X

Buscar en Contrahegemonía web

X

Mantengámonos en contacto

[email protected]

Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

El mito del litio y el modelo de desarrollo

23 Oct,2015

''

Los conquistadores peninsulares perdían el sueño por encontrar “El Dorado”, la ciudad repleta de oro que les garantizaría poder y riqueza. El litio -elemento químico clave de las baterías contemporáneas- despierta una fiebre semejante, no por nada se lo llamó el “oro blanco”. El presente escrito dedica especial atención a algunos “mitos” que se han gestado alrededor del proceso extractivo primario del recurso y ofrece una serie apreciaciones para contribuir a señalar, según nuestro punto de vista, dónde reside la centralidad de la “cuestión litio”. En una primera parte, problematizamos algunos imaginarios que giran en torno a la actividad; luego de ella articulamos la relación que existe entre el litio y una dimensión plural de la soberanía. En términos genéricos, creemos que el problema consiste en analizar de modo riguroso en qué consiste verdaderamente la riqueza del litio para poder pensar en un modelo de desarrollo renovado[1]. Así, esperamos contribuir a las múltiples políticas que se gestan en torno al recurso.

Imagen: Salinas Grandes (Jujuy, Argentina)

Antes de ello, resulta necesario realizar una apreciación sobre la naturaleza de este “debate” propiciado por la respuesta del Lic. Federico Nacif[2] a nuestra breve nota de opinión acerca de la “ley litio” impulsada por los diputados Carlos Heller y Juan Junio. Al respecto, debemos mencionar que el “debate” esta viciado de antemano, básicamente porque nunca subscribimos a la idea central que el sociólogo Nacif quiere hacernos decir. En este sentido, hay un punto que debemos aclarar de manera firme: en ninguno de nuestros escritos “rechazamos” la intervención del Estado, las provincias y las comunidades andinas en la gestión y explotación primaria del litio. Tampoco en la nota de opinión a la que alude Nacif, donde afirmamos: “Obviamente, todo lo que implique una mayor presencia del estado nacional o de los estados provinciales en la apropiación de la renta minera del litio es elogiable”. De manera evidente, el autor tergiversa lo dicho. Conducido así, antes que potenciar las sinergias colaborativas -aun con posibles acercamientos disímiles-, se sume en un imaginario polar, poco apropiado para con los múltiples interrogantes que suscita un objeto tan reciente y sin consolidar como es el litio.

 

I. El doradismo invertido

Para catalogar a un recurso natural de estratégico hemos procurado diseñar un concepto complejo. En lo que atañe a su disponibilidad, debe cumplir una serie de condiciones necesarias: a) ser escaso, b) estar distribuido desigualmente, c) ser insustituible[3]. El caso paradigmático es el de las “tierras raras”, imprescindibles en la tecnología de punta, de cantidades módicas y controladas casi en un 100% por China. A contramano, el litio no es escaso, se esparce de un modo muy generoso, es el 27° mineral más abundante del planeta y se encuentra adosado a otros 150 minerales. Hay litio en el mar -230 millones de toneladas en océanos frente a 14 millones en tierra-, es decir, el 70 por ciento de todo el planeta contiene litio (hay litio hasta en la sangre). Sin embargo, más allá de que no sea escaso, habría la posibilidad de que esté concentrado en un puñado de países, que entonces podrían controlarlo. Lamentablemente para nuestro país, no es así. El litio está distribuido desigualmente (hay en Brasil, China, Rusia, EEUU -el doble que en la Argentina-, Australia, entre muchos otros), de modo que los países y bloques regionales dominantes poseen reservas, e incluso Corea ya experimenta extraerlo del mar. Cada país con costa marítima tiene acceso a reservas de litio, por lo cual es uno de los minerales más “desigualmente distribuidos” del mundo. Obviamente, la Unión Europea presta atención al mercado del litio, pero si le otorga una importancia relativa al abastecimiento es porque hay litio en Austria, Francia, Portugal, España, Suecia, Irlanda y Serbia (solo este país posee más de un millón de toneladas, lo que garantiza la provisión). Más aún, aunque es un componente central, ni siquiera puede decirse que litio es imprescindible para las baterías: “Existen en las baterías sustitutos al compuesto litio (…) Ejemplos de ello son (…) [el] calcio, magnesio, mercurio y zinc como material de ánodo en pilas primarias”[4]. Hay minerales estratégicos en los acumuladores más difíciles de conseguir que el litio: cuando la Unión Europea midió la criticidad de los minerales, el litio poseía un riesgo de 0,7 y el cobalto de 1,1 en un registro ascendente que va de 0 a 5, y este último es tan necesario como el litio[5]. En definitiva, existe una mistificación en cuanto al nivel estratégico del litio, y su carácter en tanto tal es estructuralmente relativo[6].

Por otro lado, el litio es solo un “ingrediente” más de las baterías, que contienen una proporción muy pequeña del recurso, y no afecta su estructura de costos. En efecto, el lugar del litio dentro de una batería es pequeño -“en los componentes de una batería el costo del carbonato de litio es uno de los menores”[7]-, de aquí que a las grandes empresas que fabrican acumuladores les resulta intrascendente el precio que deban pagar por él, solo procuran asegurarse su aprovisionamiento. En paralelo, el valor real en una batería se encuentra en la posibilidad de realizar el pasaje de los insumos básicos a los compuestos químicos –de difícil ejecución en términos electro-químicos-, para luego confeccionar el corazón “físico” de la batería -tarea no carente de obstáculos-, y si se logra la batería debe tener, al menos, una calidad estándar para un mercado dispuesta a adquirirla. El valor central de una batería está, por tanto, en el conocimiento que permite confeccionarla, del mismo modo que enviar un satélite al espacio es básicamente un problema científico-técnico-industrial. Asimismo, la existencia de grandes productores de litio -China y Australia, por caso-, en conjunción con la distribución desigual del recurso, no permiten afirmar que estamos ante un oligopolio de mercado como sucede en el caso del petróleo. Muy a diferencia, el crudo está en la base de la industria energética que motoriza la economía mundial, supone un mercado de una profundidad inigualable, afecta a las principales bases industriales del mundo, modifica la estructura de costos de la economía entera, empuja la dinámica completa del tipo de desarrollo del capitalismo actual. Con el litio estamos en un universo radicalmente diferente, incomparable. Es una fantasía pensar que el elemento químico litio podría llegar a ser el “petróleo del siglo XXI”.

Te puede interesar

10 falacias del discurso prominero en Chubut

Seguidamente, las condiciones inherentes al recurso antes reseñadas imponen un límite a las ganancias excepcionales de la explotación de los salares. Ciertamente: “Si la tasa de consumo aumenta más rápido que la oferta, los precios podrían aumentar, y otros recursos de litio que habían sido considerados antieconómicos –afirma el Servicio Geológico de Estados Unidos- podrían llegar a ser rentables para la producción de carbonato de litio. Nuevas operaciones de mineral de litio en desarrollo en todo el mundo, que fueron diseñados específicamente para producir carbonato de litio grado batería e hidróxido de litio, demostrarán su viabilidad económica potencial”. En otras palabras, si el precio sube demasiado, se hacen rentables otras explotaciones del mineral que deprimen el precio, incluso incentiva a utilizar menos litio en los acumuladores o a buscar un reemplazo. Este límite estructural para el aprovechamiento económico del recurso podría igualmente habilitar ganancias significativas si el mercado de litio fuese de gran tamaño. Sin embargo, tal como expusimos en nuestro primer escrito, en los tres escenarios proyectados a futuro (conservador, tendencia base, optimista), el consumo de litio oscilará entre las 400 y las 600 mil toneladas para el año 2025, es decir, el doble o el triple de lo que se demanda hoy, lo cual representa un mercado menor. A su vez, la estrechez del mercado implica que cualquier nuevo oferente o demandante genera variaciones de precio, y así sucedió con la entrada de un solo productor –la empresa SQM en el año 1997-, que bajó la cotización del litio un 40 por ciento.

La “renta extraordinaria” que podría captar la Argentina, pese a lo ampuloso de la noción que puede llevar a confusión, no se traduce en que esa ganancia sea muy significativa, ya que el mercado es pequeño, y tampoco que no ganen todos los que participan del mercado. El mercado mundial hoy está liderado por Chile, que en verdad es quien se apropia de la renta diferencial, pero lo que obtiene el país trasandino es muy poco: el litio es uno de los cerca de 30 minerales que en conjunto representan el 1,4 de las divisas exportadas por la minería chilena[8]. Y a pesar de ello, tiende a forzar el precio a la baja para que no aparezcan nuevos competidores (y mencionemos aquí que la Comisión Técnica chilena en realidad promovió en el año 2015 un “carácter asociativo público-privado” de las explotaciones). Ciertamente, en un contexto de multiplicación de las extracciones, se han realizado diversas inversiones a lo largo del globo que llevaron a obtener litio de fuentes geotérmicas, por ejemplo, y Australia es el segundo exportador mundial sin poseer litio en salares, en gran medida porque la extracción de minerales sólidos es una técnica madura capaz de competir en el mercado. En los hechos, Argentina está por debajo de la rentabilidad media. Asimismo, la transacciones de litio actualmente se realizan entre partes privadas y no en mercados abiertos, lo cual dificulta incidir sobre el precio global, sin contar que las grandes firmas establecen complejas articulaciones cerradas en toda la cadena que no tienen nada que envidiarle a la industria automotriz (que además forma parte).

La ventaja relativa de los costos de extracción de los salares argentinos no es muy significativa. Si enfocamos en los dos gigantes globales, China posee los mismos costos y la misma cantidad de reservas en salmuera que la Argentina y Estados Unidos costos apenas un poco mayores en salmueras que nuestro país[9]. No olvidemos, además, que estamos hablando de las dos mayores potencias productivas de las próximas décadas y que, a su vez, para este mineral “el asunto a ser considerado no es su costo o la eficiencia de su producción, si no la seguridad del suministro”[10]. Por otra parte, en los costos relativos incide de manera determinante la posesión de las técnicas capaces de extraerlo. La introducción de una nueva técnica de extracción no solo cambia la viabilidad económica de quien la aplica, sino la dinámica de todo el mercado. Y no son modificaciones marginales. Hoy por hoy, si la coreana Posco puede extraer litio de los salares sin consumir agua y en 8 horas con una técnica electroquímica, en vez aguardar varios meses, entonces sus gastos serán mucho menores que los de cualquier otro. Ni hablar si lo logra extraer del mar -que ya lo está haciendo- a un costo razonable, en un abrir y cerrar de ojos garantizaría su mercado, y otros países estarían prestos a imitarla. El sector primario es el más vulnerable o endeble: si se modifica una técnica de extracción de litio haciendo variar los costos de producción o nunca se consolida la industria de las baterías, ya no habrá más que hacer. En suma, no deberíamos argumentar una política integral hacia el litio sobre la base de un esquema ricardiano decimonónico de las “ventajas comparativas” y la “división internacional del trabajo”, porque de ser así deberíamos concentrarnos solamente en exportar soja (esquema neoclásico que, vale recordar, está en la base del proceso de desindustrialización argentino que despunta en 1976). Si lo que mereciese especial atención fuese la “renta minera”, un impuesto bien colado ya podría apropiársela, como sucede parcialmente con las “retenciones” a la producción agrícola en nuestro país. El litio no es una inmutable “riqueza natural”.

Por último, la tenencia de litio tiende a despertar el imaginario de que la batería de ion-litio casi emerge naturalmente de él, como si fuese un proceso automático, lo que deriva en creer que la actividad primaria está encadenada indisolublemente a sus etapas superiores. La tecnología de las baterías está desvinculada de la extracción primaria (del mismo modo que no es necesario tener el control del cobre para hacer circuitos electrónicos complejos), por ello no se ve obligada a hacer “downstream”, únicamente debe contar con la reducida proporción de la materia prima que precisa. En otras palabras, son dos procesos técnicamente diferentes. Agreguemos que nuestro país no debería temer por su capacidad de suministro, solo con el 5% que le corresponde a la empresa jujeña Jemse de la explotación de un solo salar se pueden fabricas un millón de autos anuales -y también mencionemos que nunca sostuvimos que nuestro país “deba importarlo”-. En paralelo, para lograr realizar las baterías no es preciso utilizar el capital obtenido con el litio, son dos instancias económicas independientes. Si se obtiene de la minería de la plata es igual; si se obtiene con un impuesto a las ganancias cuantiosas de las empresas electrónicas de tierra del fuego -que gozan de un mercado cerrado-, es idéntico; si se obtiene con una porción mínima de el presupuesto amplísimo de YPF, es igual. Las fuentes de financiamiento de las baterías pueden ser múltiples (entre paréntesis, tampoco sucede que la extracción sea gratis, si suponemos que Bolivia invirtió 900 millones de dólares, y aún tiene fuertes problemas con la extracción y ni entró en producción, con ese capital se puede erigir más de 10 veces la plataforma industrial de la baterías). Recuperar la soberanía de los salares de litio no posee más importancia que recuperar la soberanía de cualquier otra actividad minera, algunas de las cuales producen una ganancia mayor que el litio e, incluso, con consecuencias ambientales también mayores. Es un mito que estemos ante el “oro blanco”, como si en la materia prima se concentrase el valor que vendrá. El oro reluce por sí mismo, el litio no.

Nuestra primera intervención –autónoma y que no esta subsumida al pensamiento de por sí diverso del sistema científico- estaba orientada a mencionar que la “ley del litio” busca reposicionar al Estado Nacional en la extracción del mineral, pero que a causa del control provincial de los recursos y sus políticas propias (Jujuy, por caso, ya declaró al litio recurso natural estratégico), los gobiernos provinciales se oponen a esa transformación. En esta dirección se expresaron altos funcionarios provinciales y el mismo diputado Carlos Heller mencionó estos serios obstáculos. De modo que si las dificultades resultaban insalvables, procuramos brindar una alternativa para que la “cuestión litio” no se estanque a nivel legislativo: de no ser posible crear una “YPF del litio nacional” centrada en la actividad primario-extractiva, entonces captar la renta y gestionar la actividad litífera -lo que se proponía “para la nación”- podía acordarse de que quede en manos de los gobiernos provinciales -¡que forman parte del Estado!- y de las comunidades andinas, mientras el Estado Nacional apuntalara una “YPF de la energía del litio” -de las baterías-, donde se encuentra el proyecto estratégico fundamental. Adicionalmente, el proyecto de ley hacía hincapié en organismos muy robustos ligados a la extracción, sobredimensionaba el valor de la materia prima, y no elaboraba un marco legal ligado a la industria de las baterías, que la situaba en un futuro posterior. Es esta vía la que quisimos señalar y estas dimensiones, problematizar[11].

Obviamente, estamos a favor de la intervención del Estado y de la “nacionalización” de la actividad litífera, simplemente no tenemos una visión ingenua y mistificadora del recurso, ni abrevamos en el fetichismo del Estado central. Siempre afirmamos que es preciso una sostenida, directa y fuerte intervención del Estado en el sector primario litífero, que contenga las prerrogativas que en justo derecho le corresponden a las comunidades andinas, poniendo un coto a la actividad de las empresas multinacionales que “externalizan el excedente”, para que así los beneficios de la actividad primaria sean realmente aprovechados por nuestro país. Todavía más, no se trata solo de la actividad litífera, es preciso que se modifique el actual régimen minero nacional ya que facilita sustanciosas ganancias a empresas extranjeras, con costos ambientales y sociales muy altos. A su vez, descontando sus dificultades, todo lo que contribuya a una mayor coordinación entre los países del “Triángulo del litio” (Argentina, Bolivia y Chile) será absolutamente positivo. Dicho esto, es preciso especificar dónde se halla la potencialidad del litio en su vinculación con una dimensión contemporánea y plural de soberanía.

 

II. Acumuladores de energía y pluri-soberanía

Nuestra intención es potenciar una perspectiva que establezca una ruptura decidida con el perfil extractivista. Si las ganancias de peso se encontrasen en la explotación del mineral y la realización de “autos de alta gama” (¿?), entonces nuestro país debería condenarse a exportar el litio, porque muy difícilmente vaya a producir a la manera de la industria automotriz italiana. Por suerte, esto no es así. Las ganancias de la industria de la energía del litio -como sucede con el tratamiento de cualquier materia prima desde que existe el capitalismo-, se encuentran en ir ascendiendo en la cadena de valor, por ello a la Unión Europea solo le interesa el litio “para responder a las necesidades de la industria europea y para producir bienes de consumo de alto valor añadido”[12]. El mercado de las baterías de litio para las fuentes renovables y transporte eléctrico (autos, motos, bicicletas, etcétera) para 2020 se proyecta de 28 billones de dólares[13]. Y estamos hablando solo del mercado de las baterías. Sin contar las células de energía para la industria electrónica y sin sumar la ganancia asociada a comercializar redes de energía, vehículos, autos, motos, celulares, computadoras portátiles, que supone un monto muchísimo mayor (la ganancia de una industria compleja se prorratea en cada etapa de confección del producto, y cada una le agrega valor, de modo que una batería representa únicamente una parte de la ganancia que posibilita una moto eléctrica, por ejemplo). Pero no se trata solo de la amplitud del mercado de baterías.

En efecto, los beneficios de contar con una industria de baterías son múltiples. Evidentemente, las baterías podrían no ser competitivas a nivel internacional inmediatamente; un satélite tampoco lo es, podría importarse de China, pero poseer la tecnología para fabricar un satélite genera múltiples beneficios, tan solo uno de ellos es abrir la posibilidad de incidir sobre el mercado de las telecomunicaciones, con todo lo que implica en términos económicos, políticos y culturales. El despegue inicial a nivel industrial de las baterías no comporta un monto desmesurado (una planta piloto de producción se cotiza en torno a los 4 millones de U$D), debido a ello una empresa Argentina meditó más de una vez la posibilidad de encarar gran parte del proceso. Hay otro punto que es significativo: los científicos que más saben de litio trabajan para YPF-CONICET, es decir, forman parte de una empresa energética semi-pública y nacional (y claro que la producción de baterías debería encararla la misma YTEC antes que transferir su capacidad tecnológica en beneficio del sector privado). En este sentido, la Argentina ya ha estructurado la vital plataforma que articula desarrollo científico, en conjunción con una empresa semi-pública de energía, a lo cual se suma la potencialidad de abocarse a la producción industrial.

Es un error alegar una noción de soberanía restringida a la actividad extractiva, puesto que en relación a la “cuestión litio” debería irse más allá. La Argentina está en condiciones de apostar al despegue en su producción de baterías de litio. Es difícil, claro está, y de hecho no debemos reemplazar el “mito del litio” por el “mito de la energía del litio”, desconociendo obstáculos y dificultades reales, pero estamos en un universo radicalmente diferente al de la simple minería primaria. En torno a los mercados potenciales, si enfocamos el transporte, la industria de fabricantes de motos produjo alrededor de 630.000 movilidades en 2013 (hay 1200 firmas motopartistas). Respecto de la industria electrónica, se realizaron 14 millones de teléfonos móviles en 2012 que podrían contar con baterías de litio locales o usarse en las baterías de las netbook ensambladas aquí. En lo que atañe a la industria energética, las baterías de litio deberían utilizarse en la energía renovable que las requiere (eólica y solar fundamentalmente, pero no únicamente); hasta el satélite argentino requiere de baterías de litio. En una cuenta simple y en regla: en el mercado internacional, una tonelada de carbonato de litio cuesta alrededor de 6.000 U$D, mientras que una batería de celular -que utiliza entre 2 y 3 gramos-, en torno a los 15 U$D. Solo con 1 tonelada de litio (6000 U$D) se pueden confeccionar medio millón de baterías, que costarían 7 millones y medio U$D. Y el doble en el mercado argentino (que además no sería preciso importarlas, ahorrando divisas y sustituyendo importaciones). Las grandes automotrices obviamente hacen todo lo posible por controlar los mercados del futuro, pero debido a que la tecnología del litio aun compite con otras opciones está abierta la ventana de oportunidad para participar del nuevo patrón tecnológico. Y tampoco debemos desconocer que la Argentina es uno de los 25 países que poseen plataformas de producción de automóviles, con lo cual a futuro puede llegar a ser una gran oportunidad estar en condiciones de contar y ofrecer la tracción eléctrica que posibilita las celdas de energía.

Solo generar las baterías en el país representaría un paso grandísimo: se contaría con el desarrollo, se estaría en el mercado, encaminaría a la independencia tecnológica, se consolidaría el sentido de los recursos hacia la investigación, y una vez que la industria “despegue” las posibilidades se abrirían. La actividad extractiva genera un eslabonamiento de proveedores muy menor, pocos trabajos adosados y de baja calidad, supone riesgos ambientales muy altos, en cambio las baterías suponen trabajos de alta calidad, de gran valor agregado, con tecnología de punta, y además requiere una cantidad de proveedores locales diversificados, generando eslabonamientos tanto hacia atrás como hacia adelante. La industria de las baterías posee diversas industrias asociadas, capaces de generar derrames  productivos y eslabonamientos que no tienen ni comparación con lo que puede reportar la minera. En sí, el valor agregado de las actividades que dinamiza la industria de la batería son mucho mayores que los que pueda llegar a producir la minería primaria (que empieza y termina ahí), otorgando una densidad nacional cualitativa y cuantitativa a nivel industrial-productivo. Más aún: colabora en completar los cuadros vacantes de la matriz insumo-producto para ser un país con crecimiento industrial autosostenido. Esto es lo que traza la diferencia entre un país realmente desarrollado y uno que no lo es. Es decir, se trata de una soberanía económica y productiva, pero no se trata solo de ello, bajo una perspectiva únicamente industrialista, las baterías de ion-litio permiten dar un paso más.

Las células de energía están en el corazón de la “transición energética” encaminada a incorporar el vector renovable en el sistema energético. Tarde o temprano, la utilización de combustibles fósiles deberá ir siendo paulatinamente sustituida por la utilización de fuentes primarias renovables  (eólica, solar, hidroeléctrica, mareomotriz y demás); de las cuales la Argentina tiene incomparables posibilidades de aprovechamiento, y con las que también equilibraría la balanza comercial energética, que posee un déficit sostenido. Estamos hablando de una mutación del principal factor responsable del cambio climático -56% de la emisión de gases de efecto invernadero- y que en nuestro país acarrea la extracción de recursos con la técnica del fracking. No es el mañana, hay países que ya encaran la transición: para el 2050 Alemania tendrá el 80 por ciento de energía renovable en su matriz eléctrica y China es hoy el principal productor eólico del mundo y se encamina a serlo en energía solar. La electricidad, a diferencia del petróleo -que es “energía potencial”-, deberá contar con reservorios de energía, que hoy por hoy serán de litio (mañana quizás no, por eso es imprescindible fortalecer el área de investigación y desarrollo en baterías, no solo de litio). Estamos hablando de una transformación energética pasible de alojar la producción ciudadana de energía, gestada autónomamente por casas particulares, comunidades, etcétera, y para eso se requerirán baterías de litio que regulen las redes de energía y gestionen lo que consume, produce y almacena un hogar, por ejemplo. Y estas redes podrían transformar el sistema energético, es decir, modificar la actual concentración de la producción en grandes compañías y democratizar el sistema. Es por ello que el mercado de las baterías de almacenamiento se proyecta tan amplio como el de las baterías de automóviles. ¿Se combate el cambio climático con la minería del litio? No. ¿Se realiza la “transición energética” con la minería del litio? No, imposible. Esta “transición energética” conlleva una transformación de la infraestructura energética, la creación de trabajo, la modificación de el sistema de transporte, la estructuración de una economía ecológica, de posdesarrollo. Aquí, las baterías de litio sí podrían formar parte central de un sistema energético completamente renovado que reemplace la combustión fósil, estructura que deberá cumplir un papel relativamente similar al “motor” que representa el petróleo. Estamos hablando de una proyección vinculada a la soberanía energética, la soberanía ambiental y ecológica, pero tampoco culmina en ellas.

El verdadero sustrato del valor de la batería no está en los bienes primarios requeridos para su confección si no en la capacidad científico-tecnológica-industrial capaz de producirla. Es una capacidad del “conocimiento”, herramienta fundamental del “trabajo vivo”. Entre el litio y la batería hay una cantidad descomunal de innovación científico-técnico-industrial que la hace posible, y es la fuente de valor central. Incluso, ni siquiera el sector primario puede estar desligado de la actividad técnico-científica porque le aporta las técnicas de extracción, y agreguemos que es esa misma innovación lo que podría llevar a la minería del litio a ser sustentable (de hecho, la Argentina ha patentado una técnica recientemente que no utiliza agua). La ganancia no está en el control del “ingrediente” litio, si no en lograr baterías más flexibles, livianas, seguras, pequeñas, potentes, duraderas y, sobre todo, posibles. En nuestro país existe un entramado científico abocado a las baterías, hay investigadores con experiencia en el rubro -muchos en formación- y más de cinco laboratorios en funcionamiento en diferentes provincias. Si la tecnología del litio no se consolida no servirá para nada que nos hayamos concentrado en la extracción, pero no sucede para nada lo mismo en relación a la investigación-producción de baterías, porque se cimienta el conocimiento técnico-industrial que requiere la maduración de cualquier desarrollo, sea de litio o no, con capacidad de adaptación cualitativamente y cuantitativamente mucho mayores, en rigor incomparables. Cuando una país se sitúa en la frontera tecnológica de una tecnología de este calibre no solo se sitúa en ella sino también permanece abierto a todas las técnicas productivas por venir, abriendo una frontera potencialmente interminable. La tecnología de las baterías, saber hacerlas, supone un fondo histórico de conocimientos con el que se cuenta o no, Japón por caso; los salares en cambio siempre estarán ahí. En suma, es el campo de conocimiento de las baterías lo que permite la verdadera agregación de valor y concebir una soberanía en materia de ciencia, tecnología e innovación, para lograr una independencia tecnológica. Aunque tampoco termina aquí.

Así como en todos los salares del altiplano, los yacimientos de litio de la Argentina se encuentran en comunidades prehispánicas, capaces de contar más de cinco milenios, de modo que su lugar fundamental en la propiedad del recurso es innegable. A la par, las comunidades del noroeste argentino han encarado una lucha decidida y de derivas múltiples para contrarrestar la voracidad de recursos de las empresas multinacionales –la cual hemos descrito hasta el detalle[14]-, es entonces preciso que puedan proteger su entorno y participar en las decisiones y ganancias. La simple “soberanía nacional” no implica la “soberanía comunitaria” (que supone el derecho a una consulta previa, consentida, libre e informada sobre el destino de los territorios que habitan). Las comunidades andinas suelen asumir una cosmovisión que traza un lazo indisoluble entre la sociedad, el hombre y la naturaleza; y si la energía del litio tiene un sentido esencial es porque también responde a la crisis ecológica y civilizatoria global. Se trata, entonces, de una soberanía comunitaria y plural, que nos indica cómo deben ser las nuevas vías de desarrollo.

 

III. Modelo de desarrollo y “energía del litio”.

La analogía con la fabricación del satélite en la Argentina es productiva. De hecho, la primera vez que en nuestro país hubo un conocimiento serio de para qué servían las baterías de litio fue en el año 2005 cuando se le encargo a la CONEA realizar los testeos y controles de una batería de litio estadounidense que utilizaría el satélite argentino SAC-D. Como importarla salía un millón y medio de dólares, por primera vez se pensó en intentar producir las baterías en el país, sustituyendo importaciones y adoptando tecnología de punta. Nosotros estamos a favor de que la Argentina tenga en sus manos el silicio para hacer los paneles solares que necesita el satélite o el litio para las baterías del satélite (así como tampoco Nacif se opone a realizar las baterías en el país, aunque no conoce de qué estamos hablando y qué implican). Pensamos que la Argentina debe apuntar a una estrategia que le permita hacer paneles solares, satélites y también baterías (para la que se pueden gestar múltiples iniciativas legislativas, entre las cuales están la obtención de financiamiento de los cuantiosos recursos que conlleva la explotación de combustibles fósiles o de las ganancias desproporcionadas de la industria electrónica). Esperamos haber dejado claro que, a nuestro entender, es precisa una política directa de intervención sobre la actividad litífera para que quede en manos de nuestro país, pero que fundamentalmente es necesario dirigir las fuerzas de la actividad política -en el corto, mediano y largo plazo-, a sentar las bases de la industria de acumuladores de energía; y aquí Nacif se confunde al afirmar que esta última no tendría sentido “sin aquella”. En función de lo dicho, sí creemos que lo central radica menos en levantar una gran estructura para la “minería del litio” que en emplazarla para la “energía del litio”.

Hoy por hoy, la soberanía en materia de energía del petróleo realiza un paso muy importante si recupera los yacimientos nacionales. Sin embargo, un país puede contar con el mejor yacimiento de litio –Chile o Bolivia, para el caso-, pero si no cuenta con la tecnología de baterías, un mercado para ellas y un sistema de innovación permanente que bordee la “frontera tecnología”, no le reportará mayor utilidad que una actividad minera más. Y en este sentido, el entorno económico y científico de la Argentina, aunque incipiente, es bastante más favorable para la confección de células de energía que los dos países de tradición minera. Muy a diferencia, un país puede no tener un gramo de litio, y poseer toda la capacidad para la fabricación de acumuladores, y así cimentar un proyecto de desarrollo robusto, como Japón o Alemania. En el fondo, a los países dominantes no les inquieta que nos concentremos en la extracción de nuestras riqueza litífera -y de todos los recursos naturales-, porque así ellos agregan valor, detentan el conocimiento, diseñan estrategias de mercado para mercancías complejas, gozando de la ganancias de innovación que les ofrece la fisonomía del capitalismo contemporáneo.

Las oportunidades en materia de la tecnología del litio no nos esperan eternamente. Si se consolida la industria de las baterías de litio y no hemos estructurado cabalmente su plataforma científico-técnico-industrial, quedaremos nuevamente atados a repetir el intercambio interindustrial de siempre: vendemos materia prima y compramos productos de valor agregado. Un imaginario que sobredimensiona el valor de la materia prima y sus ventajas comparativas, posee una noción arcaica de soberanía y desconoce la fisonomía del modelo de desarrollo por venir, termina por reforzar el perfil primario-exportador, la reproducción de los históricos patrones dependentistas, y nos condena a la inoperancia política. La minería del litio no nos dará un nuevo patrón de desarrollo, dominar la industria de las baterías sí (sean de litio, de hidrógeno o de otro compuesto). En este sentido, un concepto de soberanía en un sentido denso y contemporáneo en lo que atañe a la “cuestión litio” debe contemplar las oportunidades que ofrece para instituir la soberanía minera, económico-industrial, científico-tecnológica, energética, ecológico-ambiental, nacional, provincial y comunitaria. Una necesaria dimensión plural de soberanía para potenciar un nuevo modelo de desarrollo. A causa de ello, y más allá que de que es positiva toda interacción constructiva entre Argentina, Bolivia y Chile, hay que evitar dirigir tanta atención al “Triángulo del litio” -espacio ya consolidado en el sentido común-. Por el contrario, abonamos por reforzar las dimensiones de articulación y el horizonte de posibilidades que -en el largo plazo claro está-, puedan establecerse en el campo de la industria, la ciencia y la energía del litio con Brasil, porque en estas dimensiones reside una de las claves para construir la autonomía Sudamericana.

La “cuestión litio” demanda un pensamiento “integral” (de la extracción a la batería), “multidimensional” (pluri-soberanías), “diversificado” (minería, ciencia, industria, energía) y bajo una articulación presente y futura con el “modelo societal” (desarrollo-posdesarrollo). Solo así se puede desplegar el proceso completo que contiene la potencialidad de la “energía del litio”. Dicho de otro modo: únicamente por esta vía será posible exprimir su riqueza y conjugar bajo un denominador común tanto las narrativas críticas que asumen la necesidad de modificar el perfil extractivista como aquellas que entienden que es preciso torsionar la dependencia que sufrimos otorgando mayor densidad nacional a nuestra modernización periférica. En definitiva, es la “energía del litio” lo que nos permite crear un escenario realmente alternativo de sociedad y desarrollo en el presente, para el futuro.

 

Notas

[1] Para una visión que aborda las múltiples dimensiones de la “cuestión litio” en Argentina, véase: Fornillo, Bruno (coord.) Geopolítica del litio. Industria, ciencia y energía en Argentina, El Colectivo-CLACSO, Buenos Aires, 2015. Disponible en versión digital para su descarga gratuita en la página web del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

[2] Véase: Nacif, Federico “Producción de litio en Argentina: sobre la ley y el debate”, en Realidad Económica, septiembre de 2015.

[3] Véase: Fornillo, Bruno ¿Commodities, bienes comunes y recursos naturales estratégicos? La importancia de un nombre” en Nueva Sociedad, Número 252, Friedrich Ebert Stiftung, 2014.

[4] Referimos al Servicio Geológico de Estados Unidos porque es una fuente que el sociólogo Nacif citó, de modo tal que se supone que acredita lo que esa fuente afirma. USGS, Mineral Commodity Summaries Lithium, EEUU, 2014.

[5] Grupo de Trabajo Ad-hoc, sub-grupo del grupo Suministro de materias primas de la Comisión Europea, Materias primas críticas para la Unión Europea, 2010.

[6] La concepción de recurso estratégico que hace suya Federico Nacif es similar a la de la ideología corriente: un mineral sería estratégico porque es “muy importante” para paliar la “emisión de CO2”. Si así fuese casi todos los minerales serían “estratégicos”. A su vez, no está al tanto de la diferenciación que establece la comisión de la Unión Europea que mide la criticidad de los minerales, ya que los cataloga de “críticos”, y no de “estratégicos”, porque se ciñe a la esfera económica: “No está dentro del alcance de este informe -aclara la comisión redactora- estudiar, considerar o evaluar la importancia “estratégica” de materias primas específicas para aplicaciones militares”. Grupo de Trabajo Ad-hoc, Ibídem, Pág. 23.

[7] USGS, Mineral Yearbook Lithium, EEUU, 2013, Pág. 44.6.

[8] Ministerio de Minería de Chile, Anuario de la Minería, 2013

[9] Lagos Miranda, Camilo Antecedentes para una Política Pública en Minerales Estratégicos: Litio, Dirección de Estudios y Políticas Públicas- Comisión Chilena del Cobre, Chile, 2009.

[10] USGS, Mineral Yearbook Lithium, EEUU, 2013.

[11] Mencionemos al margen que enviamos nuestra breve nota de opinión al sitio web parlamentario.com, y luego a los diputados que tuviesen participación en algunas de las varios proyectos de ley referidos al litio en danza que aguardan su conversión en ley. Entre los impulsores de la “ley litio” comprendieron perfectamente el espíritu animaba esa intervención y la recibieron con agrado.

[12] “Resolución del Parlamento Europeo 13/09/2011”, citado en Nacif, Federico “Producción de litio en Argentina: Sobre la ley y el debate” en Realidad económica, (sitio web), 2015.

[13] USGS, op. cit., 2013

[14] Véase: Puente, Florencia y Argento, Melisa “Conflictos territoriales y construcción identitaria en los salares del noroeste argentino” en Fornillo Bruno (coord), op. cit., 2015.

 

Comentarios

Todavía no hay comentarios. ¡Iniciá el debate!

Todos los datos son obligatorios, tu dirección de correo no será publicada