de la unidad necesaria ocultar la evidente diferencia de proyectos o que una parte de esos actores pueden inscribirse en cualquier momento en una negociación con las fuerzas del poder político y económico, como lo han hecho en otras oportunidades.

De allí que un segundo plano indispensable es la constitución de una unidad que articule a las fuerzas de izquierda que plantean una explícita estrategia por el socialismo, definidamente anticapitalista. Desde hace mucho tiempo que no existe una burguesía nacional mercado internista en las fracciones burguesas que dirigen la economía. Menos aún, una supuesta oposición entre el capital financiero y sectores productivistas. Muy por el contrario, enfrentamos una gran burguesía local trasnacionalizada, diversificada e íntimamente vinculada a la globalización financiera. De allí que sectores empresarios que recibieron importantes subsidios en el ciclo K en lugar de aumentar la inversión en el mercado interno derivaron esos ingresos a la compra de dólares y los paraísos fiscales. Se trata de mecanismos de funcionamiento del capitalismo que son estructurales y que tornan inviable toda estrategia que parta de un supuesto capitalismo social o de reformas aisladas. Creer en el posible retorno del Keynesianismo en esta etapa global del capitalismo puede ser más utópico que la lucha por el socialismo.

De allí la necesidad que las luchas de calles pero también la disputa por abajo de sindicatos, centros estudiantiles, en el territorio, en los conflictos ambientales, culturales y en el plano electoral requieran de la constitución de una unidad estratégica por el socialismo. Un embrión y ejemplo de eso pueden ser las listas multicolores a nivel educativo. Por eso debemos asumir seriamente que toda práctica que ubique como enemigo central al más cercano y se construya como espejo frente a espacios hermanos resulta sumamente dañina y debe ser cuestionada.

Eso no significa negar las diferencias profundas que existen en la heterogénea izquierda argentina que abarcan aspectos muy importantes como el problema del sujeto, las herramientas de construcción o la lectura de procesos revolucionarios en América Latina como es el caso de Venezuela, por mencionar algunas. Por eso nos parece imprescindible la articulación de un tercer plano de unidad que priorice una estrategia revolucionaria que ponga en el centro la autoorganización y autoemancipación de los trabajadores intentando modificar las relaciones de fuerza en el seno de la sociedad civil.

Hablamos de la posible convergencia de una subjetividad militante que creció al calor del ciclo de luchas 1996-2002 que permeó a franjas amplias de la militancia popular, una subjetividad que excedió –y excede– los espacios más orgánicos.

Se trata de una subjetividad que prioriza la praxis por sobre las doctrinas y los programas; que recuperó de la generación del 60 y del 70, entre otras cosas, el imperativo de poner el cuerpo, de involucrarse de lleno en la acción transformadora; que tiene como norte principal la construcción de colectivos sociales regidos por las formas más democráticas posibles, sin renunciar por ello al desarrollo de instancias organizativas que posibiliten la transmisión de la experiencia y la continuidad de las prácticas emancipatorias; una subjetividad que camina hacia un horizonte de una sociedad sin explotados ni explotadores, pero que asume que el tránsito hacia esa utopía se hace desde ahora, construyendo con otros valores, forjando los embriones de las relaciones sociales venideras; que entiende que hay que combatir todas las formas de opresión –de clase, de género, de etnia- porque visualiza que las relaciones de dominación operan en todos los planos de la vida social y no sólo en el de las relaciones de producción; una subjetividad que rechaza los discursos que, en nombre del progreso, la modernidad y el desarrollo de las fuerzas productivas, destruyen los bienes comunes de la naturaleza y ponen a la humanidad a las orillas del abismo; una subjetividad que cree que la construcción de contrahegemonía es, sobre todo, la construcción de poder popular y esto implica que las clases subalternas pasen a ser sujeto de cambio, que se constituyan como clase para “si”, recuperando el poder-hacer como mecanismo de cambio y empoderamiento colectivo.

Esa subjetividad se amasó en las resistencias al neoliberalismo y se condensó en distintas organizaciones que, con sus matices, le dieron cauce a esas visiones. Aunque, insistimos, ese ethos militante tendió a desbordar los límites orgánicos.

Sabemos que ese espacio pudo transitar positivamente una parte del ciclo K pero que la recomposición de la gobernabilidad, la construcción de la hegemonía K de manera más intensa tras el 2009, más sus propias limitaciones y concepciones, que negaron la necesidad de determinados planos de disputa de la estatalidad, generaron una fuerte crisis. Esa crisis tiene sus raíces más profundas en el período previo donde la fortaleza de los proyectos neodesarrollistas combinada con el reflujo de las luchas territoriales –lugar de desarrollo por excelencia del espacio– aparece como un aspecto central. El ritmo más pausado de las construcciones de base se enfrentó a una dinámica de mayor fortaleza del Estado y toda una franja de activistas barriales, que acompañó el ascenso de los movimientos, se replegó hacia otros lugares. Allí emergió el signo más fuerte de una crisis identitaria: enfrentados a los límites y dificultades de la construcción propia, muchos militantes perdieron confianza en lo que hacían.

Esas dificultades continuaron en el período macrista con un espacio tupacamarizado por la atracción hacia los armados del K y, en menor medida, del FIT. Existe en un sector de este espacio una fuerte tendencia a la consolidación de un discurso donde bajo la idea de “voluntad de poder” se expresa en realidad una lógica sustitucionista, un afán de representar las luchas populares como nueva clase política con voluntad de presentarse como dirección del pueblo. En esa mirada los aliados pasan a ser, en primer lugar, aquellos que conciben que las transformaciones sólo se pueden realizar desde el Estado. Todas las tareas orientadas a la transformación de las relaciones de fuerza en la sociedad civil pasan a estar subordinadas a estos objetivos. La participación en las elecciones se torna una cuestión esencial, de la manera que sea, aunque no se haga con aliados y discursos afines al espacio.

La deriva hacia el K encierra el peligro de la asimilación a una unidad de esa identidad con el resto del PJ -o algunas de sus expresiones- en nombre de la lucha contra el macrismo. Algunas agrupaciones de la nueva izquierda confunden el primer plano de unidad para el enfrentamiento con las políticas neoliberales, con armados políticos y electorales que lejos están de asumir la necesidad de procesos de cambios socioeconómicos profundos.

Una segunda opción –improbable pero no imposible- es el K constituido como una fuerza de centroizquierda, estilo Frente Grande o Frepaso, con las mismas prácticas y límites que terminaron por tornar estériles esos espacios. La idea de que pequeñas organizaciones pueden traccionar esas construcciones a posturas más radicales es de una ingenuidad tal que no resiste ningún repaso histórico de la dinámica y deriva de esos espacios.

Por otro lado, el armado del FIT tracciona hacia su campo político. A nuestro entender la búsqueda de una salida anticapitalista –segundo plano de unidad- debe tener en el diálogo con los compañeros un elemento importante. Aún así asumir esas alianzas olvidando las diferencias arriba mencionadas y, sobre todo, sin intentar confluencias propias que partan de la construcción de Poder Popular, con las ideas fuerza que ya enunciamos y no intente articular un polo de poder social y político propio, corre el riesgo de la subordinación a concepciones que tienen un claro techo en este escenario.

De allí que la construcción de estos tres planos de unidad debe ser encarado bajo una mirada dialéctica, que no los disocie ni los subordine entre sí sino que se retroalimenten.

Para ello hay que tener en cuenta otros aspectos, entre ellos recordar que los procesos de unidad no pueden consolidarse solo vía de acuerdo de referentes sino que tienen que reflejar esencialmente un conjunto de prácticas y concepciones comunes por abajo.

La unidad no sólo debe apuntar a las orgánicas, muchas veces sumidas en un desgastante juego de ajedrez posicional entre sí altamente improductivo, sino que debe entender la política como disputa de sentido en el seno de las clases populares. Por eso su norte debe partir de la politización de las bases, la construcción de sociabilidades no capitalistas y la política ejercida y vivida como experiencia de transformación radical que le devuelva a la sociedad civil las funciones que el Estado y el sistema le han expropiado. Hay un amplísimo conjunto de colectivos ambientales e indigenistas, feministas, culturales, comunicacionales y de construcción de base en sindicatos, casas de estudio y territorio que no son parte de organizaciones pero que deben y pueden ser interpelados por espacios de unidad que perduren en el tiempo.

Poner en valor las concepciones y certezas acumuladas en el ciclo que se condensó en el 2001 es imprescindible, pero no hay que olvidar que la historia nunca se repite. El peligro de esa omisión es la consolidación de tendencias que ubican su principal esfuerzo en reforzar sus prácticas de antaño, sin comprender que el escenario de las relaciones sociales de fuerza es por definición cambiante y que, por lo tanto, el desarrollo de las concepciones propias debe ir acompañado de reelaboraciones permanentes para evitar el riesgo de quedar subsumidos en un folklore estéril, que no inquieta a nadie y mucho menos al poder concentrado.

Sí todo aislamiento es por definición muy peligroso, porque puede conducir a la marginalidad política aguda o, peor aún, al aniquilamiento, también es necesario recordar que uno de los aspectos que fueron esenciales en el ciclo de lucha 1996-2002 fue la voluntad de múltiples grupos, activistas y construcciones de base, influenciadas por diversas tradiciones, de correrse de las lógicas de construcción dominantes. Ese proceso se realizó de manera dispersa pero efectiva y tuvo mucho que ver con la recomposición de organizaciones populares en el territorio. Esto no significa volver a la negación de la disputa en el plano electoral sino estar muy atentos a las prácticas que pueden haber sido importantes en determinadas coyunturas pero que hoy están devoradas por la institucionalización y actúan más como mecanismos de gobernabilidad que como elementos disruptivos. Algo de esta discusión guarda relación con la voluntad de poner el cuerpo que evidencian las jornadas de Diciembre. Una discusión profunda, autocrítica, de las concepciones que operan en las construcciones populares es ineludible para enfrentar el proyecto de poder dominante.

Es necesario recuperar miradas y estrategias unificadas para el conflicto que den cuenta del nivel globalizado que adquieren. Cambiemos lanza una batería enorme de medidas sectoriales que muchas veces dificulta su abordaje y logra el objetivo de que gran parte se esas medidas pasen, aunque alguna quede trabada. El ejemplo que ponemos más arriba respecto a la educación es sintomático de lo que decimos. Las luchas sectoriales son necesarias e imprescindibles pero se trata de una transformación estructural. El llamado a un congreso educativo o similar, cuanto menos de sus corrientes más combativas, que cuenta con sindicatos antiburocráticos como AGD, Ademys, los Sutebas recuperados, los centros estudiantiles de secundarios de la CEB, terciarios y universitarios, los bachilleratos populares y otros sindicatos combativos del interior, son una plataforma necesaria para pensar estrategias comunes en todos los ámbitos y planos de la educación. Lo difícil de su concreción no debiera descartar la enorme necesidad de su realización. Lo mismo es válido para otros conflictos que intenten romper con la trampa de su fragmentación.

Otra variable de suma importancia es salir del esquema porteño céntrico y mirar con atención lo que pasa en determinadas regiones del país como el NEA, el NOA o la Patagonia. La persistencia de las resistencias contra el agronegocio o la megaminería que son el fondo de los asesinatos de Santiago Maldonado o Rafael Nahuel ya mencionados, luchas sindicales como las del Ingeniero Ledesma, el Esperanza u otras relacionadas con el feminismo o la pelea contra la represión, obligan a prestar atención a lo que está sucediendo por fuera de la megalópolis que forman Buenos Aires y el Conurbano. No se trata de magnificar, pero tampoco de minimizar esas situaciones. En otros momentos históricos, desde otras regiones del país provinieron las dinámicas de lucha que tuvieron mayor impacto sobre las clases subalternas. Sucedió post Cordobazo, en los primeros años de la década del 70, con las comisiones internas fabriles y sindicatos clasistas que se generaron en la provincia mediterránea y se expandieron hacia el conurbano, siguiendo lo que dio en llamarse el cinturón rojo del Paraná. Algo similar pasó con los cortes de ruta en Cutral Có, Tartagal y General Mosconi, que desembocaron en el auge del movimiento piquetero. Es cierto que no se ve, por ahora, una forma de lucha que sea dominante y se expanda, como con el clasismo o los piquetes, ni mucho menos una crisis de dominación como las que se dieron desde 1969 o el ciclo condensado en el 2001, pero no hay que perder de vista que hay situaciones de malestar social agudo que se expresan con particular virulencia en distintas lugares a lo largo del país.

La unidad es clave pero no puede ser abordada de manera voluntarista. Las diferencias estratégicas no pueden ser contenidas en un espacio común, al menos en el tercer nivel de unidad, simplemente por la proveniencia de un campo político otrora compartido. La historia es dinámica y los actores cambian. Más aún, no es claro si el espacio de la izquierda independiente hoy existe como tal o se trata de un retoño que murió –en sentido figurado- junto al cierre de la crisis orgánica que lo engendró. En todo caso estamos convencidos de que las concepciones que se elaboraron en esa praxis tienen mucho que aportar en este ciclo de luchas y seguramente aparecerán otros espacios y otras formas que los incorporarán pero también reelaborarán sus sentidos.

La forma tríadica de unidad que proponemos no debe ser entendida en un sentido dogmático. Todo esquema es de por sí reduccionista. Seguramente en el marco de la agudización de las contradicciones sociales puede haber colectivos que participando del primer plano de unidad se radicalicen y elaboren perspectivas rupturistas con el capitalismo. A su vez, para la recuperación y disputa de determinadas mediaciones es posible que se requieran niveles de unidad que no involucren sólo a las fuerzas que tienen explicitas definiciones anticapitalistas. Pero una cosa son los casos particulares y otra es darles un sentido orientador, de estrategia general. Por el contrario, nos parece que la unidad en sentido dialéctico que proponemos da un horizonte que sirve para transitar los desafíos de esta etapa.

Las herramientas de unidad y las mediaciones a que den lugar deben apuntar como horizonte a la consolidación de un bloque histórico que supere lo corporativo y construya un nuevo momento ético-político de las clases populares.

Por donde seguir. Otras Tareas urgentes de la etapa

Junto al despliegue de formas de unidad en una tríada que alimente las luchas populares y les otorgue primacía es imprescindible priorizar determinadas cuestiones que se tornan sustanciales para construir unidad –sobre todo del tercer plano- pero pensadas en función de la disputa de sentido de las clases populares y el activismo en un sentido amplio. La formación, la comunicación y la generación de recursos propios, que no dependan solamente de lo que se logre arrancar al Estado, son determinantes para transitar esta etapa. En el primer aspecto, recuperando ideas que expresamos en otras oportunidades, hay que ser muy audaces y no pensar sólo en la formación para la militancia interna de cada agrupación, algo que por supuesto resulta insustituible. Pensamos en algo así como encuentros regionales a lo largo del país, de carácter amplio, impulsados por los espacios con presencia en las luchas locales, acompañadas de nuevas producciones de libros, revistas, películas, blogs y/o páginas de Internet. Con compañeros/as que puedan aportar elementos más generales, nacionales, regionales y mundiales. Que se propongan problematizar la realidad presente. Por poner un nombre: Foros sobre las luchas populares y los desafíos actuales de los movimientos emancipatorios, desarrollados, en lo posible, en todo el país. Su capacidad de interpelar gran parte del activismo y de las capas más movilizadas de la población puede ser muy alta. Se trata de una formación que apunta a un activismo inserto en las luchas populares, con ánimo de pelear pero cruzado por preocupaciones, dudas, desánimos circunstanciales y que demanda debates que lo ubiquen como protagonista. El contenido de esa formación tiene que poner en el centro en primer lugar la producción de conocimiento para pensar la realidad actual. Generar insumos para el análisis de la coyuntura y favorecer la reflexión sobre la propia práctica.

En segundo lugar, un eje decisivo es que los espacios de formación colectivos tienen que alimentar la capacidad de cuestionar los paradigmas dominantes productivistas, eurocentristas, patriarcales y de reforzamiento de la colonialidad del poder. Es necesario revisitar las luchas populares de otros momentos históricos, con la voluntad que mencionaba Walter Benjamín, de forjar una historia a contrapelo. No basta con acercarse a un panteón de figuras, caudillos o referentes ajenos al panteón liberal clásico. Ese enfoque conduce a lo sumo a un pálido revisionismo. Implica una suerte de perspectiva neokirchnerista, que reproduce las visiones desde arriba de los procesos de lucha y es tributario de un pensamiento binario que actúa en espejo con el panteón liberal. La estrategia de Poder Popular requiere del rescate de cómo actuaron, pensaron, vivieron y lucharon las clases populares y plebeyas, en las grandes jornadas emancipatorias de nuestro país y de América Latina. Una historia desde, con y por los de abajo. Es vital la tarea de la reconstrucción de los hilos que unen las distintas generaciones de luchadores populares. Evitar la sensación de partir desde cero en cada nuevo ciclo de luchas es fundamental para no repetir errores, alimentar nuevas rebeldías, alumbrar esperanzas y forjar subjetividades combatientes.

La formación requiere de un plano masivo que apunte a las clases populares. El paulatino pero creciente deterioro de los niveles de vida genera en las barriadas acercamiento a los movimientos populares. La politización de esas franjas populares, los mecanismos de debate colectivos que posibiliten ese proceso y problematizar esa situación, ponerla en el centro de las discusiones del activismo, es prioritario. Si la formación es lucha y a la vez necesita de espacios específicos para construirse, también deben ser formativas las asambleas y tareas cotidianas. Lo mismo es válido para las prácticas que no se realicen directamente en el territorio.

El tercer plano de unidad de impulsarse cuenta con la experiencia, el desarrollo nacional y el capital simbólico y humano para acometer esa tarea.

Junto a la formación un pilar de los procesos de unificación es discutir el problema comunicacional. Estamos insertos en la era donde el enemigo ha desarrollado hasta la máxima sofisticación la guerra de cuarta generación con sus aspectos de propaganda, psicológicos, de desinformación masiva y de políticas explícitas para la intervención en las redes sociales, estrategias que algunos analistas relacionan con la idea de posverdad. Lo cierto es que en ese panorama los medios populares alternativos juegan un rol clave pero sólo a condición de romper sus prácticas autorreferenciales. Que cada agrupación pretenda tener su propia red informativa, editorial, etc. es válido pero muy poco eficaz. En todo caso hay que sostener y alimentar las que hayan echado raíces más sólidas. Hay que construir instancias nacionales que elaboren producciones políticas, culturales, informativas comunes. Que rompan con la práctica de hablarse a sí mismos y discutan una política de intervención colectiva en las redes sociales. No es suficiente con la fuerza social organizada que las organizaciones de base recreen. Hay que interpelar un arco social mucho más vasto que el de la construcción propia.

Un tercer aspecto es el problema de los recursos. Es parte de la experiencia de lucha de nuestro pueblo arrancarle recursos al Estado por medio de la movilización. El tema es que en los momentos de reflujo eso se vuelve también un mecanismo de control del poder.

El problema se presenta cuando la situación de relación de fuerza con el Estado se modifica y lo que fue conquista pasa a ser desgastado, desgranado y reducido por el propio Estado. En el caso del territorio como las negociaciones de los movimientos con el aparato estatal suelen darse de manera fragmentada, los funcionarios son el eje de la distribución, lo que les permite un conocimiento detallado de las organizaciones y una tarea de inteligencia sobre su desarrollo, disputas internas y concepciones. La situación es proclive a procesos de consolidación de una burocracia territorial que pone en el centro la gobernabilidad como forma de mantener el acceso permanente a recursos. Pareciera ser necesario para las futuras luchas, priorizar formas de sociabilidad, de construcción de base, que no dependan única ni mayoritariamente de los recursos estatales. Se trata de llevar a cabo una concepción de la territorialización, de dar una pelea espacial, pero también simbólica y cultural, contra el poder de los punteros. Un enfrentamiento que sea integral y contemple la conquista de programas del Estado, como una estrategia subordinada a otras formas autogestionadas y de inserción en el territorio, construidas con recursos que no provengan del Estado.

Este problema no se presenta sólo en el territorio. Estamos convencidos de que el hecho de que los tres partidos del FIT se nieguen a abrir el acuerdo se debe, al menos en parte, a la voluntad de mantener sólo entre ellos el reparto de los recursos estatales provenientes de los votos obtenidos.

Como sea, la necesaria generación de recursos propios de todo tipo y su socialización en procesos de unidad, no sólo de dinero, sino de logística, materiales, saberes, locales, etc. es una cuestión vital para que los procesos políticos resguarden su autonomía y se impulsen procesos de unidad sobre bases sólidas. Al mismo tiempo hay que evitar caer en la negación absoluta de ganarle al Estado recursos y resignificarlos a través de sus prácticas.

La nueva etapa que se abre requiere de una serie de discusiones, que no estamos en condiciones de plantear aquí pero incluyen la puesta en discusión de diversas maneras y métodos de construcción en los distintos frentes de intervención, que fueron útiles en otras coyunturas pero que muestran sus límites en la actualidad. Necesita de discusiones profundas y fraternas sobre el tipo de herramientas políticas que debemos llevar adelante. Precisa del debate sobre las concepciones ideológicas y matrices emancipatorias que debemos tener en cuenta en nuestros proyectos. Exige reflexionar sobre como las intervenciones político electorales, necesarias para una disputa integral de poder, no son absorbidas sistémicamente y qué cosas hay que evitar reproducir en ese plano de disputa. Pero sobre todo necesita de nuestra audacia, creatividad, perseverancia, sacrificio y reivindicación de la utopía de la plena libertad humana. Una gran parte de nuestro pueblo hoy nos dice en este Diciembre que está dispuesto a pelear. No es un punto menor de partida.

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