El norte global fomenta el monocultivo del pensamiento

#GrandesAlamedas. Las últimas elecciones de medio término exhibieron en Argentina un escenario en el que la tradición política con más posibilidades de poner coto a la ofensiva en marcha del neoliberalismo se presentó en sociedad enarbolando la noción de ciudadanía, en un gesto que muchos analistas leyeron, más que como autoafirmación de su identidad histórica, como riesgosa mimesis con el adversario.

 

“Las investigaciones académicas y oficiales empiezan a considerar más seriamente otras dimensiones y categorías más allá de los aspectos socioeconómicos. Este proceso no sólo significa un cambio en la visión que la ciencia tiene de la realidad. Representa, entre otros factores, el resultado de la presión de los movimientos sociales de carácter identitario y de sus sujetos sobre el campo de la producción académica: negros, indígenas, mujeres y homosexuales, entre otros”.

Nilma Gomes

Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil

 

 

Cuando la noción de PUEBLO deviene CIUDADANÍA

Cabría destacar que el concepto de ciudadanía tiene origen en las epistemologías dominantes. En nuestra latitud geocultural, donde rigen  modelos de exclusión social, la noción del ciudadano como moderno sujeto de derecho y libertad supone la existencia simultánea de numerosos otros actores privados de status legal cuando no directamente ajenos al proceso productivo.

Esto entronca con la sociología de las ausencias que nos plantea Boaventura de Sousa, toda vez que las clases dominantes atribuyen al concepto de  ciudadano la condición de ser socialmente constituido, como contraparte de aquel que carece de toda entidad. En tanto el lenguaje tiene poder instituyente, adviértase que la sustitución gradual del concepto de pueblo por el de ciudadanía instaura la supremacía de lo civilizado, lo moderno, y lo desarrollado, por encima de lo bárbaro, lo retrógrado, y lo subdesarrollado.

Será pues sobre ese vasto contingente de – al decir de Alfredo Moffatt –  “desaparecidos sociales” que habrá de descargarse todo el peso de la  explotación capitalista, la segregación racial, y la opresión patriarcal.

En nuestro país, el triunfo del patriciado porteño sobre la montonera federal y los malones originarios escribió en el Siglo XIX nuestra Constitución Nacional con la sangre del criollo y del indio, cimentando así una república a la europea. En relación con esto, el filósofo americanista Rodolfo Kusch elaborará un primer juicio esclarecedor sobre nuestra organización estatal: “Hemos fundado una nación sin pueblo” (Kusch, 2007, 326) 

La tesis kuscheana coincide con los autores decoloniales. Del siguiente ciclo histórico, el de la imposición definitiva de las fracciones oligárquico-liberales y de su proyecto de Nación eurocentrada y excluyente, el autor de “América Profunda” destacará un aspecto: la creación de los polos campo-ciudad e interior-puerto. Esto adquiere suma importancia, dado que las clases populares, como rasgo distintivo hasta la actualidad, se segregarán espacialmente, primero en la campiña y luego en las zonas residuales de las grandes urbes, desde donde gestarán las más importantes luchas antiimperialistas.

El liberalismo permitía al ciudadano justificar la ficción irremediable de la ciudad y convertirla, de esta manera, solapadamente, en nación. Ello trae como consecuencia la disolución de toda estructura propiamente nacional, genera  la separación entre las capas raciales, y crea una distancia provechosa entre la ciudad y el interior.

Autores como Jorge Abelardo Ramos suscribirán esta idea, ya que consideran a las ciudades-puerto, que trafican mercancías e ideas, como factores centrípetos que ponen en tensión la frágil cohesión nacional y que se edifican, como también lo sostendrá Kusch, de espaldas al país. Un autor como Ezequiel Martínez Estrada, con el que Kusch mantendrá un diálogo explícito y al cual debemos tomar como una fuente insoslayable de inspiración para su obra, también arremeterá, con cierta parafernalia, contra la “macrocefalia” de nuestro país y, por extensión, contra la figura colonial de la gran ciudad-puerto. Su prototipo será la megalópolis porteña, a la que llamó, en su libro homónimo, “cabeza de Goliat”. En suma, lo que aquí nos interesa dejar asentado es que la contradicción insoluble abierta por Occidente entre el campo y la ciudad adquiere en este continente otra complejidad al asumir la ciudad prerrogativas neocoloniales.

La autoctonía de Nuestra América va más allá de la Conquista, subyace a ésta y persiste aún hoy en la forma más inesperada, por cuanto perdió, después de la invasión europea, toda expresión que la incorpore a nuestra civilización ciudadana.

 

El movimiento negro como productor de conocimiento

El capitalismo contemporáneo practica una suerte de inclusión excluyente de la población negra. En efecto, según el pensamiento dominante, la negritud no tendría capacidad intelectual para producir conocimiento. Sin embargo, contradiciendo el prejuicio instituido, sobran evidencias de que los movimientos sociales también construyen su propia pedagogía. Sin ir más lejos, la africanidad nostramericana produjo numerosos procesos sociales de resignificación que dejaron invalorables legados de resistencia, como los quilombos (*) de esclavos brasileños.

En nuestra latitud es poco conocido que en la Escuadra Libertadora del general José de San Martín llegaron el Batallón Nº 7 de Libertos de Cuyo y el Batallón Nº 8 de Libertos de Buenos Aires, que sumaban en conjunto 1.461 soldados y estaban integrados exclusivamente por negros argentinos.

El inglés James Paroissien, primer ayudante de campo del general José de San Martín, considera en su diario que una de las intenciones del Libertador de desembarcar en Paracas – Pisco, fue la de reclutar unos mil negros. Estos no fueron enrolados por la fuerza, se presentaron masivamente como voluntarios al Ejército Libertador, donde luego de ser declarados libres, eran adiestrados en las tácticas de guerra de escuela y habituados al trabajo rudo, forzoso y disciplinado, así como por poseer una sanidad perfecta en su medio y clima que eran los de su cuna y crecimiento, fueron rápidamente incorporados a los cuerpos independientes.

Sobre el número de soldados negros enrolados en Pisco en el Ejército Expedicionario, existe el testimonio del propio general José de San Martín, en carta confidencial del 14 de octubre de 1820, en que comunica, desde Pisco, al Director Supremo de Chile, Bernardo O’Higgins: “Con seiscientos negros he aumentado el Ejército, y pienso aumentarlo con quinientos más. Estos negros se hallan ya fogueados y en estado de poder batirse”.

En efecto, “a los pocos días que el ejército pisó el suelo peruano, había aumentado sus filas con cerca de setecientos negros jóvenes, que se presentaron voluntariamente al servicio, y que el de mayor edad quizás no excedía de 30 a 35 años; de este número se destinaron ciento y pico a cada uno de los batallones Nos. 7 y 8 del Ejército de los Andes, cuyos cuerpos eran de negros argentinos desde su creación, y el sobrante de más de cuatrocientos, se incorporó al batallón No. 4 de Chile. Este batallón que, como los demás del ejército de Chile, desde su origen había sido formado de gente blanca, criolla del país, luego que se vio con un número suficiente de negros y en regular estado de disciplina, por la incesante escuela de mañana y tarde que era de práctica, el general dispuso que quedase compuesto de negros puros (peruanos), menos las clases de sargentos y cabos de cada compañía”.

Revisando aquellas gestas resulta inevitable preguntarse por qué no hay negros en Argentina. El turista compara con países vecinos como Brasil y Uruguay u otros más lejanos como Cuba o República Dominicana, donde los afrodescendientes son multitud y busca una explicación. La hay.

Argentina no fue una excepción en el tráfico de esclavos que llegaron a hispanoamérica tras la conquista. En 1810, al menos un tercio de los habitantes de Buenos Aires eran esclavos negros. Desembarcaban hacinados en los barcos y se convertían en mano de obra gratuita para trabajar en el servicio doméstico o desarrollar oficios y tareas manuales. En aquella época, tener un negro en casa era un signo de distinción. “Se los podía comprar, vender, alquilar y hasta hipotecar. El esclavo era una forma de inversión: su amo le daba el apellido y lo ponía a estudiar un oficio de sastre o carpintero”, recuerda Diego Valenzuela, en el libro “Enigmas de la historia Argentina”.

En Buenos Aire los barrios de Montserrat y San Telmo – hoy célebre por su mercadillo de antigüedades – concentraron el mayor número de esclavos. Los amos solían abusar sexualmente de las mujeres y se multiplicaban los descendientes mulatos, término que viene de “mula”, animal con el que se identificaba a las mujeres de raza negra.

Buena parte de estos esclavos eran desplazados a las provincias coloniales. La primera escala solía ser Córdoba y de ésta los llevaban a las norteñas de CatamarcaSantiago del EsteroLa RiojaTucumán y Salta. La ruta seguiría posteriormente a Perú y al norte de Chile.

“En el primer censo de 1778 hay ciudades que tienen un 35 y un 40 por ciento de esclavos”, asegura Valenzuela. Según cálculos del historiador Jorge Gelman, “a mediados del siglo XVIII un esclavo cotizaba en Buenos Aires entre 100 y 200 pesos (unos quince euros), contra unos 800 en Potosí, por el traslado desde el río de La Plata”. Próceres argentinos como Juan Manuel de Rosas, en 1825, podían presumir de tener treinta y tres esclavos en sus fincas. Los “bozales”, como les bautizó la población blanca porque no entendía una palabra del idioma de esos hombres de labios gruesos, estaban considerados mercancía y también formaban parte del equipaje de las órdenes religiosas, “sobre todo los jesuitas que fueron los principales propietarios de esclavos. Eran su mano de obra clave”, observa Valenzuela antes de ilustrar, “en La Rioja, por ejemplo, de 800 esclavos que había en la ciudad, 400 eran de los jesuitas”.

 

¿Qué pasó entonces?

No hay una sola razón que explique su aparente desaparición del mapa argentino, lo que permite que se instale el mito, en el siglo XIX, de que en Argentina siempre fueron todos blancos descendientes de los barcos. “Las guerras de la Independencia, la Guerra del Paraguay, la fiebre amarilla y especialmente el mestizaje”, son algunas de las causas que resume Diego Valenzuela para explicar el actual panorama.

Goldberg, por su parte, considera como elemento a tener en cuenta la abolición de la esclavitud que se produjo con la Constitución de 1853, Carta Magna que Buenos Aires acepta en 1860. “La prohibición de trata –asegura – que frena el ingreso de esclavos, la alta mortalidad de este segmento de la población y las guerras de independencia”, son motivos que llevan, “necesariamente – afirma – a la desaparición por mestizaje”.

Dicho esto, según estudios recogidos en el libro de Diego Valenzuela, hoy “se estima que el número de afrodescendientes se sitúa entre el 4 y el 6 por ciento de la población”. Puestos los porcentajes en números hablamos de “unos dos millones de personas”.

Antropólogos de la Universidad de Buenos Aires estudian la historia de la población negra en la Buenos Aires colonial. A principios del 1800 los afros representaban el 30% del total de habitantes de la capital portuaria. Una población que forjó parte de la identidad nacional pero que fue borrada de los registros y la historia oficial, al punto de que el Lic. Daniel Schavelzon, Arqueólogo de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo  (UBA)  considera que son “nuestros desaparecidos del Siglo XIX”.

 

Islamofobia en el mundo periférico

Los máximos responsables de la seguridad interna en Argentina frecuentemente realizan polémicas declaraciones acerca de la posible existencia de células terroristas en el país.

Desde hace años, gracias a la tarea de la comunidad local, la República Argentina recibe refugiados sirios. Pero el Gobierno de Mauricio Macri parece dispuesto a querer mejorar su imagen con una campaña política de nuevos casos que estarían arribando al país.

Por su parte, la ministra de Seguridad de Argentina, Patricia Bullrich, oportunamente anunció por Twitter la rimbombante captura de El Sayed, un supuesto terrorista libanés, buscado por Interpol, con pasaporte falso de Paraguay. Lo que en realidad fue una persona de nacionalidad paraguaya real, de origen libio, con pedido de captura por delitos comunes en Brasil. Pero tales señalamientos mediáticos apenas comienzan.

Todo ello en un contexto donde las declaraciones políticas del actual Gobierno, parecen promover la islamofobia.

Cabe recordar que la musulmana es la segunda religión con más adeptos en el mundo. A diferencia del islamismo, que es un concepto religioso, lo árabe es un concepto lingüístico. Así, no todxs lxs musulmanes son árabes: Una de cada cuatro personas del mundo habla la lengua árabe. No todas las personas árabes son musulmanas. La identidad palestina – por ejemplo – es nacional, territorial y árabe. Laidentidad judía, en cambio, es religiosa y cultural. Elsionismo es un movimiento nacionalista y colonialista de algunxs judíos y es la filosofía del Estado de Israel. Pero no todxs lxs israelíes son judíos ni sionistas y no todxs los sionistas son judíos.

A propósito de la histórica disputa que arrastran dichas culturas, el activista palestino-estadounidense Edward Saidse preguntaba “¿quién tiene el permiso de narrar?”. Y es que a ese respecto la violencia epistémica (civilización – barbarie, modernidad – atraso, ciencia – mito) se cimenta en el discurso hegemónico dominante sionista – israelí.

La narrativa mayoritaria supone que la disputa en curso se dirime dividiendo el territorio en dos Estados, sin embargo dicho conflicto no pasa por el milenario reclamo de Tierra Santa sino por razones de carácter político y económico. Se origina en el Siglo XIX (cuando Palestina pertenecía al sultanato otomano que se desintegró a partir de la Primera Guerra Mundial) y corona durante el siguiente con la ocupación colonial que en 1948 – cuando los británicos abandonaron Palestina, desencadenándose una limpieza étnica consistente en conquistar mayor cantidad de territorio con la menor cantidad de población no judía – instaura el Estado de Israel, que habría de expandirse en 1967 con la Guerra de los Seis Días.

Hoy Palestina es el laboratorio de pruebas de la industria armamentística mundial (test in combat) y está plenamente ocupada/controlada por el sionismo mediante las más inhumanas restricciones.

La islamofobia entonces es un fenómeno creciente tanto en Europa como en EEUU, que comienza a replicarse en nuestra región en consonancia con la contraofensiva neoconservadora en curso, y que hoy equivale al antisemitismo de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Consiste en considerar que:

  • El Islam es un bloque monolítico y refractario al cambio
  • Es radicalmente distinto a otras religiones y culturas
  • Es inferior a la cultura occidental, primitivo, irracional, bárbaro, y más patriarcal que otras religiones
  • Es de por si hostil y propenso al racismo y el choque de civilizaciones
  • Fusiona religión e ideología política
  • No se justifican las críticas a occidente realizadas desde ámbitos musulmanes
  • Corresponde segregar a la población musulmana
  • Es natural discriminar a la población musulmana

 

La Yihad (esfuerzo colectivo e individual por ser mejor musulmán) no es un imperativo de los musulmanes. Más que “terrorismo yihadista” corresponde hablar de terrorismo en nombre de la yihad.

Con la caída del Muro de Berlín surgió la necesidad de edificar un nuevo enemigo global, cuya demonización se cimentó sobre la falacia del “choque de civilizaciones”.

Algunos intelectuales pretendidamente radicales, como el propio Zlavoj Zizek, han vinculado las migraciones con el riesgo de proliferación del terrorismo islámico.

A su vez, pese a que la mayoría de las crónicas del Norte Global enaltece el prestigio de las universidades europeas, según la UNESCO, Fátima Al – Fihri – una mujer árabe y musulmana – fundó en África la primera institución superior de educación del mundo en el año 859 después de Cristo: La Biblioteca Colonial omite ese y otros tantos méritos de la cultura en cuestión, así como globaliza la prejuiciosa imagen de la mujer musulmana como pasiva y sumisa.

El patriarcado occidental islamófobo (y los “musulmachos”) también niega al velo que caracteriza a muchas la legitimidad que tiene fuera del mundo árabe un piercing, un tatuaje o una cresta.

Es hora de que las izquierdas trasciendan los análisis casi exclusivamente centrados en la cuestión de clase, asumiendo la importancia de los factores de raza y género. Y que las feministas coloniales blancas también revisen su pensamiento euro referencial.

En conclusión, aunque estos y otros tópicos no formen parte de nuestra agenda cotidiana, resulta imprescindible reparar en ellos en cada remanso de la lucha. Porque así como el genocidio epistémico suele preceder al socioeconómico, no hay proceso de emancipación social sin su correspondiente emancipación epistémica.-

 

 

(*) Un quilombo (del kimbundu, una de las lenguas bantúes más habladas en Angola: kilombo) o también cumbe y palenque es un término usado en Nuestra América para denominar a los lugares o concentraciones políticamente organizadas de negros esclavos cimarrones en lugares con fuente de agua y cuevas, con alcaldes que ejercían su autoridad en el interior de los mismos. Además los palenques eran asentamientos donde se refugiaban los esclavos negros que se rebelaban o se fugaban de su vida de esclavitud.

 

(**) Este texto pertenece al número publicado en diciembre 2017 del portal Grandes Alamedas.

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