El ocaso metropolitano: archipiélagos, desmesura y exclusión

El debate sobre la crisis de las grandes ciudades está ausente de la consideración política salvo para la retórica de la violencia y la inseguridad. A la incapacidad por analizar y actuar sobre variables múltiples, se suma una práctica condicionada por la agenda electoral que acorta los tiempos, estrecha el horizonte y descarta cualquier posibilidad de una perspectiva integral que requiera plazos diferentes. Cuando de la actividad política desaparecen programas y propuestas, no extraña que también se abandone la idea de pensar y proyectar lo urbano.

 

 El infierno de los vivos, si existe, está aquí, es el infierno en el cual vivimos todos los días, que formamos estando juntos. Existen dos maneras de no sufrir, la primera es fácil, para la mayoría de las personas es aceptar el infierno y tornarse parte hasta el punto de dejar de percibirlo; la segunda es arriesgada y exige atención y aprendizajes continuos, intentar reconocer en el medio del infierno lo que no es infierno, preservarlo y abrirle espacio

Italo Calvino, Las ciudades invisibles  

 

Multitudes rodeadas de multitudes, multitudes que eligen aislarse, multitudes que se desplazan sin concederse siquiera la posibilidad de mirarse. Monstruosas, gigantescas, azarosas, sobredimensionadas, violentas, absurdas, las metrópolis son víctimas de su propia desmesura. Sus habitantes, signados por la anomia y la indiferencia, recorren los recortes de un conjunto de espacios inasibles mientras intentan ordenar e interpretar las partes con códigos mayormente ajenos a sus propias vivencias.

Para la mayoría es difícil imaginar en qué ciudad viven, dónde empieza y acaba, cómo son los sitios que atraviesan diariamente. Perdida la capacidad de representarla como una unidad, se vivencia como una suma delaberintos desplegados en una cartografía indescifrable. El GPS, pensado para orientarse en el espacio aéreo, la vastedad de los océanos o en la densidad verde de los trópicos, es hoy un instrumento local, para no extraviarse en la inmensidad de la selva de hormigón y asfalto.

La ciudad de la calle y de la plaza, del espacio público y cívico, la ciudad abierta de mezclas y contactos, la ciudad como oikos, como casa, memoria individual y colectiva, es asumida como recuerdo, una arqueología perdida, objeto de melancolía cuyo futuro es solo un presente repetido. ¿Dónde encontrar referencias para reconstruir su historia? Hay que buscarla en la literatura, en el imaginario urbano configurado por Borges, Artl, Marechal, Cortázar, Asturias, Roa Bastos, Arguedas, Benedetti o Amado; en una toponimia que textualizó sentidos y arquetipos perdurables, sitios, historias y personajes, mitos, ficción y realidad. El sentimiento de pertenencia a una ciudad es aun intenso, pero su poética debe enfrentar una partitura sin polifonía, despojada de matices, con ritmos monótonos y andar frenético.

El flaneur decimonónico, el paseante atento que Walter Benjamin describe en su Libro de los pasajes, absorto en la captación de las impresiones urbanas, alerta ante los pequeños detalles, examinador de los sedimentos ocultos bajo los pliegues de lo cotidiano, dejó paso al voyeur mediático, que recibe el simulacro, las coordenadas, que narran la prensa y la televisión y actúa espoleado por la urgencia de sumirse en el flujo circulatorio, acordonado por una sucesión de imágenes disociadas, imposibles de procesar.

El desconcierto ante la abundancia de posibilidades, para la mayoría inaccesibles, en un ambiente que explicita como monocorde mensaje la incitación al consumo, agudiza la percepción de la ciudad como un locus de angustia y frustración, de insatisfacción;

todo está permitido menos no tener dinero, este delito es penado con la muerte.

Múltiples teorías intentan aproximaciones para interpretar el sentido de la vida urbana. Su sumatoria no logra abarcar toda la complejidad, entender la urdimbre sobre la que el tejido se ha desbordado poniendo en cuestión los modelos interpretativos.

El vacío proyectual y la impotencia epistemológica abren paso a visiones adaptativas que teorizan el caos urbano, el no topos, el no lugar. En un mundo intangible surgen nuevas definiciones, la ciudad desurbanizada o su imagen invertida, la urbanización sin ciudad.

 

Podríamos decir que todas estas teorías (si estamos pidiendo una definición de lo urbano) son teorías fallidas, no nos dan una respuesta satisfactoria, dan múltiples aproximaciones de las que no podemos prescindir, que hoy coexisten como parte de lo verosímil, de lo que parece que nos puede dar, proporcionar cierto sentido de la vida urbana. Pero la suma de todas estas definiciones no se pueden articular fácilmente, no permiten acceder a una definición unitaria (García Canclini, 1998).

 

Un nuevo lenguaje socio-urbanístico da cuenta de la búsqueda de una fundamentación a los cambios operados. Definiciones como ciudad global (Sassen, 1991), dual (Castells, 1995), fractal (Soja, 1996), difusa (Borja, 2003), genérica (Koolhaas, 1994), en capas (Marcuse, 1996), intentan caracterizar una multiplicidad de fenómenos físicos, sociales, tecnológicos, políticos y culturales que no pueden ser contenidos en la clásica definición moderna de la ciudad.

Un lugar finito de construcciones va perdiendo vigencia en favor de un juego de movimientos, donde la circulación pasa a ser el factor decisivo. Una noción del tiempo que prioriza la velocidad y la idea del desplazamiento sin obstáculos, instaura un nuevo concepto del derecho de uso.

El desarrollo urbano de hoy evoluciona a base de módulos y las infraestructuras que las conectan. El espacio no es definido por sus bordes sino por los tejidos que vinculan a sus componentes. Se materializa la transición desde la ciudad compacta autocentrada, radial, que aparecía como expresión culminante de la fase industrial-desarrollista, hacia una metropolización expandida, con forma de archipiélago.

 

La sociedad globalizada tiende a funcionar en torno a flujos: flujos de capital, flujos de información, flujos de tecnología, flujos de interacción organizativa, flujos de imágenes, sonidos y símbolos. Los flujos no son sólo un elemento de la organización social: son la expresión de los procesos que dominan nuestra vida económica, política y simbólica (Castells, 1998: 43).

 

Una tendencia apunta hacia un horizonte de un espacio discontinuo y ahistórico, una trama irregular de lugares dispersos y segmentados, cada vez menos relacionados entre sí y cada vez menos capaces de compartir códigos culturales.

 

Por mucho tiempo, convencidos de los milagros de lo virtual y de la revolución numérica, muchos sacralizaron la idea de un fin de los territorios. Pero en realidad lo que se está dando ante nuestros ojos es precisamente lo contrario, a saber: una reterritorialización, una reconfiguración de los territorios, que se manifiesta en múltiples formas (Mongin, 2006: 167).

 

Esta dinámica entre los global y lo local, lo macro y lo micro, explicita la contradicción entre el fluir y el habitar, lo real y lo abstracto, entre la circulación del capital, la globalización financiera y la defensa de la vida asentada en el territorio. Entre un poder global cada vez más homogéneo y la diversidad de las formas en que se reproduce la vida urbana.

Una esquizofrenia estructural se plantea entre estas lógicas espaciales contrapuestas, antagónicas, que funcionan en ritmos y velocidades diferentes: por un lado un mundo integrado por instrumentos globales con una cultura cosmopolita y por el otro un fraccionamiento de asentamientos locales de baja o nula movilidad. Esta contradicción presiona las estructuras y formas urbanas heredadas de períodos anteriores en la medida que el modelo espacial diseñado por el modernismo, la ciudad como máquina, se vuelve disfuncional para la emergente sociedad global en red.

 

El síndrome de la multitud

 

Las migraciones que durante décadas sostuvieron el modo de producción fordista, mutaron producto de la flexibilización y la estratificación laboral y se han convertido en mareas, un sedentarismo nómade, que acumula población precarizada y la confina en barrios de extrema pobreza.

Cambios climáticos, contaminación y desertificación, nuevos modos de producción y la destrucción de las economías locales y regionales, han acelerado las migraciones rurales. Sumadas a las migraciones interurbanas motivadas por la economía de escala y los nuevos roles de las grandes ciudades como nodos productivos financieros y de servicios que determinan la jerarquización de unas y la desaparición de otras, dan por resultado un crecimiento explosivo que ha desbordado las metrópolis hipertrofiando todo su funcionamiento, un big bang en permanente expansión con una topografía de lugares que esconden lugares.

La superficie de lo urbano se ha extendido en un continuo irregular, integrando núcleos heterogéneos, insuficientemente abastecida por una infraestructura de carácter selectivo, absorbiendo espacio rural, combinando formas de producción de hábitat informal con proyectos inmobiliarios de alto impacto.

Por efecto gravitacional, aldeas, pueblos y localidades son subsumidos en enormes tramas dentro de los cuales se vuelve compleja la delimitación entre ciudad, área o región. Sin registro alguno del fenómeno, el plano jurisdiccional define divisiones administrativas que las fracturan en unidades arbitrarias de diferentes escalas, complejizando la interpretación de una geografía que no puede ser pensada como un puzzle.

De las megalópolis de más de diez millones, el 90% corresponde a los países llamados periféricos. En 1950 la ciudad de San Pablo tenía 2,5 millones de habitantes y México 3 millones, hoy ambas superan los 20 millones. Río de Janeiro, Buenos Aires, Belo Horizonte, Lima, Bogotá, Caracas o Santiago han crecido en proporciones semejantes. En Latinoamérica, el 20% de sus habitantes, 110 millones, viven en 10 regiones metropolitanas.1

Este crecimiento no solo es estadística numérica, cambió los parámetros estructurales y morfológicos, generando un aumento de los costos económicos, sociales y ambientales. Ninguna hipótesis como no fuera en el campo de la ciencia ficción imaginó la ciudades con esta dimensión y complejidad.

Ante la magnitud de una progresión que es persistentemente desbordada, políticos, técnicos y gestionadores del Estado han abandonado toda pretensión de planificar el devenir de las metrópolis; los sueños urbanísticos de la modernidad se han desvanecido dando paso a una estrategia de ataraxia, acotada a la inmediatez de navegar en la crisis. El proselitismo elude el debate; si bien los diagnósticos son concluyentes, no se registra terapia alguna para revertir la patología de este gigantismo: el recurso es ignorar la anomalía. La defensa de la gobernanza y el control sobre el espacio, construidos sobre la hipótesis de comportamientos previsibles, colisiona con el desorden producido por la incesante búsqueda de maximización de la renta urbana, la especulación inmobiliaria, el crecimiento migratorio, la destrucción del espacio público, los fenómenos de segregación y fragmentación, la violencia, el déficit habitacional, la ampliación de los tiempos de desplazamiento y el impacto ambiental.

Este cuadro no encuentra respuesta en las políticas que definen prioridades poco relacionadas con la esencia de estos conflictos; en consecuencia, la mayoría de las acciones en lugar de responder a la crisis, la reproducen, ampliándola y generando una nueva espiral de contradicciones. La acciones a corto plazo, las micro intervenciones o los trabajos de costura, por más creativos que se presenten, no logran avances sustanciales dados los límites que encuentran en el modelo social vigente. La metrópolis es síntoma y patología, alegoría y escarnio del ocaso de un modo de producción del hábitat. Paradigma de la creación capitalista, es también símbolo inequívoco de su decadencia.

 

Agarofobia

 

El nexo entre lo público y lo privado se ha quebrado, las experiencias sociales propenden a disgregarlo, los lugares abiertos se consideran incontinentes, desprotegidos, aventurados, solo destinados a transitar, configuran un área excedente dentro del damero edificado.

La idea de salir a pasear de a pie, de observar escenas familiares a través de las ventanas, de compartir la vida, que durante décadas simbolizó un atractivo de la urbe moderna, está cuestionada por una ciudad plagada de muros materiales y simbólicos. Las calles son visualizadas como zona de riesgo, hostilidad y peligro, un paisaje minado de amenazas las transformó en un ámbito cargado de negatividad y rechazo; el lugar de intercambio a escala vecinal y barrial se transformó en una mera cinta circulatoria, simple senda viaria. El abandono de las calles, de los lugares abiertos e irrestrictos, su degradación o desaparición, significa aceptar la vida sin socialidad física, cada vez más refugiada en el universo virtual, el texto sin el cuerpo.

La agorafobia es el síntoma de una elite que se niega a compartir lugares sin su control; de esta patología están exentos aquellos que sienten la ciudad como pulsión vivencial y necesitan interactuar en un ambiente colectivo, para la acción y la comunicación, como un sitio que da visibilidad política a las relaciones humanas.

El sentido común que ha relacionado el espacio público con la administración del Estado y a éste con su degradación, ineficiencia y corrupción, conformó el sustrato que impuso la lógica de la mercantilización de todo terreno rentable. De esta manera, es persistentemente erosionado para apropiarlo con la retórica de la puesta en valor, valorización que practica la demolición en nombre del progreso y preserva lo antiguo para la industria cultural y el turismo.

Perdido el espacio comunitario, el imaginario se ha vuelto hacia el interior, protegido por una nueva taxonomía de rígidos códigos, organiza la existencia de sus habitantes con normas que estructuran el territorio en base a patrones de diferenciación social y de separación, de inclusión y exclusión. Estas reglas indican cómo se interrelacionan los distintos grupos sociales y acompañan un fenómeno de mundialización donde la frontera tiende a desaparecer en el Estado nación y se reconstruye en su interior.

En toda Latinoamérica, la tendencia a la suburbanización en nodos aislados o a buscar refugio en verticales babeles de condominios autosuficientes, abandona el ideario de ciudad que pretendía superar su matriz colonial, copiando el patrón europeo, compacto y monocéntrico, para volcarse al modelo estadounidense de ciudad dispersa, difusa, marcada por el autoaislamiento electivo de las elites, creando un hábitat estratificado, con una jerarquía piramidal que se homogeniza horizontalmente conforme al nivel de ingresos.

La fragmentación alienta la discriminación y la exclusión, implica el abandono de la posibilidad de un ejercicio democrático e igualitario que es reemplazado por un mundo de espacios encriptados al cual se accede a través de la competencia social en lugar de la cooperación y la solidaridad.

El adentro y el afuera se definen como lugares antagónicos, separados por barreras estrictamente custodiadas, lo cual va configurando una conducta ostensiblemente agresiva y de sospecha a lo diferente.Las elites se encierran en condominios, barrios cerrados, centros comerciales y de recreación, construidos fuera de todo tejido histórico, en ámbitos anémicos, sin memoria, rodeados de parapetos ciegos, que impiden mirar y ser mirados desde el exterior, con una arquitectura clonada que produce la sensación de estar siempre en un lugar conocido, pero al mismo tiempo de no estar en ninguna parte. Celebran la fantasía de vivir sin riesgo en un crucero, su ideal turístico, sin amarras locales, de ser parte de un cosmopolitismo empobrecido por la rutina de rituales circulares y previsibles. Solo quieren ver su imagen reflejada en el espejo, no se atreven a romperlo porque niegan la realidad que los mira desde el otro lado.

Al contrario de la distribución zonal, donde la localización establecía la proximidad geográfica de grupos sociales diferentes e incluso la posibilidad de una franja de convivencia y transición, la actual reorganización de las relaciones espaciales se basa en la reducción drástica de las intersecciones entre ricos y pobres. Las clases privilegiadas transitan velozmente en medio de una escenografía detrás de la cual nada parece existir. El movimiento se produce en una topografía dual, donde cada capa es reservada para un estrato diferente, cada cual funciona con sus tiempos y ritmos, en total asimetría.

La división socioespacial revela cómo las clases hegemónicas escogen y legitiman la opción de este mecanismo que cristaliza las relaciones entre los que pertenecen a segmentos socioeconómicos diferentes, construyen mecanismos de control y coerción, para que esas relaciones permanezcan. Ello conlleva a reivindicar una pertenencia a ese espacio de intramuros como una conquista merecida sobre quienes en extramuros pueden amenazar su burbuja de privilegio, fortaleciendo el rechazo a la heterogeneidad a favor de grupos de cohesión asfixiante.

Una matriz de alejamiento más que de proximidad, de sospecha preventiva más que de confianza, se extiende al conjunto de los vínculos sociales. La vocación por el enclaustro elimina la capacidad de experimentar nuevas relaciones y ejercer una de las cualidades esenciales de la actividad humana, cuestionar las condiciones existentes.

En la región metropolitana de Buenos Aires, más de 1.000 barrios cerrados se desarrollaron con el aporte de un Estado condotiero, que con legislación favorable e infraestructura vial, coparticipó en la mayor transformación urbana realizada en su territorio, operación consumada al margen de cualquier debate o reflexión sobre su impacto y consecuencias sociales, físicas y culturales, generando una mudanza cuyas consecuencias serán difíciles de revertir y tendrán una gravitación perdurable.

Los countries, como componente emblemático de los gated communities, del circuito de enclaves homogéneos, son espacios de producción de pautas, prácticas sociales y culturas que configuran diferentes grupos de pertenencia y estatus. Sus residentes representan el triunfo de un perfil de ciudadanía restringida, patrimonialista, que pone la seguridad por encima de todo principio de equidad y libertad, donde el estándar dominante es la diferenciación; en ellos, como señala D. Harvey, se impuso el principio de comunidad excluyente.

El espacio cerrado aparece como una situación buscada, deseada y por tanto como una forma de valorización. El miedo manipulado por mediadores sociales se transforma en objeto mercantil; para quienes optaron por la fuga, protección es sinónimo de buen vivir, el abandono de la ciudad es presentado como una superación que se afirma en la negación y estigmatización de la ciudad plural y heterogénea, la transforma en un simple apéndice exterior. Una nueva generación nacida en un mundo de escallas desconoce por completo el afuera y lo avizora como un océano de peligros, crece cargada de temores, desconfianza y restricciones, cimentadas bajo la tutela de adultos que les niegan la posibilidad de toda vivencia ciudadana. Transida por prejuicios, animosidad y beligerancia, es incapaz de cualquier alteridad, alimenta el odio de clase, racial y xenófobo, la arrogancia elitista y la justificación de privilegios.

La acumulación de prevenciones, conductas y medios defensivos, al contrario de ofrecer reparo y tranquilidad, han aumentado las patologías de pánico y paranoia que afectan a la población, sin distinciones de edad o género, y registran índices de evolución permanente.

La polarización, adentro-afuera, seguro-inseguro, rico-pobre, nuestro-ajeno, se traslada mecánicamente a la ecuación legal-ilegal, en la lógica del mercado: quien no es consumidor es sospechoso.

La posición de extrañamiento y alienación socioespacial cultiva una interpretación basada en la autosuficiencia jurídica y policial; el único referencial político es la gobernabilidad, garantizar que lo extrínseco no se salga de control, reforzando los procesos de segregación y aislamiento forzado de los pobres: el carácter especulativo y rentista de la tierra urbana, junto a los procesos de gentrificacion2 y relocalización los empuja a los espacios más degradados. Un orden dual contiene a ricos auto-segregados y pobres segregados y tracciona como fuerza desintegradora el tejido citadino en una batalla asimétrica por el espacio.

 

Entre muros

 

La segregación tiene representaciones físicas contundentes, desde 1970 el mayor crecimiento poblacional del planeta fue absorbido por las comunidades marginales de las metrópolis del tercer mundo. Cité du soleil en Haití, Nezachalcoitza en México, Cono sur en Lima, Libertador en Caracas, Aguas blancas en Cali, el Sur-Ciudad Bolívar en Bogotá, Rocinha en Río, Vila Heliopolis en San Pablo albergan desde decenas a cientos de miles de personas. El fenómeno no es endémico, recorre todas las latitudes, Ajegunle en Lagos, Nigeria, Soweto en Sudáfrica, Ciudad de los muertos en El Cairo, Pikine en Dakar, Dharvi en Mumbay o Kibera en Nairobi, son algunas de las más significativas por tamaño y condición. “No hay nada en el catálogo de la miseria victoriana narrada por Dickiens, Zola o Gorki que no exista en algún lugar de las actuales ciudades del Tercer Mundo.” (Mike Davis 2008: 185)

La favela, la villa, el slum, son presentados como un espejo invertido de la civilización, la cara opuesta a los deseos de una ciudad bella, limpia y ordenada. Estar domiciliado allí es un estigma y de hecho alcanza para ser clasificado vago o delincuente, es condena a la invisibilidad. Sus casas nunca son consideradas residencias fijas, son provisorias como sus habitantes.

La presentificación de quienes no forman parte de ningún proyecto, porque no tienen otro futuro que no sea la inmediatez, los condena en el mejor escenario a políticas prebendarias y clientelares, contradiciendo las definiciones habituales; para los pobres el espacio urbano nunca es gratuito, incluso el más precario. Su hábitat queda congelado, es punto de partida y llegada. El resto de la sociedad no los considera parte de su existencia colectiva, su territorio nunca es reconocido como parte de la polis, no es lugar de ciudadanía.

 

La línea de pobreza, que solo equipara la pobreza con los bajos ingresos, ignora y oscurece las dimensiones simbólicas, las características específicas de los procesos de marginación y la cadena de eventos y condiciones que conducen a los procesos de exclusión social.” (Loic Wacquant, 2000: 93)

 

El estereotipo discriminatorio considera el territorio de los pobres como área de riesgo y nutriente principal de la actividad criminal, albergue habitual de sujetos peligrosos llevados al crimen por vocación, desidia o abandono. Aunque no se explicite su relación con la pobreza, es muy difícil no asociar pobreza y amenaza. Cuando se hace referencia a un lugar, villas y barrios pobres de modo explícito son considerados zonas de concentración y hábitat natural de delincuentes; todo aquel que vive allí es estigmatizado como habitante de un territorio sin control, promiscuo, sin familia, ni autoridad, por tanto es justificadamente segregado. Esta interpretación expresa de forma particular una mayor tolerancia con la aplicación de la violencia, la limpieza social y racial en los barrios de clases altas y medias y la militarización de los barrios marginales, práctica común de los gobiernos de las principales ciudades.

El adjetivo violento tiene carácter ideológico y sirve para definir al otro. Los medios generadores de pánico moral nunca presentan el suceso como un caso aislado, configuran al enemigo como un ser anónimo y sin voz y a la víctima como alguien con quien es fácil identificarse. El resultado se puede leer en un mapa donde se verifica que la violencia no se distribuye de forma igual en el espacio urbano: es una forma de desigualdad social, son los habitantes precarizados, que viven en los sitios vulnerables, quienes sistemáticamente sufren la violencia letal; particularmente niños y jóvenes son los más victimizados, el aparato represivo del Estado los tiene como principal objetivo y actúa diferenciando claramente la punición de acuerdo al sitio donde se produce y quién es la víctima.

En Brasil, de las casi 40.0000 muertes por homicidio por año, el 90% son jóvenes, el 80% pobres y negros, y víctimas de la policía, un 60%3. El informe de la Correpi para la Argentina entre 1983-20094 presenta similares estadísticas, que encuentran paralelos en casi todos los países del continente. Un axioma inequívoco determina que siempre el gatillo fácil actúa donde la vida es más difícil.

 

La arquitectura del miedo

 

La búsqueda de seguridad es una obsesión universal. La inseguridad se usa como categoría para definir la realidad, es sección fija mediática, dejó las páginas especializadas para ser primera plana, es problema prioritario de la agenda política y recurso electoral por excelencia. La guerra de información masiva, concepto de Paul Virilio, ha cambiado el sistema de representación del delito en los medios. Televisión, periódicos y portales de internet tejen una trama sin fin de datos, situaciones y noticias, donde las imágenes de violencia criminal, accidentes de tránsito y catástrofes naturales son relatados por comunicadores del horror para prevenirnos sobre lo que nos espera al salir de nuestra casa o aun si permanecemos en ella.

La vivencia del miedo corroe todas las formas de pensar y habilita las respuestas más irracionales, donde todas las prevenciones siempre son insuficientes. Obsesivas y contagiosas conversaciones sobre la inseguridad conforman una opinología sin fundamentos reflejada en el lenguaje que habla sobre violencia; como señala la antropóloga Alba Zaluar, la fala do crime establece distancia y carga de sentido las barreras físicas y los reclamos represivos. Una cultura paranoica de la protección se alía con nuevas reglas de distinción, para aislar los espacios públicos y separar más abruptamente a los sectores sociales. La mecánica de analizar el mundo a través de distintos tipos de amenazas produce una continua vigilia para la detección de peligros y la evaluación de probabilidades adversas.

La arquitectura del miedo escapa a toda razón y se transforma en cultura del absurdo; la sociedad, en un período relativamente corto, adaptó sus conductas y aceptó un sinnúmero de medidas y objetos que han ido incorporándose a sus hábitos cotidianos y costumbres familiares. El hábitat ha sido rediseñado con una estética del temor, que, cada vez más naturalizada, invade todos los actos, modifica el entorno y los recorridos urbanos que son seleccionados en base a códigos de seguridad.

El paisaje ha cambiado al dividirse en zonas seguras e inseguras, lugares con resguardo o desprotegidos, antinomia que define el linde entre lo confiable y lo peligroso. Espacios vigilados, cámaras de video, guardias civiles, tarjetas de acceso, detectores de robo en prendas y objetos se imponen como necesarios, sin meditar que la aceptación de estos controles valida la universalidad de la categoría de sospechoso. Un verdadero ejército de guardias privados que supera en número a los efectivos estatales y que actúa fuera de todo control ha privatizado el poder de policía.

En los ochenta, Londres inicia la práctica de monitorear con videos las protestas sociales generadas por las políticas aplicadas por el gobierno de Margaret Thatcher; luego, con la retórica del crimen, esta tecnología se consolidó como un método de control permanente. En la actualidad, más de diez mil cámaras en toda la capital inglesa permiten que quien recorra sus calles pueda ser visto hasta 200 veces en un mismo día. En agosto de este año, los violentos incidentes en sus barrios pobres, donde la desocupación juvenil alcanza el 23%, demostraron la vocación punitiva y el limitado efecto preventivo de los mil ojos de la tecnópolis del pánico.

De este panóptico del nuevo milenio, que supera cualquier distopía orwelliana, participa un ejército de centinelas anónimos que avasallan todo derecho a la intimidad: cuanto más introvertida y ensimismada está la sociedad, mayor es su grado de exposición.

Esta práctica de control tecnológico es asumida por casi todas las metrópolis, es valorada como una conquista en la estrategia de prevención y se extiende a edificios públicos y privados, colegios incluidos. Con la incorporación de señales de televisión se va tejiendo una red de paranoia colectiva donde todos pueden vigilar a todos.

 

Respiración artificial

 

La ciudad es un ambiente absolutamente artificial, incluso sus espacios verdes son una domesticación de la naturaleza, pues no forman parte de un ecosistema, por tanto toda su actividad implica impactos sobre el ambiente natural; cuanto mayor y más compleja es la urbe, mayor es la conmoción producida. El desequilibrio entre el ingreso de energía y la salida de residuos líquidos y sólidos crea un deterioro con el entorno que crece sin pausa.

Las regiones metropolitanas dependen de un vasto sistema de recursos, muchos de ellos no renovables; la demanda de insumos naturales consumidos para su funcionamiento deja una huella profunda de magnitud y consume energía a una velocidad que la naturaleza no alcanza reproducir; la lógica del crecimiento destructivo impuso su predadora racionalidad instrumental. El cambio climático, la megaminería, la sojización, los desechos industriales, los residuos urbanos, los agroquímicos que degradan y contaminan la tierra y los cauces hídricos, ponen en estado crítico la salud del planeta y alimentan una crisis ambiental sin retorno. La polución del aire, la contaminación sonora y visual, las aguas servidas y la basura se multiplican de manera incontrolada y desbordan cualquier predicción.

La sociedad del automóvil sintetiza el arquetipo epocal de un estilo de vida; transporte individualista por excelencia, símbolo inequívoco de irracionalidad, ha ido rediseñando la vida urbana y suburbana. El área destinada a circulación y estacionamiento alcanza el 30% del uso del suelo, es el principal generador de monóxido de carbono, polución auditiva, consumidor de energía no renovable e insumos no reciclables, principal causa de muerte violenta, generador de stress, tensión y estratificación. Nada pone en cuestión su existencia y su aumento permanente; al contrario, los índices de crecimiento económico toman la industria automotriz como referencia positiva.

Catástrofes ecológicas sin precedentes se producen regularmente en el transporte de petróleo, necesario para sostener la sociedad del automóvil. La producción de biocombustibles destina una parte de la capa más fértil del planeta a mover autos en lugar de responder a la crisis alimentaria mundial.

Su uso intensivo no es solamente propio de los países centrales; las urbes latinoamericanas están entre las más conflictuadas por su utilización desenfrenada: San Pablo, Río de Janeiro, Caracas, México DF y Buenos Aires laten al borde del infarto al ritmo de un tránsito cada vez más congestionado. El absurdo de ensanchar caminos y autopistas es como enfrentar a la obesidad cambiando de talle.

El transporte público, deteriorado o insuficiente, sigue patrones configurados para otro tipo de sociedad; en pequeñas y medianas ciudades desaparece sepultado por la lógica de la rentabilidad. En las metrópolis, la densidad del tránsito, la saturación viaria, la necesidad de movilidad entre los destinos laborales y habitacionales cada vez más alejados entre sí, generan un cuadro caótico que consume horas de vida y tiempo laboral no remunerado. Los trabajadores deben destinar una carga horaria, que representa del 20 al 50% de su jornada, a trasladarse en condiciones de precariedad y mal trato en recorridos cada vez más extensos, saturados y hostiles. En horarios de máxima demanda su uso se vuelve imposible, condenando a los sectores más vulnerables de la población a la inmovilidad y al aislamiento forzado. En la Argentina, en los últimos treinta años la cantidad de pasajeros del transporte público descendió de 67% a 42%, mientras que el automóvil aumentó su participación del 16% al 38%.

El concepto “desarrollo urbano” es usado sin mayores reflexiones, asociado al concepto de modernización, sin tener en cuenta los costos ambientales, sociales y la repartición desigual de esos costos entre clases y grupos sociales.

Sin subestimar los aportes realizados para la integración del hombre con el medio ambiente y las ideas acerca de la reestructuración urbana hacia una ciudad ecológica, el desarrollo sustentable agota su propuesta frente a una problemática que es más social y política que técnica.

El funcionamiento de una ciudad como un sistema cerrado autosuficiente, generando su propia energía y reciclando sus propios residuos es irrealizable, entre otras múltiples razones por el modo de producción de un capitalismo flexible y especializado, cuya localización productiva es global y no puede ser controlada en una sola geografía. El promocionado experimento de reproducir la vida en un ecosistema cerrado, la Biosfera 2,5 término en un fiasco.

El fracaso de las conferencias de Kyoto6 y Copenhague7 muestra los límites de quienes apuestan a un capitalismo sustentable. La idea del same boat (todos estamos en el mismo barco) licúa y equipara autorías y abona una nueva forma de dominación que atribuye a las corporaciones, a los gobiernos y a la elite científica la autoridad y la capacidad para cuidar la vida en el planeta.

 

 

Todos los caminos conducen a la ciudad

 

El planeamiento urbano modernista aspiraba a transformar las ciudades en un único domino público homogéneo patrocinado por el Estado y a eliminar las diferencias para crear una ciudad racionalista universal. A comienzos del siglo xxi, el planeamiento territorial y urbano carece de propuestas y ha cedido su rol directriz a manos de emprendedores inmobiliarios, de operadores del mercado de capitales y de las corporaciones del transporte y los servicios.

Asumiendo el dejar hacer al mercado, profesionales y técnicos concentran sus energías en la promoción de una nueva estética urbana. Con la justificación de lograr una iconografía arquitectónica, un logo o marca identificadora, diseñan edificios sofisticados y rentables, firmados por estudios de prestigio, que totemizan el hedonismo individual y colectivo, materializando la moral hegemónica del capitalismo posmoderno.

La desmesura y la hostilidad metropolitana son presentadas como un mal inevitable, atribuible a factores inmanejables, su fetichización mistifica las causas y diluye las responsabilidades. Las prácticas elusivas presentan una madeja de problemas técnicos y operativos que traumatizan e inhiben las respuestas.

La burocratización, la corrupción, la manipulación, el clientelismo y el autoritarismo no son solo resultado indeseado de una megaciudad donde se pierde toda escala humana, encuentran en ella su intérprete y activador apropiado donde la heteronomia alcanza su justificación teórica y fáctica, es el sustrato sobre el que se teje la alienación laboral, social y urbana.

La sociedad se estructura con individuos agresivos, cargados de sospechas y desconfianza que naturalizan la geografía del temor. Por eso cuanto más compleja, extensa y densa es la ciudad, el hacer político se refugia más y más en los ámbitos institucionales, en los medios, en un escenario higienizado, sin riesgo, unidireccional y restricto.

El debate sobre la crisis de las grandes ciudades está ausente de la consideración política salvo para la retórica de la violencia y la inseguridad. A la incapacidad por analizar y actuar sobre variables múltiples, se suma una práctica condicionada por la agenda electoral que acorta los tiempos, estrecha el horizonte y descarta cualquier posibilidad de una perspectiva integral que requiera plazos diferentes. Cuando de la actividad política desaparecen programas y propuestas, no extraña que también se abandone la idea de pensar y proyectar lo urbano.

Los diagnósticos sobre la eclosión y crisis de las grandes ciudades se estrellan en el presupuesto teórico que acepta el límite de asimilar la producción de lo urbano al dominio acrítico de la sociedad del capitalismo tardío.

La mayor dinámica se encuentra en manos de los movimientos sociales, cuyos actores están involucrados en el hacer donde se asienta la vida, en el espacio real, allí donde los cuerpos gozan, se reproducen, son controlados, sometidos, explotados, reprimidos o se liberan. Significar la vida en el territorio presupone invertir la interpretación hegemónica de pensar desde la centralidad, sugiere incorporar una mirada desde los márgenes, un camino que necesariamente tiene que confluir en una visión que no se extinga en la parcialidad.

Persiste aún un déficit en el campo del pensamiento crítico, pues sigue atado a la simplificación de concebir lo urbano solo como un escenario, un contenedor donde se localiza la producción y el conflicto social, se sigue considerando la variable tiempo sin percibir el modo espacial de dominación.

La ciudad es una de las creaciones más exitosas de la humanidad y no existe posibilidad de pensar el mundo sin ella: hoy vive en urbes más de la mitad de la población mundial y la solución no parece ser la vuelta de millones de personas al campo. Cualquier alternativa a este modelo civilizatorio debe aceptar el desafío de crear una organización espacial favorable, capaz de estimular una práctica social autónoma e imaginar un modo urbano de vivir cualitativamente diferente. El derecho a la ciudad no se agota en el derecho de acceder a su centralidad, a su belleza escénica, es también el derecho a transformarla, a volver a imaginarla y rehacerla.

 

Bibliografía

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1 Fuente: World Urbanization Prospect 2009, Naciones Unidas, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales.

2 El término procede del inglés, gentrification, deriva de gentry, aristócrata, burgués. La gentrificación se inicia cuando la elite redescubre un barrio que, a pesar de estar degradado y descapitalizado, ofrece un paisaje atractivo, ubicación calificada, una buena relación entre la calidad y el precio y deciden instalarse en él, revalorizando la zona.

3Fuente: IBGE, Instituto Brasileiro de Geografía e Estadísticas, y PNADs, Pesquisas Nacionais por Amostra de Domicílios.

4ORREPI, Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, Informe de 1983 a 2009. En: Herramienta 43 (marzo de 2010), p. 123.

5 El primer experimento a gran escala por reproducir nuestra biosfera costó 200 millones de dólares. La llamada “Biosfera 2”, una estructura de 1,27 hectáreas construida en Oracle, Arizona (EE.UU.) entre 1987 y 1991, fue diseñada para investigar la viabilidad de biosferas cerradas en la colonización espacial. El experimento principal, dividido en dos misiones, finalizó en fracaso en 1994. Luego de muchas idas y vueltas, Biosfera 2 fue vendida a una promotora de casas residenciales.

6 El Protocolo de Kyoto sobre el cambio climático tiene por objetivo reducir las emisiones de seis gases que causan el calentamiento global en un porcentaje aproximado de al menos un 5%, dentro del período que va desde el año 2008 a 2012. El protocolo fue adoptado el 11 de diciembre de 1997 en Kyoto, Japón pero no entró en vigor hasta el 16 de febrero de 2005. En noviembre de 2009, eran 187 estados los que ratificaron el protocolo. Los Estados Unidos, mayor emisor de gases de invernadero mundial, no ha ratificado el protocolo.

7 LaXV Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático se celebró en Copenhague, Dinamarca, del 7 al 18 de diciembre de 2009 y fue organizada por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), con la meta de preparar futuros objetivos para reemplazar los del Protocolo de Kyoto, que termina en 2012. El evento no logró un acuerdo que comprometiera a todas las naciones asistentes.

 

 

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