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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

El Pacto Social: de Perón y Gelbard a Cristina Kirchner

16 May,2019

por | Luis Brunetto

En la presentación de su libro "Sinceramente", Cristina Kirchner reivindicó las figuras de Juan Domingo Perón y José Ber Gelbard, y el Pacto Social de 1973 ¿En qué consistió y cuál fue la suerte de aquel plan? Aquí, un resumen de sus características, de los previos y siguientes programas de ese tipo. ¿Es posible aplicar una nueva y cuarta versión del Pacto Social?

I

“Estaba desesperado. Nos decía que no sabía cómo acelerar el plan económico. Nos decía que necesitaba que Perón viviera por lo menos 30 meses para que él pudiera asentar una nueva estructura de la economía argentina”: El relato es de José Luis García Falcó, refiriéndose a la reunión en que José Ber Gelbard, el propietario de FATE y Aluar y ministro de Economía de Juan Domingo Perón, le informó del estado desesperante de salud del presidente (María Seoane, El burgués maldito). Gelbard había sido informado por los médicos personales de Perón, Jorge Taiana (padre) y Pedro Cossio, sobre las consultas hechas tanto en EEUU como en la URSS, y de que no podría ser trasladado a ninguno de esos países para ser operado, pues no podría resistir el viaje. Aquella reunión se produjo el 21 de junio del ‘74.

La angustiosa invocación de Gelbard a “los 30 meses” resuena como una expresión casi perfecta de la impotencia. Qué duda cabe de que el peronismo fue, en nuestro país, el intento más audaz de realizar el proyecto capitalista independiente, y de que la dupla Perón-Gelbard, el más potente elenco político al servicio de ese plan. Y, sin embargo, una dupla tan poderosa no fue capaz de sentar las bases del desarrollo capitalista del país, ni de garantizar el éxito del Plan Trienal y del Pacto Social de 1973. Por eso, es posible interpretar la desesperada invocación de Gelbard como una expresión de la impotencia histórica que las burguesías nacionales, aun en sus intentos más audaces, exhiben a la hora de desandar la brecha que las separan de las potencias capitalistas.

A pesar de eso, la reivindicación de Perón, Gelbard y su plan fracasado, constituyó el corazón conceptual del mensaje de Cristina Kirchner en la Rural, en ocasión de la presentación de su libro. ¿Anticipo de un probable programa de gobierno? Eso no puede deducirse del discurso, pero amerita un mínimo examen, aunque más no sea porque, hoy por hoy, no hay dudas de que Cristina gana las elecciones, incluso tal vez en primera vuelta.

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Ubiquémonos en el contexto: Estamos en el primer pico nacional del proceso de movilización obrera y popular (el siguiente serán las movilizaciones del Rodrigazo en 1975) que se abrió con el Cordobazo de 1969. La izquierda, peronista y marxista, goza de un enorme prestigio en el pueblo trabajador, producto de su intervención combatiente contra la dictadura de Agustín Lanusse. Aun no se ha cumplido un año de Trelew y faltan semanas para los hechos de Ezeiza, la masacre que marcaría el fin de la “primavera camporista”. La izquierda peronista vive su momento de mayor influencia política, consecuencia inercial de la campaña electoral, que la tuvo como protagonista casi exclusiva. En ese contexto se firmó el Pacto Social, el 8 de junio del ´73. Establecía un congelamiento de precios y salarios por tres años, luego de un aumento salarial fijo, y la suspensión de las negociaciones paritarias.

Hacía falta un gigantesco peso político para imponer la suspensión de las paritarias y el congelamiento salarial: 18 años de luchas de la clase obrera para recuperar los niveles de vida que había alcanzado bajo el primer peronismo no podían ser dejados de lado, excepto que Perón mismo fuera el garante del pedido de sacrificio. Las masas obreras no reaccionaron, sin embargo, con un apoyo ni unánime ni, mucho menos, fervoroso, al pedido “patriótico” de Perón.

Montoneros salió a bancar críticamente el pacto, pero sus militantes fabriles participaron y estimularon conflictos en todos los establecimientos, por presión de sus propias bases pero también por descontento propio.

Muchas veces, los conflictos se disfrazaban con reclamos no salariales para encubrir la violación del pacto, pero se resolvían “salarialmente”. El Peronismo de Base tuvo una postura mucho más dura, denunciando el pacto, y la izquierda sindical marxista, tanto la ligada al PRT, como las más pequeñas corrientes trotskistas, también lo denunciaron y se opusieron abiertamente.

Pero el cuestionamiento principal provino de la enormemente influyente CGT de Córdoba, dirigida por Agustín Tosco. La denuncia del pacto por la CGT cordobesa contó con el tácito aval del gobierno “montonero” de Ricardo Obregón Cano y Atilio López, a quien Tosco reemplazaba al frente de la CGT. El silencio de la dupla provincial frente a la denuncia de Tosco implicaba un apoyo implícito, y eso provocó el deterioro de las relaciones con Perón, a pesar de los intentos de Obregón Cano y López en poner paños fríos.

Agustín Tosco

La aprobación del estatuto del empleado público, y el aumento salarial a estatales y choferes de colectivos que el gobierno cordobés concede a fines del ’73, selló su suerte política: El ministro del Interior de Perón, Benito Llambí, acusó al gobierno provincial de violar el Pacto Social, y se inició un distanciamiento sin retorno. En febrero del ’74 el jefe de policía Antonio Navarro derrocó a Obregón Cano y López. El triunfo del golpe en la tierra del Cordobazo y el Vivorazo se explica, por un lado, por los errores que el movimiento obrero y la izquierda cordobesa cometieron a la hora de resistirlo, pero, por el otro, por un factor decisivo mucho más poderoso e indudable: el respaldo de Perón. Ese respaldo estaba directamente relacionado con las necesidades del desenvolvimiento del Plan Económico; lo prueba el hecho de que el interventor federal nombrado por Perón el 15 de marzo, el catamarqueño Duilio Brunello, era un hombre de Gelbard, había sido su secretario privado y testaferro desde los años en que el ministro empresario vivió en Catamarca, cuna original de su fortuna.

Brunello gobernaría hasta septiembre, cuando lo reemplazará el brigadier Raúl Lacabanne: muerto Perón, y tal como lo había adivinado Gelbard, el pacto Social estaba liquidado. Ya no tendría lugar en el gobierno. La hegemonía pasaría a la ultraderecha lópezrreguista, que abriría el camino al viraje ortodoxo de la política económica que, “gradualmente” con Gómez Morales, y mediante el shock con Celestino Rodrigo, desembocaría en el estallido económico y social del Rodrigazo. Lacabanne apadrinará en Córdoba a las bandas fascistas del Comando Libertadores de América, las Tres A provinciales, y la caza de brujas contra los dirigentes combativos: En octubre, el SMATA y Luz y Fuerza son asaltados e intervenidos. Tosco y René Salamanca deberán pasar a la clandestinidad.

A fines del ’73, la duplicación del precio del petróleo dislocó completamente el funcionamiento de la economía mundial. En la economía argentina ese dislocamiento se expresó en el aumento de los precios de bienes de capital e insumos importados, que fueron trasladados por los empresarios, fueran nacionales o extranjeros, a los precios. El pacto social, con tres meses de vida, sufría el primer golpe, que lo dejaría herido de muerte. El mercado negro, el desabastecimiento, las colas para conseguir los artículos más elementales, estuvieron entonces a la orden del día. Los empresarios boicoteaban de ese modo el control de precios, y presionaban para blanquear los aumentos que pretendían. Los obreros contestaban, por su parte, con huelgas cada vez más frecuentes y cada vez más prolongadas.

Es en ese contexto que se da el mensaje de Perón del 12 de junio del ’74, al que también se refiriera Cristina en su discurso de la Rural. Se trató de un claro intento de respaldar a Gelbard, y prolongar la vida de su plan económico. Perón denuncia a agiotistas y especuladores, apremiado por las protestas y el descontento cada vez más marcado que la situación económica provocaba. Pero ese discurso de Perón que Cristina destacó representa, en realidad, el fin del Pacto, el fracaso del programa que había elaborado junto con Gelbard. Por la tarde, la movilización convocada por la CGT, aquella en la que Perón se despidiera con su el famoso discurso de “la más maravillosa música”, dejó ver una plaza [de Mayo] llamativamente vacía…

II

Estas vicisitudes políticas se entrelazan con el desenvolvimiento de la base económica que explica el perenne fracaso del proyecto del capitalismo independiente. El nacionalismo burgués, obnubilado por las apariencias políticas que encubren el trasfondo económico, lo interpreta de otro modo, aplicando el axioma según el cual “la política dirige a la economía”. Qué ni Perón ni Gelbard, el más talentoso representante económico de ese proyecto, hayan podido, debería moverlos a cuestionar la veracidad del axioma. Como Gelbard, en cambio, caen en la ilusión de creer que hubiera sido bastado la supervivencia de Perón para resolver el problema del atraso y la dependencia. Bonapartismo: La solución pasa por el hombre, o la mujer, fuerte.

Veamos: El plan Gelbard era un programa que estimulaba el desarrollo del capital privado nacional en detrimento del capital extranjero. Esa política necesitaba de un acuerdo social porque exigía un proceso de acumulación que le permitiera a la burguesía argentina conquistar el predominio en la estructura económica. Esa burguesía ya no era el talleraje que en los ‘40 se lanzaba a la vida económica: Entre la burguesía representada por Miguel Miranda, ministro de Perón entre el ’46 y el ‘49 y la que representaba Gelbard, mediaba la enorme distancia que existe entre una burguesía industrial todavía incipiente, pequeña, y apoyada en las condiciones más que favorables de la segunda posguerra, y una burguesía industrial en la que existe ya un grado de concentración significativo, en un período en que aquellas condiciones habían ya desaparecido. El propio Gelbard es una expresión de ese proceso: De vendedor de corbatas en el noroeste en la década del ’50, a propietario de Fate [fábrica de neumáticos] y de Aluar [aluminio].

José Ber Gelbard

Al ciclo ’46- ’49, en el que la acumulación capitalista se apoyó en el crecimiento del salario real y del mercado interno, siguió un periodo de estancamiento que se prolongaría relativamente hasta el final del primer ciclo peronista. El mercado interno estaba saturado, y competir en el mercado mundial exigía adaptar los costos de producción. Había que reducir el salario real para hacer competitiva a la economía. A la burguesía de entonces se le planteó por primera vez el problema que, corregido y aumentado, deberían afrontar Perón y Gelbard en 1973.

El Congreso de la Productividad de 1954, que marcaría el inicio de la colaboración política entre ambos, fue uno de los primeros intentos de resolverlo consensuando con la clase trabajadora. Puede ser considerado, pues, como el primer intento de Pacto Social. En él, Perón y Gelbard tratarían de reducir el poder de las comisiones internas de fábrica, que limitaban el poder de mando de las patronales en el lugar de trabajo, para conseguir esa rebaja de los costos de producción. No fue posible, la propia CGT peronista, presionada por las bases, rechazó el plan. Para la burguesía del ’73, la gravedad de ese problema se había multiplicado. Habiendo adquirido cierta envergadura, rebasar los límites nacionales de la acumulación se convertía en una tarea urgente. El salario debía convertirse en una variable sometida a las condiciones impuestas por la competencia en el mercado mundial. De aquí la suspensión de las paritarias y la instrumentación del control salarial.

La internacionalización de la economía operaba en dos sentidos: Por un lado, como un proceso que incrementaba la influencia del capital extranjero en la economía del país; por el otro, como un producto de la necesidad del empresariado de salir a competir en el mercado mundial. La crisis petrolera del '73 sometería al plan a dos presiones inevitables, una provocada por la otra: El aumento de los costos de producción, que el mercado mundial transmitía a los precios internos mediante las importaciones de insumos y bienes de capital; y las huelgas y conflictos con que se defendía la clase trabajadora.

¿Era la crisis mundial un “cisne negro”, cómo parece traslucir la invocación al tiempo de Gelbard, o como sostiene la interpretación nacionalista? No: La crisis es un mecanismo insoslayable del funcionamiento de la economía capitalista. Su golpe no podía más que descargarse furiosamente sobre el plan y sobre toda la economía nacional. La reacción obrera, que se negaba, aun en contra del deseo de Perón, a aceptar que la descargaran sobre ella, ponía en movimiento a los dos verdaderos actores políticos y sociales fundamentales: Los trabajadores y la burguesía imperialista. En el medio, como el jamón del sándwich, a pesar de su enorme poder y prestigio político, quedaba Perón. Y, con él, Gelbard. Los poderosos jefes de la impotencia burguesa nacional.

III

Hubo, finalmente, otras dos versiones del Pacto Social. Una fue el Plan Bunge y Born, bajo Carlos Menem, que finalizó con el estallido hiperinflacionario de febrero de 1990 y la confiscación de depósitos mediante el Plan Bónex. La otra fue aquella que se inició con el gobierno de Eduardo Duhalde y terminó a principios del segundo gobierno de Cristina. Aunque en este caso no mediara una firma formal como en el pacto del ’73, es indudable que la CGT, el gobierno y los empresarios sostuvieron casi unánimemente la política económica, consensuando el desenvolvimiento de las principales variables del funcionamiento económico. El disciplinamiento de todos estos actores tenía como trasfondo nada menos que la amenaza permanente de la rebelión popular, el recuerdo aterrador de las jornadas de diciembre del 2001.

Ni el conflicto agrario melló ese funcionamiento, aunque más no fuera por la mítica eficacia del fierro de Guillermo Moreno [exsecretario de Comercio del kirchernismo]. Sería la crisis mundial que se desató en el 2008- 09 la que, nuevamente, pondría fin al sueño burgués nacional. El estancamiento de la tasa de inversión y el consecuente estancamiento económico, que el macrismo convirtió en hecatombe desde el 2018, exigió virar hacia el mercado mundial para obtener financiamiento. De aquí el alejamiento de Moreno y el viraje ortodoxo kicillofiano: arreglar con los acreedores, devaluar, reducir subsidios y elevar la presión tributaria sobre la clase obrera para contener el déficit fiscal.

De aquí el estancamiento de los índices de desocupación y trabajo en negro desde 2008, y el incremento de la pobreza que los índices no reflejaron para no “estigmatizar a los pobres”. La política que Emanuel Alvarez Agis bautizó eufemísticamente como “desaceleración del desendeudamiento”. Esto es lo que está en la base del distanciamiento de la clase trabajadora respecto al kirchnerismo, cuya expresión fue la ruptura política con Hugo Moyano y la CGT, y que es la verdadera clave de su derrota electoral del 2015.

Las condiciones actuales, con una deuda equivalente al PBI (o que probablemente ya lo superó), son mucho más adversas que las que afrontaron Perón y Gelbard, cuyo indudable talento personal, por otra parte, no se encuentra con demasiada facilidad. Semejante endeudamiento obtura cualquier proceso inversor, y cualquier brisa en los mercados internacionales desataría un huracán triturador de la economía argentina. A menos que, como bajo el menemismo, ese proceso inversor se apoye en la entrega de las joyas de la abuela: el agua, el petróleo, los recursos mineros, y hasta probablemente porciones del territorio nacional. No hay salida sin repudiar la deuda. La que contrajo Caputo de los dos lados del mostrador y la que, mediante sucesivas metamorfosis, pasó de los seguros de cambio de Cavallo a la que nos dejaron los renegociadores pagadores seriales. El pueblo trabajador argentino no aceptará como destino la postcatástrofe portuguesa, y mucho menos el syrístico descenlace griego.

Gelbard invocaba al tiempo para conjurar los efectos obligatorios del ciclo capitalista. Muy probablemente supiera que su invocación era inútil, de aquí la desesperación que nos relata Falcó. Invocar hoy, como antídoto a la crisis del capitalismo argentino, el fracaso trágico del Plan Gelbard, que ni siquiera apoyado en el talento gigantesco de Perón pudo conjurar la maldición del fracaso nacional burgués, parece ser el camino más directo a una nueva y trágica farsa.

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* El autor es especialista en el Plan Gelbard y el Rodrigazo. Sobre el período, escribió el libro “14250 o paro nacional” y dirigió el documental “catorcedosciencuenta“. El Furgón

Fuente: www.lahaine.org

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