El mito del centralismo democrático

El mito del centralismo democrático aparece como una muralla, no contra el capitalismo, sino contra el rearme teórico y político necesario para combatirlo.

“El recuerdo de los muertos oprime el cerebro de los vivos”: no por repetido, el conocido adagio ha dejado de conservar toda su vigencia. En especial, es el recuerdo de los grandes hombres, cuyas ideas y acciones han tenido una influencia destacada en el curso de la historia, el que se apodera de las generaciones siguientes obstaculizando el análisis crítico y la imaginación creadora.

Marx decía, analizando la revolución de 1848 en Francia, que la clase obrera sólo podría aprender a través de una serie de derrotas. Aludía así a la necesidad de asimilar críticamente la experiencia realizada, comprendiendo las insuficiencias, los errores y las ilusiones que inevitablemente acompañan a toda acción humana de envergadura.

Pero mucho más difícil que aprender de las derrotas es aprender de los triunfos. Nada convence más que una acción política exitosa. Cuando ello ocurre, la imaginación colectiva tiende a elevar a los principales líderes y propagandistas al Olimpo mítico de los dioses, y esta transfiguración es alimentada por multitud de panegiristas (bien intencionados o no) que se sienten obligados a rendir culto a los nuevos héroes. Se silencian los errores y vacilaciones, las opiniones contradictorias, las resoluciones discutibles que respondieron a los avatares cambiantes de la lucha, y se suprime hasta el simple azar que ayudó u obstaculizó un determinado desarrollo de los acontecimientos. En una palabra, se retoca el pasado de acuerdo a los nuevos intereses políticos del presente.

En el caso de la Revolución Francesa (y del movimiento de la Ilustración que lo antecedió), para tomar un ejemplo, su exaltación descontrolada contribuyó a alimentar el mito de la “oscura” Edad Media. De acuerdo a este mito, profusamente ilustrado en los manuales escolares de varias generaciones, la historia de la humanidad sufrió una interrupción de un milenio entre el luminoso Imperio Romano (salvaje opresor de pueblos y culturas) y el no menos luminoso ascenso del capitalismo. La leyenda tiene como hilo conceptual conductor la exaltación del Estado (antiguo y moderno) contra la “anarquía” medieval, mote peyorativo con que se oculta la existencia de comunidades campesinas libres y semilibres a todo lo largo del espacio y del tiempo del occidente medieval, y que serán la base social del prodigioso progreso operado a partir del año 1000.

En el caso de la Revolución Rusa, el relevante papel que le cupo a Lenin, Trotsky y sus compañeros, en el triunfo de la revolución y en la dramática guerra civil posterior, elevó a la categoría de dogma indiscutible todas las orientaciones y resoluciones que se tomaron. Allí comenzó a cobrar forma uno de los mitos más persistentes que se arrastra hasta el presente: el mito de que el triunfo de la Revolución Rusa fue posible por la existencia de un partido monolítico, férreamente centralizado y disciplinado, donde no tenían cabida la existencia de fracciones o corrientes internas, y mucho menos opiniones públicas individuales discrepantes con las opiniones mayoritarias.

El centralismo democrático ya no es lo que era

La experiencia de la lucha de la clase obrara contra el capital planteó tempranamente el imperativo de la unidad de acción para que esta lucha resultara exitosa. El poder económico y político del capital, centralizado en el Estado, sólo podría contrarrestarse o quebrarse si los explotados reunían en un solo haz sus fuerzas dispersas. Desde la realización de las primeras huelgas, la dispersión y la división siempre fueron sinónimos de derrota.

Pero como esa unidad de acción sólo puede asentarse en la convicción de los trabajadores, y ésta no se logra por decreto, la libre confrontación de ideas y opiniones es indispensable para arribar a la unidad de acción y al desarrollo del movimiento de lucha. La más amplia democracia no es para los trabajadores un mero aditamento o adorno del que puedan prescindir, de acuerdo a las circunstancias más o menos favorables de la lucha, sino la condición en la que fundamentan su unidad de acción.

La más absoluta libertad en la discusión, la más férrea unidad de acción; tales los requisitos que se resumen en la célebre fórmula del centralismo democrático. Nadie que quiera luchar podría cuestionarlo.

Representa un abuso conceptual, sin embargo, atribuirle esta idea elemental a Lenin o a los bolcheviques, cuando corresponde a la tradición histórica de todo el movimiento de lucha de los explotados y, específicamente, a todas las organizaciones de la clase obrera, sindicales, sociales, cooperativas o políticas, de los últimos dos siglos.

Pero con posterioridad al X Congreso del Partido Bolchevique y a la aprobación de las 21 Condiciones de ingreso a la Internacional Comunista, “centralismo democrático” es la fórmula que resume la concepción de un partido monolítico, rígidamente jerarquizado y centralizado, con una disciplina casi militar. Podemos resumir esta concepción de partido con las siguientes características principales:

Realización de congresos espaciados cada tres años o más.
Prohibición de fracciones o tendencias internas en torno a posiciones políticas particulares o discrepantes.
Control total por el Comité Central del órgano de prensa central y de todas las publicaciones partidarias.
Poderes totales del Comité Central sobre toda la vida partidaria, a saber: a) creación o disolución de organismos, destitución e intervención de direcciones subordinadas, aceptación o rechazo de incorporaciones; b) Imposición de las orientaciones del C.C. en todos los frentes de actividad del partido.
Total subordinación de los organismos inferiores a los superiores: de la célula al comité barrial, de éste al comité distrital y de éste al comité central, en todos los temas, incluso en los tácticos, locales o gremiales.
Discusión rigurosamente interna. No se admite la publicación de posiciones personales no aprobadas por la dirección.
Organismos de dirección central escalonados piramidal y jerárquicamente; por ejemplo: un Comité Central de 30 miembros que se reúne cada tres meses, un Comité Ejecutivo de 15 miembros que se reúne mensualmente, un Buró político de 7 miembros que se reúne semanalmente, y un Secretariado de 3 miembros que se reúne cotidianamente. Como se establece una rigurosa disciplina de cada organismo, los tres miembros del Secretariado, una vez saldada la discusión votan en bloque en el Buró, los siete del Buró en el Ejecutivo, y los 15 del Ejecutivo en el Comité Central. De manera que la opinión de dos miembros del Secretariado, si conquistan una adhesión en el Buró, un voto más en el Ejecutivo y uno más en el C.C. controla el Partido. El panorama se completa con la total prohibición de “trasladar” discusiones que se procesan en un nivel superior a uno inferior.
Esta estructura altamente jerárquica y centralizada pretende ser la expresión de la consagrada fórmula del centralismo democrático aunque sea la concreción de lo contrario: la más absoluta restricción autoritaria en la discusión y la más férrea obediencia a la dirección, lo que suele estar muy lejos de la unidad de acción proletaria.

No existió una teoría leninista de la organización

Lo característico de las opiniones de Lenin en materia de organización es siempre la adecuación de la organización a los objetivos revolucionarios y a las condiciones cambiantes de la lucha. Por eso Lenin exhibió a lo largo de su trayectoria militante un sano pragmatismo y opiniones notablemente cambiantes en materia de organización (como en tantos otros temas).

En una primera etapa podemos encontrar textos de Lenin que recogen la tradición clásica del marxismo en cuanto a la función del partido: “La lucha de los obreros contra los patronos por sus necesidades cotidianas les hace, por sí misma, y de un modo inevitable, abordar los problemas públicos, los problemas políticos; les hace estudiar cómo se dirige el Estado ruso, cómo se dictan las leyes y las normas y a qué intereses sirven éstas…La tarea del partido no consiste en discurrir medios de moda para ayudar a los obreros, sino en adherirse al movimiento obrero, en alumbrarle el camino y en ayudar a los obreros en esta lucha que ellos han iniciado ya”. Se trataba de la etapa de lucha política contra el populismo y el terrorismo por lo que Lenin hace hincapié en el partido como un partido de la clase obrera que se apoya en, y generaliza, su experiencia de lucha, y no como una organización particular, distinta de la organización obrera, que trata de inculcarle sus propios “medios de moda”. Lenin recoge aquí el famoso texto del Manifiesto Comunista: “Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en la diferentes luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado… y, por otra parte, en que en las diferentes fases del desarrollo porque pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”.

En una segunda etapa, que corresponde a la lucha teórica contra los economistas, en las condiciones de rigurosa ilegalidad y persecución bajo el zarismo, Lenin hará hincapié en una organización de militantes profesionales formados en la teoría revolucionaria y rigurosamente clandestina. “Un revolucionario profesional no es un obrero que gana un salario en una fábrica. Es un funcionario pagado por el partido… Y revolucionario profesional va a ser tanto un intelectual, como todo obrero que se destaque por sus condiciones… Todo agitador obrero que tenga algún talento, que ‘prometa’, no debe trabajar once horas en la fábrica. Debemos arreglárnoslas de modo que viva por cuenta del partido…” Era la época en que Lenin, polemizando con los economistas, hará resaltar que la conciencia de clase sólo podía ser aportada desde fuera del movimiento obrero; así, aún antes del Qué Hacer, Lenin expresaba que “la teoría de la socialdemocracia ha surgido en Rusia con absoluta independencia del desarrollo espontáneo del movimiento obrero, como resultado natural inevitable del desarrollo del pensamiento de los intelectuales revolucionarios socialistas”. Nos encontramos aquí con un Lenin vanguardista, intelectualista, doctrinario, que privilegia una organización del partido ultrarestringida y que hace hincapié en el carácter diferenciado de la organización partidaria respecto a la organización espontánea de la clase obrera.

Con la revolución de 1905 Lenin cambiará nuevamente, y en forma espectacular, su concepción de partido: “Las condiciones en que se desarrolla la actividad de nuestro partido están cambiando radicalmente. Se ha conquistado la libertad de reunión, asociación y prensa… Nuestro partido se ha entumecido en la clandestinidad: la clandestinidad se desmorona. ¡Adelante, con mayor audacia, empuñad las nuevas armas, entregadlas a gente nueva, ampliad vuestras bases de apoyo, llamad a todos los obreros socialdemócratas, incorporadlos por centenares y por miles a las filas de las organizaciones del partido! Que sus delegados animen las filas de nuestros centros, aportando el aire fresco de la joven Rusia revolucionaria… Es de desear que en las nuevas organizaciones haya por cada militante socialdemócrata intelectual cientos de obreros socialdemócratas”. En esa época (primavera de 1906) y refiriéndose a la creación de los soviets, Lenin entonará una verdadera loa a la espontaneidad: “Estos órganos fueron fundados exclusivamente por las capas revolucionarias de la población, fueron fundados de una manera totalmente revolucionaria, fuera de las leyes y las reglamentaciones, como un producto de la actividad popular primitiva, como una exhibición de la acción independiente del pueblo”. Nos encontramos aquí con un Lenin obrerista, espontaneísta, antintelectual, que confía ciegamente en la conciencia revolucionaria espontánea de los obreros que están transitando una experiencia revolucionaria y, por consiguiente, propone un modelo de partido abierto, de masas.

Partido de vanguardia o partido de masas, partido de revolucionarios profesionales o partido de obreros de fábrica, partido conspirativo restringido o partido abierto legal. Las polémicas se han sucedido ininterrumpidamente. Por décadas han proliferado los aprendices de entomólogos buscando las citas de Lenin que fundamentaran una u otra concepción de partido. Pero las citas de Lenin, sacadas del contexto de las circunstancias concretas y de las tareas cambiantes, dan para todo.

Lo único cierto es que no hay una teoría leninista de la organización, salvo en el sentido más general de que la organización del partido debe corresponderse con el objetivo general de lucha contra el capitalismo, por la transformación social mediante la lucha de clases, y debe adecuarse a las condiciones cambiantes de la lucha.

Lo que ha trascendido, en cambio, como teoría leninista de la organización o como “centralismo democrático” es otra cosa. Es la concepción de partido monolítico, rígidamente jerarquizado y centralizado, que ha terminado de ser canonizado por la tradición stalinista.

En el bolchevismo no regía el centralismo democrático

El “centralismo democrático”, tal como lo conocemos hoy, es por completo ajeno a la tradición del bolchevismo. Cualquier aproximación a su historia indica que, incluso luego de la toma del poder, la corriente bolchevique, luego Partido Comunista (bolchevique), fue todo lo contrario de un partido monolítico.

En el bolchevismo cualquier militante del partido podía publicar bajo su firma en el órgano central partidario sus opiniones discrepantes con la dirección o con otros militantes sin ningún tipo de filtro o censura. Es decir que las polémicas eran públicas.

Cualquier organización del partido, regional, gremial, artística, o simple agrupamiento de amigos, podía publicar sus propios órganos de prensa sin pedirle permiso a nadie. La lucha de Lenin en el Qué Hacer no era contra la existencia de multitud de publicaciones locales en el partido obrero socialdemócrata, para que se las suprimiera, sino a favor de un órgano central que fuese la voz del conjunto del movimiento.

Finalmente, la existencia de corrientes internas formaba parte de la vida habitual del partido y no hubo conferencia o congreso donde esas corrientes no se organizaran y expresaran libremente. La famosa anécdota de la “infidencia” de Kamenev y Zinoviev previa a la insurrección de octubre, demuestra cuál era la tradición democrática en el bolchevismo. El hecho es conocido. Cuando el Comité Central bolchevique, a principios de octubre de 1917, discute la preparación de la insurrección, Zinoviev y Kamenev votan en contra, quedando en minoría, y no encuentran nada mejor que hacer pública su posición, lo que lógicamente podía alertar al gobierno provisional para intentar abortar la acción. Lenin y Trotsky reprochan agriamente la actitud de los disidentes y se los conmina a guardar silencio, pero no son expulsados y continúan en la dirección del partido.

Cuando se habla de “unidad de acción” y de “disciplina” en el bolchevismo se debería tener en cuenta que frente a la decisión más dramática y comprometida que puede tomar un partido revolucionario, como es la decisión de tomar el poder, el bolchevismo no fue monolítico y pecó de democratismo. Quienes faltaron a la disciplina en esa ocasión no eran recién llegados, se trataba de dos de los cuadros más antiguos y fogueados del bolchevismo. La actitud de Kamenev y Zinoviev (errónea sin lugar a dudas) sólo puede explicarse si se la inscribe en una tradición de lucha abierta de ideas, de “absoluta libertad en la discusión”.

Es lo que, por ejemplo, había ocurrido unos meses antes, a continuación de la revolución de febrero, luego del arribo de Lenin, cuando éste polemiza abierta y públicamente contra la posición de la mayoría de la dirección bolchevique, de apoyo crítico al gobierno provisional burgués (artítulos, discursos públicos, y tesis previas a la Conferencia de Abril de 1917). Los defensores del mito del partido monolítico, conscientemente o no, han tergiversado el concepto de unidad de acción por el de unidad de opinión.

Es esta tradición de lucha de ideas, pública y abierta, del bolchevismo, la que comienza a perderse a partir de que el partido bolchevique se transforma en un partido de Estado y se enfrenta a las dramáticas contingencias de la guerra civil y del aislamiento internacional, por la derrota de la revolución obrera en Europa.

El partido único

La revolución rusa, primera revolución obrera triunfante, fue tempranamente acosada por la reacción interior y exterior, que desarrolló una salvaje guerra para aplastarla. En las condiciones de la guerra civil, la oposición de mencheviques y socialistas revolucionarios de derecha a la mayoría bolchevique en los soviets tendía, a cada paso, a transformarse en una oposición armada. “En abril de 1918 comenzó la intervención extranjera con el desembarco de los japoneses en Vladivostok, lo cual supuso una esperanza para todos los elementos que en Rusia misma estaban en contra del régimen. En la primavera y el verano de 1918 Moscú se convirtió en un foco en que tramaron sus diversos y a veces conjuntos complots e intrigas contra el gobierno soviético los agentes aliados y alemanes, los grupos fragmentarios de la derecha y del centro, y los partidos de la izquierda supervivientes”.

Envalentonados por la perspectiva de la intervención aliada, los eseristas de la derecha, en su conferencia de partido celebrada en Moscú, en mayo de 1918, defendieron abiertamente una política destinada a “derrocar la dictadura bolchevique y establecer un gobierno basado en el sufragio universal y dispuesto a aceptar la ayuda aliada en la guerra contra Alemania”.

La respuesta bolchevique fue el decreto del 14 de junio de 1918 del Comité Ejecutivo del Congreso de los Soviets, mediante el cual se excluía a eseristas de derecha y a mencheviques por su asociación con “notorios contrarrevolucionarios” que “tratan de organizar ataques armados contra los obreros y los campesinos”.

Los eseristas de izquierda, que habían abandonado el gobierno de comisarios del pueblo por su oposición al Tratado de Brest-Litovsk, al que consideraban una traición, seguían integrando los soviets, pero por poco tiempo. Cuando el 4 de julio de 1918 se reúne el V Congreso de Soviets de toda Rusia, los bolcheviques cuentan con 745 delegados y los eseristas de izquierda con 352, pero las relaciones entre ambos partidos eran extremadamente tensas porque los eseristas, educados en una vieja tradición de acción directa y terrorismo, no renunciaban al empleo de estos métodos para sabotear el acuerdo con los alemanes. Así, el 6 de julio dos eseristas (SR) de izquierda asesinan al embajador alemán Mirbach, con la esperanza de forzar la ruptura. La mayor parte de los delegados eseristas al V Congreso son detenidos, incluyendo a la legendaria revolucionaria María Spiridónova, quien admitió que los asesinos habían seguido sus instrucciones. Ante los hechos, el V Congreso termina excluyendo de los soviets también a los eseristas de izquierda, estableciéndose un régimen soviético unipartidista. Los eseristas se lanzan a la acción directa contra los bolcheviques, asesinando al dirigente Uritski en Pretrogrado, y atentando contra Lenin en Moscú, que es gravemente herido. Y todo esto tiene lugar a mediados de 1918, en los comienzos de la guerra civil que se extenderá hasta fines de 1920.

Repasamos los acontecimientos para remarcar que la constitución de una dictadura unipartidista respondió a la lógica de los hechos desatada por una brutal intervención imperialista que alentó a la insurrección armada y a la guerra civil por el derrocamiento del gobierno de los soviets. Los bolcheviques se vieron obligados a establecer una férrea dictadura, suprimiendo a todos los partidos de oposición y, en consecuencia, todas la libertades públicas de reunión y asociación, porque necesitaron asegurar su retaguardia en la guerra civil.

“Exigir de Lenin y sus compañeros, en semejantes circunstancias, que sepan crear como por arte de magia la mejor de las democracias… sería pretender de ellos algo sobrehumano… el riesgo comienza cuando, haciendo de la necesidad virtud, plasman en la teoría, la táctica a la que se vieron empujados por estas dramáticas circunstancias y pretenden recetarla como modelo a emular por el proletariado, como paradigma de táctica socialista”.

En forma clarividente Rosa Luxemburgo planteaba, a fines de 1918, los riesgos enormes que representaba para la revolución la supresión de la vida política: “Con la supresión de la vida política en todo el país, los mismos soviets no podrán evitar sufrir una parálisis cada vez más extendida. Sin elecciones generales, sin libertad de prensa y de reunión irrestrictas, sin el libre enfrentamiento de opiniones, y en toda institución pública, la vida se agota, se vuelve aparente, y lo único que permanece activo es la burocracia”.

El triunfo en la guerra civil y contra la intervención militar de las principales potencias del mundo fue una verdadera proeza. Los bolcheviques lograron de la nada poner en pie, y equipar, un ejército de un millón de hombres que llegó a intervenir simultáneamente hasta en 14 frentes de batalla. Fue la época del “comunismo de guerra” donde todos los recursos de la sociedad se pusieron al servicio de las necesidades del frente, implantándose una férrea dictadura. Se estableció la leva forzosa, tanto para el ejército como para los grupos de trabajo en la retaguardia.

Tiende a olvidarse, no obstante, que esta férrea dictadura bolchevique se apoyó en la adhesión de la inmensa mayoría de la población pobre de la ciudad y del campo, así como que el duro aislamiento internacional se veía compensado por la intensa agitación en el extranjero de las acrecidas agrupaciones socialistas internacionalistas (luego comunistas) en defensa de la revolución rusa. Agitación que no excluía el sabotaje y la acción directa contra los aprestos bélicos de las potencias imperialistas. E. H. Carr brinda datos indiscutibles del papel de la agitación bolchevique para paralizar y desmoralizar al ejército alemán, que representó por muchos meses el principal peligro para la revolución.

El triunfo revolucionario en la guerra civil (1918-1920) superó incluso las expectativas de los mismos bolcheviques. El propio Lenin expresaba en 1918: “Si nuestra revolución se quedase sola, si no existiese un movimiento revolucionario en otros países, no existirá ninguna esperanza de que llegue a alcanzar el triunfo final. Si el partido bolchevique se ha hecho cargo de todo, lo ha hecho convencido de que la revolución madura en todos los países… Nuestra salvación de todas estas dificultades está en la revolución europea”.

Posteriormente, y refiriéndose a Trotsky y a la extraordinaria y exitosa movilización política y militar del Ejército Rojo, Lenin expresará eufórico: “¡Tenemos a ese hombre! ¡Los bolcheviques podremos hacerlo todo!” Pero nadie puede hacerlo todo, ni siquiera dirigentes de la talla de los bolcheviques. El peligro de hacer de la necesidad virtud estaba latente.

El partido monolítico

El II Congreso de la Internacional Comunista reunido en 1920 aprueba las famosas “21 condiciones de ingreso a la Internacional Comunista”. Con ellas se estructura a la internacional como una organización casi militar basada en la expectativa de que los partidos comunistas se enfrentarían en forma inmediata al asalto al poder. Se imponía entonces la depuración de todos lo elementos dudosos o vacilantes que pudiesen hacer peligrar el triunfo en la batalla final. La grave crisis que asolaba a todas las potencias imperialistas afirmaba esta perspectiva.

Pero los jóvenes partidos comunistas no contaban ni por asomo con líderes con la formación o la experiencia de los bolcheviques. La inmensa mayoría de los dirigentes más experimentados de la socialdemocracia habían traicionado. Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht habían sido asesinados.

El resultado inevitable fue que comenzó a desarrollarse un culto apasionado e incondicional a la disciplina. El joven partido comunista uruguayo, por ejemplo, interpretaba de esta manera su aceptación de las 21 Condiciones: “Las directivas de los Comités Centrales son órdenes… y esas órdenes no se discuten, se acatan. Cuando la Internacional Comunista señala a nuestro partido una directiva, ésta la acata sin discutir, cuando el Comité Central de nuestro partido señala una directiva a un centro… éste debe acatarla lo mismo”. No es infundado presumir que podríamos encontrar expresiones similares en el resto de los jóvenes partidos comunistas de ese momento.

Cuando en el III Congreso de la Internacional Comunista se atenúa la perspectiva de la próxima revolución mundial, Trotsky expresaba que tal vez, a diferencia del congreso anterior, “ya no cabía esperarla para los próximos meses sino para los próximos años”. Lenin y Trotsky hacen hincapié en ese congreso en la necesaria etapa de preparación para la toma del poder a través de una sistemática y paciente actividad para conquistar a la mayoría del proletariado y de las masas pobres. Se ponen de relieve, por lo tanto, todos los problemas de la táctica y de la estrategia revolucionaria con tesis, resoluciones y criterios que conservan un indudable valor. No se modifican, en cambio, los criterios organizativos a pesar de que Lenin había expresado disconformidad con la redacción de las 21 condiciones por considerarlas “demasiado rusas”.

Pero el propio Lenin un año antes había alertado a los que pudiesen querer copiar, irreflexivamente a los bolcheviques: “¿Cómo se mantiene la disciplina del partido revolucionario del proletariado?, ¿cómo se comprueba?, ¿cómo se refuerza? Primero, por la conciencia de la vanguardia proletaria y por su fidelidad a la revolución, por su firmeza, por su espíritu de sacrificio, por su heroísmo. Segundo, por su capacidad de ligarse, de acercarse y, hasta cierto punto, si queréis, de fundirse con las más amplias masas proletarias, pero también con las masas trabajadoras no proletarias. Tercero, por el acierto de la dirección política que ejerce esta vanguardia, por el acierto de su estrategia y de su táctica políticas, a condición de que las masas más extensas se convenzan de ello por experiencia propia. Sin estas condiciones es imposible la disciplina en un partido revolucionario… Sin estas condiciones los intentos de implantar una disciplina se convierten, de manera ineluctable, en una ficción, en una frase, en gestos grotescos. Pero, por otra parte, estas condiciones no pueden brotar de golpe. Se forman únicamente a través de una labor prolongada, de una dura experiencia; su formación se ve facilitada por una acertada teoría revolucionaria, la cual a su vez no es un dogma sino que sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario”.

Aparte de las famosas 21 Condiciones, que fueran correctamente calificadas por Claudín como “un modelo de sectarismo y de método burocrático en la historia del movimiento obrero”, el otro factor que contribuyó a consagrar la teoría del partido monolítico fue la propia evolución interna de Rusia y la prolongación y acentuamiento de su aislamiento internacional.

Terminada la guerra civil exitosamente, los bolcheviques se enfrentarán a dificultades y desafíos aún mayores: la reconstrucción de la economía devastada, en una situación de hambre y miseria que amenazaba liquidar la revolución. Aún en esas condiciones, y aflojadas las tensiones de la guerra civil, se desarrolla dentro del partido una aguda y abierta lucha interna entre tres fracciones. La llamada “oposición obrera”, encabezada por Alejandro Shliapnikov y Alejandra Kollontai, proponía transferir el control de la industria y de la producción estatal a los sindicatos, elecciones directas a todos los puestos del partido y, en general, abogaba por una mayor autonomía de las organizaciones de base en contra de la excesiva centralización del Estado. La posición diametralmente opuesta estaba representada por Trotsky y Bujarin, quienes sostenían una franca subordinación de los sindicatos al Estado. Lenin defendía una posición intermedia, si bien criticaba a la “oposición obrera”, a la que caracterizaba como una tendencia sindicalista y anarquista, defendía la independencia de los sindicatos respecto al estado obrero porque señalaba que ese trataba de un estado obrero “con deformaciones burocráticas”, cuyos eventuales abusos podían y debían ser enfrentados por los sindicatos.

A pesar de las dificultades y amenazas, hay que remarcar el clima de absoluta libertad en que se procesó esta discusión, abierta y pública. “Durante todo el mes de enero de 1921 Pravda publicó día tras día artículos polémicos en los que los principales dirigentes del partido aireaban opiniones diametralmente opuestas. El partido publicó dos números de una Hoja de Discusión especial, con el objeto de suministrar un lugar adecuado para un intercambio de impresiones más detallado”.

Lenin ratificó la regla del partido aceptada hasta entonces aunque fustigando con sorna a la “oposición obrera”: “Se puede permitir que nos reunamos en grupos diferentes (especialmente antes de un congreso) y también solicitar votos, pero hay que hacerlo dentro los límites del comunismo (y no del sindicalismo), y de tal modo que no incite a la risa”.

Pero antes de que se reuniese el X Congreso del partido tuvo lugar la insurrección de Kronstadt que se constituyó en la amenaza interna más seria para el régimen desde octubre de 1917. El sentimiento de lo grave y precario de la situación invadió al congreso y empujó a todos los sectores a estrechar filas. En su breve discurso de apertura del congreso Lenin expresaba este sentimiento general:

“Hemos vivido un año extraordinario, nos hemos permitido el lujo de discusiones y disputas en el seno de nuestro partido. Este lujo era realmente asombroso en un partido rodeado por los enemigos más fuertes y más poderosos… en un partido que soporta sobre sus hombros una carga inaudita. No sé cómo estimaréis esto ahora. ¿Está este lujo ahora, según vuestro parecer, plenamente de acuerdo con nuestros recursos materiales y morales?”

Se llegó así a la resolución de prohibición de las fracciones: “El Congreso decreta la inmediata disolución de todos los grupos sin excepción que se formasen con éste o aquel programa… El no acatamiento de esta decisión del Congreso motivará la exclusión incondicional e inmediata del partido”.

Se agregó por parte del Congreso una cláusula secreta conocida como “punto 7” en que se daban plenos poderes al Comité Central para excluir a cualquier miembro del partido y hasta del propio Comité Central (con dos tercios de los votos) “por cualquier brecha producida en la disciplina por resurgimiento o tolerancia del fraccionalismo”. Según E. H. Carr la decisión de conservar en secreto esta amenaza evidenciaba la repugnancia con que el Congreso la adoptaba, convencido de que se trataba un mal necesario pero transitorio, para capear las dificultades de la situación.

La trampa del monolitismo

La resolución del X Congreso del partido bolchevique tuvo funestas consecuencias. El proceso de burocratización del estado, y del partido de estado, que Lenin reconociera como una amenaza en sus últimos trabajos fue claramente promocionado al terminar de silenciar la crítica pública a las acciones del partido gobernante. Hay que tener en cuenta que la plena libertad de organizar grupos y tendencias es una consecuencia inherente a la libre publicidad de las opiniones divergentes. Si una opinión crítica se hace pública se está invitando implícitamente a que quienes por ese medio la conozcan, también la compartan, y en consecuencia se agrupen y militen por esa posición, proponiendo los cambios de rumbo pertinentes. Aunque la resolución del X Congreso no prohibiera la publicidad de posiciones divergentes, la dirección burocrática encabezada por Stalin, con toda lógica, fue instrumentando el silenciamiento del debate interno reprimiendo cualquier opinión crítica con el sonsonete de “fraccionalismo”.

La resolución del X Congreso fue un craso error de Lenin y de los dirigentes bolcheviques y constituye una completa tontería seguirla reivindicando como una medida “transitoria” obligada por la situación. La plena libertad de discusión política no es un lujo para tiempos de bonanza sino la condición en que se fundamenta la unidad de acción. Esto lo sabe cualquier militante que haya estado al frente de una huelga difícil. La primera condición para el triunfo no es la virulencia de la represión contra los carneros, sino la posibilidad de que quienes estén en contra o vacilen puedan expresar libremente sus opiniones en la Asamblea dando oportunidad de debatir con ellos al sector combativo. Esta libre discusión es siempre la única posibilidad que tenemos para fortalecer la perspectiva del combate. La convicción y el heroísmo no se conquistan por decreto.

Para decirlo con palabras de Rosa Luxemburgo: “La misión histórica del proletariado, una vez en el poder, es crear una democracia socialista en lugar de una democracia burguesa, y no eliminar toda democracia. Pero la democracia socialista no empieza sólo en la tierra prometida, una vez establecidas las infraestructuras de la economía socialista, como obsequio de Navidad al heroico pueblo que en ese período sostuvo con fidelidad a un puñado de dictadores socialistas. La democracia socialista comienza con la destrucción del dominio de clase… en el mismo instante de la toma del poder”.

Es notable la ceguera de Lenin para no relacionar los problemas de la burocratización del Estado, de los que era consciente, con el régimen de partido que propuso en 1921. Si había que defender la independencia de los sindicatos con respecto al estado obrero con deformaciones burocráticas, ¿cómo no defender la plena libertad de discusión en el seno del partido único que controlaba ese estado y casi se había fusionado con él, contra esas mismas deformaciones?

La misma ceguera se puede encontrar en sus últimos trabajos dirigidos abiertamente contra la burocracia. Así, en sus propuestas para organizar la Inspección Obrera y Campesina, contra los abusos y los robos de la burocracia a todos los niveles del aparato del Estado, Lenin propugnaría mayores medidas de control y sanciones draconianas llevadas adelante por los inspectores centralizados desde arriba, desde el aparato. La ironía de la historia querrá que esta función recayera sobre… Stalin.

Las propias posiciones de la “oposición obrera” no eran más que una respuesta contra los excesos del centralismo y la burocratización incipiente del partido y del Estado. Esa burocratización del partido se podía medir en el creciente poder del Secretariado del Comité Central. Había comenzado a funcionar en mayo de 1919 con 30 empleados y en el momento del noveno congreso del partido, en marzo de 1920, tenía ya 150; un año después, en vísperas del décimo congreso el número se había elevado a 602 empleados, más un destacamento militar de 140 hombres que actuaban como guardias y mensajeros.

Este inmenso poder acumulado por el Secretariado del Comité Central prosigue a toda marcha apoyado en las resoluciones del X Congreso. Recién en marzo de 1923 Lenin comprende el verdadero peligro que se cernía sobre el partido y propone a Trotsky el famoso pacto contra Stalin. Inmediatamente después pierde el habla y su enfermedad lo conduce a una lenta agonía hasta la muerte, 9 meses después.

Pero ni Lenin ni Trotsky en ese momento, que acuerdan en la necesidad de desplazar a Stalin, retroceden en relación a las fatídicas resoluciones del X Congreso, ni se plantean la reinstalación de la plena democracia en el partido. Meses más tarde en la famosa “carta de los 46” (23 de octubre de 1923) firmada por un número significativo de los principales líderes históricos del bolchevismo, se hace una exacta descripción de la vida interna del partido luego del X Congreso: “Es algo conocido por todos los miembros del Partido: los miembros que no aprueben tal o cual decisión del Comité Central o incluso de un Comité de Provincia, que tengan tal o cual problema de conciencia, que se den cuenta en privado de tal o cual error, irregularidad o desorden, tienen miedo de decirlo en las reuniones del Partido, e incluso temen contarlo en conversaciones privadas, a menos que tengan confianza total en la discreción de sus interlocutores; en el interior del Partido ha desaparecido prácticamente la libre discusión, se ha ahogado la opinión pública del Partido”.

Sin embargo “los 46” no propondrán que se revean las decisiones del X Congreso sino… ¡que se cumplan!, llamando a que Stalin disuelva su propia fracción: “La causa de esta situación se debe a que se ha perpetuado el régimen de dictadura de una fracción en el interior del Partido, fracción constituida después del X Congreso… Si esta situación no cambia radicalmente en un futuro inmediato, la crisis económica de la Rusia Soviética y la crisis de la fracción dictatorial en el Partido dañarán seriamente a la dictadura del proletariado en Rusia y en el Partido Comunista Ruso”. Trotsky y “los 46” siguen presos mentalmente en la idea del “partido monolítico” consagrado por las resoluciones del X Congreso. Hay una mezcla de ingenuidad e impotencia en sus planteos. Es cierto que Stalin, junto a Zinoviev y Kamenev habían constituido una fracción para controlar el Secretariado y el Comité Central, pero no se quería reconocer (¿no se podía?) que la situación era una consecuencia directa de las resoluciones prohibiendo las agrupaciones y el libre debate público de las divergencias, contraria a toda la tradición anterior del bolchevismo.

Trotsky, que no había firmado la “carta de los 46”, es sin embargo, el principal de los acusados en la reunión conjunta del Comité Central y la Comisión Central de Control del 25 al 27 de octubre de 1923 y su respuesta también es una patética defensa de la disciplina autoritaria implantada en el X Congreso, errónea posición que lógicamente no lo salvará de ser defenestrado.

Se hizo de la necesidad virtud

En el camino que condujo primero a la implantación del gobierno unipartidista y luego a la restricción de la democracia interna con la adopción del “partido monolítico” no hay ninguna teoría en particular sino un conjunto de circunstancias adversas derivadas del aislamiento de la revolución. En el balance crítico de las resoluciones adoptadas hay que destacar a las “21 Condiciones de Ingreso a la Internacional Comunista” y a las resoluciones del X Congreso del Partido Comunista Ruso (bolchevique), como dos gruesos errores, que contribuyeron a la degeneración del partido bolchevique y de la Tercera Internacional.

Posteriormente tanto la concepción del “partido único” como del “partido monolítico” pasaron a ser canonizadas a nivel de la teoría por el estalinismo. Lukács, entre muchos otros, sumó todo su prestigio como teórico a esta verdadera impostura, que quedó consagrada como “teoría leninista de la organización” o simplemente como el mito del “centralismo democrático”.

En los partidos comunistas de tradición estalinista, el centralismo democrático ha sido elevado a la categoría de dogma inconmovible, por encima de todas las otras cuestiones teóricas que hacen a la estrategia y a la táctica políticas. Así, un partido comunista pudo haber adoptado las líneas más escandalosamente contrapuestas a lo largo de su historia, pero lo que siempre perdura, contra viento y marea, es el “centralismo democrático” elevado a la categoría de mito; al punto que para muchas generaciones de militantes comunistas, desconcertados ante los espectaculares vuelcos de la línea partidaria, el “centralismo democrático” es la verdadera y única marca de la identidad comunista.

Leemos por ejemplo en el órgano del Partido Comunista Uruguayo (Carta Popular, 9/8/96): “El Comité Central del PCU en su primera sesión posterior al Congreso, reafirmó el principio del centralismo democrático… componente fundamental del Partido de nuevo tipo… herramienta fundamental, que aplicada no por imposición sino por aceptación consciente, es una muralla ofensiva insustituible contra todo intento de penetración enemiga”.

Los distintos criterios de organización que Lenin defendió, desde los orígenes del bolchevismo hasta la toma del poder, buscaron siempre la activa participación de las masas en la vida del partido. Contra el modelo centralizado y cupular burgués donde sólo hablan y deciden los jefes y una masa pasiva acata y vota, Lenin y los bolcheviques propugnaban un partido militante donde la opinión y la acción de los trabajadores pudiese expresarse libremente, influir y decidir. La metáfora de la muralla contra todo intento de penetración enemiga no es más que un resabio de las medidas coercitivas que los bolcheviques se vieron empujados a tomar, en el acierto y en el error, frente a un asedio real a la revolución por las principales potencias imperialistas del planeta. Este cerco imperialista es transfigurado, en cambio, en su reproducción mítica, como un peligro permanente de penetración… de las ideas enemigas. Cualquier discrepancia aparece entonces como sospechosa, como potencialmente peligrosa para la unidad “monolítica” del partido.

No se concibe que la vida del partido es necesariamente la confrontación permanente de opiniones, la lucha política, impensable sin la libre publicidad y la libre circulación de las ideas.

Décadas de prédica estalinista contra el fraccionalismo han hecho olvidar la verdadera exaltación que hacía Lenin de la lucha fraccional en la socialdemocracia rusa, como parte esencial de la historia del bolchevismo: “Las eminencias estúpidas y las viejas comadres de la II Internacional, que fruncían el seño con desdén y soberbia ante la abundancia de ‘fracciones’ en el socialismo ruso y ante la encarnizada lucha de éstas entre sí, fueron incapaces, cuando la guerra suprimió en todos los países adelantados la cacareada legalidad, de organizar, aunque no fuera más que aproximadamente, un intercambio libre (ilegal) de ideas y una elaboración libre (ilegal) de concepciones justas, semejantes a los que organizaron los revolucionarios rusos en Suiza y otros países”.

El partido monolítico y el trotskismo

Aunque el mito del centralismo democrático afectó en su forma más esclerosada y aberrante a los partidos de la tradición estalinista, toda la izquierda defensora de la Revolución Rusa se vio comprometida, toda vez que el mito se originó en resoluciones impulsadas por los principales dirigentes de la revolución.

En el caso de Trotsky vemos que éste estructura su movimiento, Oposición Internacional de Izquierda, primero, IV Internacional, después, con los criterios ultracentralistas de la III Internacional, del que fue uno de los principales animadores y redactor directo de muchas de sus principales tesis y resoluciones.

Acosado por la persecución más despiadada, tanto del fascismo como del estalinismo, el movimiento trotskista tuvo su más importante oportunidad de enraizarse con un movimiento revolucionario de masas durante el desarrollo de la revolución española (1931-1937). Sin embargo esta posibilidad se frustró por la persistencia de la concepción monolitista del partido internacional.

Ante el surgimiento de diferencias tácticas entre la Izquierda Comunista española liderada por Andrés Nin y Juan Andrade, y el Comité Ejecutivo Internacional de la Oposición de Izquierda dirigido por Trotsky, se va a la ruptura.

Es verdaderamente revelador que ni Trotsky ni Nin, formados en la tradición de la Internacional Comunista, fuesen capaces de comprender que una Internacional revolucionaria sólo puede basarse en la colaboración de las distintas corrientes y organizaciones nacionales, respetando sus idiosincrasias y su autonomía, que inevitablemente tienen sus raíces en la historia y en las tradiciones diferentes, y hasta en las herencias culturales específicas, en cada uno de los países.

Nin y Andrade no están de acuerdo con la directiva internacional de Trotsky de realizar la táctica del entrismo en el Partido Socialista y se orientan en cambio a constituir una organización independiente, el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) en acuerdo con la corriente antiestalinista en Maurín. Imposibilitados de acatar las directivas de Trotsky por considerarlas equivocadas, pero fieles al dogma de la Internacional centralizada y disciplinada, no se les ocurre postular y exigir para la Oposición de Izquierda el respeto a las decisiones autónomas de la sección española; consideran en cambio inevitable la ruptura momentánea con Trotsky al que siguen considerando su maestro.

Trotsky, a su turno, considerará la actitud de los trotskistas españoles como una traición y lanzará contra el POUM las más duras diatribas.

La ruptura condenó a Trotsky al papel de mero comentarista ante la revolución española y contribuyó al aislamiento internacional del POUM, facilitando su posterior destrucción física por la represión estalinista.

Sin que los protagonistas tuviesen conciencia de ello, por encima de este trágico desencuentro planeaba la sombra de las 21 condiciones y el mito del “partido monolítico”.

Luego del asesinato de Trotsky, la trayectoria del movimiento trotskista fue la historia de las permanentes rupturas e intrigas detrás del objetivo irrealizable de la “reconstrucción de la IV Internacional basada en el centralismo democrático”, esto es, basada en el acatamiento disciplinado a una dirección internacional.

En las últimas décadas el dirigente trotskista Pierre Lambert acuñó el novedoso concepto de “nacional troskismo”, usado como ariete para atacar a cualquier corriente que pretendiese construir un partido pensando con su propia cabeza, y se negara a aceptar sus directivas.

El concepto fue rápidamente adoptado por otros dirigentes troskistas (como el argentino Nahuel Moreno) que se sentían candidatos a dirigir su propia internacional. En ocasiones, esta manía dirigista llegó a tener connotaciones risibles, influyendo en las más locas ideas sobre el tema del cual era el país por dónde pasaba el eje de la lucha de clases mundial.

Así, para los seguidores de Moreno era Argentina, para el boliviano Guillermo Lora era Bolivia, o para el francés Lambert era Francia o Europa.

Más allá de las debilidades teóricas y políticas, hasta cierto punto inevitables, de todas las corrientes troskistas, la relativa fortaleza en su momento del llamado Secretariado Unificado de la IV Internacional, orientado por Ernest Mandel, tuvo que ver probablemente con la renuncia, tal vez en forma empírica, a establecer una disciplina estricta en sus filas, adoptando una relación laxa entre las diversas corrientes nacionales.

Conclusión

Cuando se están por cumplir los 80 años del triunfo de la revolución de octubre, la primera condición para rendirle un homenaje militante debería ser rescatar a sus líderes históricos, a Lenin, Trotsky y los bolcheviques, del Olimpo mítico al que se vieron desterrados durante tanto tiempo. Despojados de la estereotipada máscara de dioses, tal vez resurjan con mucha mayor nitidez su verdadero rostro humano, sus aciertos y sus errores, sus grandezas y sus debilidades. Reivindicarlos implica necesariamente discutir con ellos a la luz de toda la experiencia histórica posterior.

Como cualquier ser humano, los bolcheviques también estuvieron condicionados por su época y por su propia experiencia, necesariamente limitada, por más rica que haya sido. La enorme proeza histórica que significó la defensa de la revolución a lo largo de varios años de dificultades inauditas alimentó una proverbial confianza en sí mismos, en sus propias fuerzas y en el partido que habían forjado a lo largo de dos décadas de experiencias excepcionales.

Que ese partido y esa Internacional pudiesen llegar a convertirse en instrumentos de la reacción burocrática primero y de la restauración capitalista después, no pudo entrar en sus previsiones y en su razonamiento en algunos momentos claves que hemos recordado. Cumplieron exitosamente su misión y a nadie se le puede exigir más, so pena de creer en la infalibilidad.

Para poder cumplir nosotros con la nuestra, en las actuales condiciones del capitalismo, es necesario separar la paja del trigo. Hay que rescatar al bolchevismo en lo que realmente fue, la expresión más descollante y la culminación de toda la tradición democrática revolucionaria del proletariado europeo del siglo XIX.

Seguir reivindicando la “teoría” del partido único y del partido monolítico a la luz del destino de la URSS es cerrar los ojos deliberadamente. No sólo es una impostura, también un anacronismo. Para cualquiera que quiera ver, 60 años de partido único y monolítico en la URSS no sólo no fueron una muralla contra el enemigo, sino que fueron la condición para que la burocracia de los Yeltsin, Gaidar y compañía pudiesen apostar a la restauración capitalista para asegurar sus privilegios.

Partido único y partido monolítico son dos caras de la misma moneda: Isaac Deutscher lo definió con precisión: “El sistema unipartidista representaba una contradicción esencial: el partido único no podía seguir siendo un partido en el sentido aceptado. Su vida estaba destinada a reducirse y marchitarse. Del ‘centralismo democrático’, el principio básico de la organización bolchevique, sólo sobrevivió el centralismo. El Partido mantuvo su disciplina, no su libertad democrática. No podía ser de otra manera. Si los bolcheviques se empeñaban ahora libremente en controversias, si sus dirigentes ventilaban sus diferencias en público, y si los militantes de base criticaban a los dirigentes y a su política, tales cosas serían un ejemplo para los no bolcheviques y no podía esperarse entonces que éstos se abstuvieran de discutir y criticar. Si se permitía que los miembros del partido gobernante formaran fracciones y grupos para defender opiniones específicas dentro del Partido, ¿cómo podría prohibírsele a la gente fuera del Partido que formara sus propias asociaciones y formulara sus propios programas políticos? Ninguna sociedad política puede ser muda en nueve décimas partes y hablante en la otra décima. Después de imponerle el silencio a la Rusia no bolchevique, el partido de Lenin tuvo que acabar por imponérselo a sí mismo”.

La “teoría” del partido único y su contracara del partido monolítico, tienen su origen en las circunstancias que los bolcheviques se vieron obligados a confrontar y en los errores que cometieron. La reacción burocrática encabezada por Stalin la convirtió en un dogma fundamental para asegurar su dominio y sus privilegios, contra la crítica y la movilización democrática de los trabajadores.

En el momento actual, cuando la reconstrucción de la izquierda como movimiento teórico y práctico, exige como condición insoslayable la discusión democrática más amplia, rigurosa y fraternal, entre las distintas corrientes que se reclaman de la tradición de lucha del marxismo y del movimiento de los explotados, el mito del centralismo democrático aparece como una muralla, no contra el capitalismo, sino contra el rearme teórico y político necesario para combatirlo.

 

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