El olvido pasa factura

Por estas épocas tan sorprendentes, cuando uno no acaba de asimilar su propia perplejidad ante conductas y declaraciones hasta hace poco impensables, algunos hechiceros nos quieren convencer de que hemos abandonado por desidia y poca voluntad el cuerno de la riqueza y la felicidad. El Profesor de la Universidad de Bologna, Loris Zanatta, afirma que ya pasó la borrachera populista, en línea con Gonzalez Fraga, por ejemplo: “Le hicieron creer al empleado medio que podía comprarse plasmas y viajar al exterior”.

Por supuesto ni el catedrático italiano ni el CEO bancario radical-menemista tienen idea de la pobreza ni el hambre. “Me gustaría saber qué tan pobres son los pobres”, dijo el Presidente del Banco Nación.

La verdad es que los pobres no asistieron al banquete ni comieron caviar. Apenas se arrimaron a la mesa a recoger algunas migas. Que antes no recogían y ahora tampoco, es verdad. Y que  eso no es poco. Porque para el que no tiene nada dos chapas son un techo, cosa que no todos los “intelectuales” podemos asumir.

Y nos seguimos preguntando ¿qué nos pasó? Y me lo pregunto yo, que no fui ni soy kichnerista, pero sí tan responsable como cualquiera que lo sea o lo haya sido. O más quizá, por no haberlo sido.

Fray Beto es uno de los que ha encarado la necesidad de autocríticas. Parte de una premisa difícil de aceptar para quien se encuentra hoy frente a un cambio de políticas inesperadas y de una contundencia brutal. Dice el dominico: no hay que poner toda la culpa en el enemigo”. Difícil decírselo al que no tiene el dinero para los medicamentos del hijo.

La bronca de muchos se canaliza, precisamente en eso: poner toda la culpa enfrente y, por lo que dije, es más que razonable.

Pero si no hay que poner toda la culpa enfrente – muchas veces en el no siempre definido neoliberalismo-, entonces hay que ponerla de este lado.

Así dice el fraile: “Hay que hacer una autocrítica de los errores cometidos. En el caso de Brasil, nosotros estuvimos 13 años en el gobierno y no hicimos un trabajo de base, de alfabetización política. Si hicimos un trabajo de facilitar al pueblo a los artículos de consumo, hicimos mucho más una nación de consumistas que de ciudadanos”.

En suma, dos “errores”: a) No haber hecho trabajo de base: alfabetización política y, b) facilitamos al pueblo artículos de consumo haciendo una nación de consumistas.

Creo que esto requiere algunas aclaraciones.

Planteada así la cosa parece que las políticas fueran absolutamente voluntarias. Si se dieron artículos de consumo es porque los había y había que venderlos y haberlo hecho no significa que  (en este caso Brasil) se haya transformado en una nación de consumistas. Lo que bajó allí, para las grandes masas, fue el hambre, y no sé si llegaron al famosísimo FOME ZERO. Y aquí hay que hacer mención del grandioso proceso que se dio entre la producción basada en riquezas naturales y su aprovechamiento financiero que llevó los precios al tope. Lo que posibilitó si una redistribución. Cuando no una redistribución entre los mismos pobres (muy evidente en Argentina).

Más acertado me parece es la referencia a la carencia de “alfabetización política” si aclaramos que queremos decir con ella. Creo que la cuestión tiene dos aspectos que, además, también requieren referencias históricas. Y está vinculado a lo anterior. Alfabetización política era contar la verdad de lo que pasaba con los comodities, por ejemplo, que la gente al menos opinara del desmonte y, además, hasta donde se llegara, pelear la redistribución, si se quería aprovechar la coyuntura. Que los logros fueran alcanzados por la lucha y poder así mantenerlos.

Pero muchas cosas no se dijeron, para “no hacer el juego al enemigo” y muchas porquerías se hicieron “por la causa”. Viejo atajo que termina en los Ortega.

Lo cierto es que olvidamos muchas cosas, todos. Aun los que las recordaban como se recuerdan los libros sagrados. Y se enseñan cómo se enseñaba el latín. Para repetir cosas que nadie entendía. Así pasó con la izquierda académica. Un poco más cerca de la mesa, pero nada más. Tratando de ponerle nombre a algunos fenómenos, como Laclau hizo con el populismo y su razón, y otros hicieron con el neo-desarrollismo, el neo-keynesianismo y el socialismo del Siglo XXI.

Así, salvo para las oraciones fúnebres o de homenaje a las fechas redondas, no fue tanto lo que se ahondó para inventar nuevas conjeturas, más que descripciones sobre los mecanismos económicos, pero, sobre todo ideológicos del capital financiero. Y nos fuimos olvidando, aunque las hayamos seguido repitiendo cuando no repudiando.

Que hay ricos y pobres, que la sociedad está dividida entre ellos, que la historia, los procesos sociales son esa lucha de lo que, sin pudor, podemos llamar clases. Que uso disponen de todos los medios de subsistencia, por lo cual sobreviven los que sirven. Cómo, dónde y hasta cuándo lo decidan los que disponen de esos medios. Que toda propiedad personal es destruida por ellos.

Hemos olvidado muchas de esas cosas. Olvidarlas significó no reconocerlas en nuestra realidad de los trece años de que habla el fraile, o de los que podemos hablar nosotros. Ese no reconocerlas que significó no aprehenderlas y trabajar con ellas, organizando, exigiendo, apretando. Eso hubiera sido alfabetización política.

Y el olvido, los olvidos, y el fin de los comodities hoy nos pasan las facturas. Y las nuevas tarifas. Dolarizadas a cuarenta y con la usura del sesenta por ciento.

Please follow and like us:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.