El poder ciego

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El gobierno de la coalición Cambiemos está fraguando en la Argentina un Estado que ya no pretende violar los derechos humanos en nombre de los derechos humanos, o el Estado de derecho en nombre del Estado de derecho, sino en nombre de los derechos de propiedad, el “mercado total”, la competencia y el “individuo”. En buena medida, esto puede verse como efecto directo de la colonización del Estado por parte de las burocracias privadas.

El gobierno de la derecha argentina, por lo menos su parte más inconsciente y cebada, ni siquiera se siente obligado a recurrir a la hipocresía, al universalismo de los principios abstractos, a la “ilusión estatal”, a la idea de un “interés general” o un “interés nacional”. Si bien durante un tiempo reivindicó las bondades de un consenso en el que jamás creyó, ya no siente tanto la necesidad de recurrir a la mentira, ni de tomarse el trabajo de deshumanizar a las víctimas o de criminalizar a las organizaciones contestatarias para justificar su crueldad ante el conjunto de la sociedad. Para matar le bastan las razones del poder. La parte deshumanizada de la sociedad, la “maledicencia pública”, lo avala ora por convicción ora por indiferencia. No se puede negar que, en ciertos aspectos, el gobierno es “transparente”. Todo indica que no perderá mucho tiempo en elaborar una ficción del “neoliberalismo con rostro humano”. 

Los argumentos gubernamentales están en el orden de la dominación cínica y despiadada. Su horizonte parece ser el poder ciego. Algo distinto y más oscuro que “el poder por el poder mismo”, que suele estar más atento a las interacciones y a las negociaciones que a la construcción unilateral de la obediencia. 

El poder ciego es el poder sin ninguna responsabilidad. Tal vez sea el formato del poder más funcional al automatismo del mercado en donde no cuentan los seres humanos, la naturaleza y la soberanía nacional. Asimismo, el poder ciego puede verse como la expresión de una instancia en la que el sistema de dominación se torna irreflexivo, irracional, frenético. El poder ciego hace que el sistema se manifieste de modo delirante; verbigracia: Elisa Carrió; y/o de modo sanguinario, verbigracia: Patricia Bullrich. Se trata de una instancia en la que el sistema pierde toda capacidad de captar la historicidad y la legitimidad de los conflictos. 

Entonces la respuesta que ensaya el poder ciego es el exterminio liso y llano de los “focos” conflictivos, el aniquilamiento de los sujetos indóciles. La “gestión de los conflictos” por parte del poder ciego cierra las vías de la participación política popular, conspira contra cualquier forma de vida asociativa de los y las de abajo y tiende a achicar el espacio público hasta hacerlo desaparecer. El poder ciego pretende reemplazar la regulación política por la regulación mercantil, la corrupción de detalle (con un poco de adrenalina) por la corrupción a escala de la sociedad y el Estado (con inmunidad y sin adrenalina). 

 

 

Con su accionar el gobierno de la derecha argentina está minando las bases de algunos consensos relativos fraguados en las últimas décadas; está conspirando contra la flexibilidad de la democracia capitalista. Algo que han hecho notar –con preocupación– algunas figuras relativamente lúcidas del espectro ideológico liberal y conservador. Porque, finalmente, esos consensos relativos proveían de cierta legitimidad al Estado y al orden dominante. El poder ciego y los mecanismos constrictivos que desata ponen en riesgo el andamiaje mismo del orden social en la Argentina. Ya no hay juez, sólo una burocracia criminal que se dedica a potenciar la dimensión mortífera de la ley. ¿Quién juzgará entonces?

El poder ciego puede consolidarse a través de sus aberraciones, por lo menos por un tiempo. Mientras tanto produce y reproduce un estado de indigencia ético-política que lo sostiene; produce y reproduce mediaciones fetichizantes que lo consolidan. Mediaciones que generan empatía social con los verdugos, que distorsionan la percepción de la no culpabilidad de las víctimas, las situaciones de inmensa asimetría y de notoria injusticia.

El poder ciego se alimenta del desastre, de ahí su perversión. Pero también su fragilidad. Porque el poder ciego carece de inteligencia estratégica, aunque disponga de todos los medios. 

El poder ciego no sólo busca destruir de raíz las alternativas extra-sistémicas, sino que tampoco acepta convivir con las alternativas intra-sistémicas, esto es: no tolera las falsas alternativas de recambio cuya función es mantener el statu quo, no le da lugar al gatopardismo. La ceguera del poder ciego, entre otras cosas, tiene que ver con esto.   

En la resistencia de los pueblos (en la lucha del pueblo mapuche, por ejemplo), en las organizaciones populares autónomas, en los movimientos sociales en lucha, habita la posibilidad de una racionalidad económica, social y política diferente a la opresora. Nosotros y nosotras estamos obligados a pensar y actuar en la resistencia y más allá de la resistencia. Debemos asumir que el poder ciego también se nutre de nuestras incapacidades. La única forma de ponerle coto al poder ciego es construyendo de una buena vez una alternativa real.

 

Lanús Oeste, 4 de diciembre de 2017 

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