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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

El PRT-ERP en la Revolución Sandinista (1979-1982)

26 Jul,2019

por Natalia Lescano

En este trabajo nos proponemos reconstruir y analizar la experiencia de la fracción del Partido Revolucionario de los Trabajadores- Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) que, en plena dictadura militar argentina, se traslada a Nicaragua para participar del proceso revolucionario que llevará al derrocamiento del dictador Anastasio Somoza y el ascenso al poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Abordaremos el tema procurando acercarnos a las siguientes problemáticas: ¿cuáles fueron las caracterizaciones políticas que estaban presentes en la decisión de ir a Nicaragua?, ¿cómo se articula esta decisión con la situación particular que atravesaba el PRT-ERP durante la dictadura militar?, ¿qué puntos en común podemos encontrar en las concepciones programáticas del FSLN y el PRT?, ¿cómo continúa la relación con el proceso nicaragüense una vez restablecida la democracia en la Argentina? Utilizaremos distintas fuentes para acercarnos a la problemática, además de la escasa bibliografía referida al tema. Por un lado, nos  apoyaremos en los testimonios posteriores de los mismos protagonistas. En algunos casos, esos testimonios se tomarán de memorias que se han dejado por escrito, como es el caso de Enrique Gorriarán Merlo y Pola Augier. En otros casos, los testimonios son resultado de entrevistas realizadas por la autora durante los años 2009-2010 (Entrevistas a Daniel De Santis, Ana María Sívori y José Moreira). Por otro lado, también repasaremos documentos políticos del grupo en etapas anteriores o posteriores a la participación en la Revolución Sandinista, ya que no hemos encontrado documentación producida durante período analizado.

Introducción: solidaridad internacional con la Revolución Sandinista

Hacia fines de los años 70 entraba en crisis la dictadura somocista, que gobernaba en Nicaragua desde hacía más de cuarenta años fuertemente respaldada por los Estados Unidos. El Estado somocista, caracterizado por un fuerte componente represivo y de personalización del poder político, y puesto al servicio del enriquecimiento personal de la familia Somoza (que llegó a constituirse en el tercer grupo financiero del país) y de un conjunto de familias cercanas, puede también ser considerado como “la forma históricamente determinada que asumió en Nicaragua el desarrollo capitalista” (Vilas 1984: 112), en tanto contribuyó decisivamente a la modernización y diversificación de la economía nicaragüense desde la década del 50, mediante una fuerte inversión en infraestructura y financiamiento. En este sentido, fue fundamental en el desarrollo de un capitalismo agroexportador en Nicaragua, sumamente dependiente de los capitales extranjeros pero que también enriqueció a buena parte de la burguesía local. El empeoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares, el recurso a la represión como respuesta privilegiada, la corrupción desenfrenada, son factores que se conjugaron para ir aislando progresivamente al régimen. En los últimos tiempos del gobierno de Somoza se fue generando un amplio arco opositor que incluía prácticamente a todos los sectores de la sociedad nicaragüense y, a último momento, incluso al gobierno de los Estado Unidos que, con el apoyo de buena parte de la burguesía local, planteaba un proyecto de continuidad política del régimen pero sin la presencia del desprestigiado dictador; una suerte de “somocismo sin Somoza”. Sin embargo, la lucha opositora logró ser hegemonizada por los sectores que, apoyados en las grandes masas movilizadas de la población, y liderados por el FSLN, transformaron la lucha antidictatorial en una lucha por la liberación nacional y social, con un programa político que podría caracterizarse como “democrático, popular y antiimperialista” (Núñez Soto, 1987).

El 19 de julio de 1979 el FSLN ingresó finalmente a Managua y asumió el poder una Junta de gobierno que se había conformado con la participación de distintos sectores opositores. El FSLN se propuso entonces la construcción de un nuevo Estado popular y democrático, de “unidad nacional”, buscando establecer una alianza con distintos sectores sociales con “hegemonía popular” (Vilas 1984). A partir de ese momento se abrió una etapa que ha sido denominada como de “transición al socialismo” (Brieger 1989), pero a través de una vía original, que se puede diferenciar del clásico proyecto de los socialismos reales: se instaló una economía de tipo mixta (nacionalizando sectores claves de la economía como las finanzas y el comercio de exportación, además de todos las propiedades que habían pertenecido a Somoza y sus colaboradores más cercanos) y se efectuó una centralización del sistema sanitario, campañas de alfabetización masiva y la creación de organizaciones tendientes a la movilización de masas.

La colaboración internacional constituyó un factor fundamental para el proyecto sandinista, tanto en su lucha contra Somoza como en la reconstrucción posterior del país. El aislamiento internacional fue un elemento central para la caída del régimen y en este proceso cumplieron un rol fundamental algunos gobiernos latinoamericanos, tales como los de México, Costa Rica, Venezuela y Panamá. Poco antes de la revolución la oposición de los países de la región consiguió frustrar los planes norteamericanos para que la Organización de los Estados Americanos (OEA) decidiera una intervención militar conjunta sobre Nicaragua. Se votó en cambio una resolución que, al mismo tiempo que rechazaba al régimen somocista, declaraba que “la solución al grave problema corresponde exclusivamente al pueblo nicaragüense” (Marín, 1984: 55). Una vez establecido el gobierno revolucionario, la presión internacional fue fundamental para evitar una invasión militar directa de los Estados Unidos, que se vio obligado a adoptar otras estrategias de intervención. La solidaridad internacional también jugó un rol vital en la tarea de reconstrucción del país y reorientación de la economía. Desde la caída de Somoza y a lo largo de los años siguientes llegaron a Nicaragua cientos de millones de dólares bajo la forma de donaciones, líneas de crédito, precios preferenciales, etc., buena parte de los cuales provenían de los países del bloque socialista pero también de Europa occidental y Latinoamérica (Núñez Soto, 1987).

La política sandinista de “no alineación” a nivel internacional favoreció estos apoyos amplios. En este sentido, Cuba ocupó un lugar destacado en la solidaridad con Nicaragua pero la ayuda cubana fue concebida desde el comienzo como un complemento de la ayuda que Nicaragua pudiera obtener de otros países, incluyendo los Estados Unidos (Domínguez Reyes, 1990). La ayuda cubana fue intensa desde el primer momento y consistió fundamentalmente en recursos humanos (maestros, médicos, enfermeros, técnicos y asesores militares y de seguridad), aunque también en ayuda económica. Para abril de 1980 ya había unos 2000 cubanos en Nicaragua y para 1983 ya contabilizaban alrededor de 4000, de los cuales la mitad eran maestros, 750 médicos, 1000 personal de la construcción y 200 asesores militares (Domínguez Reyes, 1990). Durante los primeros años, también fueron muy importantes las relaciones de Nicaragua con la socialdemocracia europea y latinoamericana. Este heterogéneo apoyo internacional fue buscado y reconocido por los mismos sandinistas. El dirigente sandinista Tomás Borge señalaba a los pocos días de la entrada en Managua que “Tal vez lo más importante de nuestra revolución sea su carácter amplio, la amplitud de alianzas políticas que ha logrado, incluyendo el apoyo que ha recibido de otros países” (Marín, 1984: 471). Estas relaciones amplias se vieron progresivamente deterioradas desde 1982-1983 en la medida en que avanzaban las presiones del gobierno norteamericano, que llevaba adelante una permanente “guerra de baja intensidad” propiciada por el gobierno de Ronald Reagan: bloqueos comerciales y presiones económicas, reforzamiento del aparato militar de los países vecinos, financiamiento y colaboración en la organización de grupos armados contrarrevolucionarios. Se fue generando entonces un ambiente de mayor polarización en la situación internacional de Nicaragua, determinando un aumento relativo de la ayuda del bloque socialista y, especialmente, de la Unión Soviética (Domínguez Reyes, 1990).

Más allá de los avatares en las relaciones internacionales, la revolución sandinista también suscitó una inmensa solidaridad “desde abajo”. Miles de militantes y brigadistas de todo el mundo viajaron a Nicaragua durante esos años. Muchos llegaron antes de la toma del poder, para colaborar en la lucha contra Somoza, y conformaron una fuerza importante en el Frente Sur, en la frontera con Costa Rica. Allí combatió una nutrida columna de panameños enviados por el gobierno de Torrijos, pero también combatientes procedentes de organizaciones guerrilleras de toda Latinoamérica. La periodista norteamericana Shirley Christian (1986) sostiene que eran varios cientos los combatientes extranjeros. Jaime Marín (1984) afirma, por ejemplo, que el Partido Vanguardia Popular (comunista) de Costa Rica envió una columna de trescientos voluntarios. Una vez instalado el nuevo gobierno, Nicaragua se pobló de militantes de distintas organizaciones revolucionarias, sobre todo latinoamericanas: la URNG guatemalteca, el FMLN de El Salvador, el MIR chileno, los Tupamaros uruguayos y también organizaciones argentinas como el PRT-ERP y Montoneros (Perales, 2005). Además, llegaron brigadistas solidarios de todo el mundo dispuestos a colaborar en la reconstrucción del país desde sus distintas profesiones y pertenencias políticas. A los cubanos, ya mencionados, se sumaron alemanes, italianos, españoles, noruego, suecos, suizos, mexicanos, venezolanos, argentinos, etc., al mismo tiempo que se abrían comités de solidaridad con Nicaragua por todo el mundo (Perales, 2005; Antognazzi y Lemos, 2006). Iosu Perales, brigadista español en Nicaragua durante la década del 80, afirma que “el movimiento de la solidaridad con Nicaragua fue el más grande desde la guerra de Vietnam” (Perales, 2005: 130) y resume el espíritu que guiaba a estos internacionalistas:

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“En esa década fuimos cientos de miles, de todas partes del mundo, los que acudimos a cosechar, a vacunar, a construir escuelas y clínicas en los confines rurales, a enseñar y a aprender, a participar en una experiencia única, subir a ese tren que pasa una vez en la vida. Fueron años difíciles, sobre todo para quienes iban a la guerra y para quienes rezaban por su regreso. (...) Pero en medio de la dificultad en la que también las mujeres y hombres internacionalistas pagaron su cuota en mártires, tuvimos la gran suerte de estar allí, en la Nicaragua que asaltaba los cielos también para nosotros, dándonos un gran regalo” (Perales, 2005: 12).

En ese contexto llegaron a Nicaragua gran cantidad de argentinos que estaban exiliados en distintas partes del mundo (Antognazzi y Lemos 2006); algunos vinculados a organizaciones como el PRT-ERP o Montoneros, otros en contacto directo con el FSLN a través de los comités de solidaridad. En los apartados siguientes analizaremos el caso específico de la fracción del PRT- ERP dirigida por Enrique Gorriarán Merlo, que llega a Nicaragua ya antes del triunfo y se integra rápidamente en lugares clave de las nuevas estructuras estatales.

Dictadura, exilio y ruptura

Durante el período 1955-1976 una alta inestabilidad institucional caracterizó a la realidad política argentina, resultado de una situación que ha sido conceptualizada como de “empate hegemónico” (Portantiero 1977), en la que se expresó la incapacidad de las distintas fracciones de las clases dominantes para establecer alguna forma de dominación que resultara legítima y estable. En este marco, a fines de la década del 60 se abrió en el país un ciclo de agudización del conflicto social sin precedentes, en el que confluyeron una fuerte movilización obrera, con el surgimiento de corrientes y dirigentes definidos como “clasistas”, y la presencia organizaciones políticas que postulaban la lucha armada como herramienta fundamental para lograr una transformación política revolucionaria. La dictadura militar instalada tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 vino a poner fin a este ciclo de movilización social al mismo tiempo que se propuso reestructurar la sociedad argentina en favor de los sectores más concentrados del capital. Uno de sus objetivos fundamentales fue la desarticulación política de los sectores populares mediante la instalación de lo que se ha denominado el “Estado terrorista” (Duhalde, 1983): la organización desde el mismo Estado de un descomunal dispositivo represivo de carácter clandestino, que tuvo su expresión paradigmática en la figura del “desaparecido” y en el ciclo secuestro- desaparición-tortura. Se reprimieron ferozmente las expresiones políticas y sociales que habían florecido en los últimos años, dejando un saldo de miles de presos, muertos y desaparecidos.

El Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) había sido fundado en 1965 como resultado de la fusión del Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP), dirigido por los hermanos Santucho, de carácter nacional y antiimperialista, y la organización trotskista Palabra Obrera, dirigida por Nahuel Moreno. A partir de 1968, tras la escisión de un grupo liderado por Moreno, el PRT se propuso organizar y desarrollar la lucha armada y, en este sentido, fundó dos años después el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), caracterizando que la “guerra revolucionaria” había comenzado en el país. El programa del PRT se basó en un marxismo heterodoxo que tomaba elementos tanto del marxismo leninismo clásico como del trotskismo, el maoísmo y, especialmente, el guevarismo. Tanto el partido como el ejército crecieron hasta llegar a su punto de mayor desarrollo durante 1975. El historiador Pablo Pozzi (2004: 81) estima que el PRT contaba con alrededor de 400  miembros en 1970, 1500 a mediados de 1973, 3000 a mediados de 1974 y cerca de 6000 a fines de 1975. Durante esta etapa, y especialmente a partir de 1972, la clase obrera industrial constituyó el eje de su trabajo de masas, donde logró una inserción relativamente importante para un partido de la izquierda argentina.  En el aspecto militar, el ERP se constituyó en una de las principales organizaciones guerrilleras del país y llevó adelante operaciones de gran envergadura.

A pesar de este importante desarrollo, el PRT sufrió una rápida desarticulación tras el golpe de Estado de 1976. Tras el 24 de marzo la organización caracterizó, en un primer momento, que se observaría un salto en el proceso revolucionario y que la resistencia de las masas al golpe llevaría a una guerra civil revolucionaria. En este sentido lanzaron la consigna “Argentinos a las armas” redoblando las actividades militares y organizativas, lo que expuso a sus militantes ante el accionar de la represión y resultó devastador para la organización en los primeros meses tras el golpe. En Julio de 1976 se reconoció el reflujo político de las masas y se propuso un repliegue táctico y la salida del país del Secretario General Mario Roberto Santucho, con el objetivo de resguardar fuerzas para el próximo auge de movilización de las masas que se preveía que estallaría en un año y medio aproximadamente. Sin embargo, la salida de Santucho del país no llegó a efectuarse, el 19 de julio, horas antes de su partida, fue muerto en combate cuando se produjo un allanamiento en la casa en la que se encontraba junto con los principales miembros de la dirección.

Con la caída de Santucho y el resto de la dirección se inició una nueva etapa. Se nombró a Luis Mattini, único miembro sobreviviente del buró político, como secretario general y se formó un nuevo buró. Hasta abril de 1977 el partido apenas pudo mantenerse a flote. Fue entonces cuando se ordenó la salida del país de todos aquellos militantes o simpatizantes que estaban en la clandestinidad o en riesgo de ser detectados por la represión, lo que en la práctica significaba la casi totalidad de sus miembros (Mattini 2007). El partido organizó la salida del país de cientos de militantes vía Brasil. Ya en el exilio, el buró político se instaló en Madrid desde donde dirigió las distintas “regionales” (México, España, Italia, Francia, etc.). Una vez instalados en el exilio, los militantes del PRT se abocaron a dos tareas fundamentales: por un lado, participar de la denuncia de la dictadura y las violaciones de los derechos humanos junto con el resto de los exiliados. Por otro lado, se propusieron prepararse para regresar al país con el siguiente auge de movilización de masas, para lo cual instalaron escuelas de formación de cuadros en el Norte de Italia. En esa misma línea, la dirección se propuso buscar entrenamiento  militar.

Durante el año 1978 el partido se fraccionó. La división se precipitó cuando un sector, liderado por Enrique Gorriarán Merlo, propuso acelerar los planes. Gorriarán planteó reingresar inmediatamente al país (para lo cual presentó un plan que incluía la instalación de una guerrilla en el monte) o, en todo caso, integrarse en algún otro proceso revolucionario en América Latina. El sector liderado por Luis Mattini rechazó este proyecto y permaneció en Europa trabajando en la denuncia de la dictadura, aunque en teoría sin abandonar la idea de volver a la Argentina, para lo cual continuaron con las escuelas de formación de cuadros. Más adelante se trasladaron a México para preparar su regreso, que nunca se concretó, y se fueron desgajando en  distintas fracciones. El grupo liderado por Gorriarán Merlo, en cambio, decidió marchar a Nicaragua para integrarse a la Revolución Sandinista, como paso previo a su regreso a la Argentina.

Volver a la lucha

El espíritu internacionalista y latinoamericanista fue parte fundamental del programa político del PRT-ERP. En sus comienzos, debido a la influencia del grupo dirigido por Nahuel Moreno, el PRT había adherido a la IV Internacional, trotskista. En el programa surgido a partir del IV Congreso, en 1968, tras la escisión del morenismo, en el que se definió a la lucha armada como estrategia fundamental, se caracterizaba a la revolución en la Argentina como “socialista y antiimperialista”, y por lo tanto “continental”:

"De la ubicación de Argentina en un continente que vive un proceso de revolución permanente antiimperialista y socialista, en la “etapa final del imperialismo”, deviene el carácter continental de la revolución y la necesidad de coordinar nuestros esfuerzos, en el curso de la guerra revolucionaria, con los movimientos revolucionarios de los países hermanos. La intervención de las fuerzas imperialistas se producirá en todos los países del continente, en los  que la guerra civil revolucionaria haga entrar en crisis a los gobiernos y ejércitos títeres, siendo muy difícil, a menos que haya un cambio total en la situación mundial (guerra mundial, por ej.), que triunfe la revolución en un país por separado".

A partir de allí comenzó un proceso de progresivo alejamiento de las posiciones trotskistas y de adopción de un marxismo mucho más heterodoxo. Esto llevó a una ruptura definitiva con la IV Internacional en 1973, denunciando su “carácter pequeño burgués”, al mismo tiempo que se rescataba la importancia de los países dependientes para la revolución mundial y se reivindicaba la experiencia de los revolucionarios vietnamitas y cubanos. Por su parte, el PRT-ERP se propuso la formación de un organismo de coordinación con otros movimientos revolucionarios del Cono Sur. En el año 1974, se lanzaba públicamente la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR) conformada por el ERP, el Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) de Uruguay, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ELN) de Bolivia, respondiendo a “la necesidad de cohesionar a nuestros pueblos en el terreno de la organización, de unificar las fuerzas revolucionarias frente al enemigo imperialista, de librar con mayor eficacia la lucha política e ideológica contra el nacionalismo burgués y el reformismo”. En su carta fundacional se reivindicaba al comandante Che Guevara, “héroe, símbolo y precursor de la revolución socialista continental” y se definían los principales puntos programáticos comunes: a) la caracterización de la guerra revolucionaria como única estrategia viable en América Latina y la lucha armada como eje en torno al cual convergen todas las otras formas de lucha; b) la centralidad del proletariado revolucionario y la necesidad de un “partido de combate marxista leninista de carácter proletario” como dirección política de la movilización popular y bajo el cual se estructure “un poderoso ejército popular” y c) la necesidad de construir “un amplio frente obrero y popular de masas que movilice a todo el pueblo progresista y revolucionario”. Finalmente, se terminaba reafirmando el carácter continental de la lucha revolucionaria:

“El carácter continental de la lucha está signado, en lo fundamental por la presencia de un enemigo común. El imperialismo norteamericano desarrolla una estrategia internacional para detener la Revolución Socialista en Latinoamérica. (…) A la estrategia internacional del imperialismo corresponde la estrategia continental de los revolucionarios”.

Es a partir de estas concepciones latinoamericanistas que debe entenderse la participación del PRT-ERP en la Revolución Sandinista. Desde este punto de vista, la participación en el proceso nicaragüense podía ser pensada como continuidad de la lucha en la Argentina, y así lo plantea Gorriarán en sus memorias:

“…si bien el objetivo final era retornar a la Argentina, teníamos una visión internacionalista y fundamentalmente latinoamericana. Además, toda América Latina estaba siendo agredida por la Doctrina de Seguridad Nacional. Por lo tanto, considerábamos que la lucha en cualquiera de los países de América Latina era parte de la lucha en la Argentina. Por eso había que pensar dónde éramos más útiles en aquel momento” (2003: pp.350-351)

Además, las propias características del exilio también influyeron en la decisión de ir a combatir a Nicaragua. Quienes decidieron ir allí consideraban la permanencia en Europa como un impedimento para pensar la realidad del propio país y reorganizarse para volver. El miedo al “aburguesamiento”, a acomodarse a la tranquila realidad europea y abandonar la lucha revolucionaria, fue fundamental para decidir la partida. La Revolución Sandinista ofrecía la posibilidad de “volver a la lucha”, de “romper el círculo del exilio” y ponerse en acción para luego organizar la entrada a la Argentina. Esta necesidad de ponerse en acción aparece repetidamente en los relatos de los protagonistas.

“Nosotros obviamente considerábamos que la denuncia de los exiliados era no sólo importante sino que constituía uno de los pilares fundamentales de la lucha contra la dictadura, pero creíamos que ése no era nuestro papel principal… estábamos ansiosos, sentíamos como una urgencia por tratar de apresurar los tiempos… y volver a la lucha tomando todos los recaudos necesarios” (Gorriarán, 2003: 351)

“No creía en la discusión interna del partido en los cafés de Europa. Lo consideraba un pretexto de aquellos que no querían arriesgar su seguridad. Para ella era una manera de esconderse aduciendo pretendidas posiciones políticas frente a los pocos que tenían la determinación de romper con el  círculo del exilio. Fue una de las férreas defensoras del grupo que decidió ir a combatir a Nicaragua, como actitud de solidaridad con ese pueblo y de salvación para ellos” (Augier, 2006: 95).

“[La idea era] ir a combatir a Nicaragua y en vez de reorganizarnos en Europa, al margen del mundo, reorganizarnos en Nicaragua, que era América latina, una revolución, el combate, la guerra.” (Entrevista a Daniel de Santis)

La partida a Nicaragua fue decidida en una reunión en París en los primeros meses de 1979. Estando en Europa, ya muertos los principales dirigentes y habiéndose dividido lo que quedaba del partido, la salida no parecía muy clara. Daniel de Santis relata la reunión en la que se debatía cómo continuar, la incertidumbre que prevalecía y la decisión de ir a Nicaragua como salida a esa situación:

“Estábamos en la reunión discutiendo los estatutos del PRT… igual que en todas las reuniones del PRT, estábamos reorganizando el PRT. Entonces me acuerdo que estábamos discutiendo el estatuto. Y la reunión languidecía, no había convicción. Entonces Carlos All, el cuervo, o Alejandro, pide un cuarto intermedio, se ve que habla con Gorriarán, qué sé yo, y entonces después del cuarto intermedio plantea suspender eso y que había que ir a Nicaragua y que había que reorganizarse en Nicaragua, no ahí, en Nicaragua. Se resuelve  eso”. (Entrevista a Daniel de Santis)

Se definió entonces un primer grupo de seis que iría a incorporarse a la lucha sandinista: Gorriarán, Hugo Irurzún (“Capitán Santiago”), “Ricardo”, Jorge Masetti (el hijo del fundador del EGP), Manuel Beristain y Roberto Sanchez. Además, se confeccionó una lista de alrededor de cincuenta militantes que irían llegando en la medida en que se consiguieran recursos económicos. Este primer grupo ingresó a Nicaragua en mayo o principios de junio de 1979 y se integró al Frente Sur dirigido por Edén Pastora, con sede en Peñas Blancas en el límite de Nicaragua con Costa Rica. Allí se encontraron con una gran cantidad de combatientes panameños enviados por el gobierno de Torrijos pero también uruguayos, salvadoreños, guatemaltecos, chilenos, mexicanos, etc.. Los miembros del grupo fueron ubicados en distintos puestos, de acuerdo a su experiencia previa: el “capitán Santiago”, el que más preparación técnica tenía y que había sido jefe de las escuelas militares del ERP en la Argentina, fue destinado a una escuela de ingreso para el combate y luego se incorporó a un grupo de artillería; el “Gordo” Sánchez quedó a cargo de los transportes, trasladando vehículos, heridos, armamentos; Manuel Beristain fue destinado a la sala de armamentos de Peñas Blancas; Gorriarán junto con Masetti y “Ricardo” fueron enviados a Sapoa, muy cerca de la línea divisoria con el enemigo, donde los ataques y bombardeos eran permanentes. Allí continuaron combatiendo hasta la caída de Somoza. El 19 de Julio, el grupo que estaba en la frontera sur marchó hacia Managua para sumarse a las tropas sandinistas que ingresaban a la capital: “Fueron momentos colosales, los festejos, la alegría, algo indescriptible. Creo que para todos los que estuvimos ahí fue el mejor día de nuestras vidas” (Gorriarán 2003: 390). Mientras tanto, los demás miembros del grupo de ex militantes del PRT fueron arribando a Nicaragua, en la medida en que conseguían los recursos para viajar. Habrían llegado a sumar un total de 50 a 60 personas entre militantes y simpatizantes (Gorriarán, 2003; Entrevista a Ana María Sívori).

Herederos de la Revolución Cubana

La relación entre el PRT-ERP y el FSLN se remontaba hasta 1972, cuando la dirección del PRT se encontraba en Cuba tras la fuga del penal de Rawson. Allí conocieron a Carlos Fonseca Amador, líder principal del FSLN, que estaba exiliado con un grupo de militantes. Según relata Gorriarán, quedaron impactados por la profundidad con que analizaba la situación Centroamericana en general pero lo consideraron “demasiado optimista” por la confianza que mostraba sobre el triunfo en Nicaragua (Gorriarán, 2003: 371). El contacto con la dirección del FSLN recién se habría retomado en 1978, ya muerto Carlos Fonseca, en eventos a los que asistió Gorriarán en Cuba y Etiopía, donde lo interiorizaron sobre la situación “prerrevolucionaria” que se vivía en Nicaragua. Quedó entonces establecido el contacto y a principios de 1979 el FSLN envío una comunicación en la que explicaban que la insurrección había comenzado y pedían colaboración, sobre todo especialistas en algunas ramas militares (Gorriarán, 2003).

En una primera instancia el PRT-ERP se presentaba como un partido marxista- leninista de carácter más clásico, que buscaba sus fuentes ideológicas en los principales teóricos marxistas. En su programa elaborado en 1968 postulaba una revolución “socialista y antiimperialista, es decir permanente” para la Argentina, de contenido “obrero y popular”, con el proletariado industrial como vanguardia, dirigida por un Partido y un ejército revolucionarios que guiarían al proletariado y el pueblo en una “guerra prolongada” contra la burguesía y el imperialismo. El FSLN, por su parte, podía ser caracterizado como una organización heterodoxa, en la cual el origen marxista se sus fundadores se había ido nutriendo de otras influencias como la Teología de la Liberación y, especialmente, la tradición nacional antiimperialista encarnada en la figura de Augusto César Sandino. En su “Programa histórico” elaborado en 1969 se definían de la siguiente manera: “El FSLN es una organización político-militar cuyo objetivo estratégico es la toma del poder político mediante la destrucción del aparato militar y burocrático de la dictadura y el establecimiento de un Gobierno Revolucionario basado en la alianza obrero-campesina y el concurso de todas las fuerzas patrióticas anti-imperialistas y antioligárquicas del país”. Más allá de estas primeras diferencias, podemos encontrar importantes puntos en común entre ambas organizaciones. Tanto el PRT como el FSLN practicaban un marxismo heterodoxo y flexible. Tal como señalara Michael Löwy (1982) en su antología sobre el marxismo en América Latina, podemos considerar a estas organizaciones como parte de una misma tradición política latinoamericana surgida tras la Revolución Cubana. El proceso revolucionario cubano confirió dos enseñanzas fundamentales a los revolucionarios latinoamericanos: 1) la eficacia de la lucha armada como principal vía revolucionaria; 2) la posibilidad de combinar tareas democráticas y socialistas en un proceso revolucionario ininterrumpido. Estas enseñanzas entraban en contradicción con la orientación de los partidos comunistas tradicionales, que pregonaban el cambio por vías pacíficas y la alianza con las burguesías nacionales para completar las tareas democrático-nacionales como etapa previa a la lucha por una revolución socialista. Éstas constituyeron un legado primordial tanto para el PRT-ERP como para el FSLN.

En relación al segundo punto, vimos que el PRT-ERP, influido también por la teoría trotskista de la revolución permanente, postulaba una revolución al mismo tiempo “socialista y antiimperialista”, donde la lucha por la liberación nacional sería liderada por el proletariado e iría de la mano con la construcción del proyecto socialista. En este sentido, son interesantes las referencias a la importancia de constituir un Frente de Liberación Nacional por parte del PRT, lo cual supone un espectro de alianzas amplio para el Partido del proletariado. Así lo explicaban en un extenso artículo publicado en su periódico a principios de 1974, donde se presentaban las perspectivas del FAS (Frente Antiimperialista y por el Socialismo) que se impulsaba junto a otras organizaciones y con la presencia de importantes dirigentes sociales como Agustín Tosco: “En un país dependiente como el nuestro, el enemigo principal, el más feroz enemigo del pueblo es, por supuesto, el imperialismo, la opresión neo-colonial de que se hace víctima al conjunto del pueblo”. Por lo tanto, se estimaba necesaria la constitución de un frente único contra el imperialismo y sus aliados burgueses conformado por los distintos sectores del pueblo: obreros, campesinos, desocupados, empleados, maestros, estudiantes, intelectuales, profesionales. A diferencia de las corrientes “reformistas” (en explícita alusión no solo al Partido Comunista sino también a la tendencia “revolucionaria” del peronismo) no se consideraba viable realizar un Frente de Liberación con alguna fracción progresista de la burguesía nacional: “Porque en nuestros países dependientes, que se han formado en la dependencia la burguesía, en sus diferentes sectores, es también dependiente y no puede dejar de serlo”. En la misma nota se explicaba, sin embargo, la posibilidad de constituir frentes junto a ciertos sectores de la burguesía en circunstancias concretas, y así convocaban a constituir un Frente Antifascista contra la escalada represiva que comenzaba en el país. Pero estos frentes con la burguesía no tendrían un carácter estratégico y permanente como el Frente de Liberación sino táctico y circunstancial, y se resaltaba la importancia de no aceptar la dirección burguesa de esta alianza: “…los sectores populares y particularmente el proletariado revolucionario deberán luchar por la hegemonía de un frente de esta naturaleza, como única garantía de que marche adelante consecuentemente”. De la misma manera se explicaba el caso de Vietnam, donde organismos más amplios que el FNL representaban “una alianza, completamente táctica y circunstancial de las capas populares vietnamitas con sectores burgueses y terratenientes enfrentados con el imperialismo yanqui”; alianza que se consideraba justificada por las “características concretas de Vietnam y de su guerra actual” pero no en la etapa de la lucha de clases en la Argentina de aquella época.

La Revolución Sandinista en Nicaragua, por su parte, logró ser llevada a cabo mediante un complejo sistema de alianzas que incluía a un importante sector de la burguesía local. El problema de la alianza con la burguesía fue un tema central en las disputas entre distintas fracciones del FSLN. Desde mediados de la década del 70 y hasta poco antes de la revolución, el FSLN había estado dividido en tres tendencias que postulaban distintas estrategias para la toma del poder: la tendencia de la Guerra Popular Prolongada, o GPP, que se enfocaba en la concentración de fuerzas guerrilleras en la montaña, con la perspectiva de formar un ejército fuerte capaz de enfrentar al somocismo; la Tendencia Proletaria, que desde una perspectiva clasista se concentraba en la clase obrera como vanguardia revolucionaria y en el crecimiento de las organizaciones de masas en las ciudades; y, por último, la Tendencia Insurreccionalista, o terceristas, que, a diferencia de las otras dos tendencias, consideraba que en Nicaragua ya estaban dadas las condiciones de una guerra civil insurreccional y apostaban a la insurrección de masas mediante un amplio abanico de alianzas políticas incluyendo a los sectores burgueses opuestos a Somoza. Finalmente, fue la perspectiva de los terceristas la que se impuso a las otras dos y a comienzos de 1979 se unificaron las tres tendencias constituyéndose una dirección nacional conjunta. El establecimiento de alianzas tácticas con ciertos sectores de la burguesía en la lucha contra Somoza, y en el período posterior a la toma del poder, no implicó sin embargo la pérdida de autonomía ni la subordinación a las estrategias burguesas. Humberto Ortega, uno de los líderes terceristas, señalaba ya en 1977 las características de esta alianza: “El centro de gravedad de la alianza está en lograr la movilización de las masas en contra del régimen reaccionario (…) En este sentido debe tomarse en cuenta la flexible política de alianzas temporales, transitorias, etc. Pero manteniendo siempre el principio rector de la independencia y autonomía de la vanguardia revolucionaria”. Así, tras la derrota de Somoza y la constitución de la nueva junta de gobierno, en la que estaban representados tanto sectores del FSLN como de la oposición burguesa, comenzó una puja para establecer la “hegemonía popular” en el gobierno revolucionario. En esta puja, el FSLN se apoyó en tres cuestiones centrales: 1) La creación del Ejército Popular Sandinista y la disolución de la Guardia Nacional, lo cual garantizaba el monopolio del poder armado por parte del FSLN; 2) el desarrollo y fortalecimiento de las organizaciones de masas; y 3) el énfasis en medidas que fortalecían la alianza implícita con grupos subordinados de la burguesía (medianos propietarios y productores, técnicos, profesionales) (Vilas, 1984). La relación con los representantes de la burguesía se fue tensando en los meses siguientes a la toma del poder y sus principales dirigentes fueron pasando al campo de la oposición. La consolidación de la hegemonía sandinista habría permitido entonces que la revolución democrático-nacional contra el somocismo tomara al mismo tiempo el carácter de revolución social en un proceso ininterrumpido.

Tanto la opción por la lucha armada como esta común interpretación de la revolución como proceso ininterrumpido permitieron, entonces, que los militantes del PRT-ERP tomaran como propio al proyecto sandinista. No sólo el sector de Gorriarán lo entendió de esta manera. También el otro sector del PRT, dirigido por Luis Matini, saludó la llegada de la revolución en el periódico El Combatiente, que había sido el órgano oficial del PRT antes de la división y se continuó editando como órgano de esa fracción. Allí afirmaban su confianza en el FSLN y reivindicaban la lucha armada al mismo tiempo que planteaban la necesidad de integración de los movimientos de liberación nacional con la lucha de clases:

“El Frente Sandinista de Liberación Nacional, constituido en vanguardia indiscutida del pueblo nicaragüense ha guiado la lucha con mano maestra, como la guiaran desde la siérralos líderes del 26 de Julio en Cuba. Tenemos confianza en esa vanguardia y existen sobrados motivos para tenerla; el proceso ha demostrado que ha acumulado experiencia, evitado criterios espontaneistas y que, levantando un programa popular, se ajusta a planes precisos en el campo militar y político, en el terreno de las alianzas y en el de la diplomacia. (…) Este ejemplo ratifica nuestro convencimiento de que en la situación actual de América Latina, la disputa por el poder entre las clases dominantes y el pueblo ha de resolverse por la vía armada. Por otra parte se hace evidente la necesidad de coordinación e integración de las dos grandes vertientes de la Revolución Nacional: el movimiento de liberación nacional y la lucha de clases encabezada por el proletariado, que en nuestro continente se funden y se desarrollan paralelamente.”

En cuanto al grupo dirigido por Gorriarán, inmersos como estaban en el proceso que transcurría en Nicaragua, no se preocuparon por dejar documentos que plasmaran por escrito su posición política. En la práctica, se insertaron por completo en la Revolución Sandinista y en la construcción del nuevo estado revolucionario, como no lo hizo ninguna otra organización argentina. En un comienzo, el primer grupo que había llegado se instaló en lo que había sido el bunker de Somoza y participó en la construcción del aparato de seguridad del Estado sandinista y en la fundación del Ministerio del Interior. Gorriarán continuó trabajando en el área de seguridad y se integró a los servicios de inteligencia, otros se integraron en la policía o el ejército. Otros, que fueron llegando posteriormente, se sumaron a la lucha contra la contrarrevolución en la montaña. Según relatan los periodistas Juan Salinas y Julio Villalonga (1993), Gorriarán cumplió un rol destacado colaborando en la organización del incipiente servicio de informaciones sandinista, armado a imagen y semejanza del G-II castrista. También se menciona la participación del grupo en operaciones de importancia, tal como la búsqueda y ejecución del ex mayor de la Guardia Nacional Pablo Emiliano Salazar, o Comandante  Bravo, uno de los jefes militares más sanguinarios de la dictadura somocista.

En sus memorias, Gorriarán narra las dificultades que planteaba la reorganización estatal en medio del caos que siguió a los primeros tiempos tras la revolución, con la desarticulación de prácticamente la totalidad de los aparatos estales, y cómo tuvieron que aprender todo aceleradamente. También destaca el rol de los asesores cubanos:

“Estaba todo por hacerse, todo por organizar: el Estado, el ejército, la policía… pero aún éramos guerrilleros… todo el mundo sabía muy poco al respecto; éramos asesorados por los cubanos, teníamos iniciativas propias, pero todo se hacía con responsabilidad, con la conciencia de que debíamos esforzarnos por mejorarlo” (Gorriarán 2003: 392).

A esto se sumaban las fricciones internas al interior del FSLN, que había estado dividido hasta hacía pocos meses atrás y se encontraba con trascendentales decisiones políticas por delante. Programáticamente, los militantes del PRT podían haber sentido mayor afinidad con lo que había sido  la tendencia de la Guerra Popular Prolongada, ya que esta noción formaba parte importante de sus concepciones programáticas. La idea de la Guerra Popular Prolongada, tomada del ejemplo de las revoluciones china, vietnamita y cubana, planteaba, en contraposición a las tesis insurreccionalistas, la necesidad de una larga etapa de desgaste del ejército burgués mediante la lucha guerrillera. En las resoluciones del IV Congreso del PRT se resaltaba esta concepción: “La revolución argentina es táctica en relación a la estrategia de la revolución continental, pero tiene una estrategia propia, consistente en que la clase obrera y el pueblo deberán librar una guerra prolongada para derrotar a la burguesía y al imperialismo, e instaurar un gobierno  revolucionario, obrero y popular”. Sin embargo, su primer contacto, en el frente sur, fue con líderes del sector tercerista, y, según relatan, habrían terminado asumiendo una posición neutral entre las distintas tendencias:

“En primera instancia nosotros, antes de llegar y de conocerlos, nos identificábamos más con la tendencia que se llamaba Guerra Prolongada, ellos estaban en la montaña. Pero porque no conocíamos lo demás, no conocíamos lo que era la tendencia tercerista. Y después… eso no fue un problema para ellos, por lo tanto no podía ser un problema para nosotros. Porque en seguida se unieron.” (Entrevista a Ana María Sívori)

En la misma línea, Gorriarán (2003) señala que el hecho de ser extranjeros y no haber participado en las disputas internas les permitía mantener buenas relaciones con los sandinistas de distintos sectores, cumpliendo un rol neutralizador en los conflictos.

La organización y ejecución del atentado contra Anastasio Somoza, que se hallaba refugiado en el Paraguay, marcó un punto de inflexión para el PRT en Nicaragua, ya que les permitió afianzar su relación con el sandinismo y sellar la confianza que se les había depositado. Éste comenzó a planificarse a finales de noviembre de 1979, con la intención de evitar que Somoza dirigiera posibles intentos de conspiración contrarrevolucionaria. Así lo explica Gorriarán:

“…la acción contra Somoza no fue concebida como un atentado individual, por venganza, sino como una emboscada contra el jefe de la contrarrevolución nicaragüense. Él estaba operando directamente con algunas fuerzas internas de Nicaragua y de ahí obteníamos buena parte de la información. Somoza homogeneizaba la fuerza, coordinaba y garantizaba el financiamiento de los primeros contingentes de la contrarrevolución que comenzaba.”(Gorriarán, 2003: 403)

Con ese objetivo, un “núcleo duro” de alrededor de doce argentinos provenientes del PRT se concentraron para realizar un curso de instrucción militar y de inteligencia, sin conocer el motivo por el que se los había convocado. Allí estuvieron algunos meses, hasta que finalmente fue seleccionado un grupo de siete personas que irían entrando al Paraguay escalonadamente entre abril y mayo de 1980: Gorriarán, Hugo Iruruzún (“Santiago”), el Gordo Sánchez, Claudia Lareu y tres argentinos más. Se instalaron en Asunción durante varios meses y comenzaron los preparativos y las tareas de inteligencia. La emboscada se concretó con éxito el 17 de Septiembre 1980, aunque costó la vida de uno de los integrantes del primer núcleo que había llegado a Nicaragua: Hugo Irurzún, “Capitán Santiago”. La muerte de Somoza significó un salto en el afianzamiento del grupo y fue jubilosamente festejado en las calles de Managua.

Después de este hecho, el grupo retomó los planes de regresar a la Argentina e instalar un foco guerrillero en el norte para resistir a la dictadura militar. Con este objetivo, a principios de 1981 doce personas se instalaron en el monte jujeño, en la zona cercana al Ingenio Ledesma, y comenzaron un trabajo de reconocimiento del terreno. En la instalación de este foco estaba presente un replanteamiento que venía produciendo en esta fracción del PRT-ERP tras la derrota en la Argentina y que implicaba un cierto acercamiento a las tesis foquistas:

“El balance de todos los militantes del PRT era que no habíamos sido un poco más foquistas, porque nosotros éramos antifoquistas. Esa discusión del foco nos hizo cometer errores.” (Entrevista a Daniel De Santis)

“Y lo que vemos es que cuando vos desarrollás la guerrilla en el campo no es para ganar a los campesinos sino para crear un gran ejército. Ese ejército lo tenés que crear lejos de las masas en una primera fase, para poder consolidarlo, por lo menos asentar ese ejército. (…) Es como que a nosotros nos presionaba mucho eso: “que éramos foquistas, que éramos foquistas”. Entonces nos aferrábamos más a las masas. Y para desarrollar un ejército vos no podés aferrarte a las masas.” (Entrevista a Ana María Sívori).

Durante los meses que permanecieron en el monte se propusieron, por tanto, establecer la logística necesaria para el desarrollo de la guerrilla pero evitando establecer contacto con los campesinos de la zona. Sin embargo el plan fue desactivado tras la derrota del gobierno militar en la guerra de Malvinas, en junio de 1982, cuando vislumbraron la caída de la dictadura.

A modo de conclusión: el legado de Nicaragua

Tras la derrota en la guerra de Malvinas, la dictadura militar argentina entraba en su etapa final, acorralada entre la resistencia que crecía en el país, las denuncias por violaciones a los derechos humanos, las presiones internacionales y sus propias contradicciones internas. Frente a la inminente apertura electoral, el grupo de ex militantes del PRT que había luchado en Nicaragua decidió volcarse a la lucha política en la Argentina y abandonar el plan de establecer un foco guerrillero: “Inmediatamente definimos la etapa como de lucha política legal, porque veíamos como inexorable el advenimiento de la democracia” (Gorriarán, 2003: 438). En 1983 participaron en la publicación de una revista denominada “Frente”, “cuyo objetivo era tratar de insertar ideas en dentro de la perspectiva democrática que se abría en el país” (Gorriarán, 2003: 459). En 1984, ya asumido el nuevo gobierno democrático, comenzaron a publicar la revista “Entre Todos”, con la que se proponían convocar a los más diversos sectores políticos a dejar de lado el “sectarismo” y avanzar en la “unidad popular”. En mayo de 1986 se presentaba la creación de una nueva propuesta política: el Movimiento Todos por la Patria (MTP):

“Somos cada vez más los argentinos que pensamos que hay que transformar  el actual sistema en una democracia participativa. Ello hará posibles todos los cambios que el país necesita, el principal de los cuales es obtener nuestra verdadera independencia nacional. (…) Ante ello, sin renegar de nuestras identidades políticas, recuperando lo mejor de ellas, proponemos una acción movimientista que, en su desarrollo, puede dar lugar a una nueva identidad política que abarque más ampliamente a las mayorías populares y defienda fielmente sus aspiraciones. La actual etapa del camino hacia la emancipación no puede ser obra de unos pocos. Solo será posible recorrerla si lo hacemos entre todos. (…) Ningún sector popular luchando aisladamente puede liberarnos. Solo podemos lograrlo si las mayorías afectadas trabajamos para conformar esa nueva propuesta democrática y participativa, que exprese una voluntad colectiva de cambios y saque al país de la crisis. Para no seguir siendo una nación dominada, con una estructura económico social y cultural dependiente, debemos construir un movimiento que se plantee como objetivo primordial la independencia nacional y la eliminación de la injusticia social del presente”.

Se trataba de una convocatoria política amplia, más cercana a la apelación sandinista a la unidad nacional en un movimiento de liberación que a las políticas planteadas por el PRT en los años setenta. El “movimientismo” era otro elemento presente en las ideas fundacionales del MTP, aunque no fue entendido igualmente por todos los sectores y finalmente será un tema presente en los debates que llevarán a una ruptura a finales del año 87, cuando abandonan el MTP importantes dirigentes como Ruben Dri, José María Serra y Manuel Gallero frente a lo que veían como un avance de concepciones “vanguardistas”. Es que durante el año 1987 se había producido un quiebre en la historia del MTP. Durante sus primeros tiempos, el MTP había impulsado una amplia militancia social y política con vistas a la profundización de la democracia y la recomposición de las relaciones sociales. De esa manera, se habían desarrollado espacios tales como el Encuentro Cristiano, el Instituto de Relaciones Internacionales, el Centro de Estudios y Formación Sindical y el Centro de Estudios de la Realidad Argentina. Asimismo, se habían logrado importantes triunfos sindicales, como el de Melitón Vázquez en el gremio azucarero del ingenio Ledesma. Pero el levantamiento militar “carapintada” de Semana Santa de 1987, implicó un cambio en la caracterización de la etapa política para la mayoría del secretariado de la organización: “Ese fue un punto de inflexión para nosotros: el autoritarismo comenzaba a tener nuevamente incidencia en la política nacional. Ya era una situación donde la democracia caminaba apuntada por fusiles militares…” (Gorriarán, 2003: 485). A partir de ese momento, el MTP comenzará a transitar un camino que culminará con el asalto a los cuarteles del ejército argentino en La Tablada en enero de 1989, y cuyo análisis escapa a los objetivos de este trabajo.

Mientras tanto, la relación con la Nicaragua sandinista había proseguido de diversas maneras. La presencia en Nicaragua era permanente, especialmente en el caso de Gorriarán, quien en la Argentina debía permanecer en la clandestinidad debido a la persecución judicial sufrida durante el gobierno de Alfonsín, y que se pasó esos años viajando continuamente entre uno y otro país: “Era como una doble militancia: por un lado, estaba en Argentina, y, por otro, me consideraba –y me considero- sandinista y miembro del Frente Sandinista” (Gorriarán, 2003:444). Fue justamente en Nicaragua, en Managua, donde se realizó la reunión fundacional del MTP a principios de 1986. Correlativamente, la Revolución Sandinista tuvo una fuerte presencia en las páginas de Entre Todos, sobre todo en los primeros tiempos, en los que prácticamente en todos los números se publicaban notas referidas al tema. Asimismo, durante toda la década del 80’ hubo militantes del MTP que viajaron a Nicaragua a integrarse a la lucha en la montaña contra las fuerzas contrarrevolucionarias. Ese fue el caso, por ejemplo, de José Moreira, quien desde 1983 fue convocado en distintas oportunidades para viajar a Centroamérica e integrarse a la lucha revolucionaria (en un primer momento en Guatemala y luego en Nicaragua), y refiere que había por lo menos otros veinte argentinos vinculados al MTP: “Mi identidad era MTP como internacionalista, participando en el Frente. Sabíamos que era lo que nosotros siempre decíamos: que teníamos que participar, que la lucha no era solo argentina sino que había que ser internacionalista, ser solidario con el otro compañero”.

La experiencia en Nicaragua aparece entonces como un momento de tránsito para este grupo de militantes, entre el PRT de los setenta y el MTP de los ochenta. En un principio, la Revolución Sandinista había significado una luz en la oscuridad del exilio, la oportunidad de ponerse nuevamente en acción y volver a la lucha revolucionaria rescatando los principios internacionalistas que siempre había postulado el PRT. Herederas de la Revolución Cubana, ambas organizaciones compartían una común interpretación de los principios que debían guiar a los revolucionarios en América latina, más allá de las importantes diferencias programáticas que en parte se debían a las muy distintas realidades nacionales. Esta experiencia permitió al grupo ganar confianza, reorganizarse y volver a la Argentina, fortalecido por la participación en un proceso revolucionario triunfante, para encarar un proyecto político nuevo, acorde a los cambios que había vivido la situación política argentina y en el que se podían vislumbrar las enseñanzas dejadas por la Revolución Sandinista.

 

Cita: Natalia Lascano (2011). EL PRT-ERP en la Revolución Sandinista (1979-1982). IX Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

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