El sueño eterno de la revolución

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La revolución bolchevique y la revolución cubana -Lenin y el Che- no pueden entenderse sin El Capital. La importancia de El Capital no puede comprenderse de manera integral sino es a través de esas (y otras) revoluciones. La obra de Marx nace del ciclo de luchas del movimiento obrero del “viejo mundo” decimonónico (en especial, de la experiencia de las revoluciones fallidas de 1848), mientras todas las luchas obreras y populares desde entonces se nutren de esa monumental síntesis teórica y política.

 

Nadie sabe qué cosa es el comunismo

y eso puede ser pasto de la censura.

Nadie sabe qué cosa es el comunismo

y eso puede ser pasto de la ventura.

“Reino de Todavía”, Silvio Rodriguez

 

El 150 aniversario de la publicación del primer volumen de El Capital, seguramente la principal obra editada por Carlos Marx en vida, nos da la oportunidad de establecer una reflexión sobre su significado para las luchas del presente. Esta fecha nos permite pensar un debate que trace una delgada línea roja entre ese hito singular y los dos aniversarios terminados en cero que concurren en este mismo año: el centenario de la Revolución Rusa de 1917 -liderada por Lenin-, y el 50 aniversario de la muerte del Comandante Ernesto “Che” Guevara. Ese trazo representa una de las líneas más productivas del pensamiento radical de la historia reciente y posee -entendemos- claves para orientar la política revolucionaria en el presente.

La revolución bolchevique y la revolución cubana -Lenin y el Che- no pueden entenderse sin El Capital. La importancia de El Capital no puede comprenderse de manera integral sino es a través de esas (y otras) revoluciones. La obra de Marx nace del ciclo de luchas del movimiento obrero del “viejo mundo” decimonónico (en especial, de la experiencia de las revoluciones fallidas de 1848), mientras todas las luchas obreras y populares desde entonces se nutren de esa monumental síntesis teórica y política.

El Capital no es, como a veces se afirma, un libro de ‘economía’. Ni siquiera, tan sólo una ‘crítica de la economía política’ como prudentemente lo subtituló su autor. Es, ni más ni menos, que parte integral de una gramática de la lucha de clases, de una historia crítica de las luchas populares, y sí, también, una crítica radical de la economía política, es decir, del capitalismo.

La obra cúlmine del barbudo de Tréveris es una suerte de condensación de sus escritos juveniles y de madurez, de sus trabajos ‘políticos’, ‘filosóficos’ y ‘económicos’, publicados e inéditos, escritos en soledad o junto a su compañero Engels, incluidos aquellos textos destinados a la “crítica roedora de los ratones”.

Aún si parcial, inconclusa, muchas veces unilateral, es una obra tan fundamental que alimentó los debates claves -hoy clásicos- en la lucha revolucionaria rusa. La discusión sobre las posibilidades del desarrollo del capitalismo en el país-continente fueron centrales en la definición concreta de las batallas contra el zarismo y los caminos por venir. Sus fulgurantes aportes a la comprensión del proceso de acumulación originaria del capital fueron claves para entender la naturaleza de las tendencias imperialistas, como claramente percibió Rosa Luxemburgo.

¿Los Soviets del 17 y la Comuna del 71 (¿otra coincidencia matemático-política?) no son la línea de fuga que une en la práctica la primera revolución socialista con la crítica del fetichismo de la mercancía en El Capital? Raya Dunayevskaya, sugiere (en su libro Marxismo y Libertad) que la Comuna de París influyó profundamente en la comprensión que Marx tenía del imperativo de la lucha contra el carácter alienado de las relaciones sociales; de forma similar que los Soviets lo hicieron en Lenin y sus compañerxs. Comuna y Soviets expresaron la necesidad efectiva de la destrucción de las formas sociales alienadas (la mercancía, el Estado, el capital, el dinero, el trabajo abstracto) como paso inevitable en la transición al comunismo. Esa necesidad fue puesta en acto por los pueblos en lucha (en París y Moscú, respectivamente), en y a través, pero -sobre todo- contra el mundo pervertido del capital en desarrollo.

El Che comprendió -por su parte- que El Capital era un texto clave en la lucha popular revolucionaria. Tal es así que lo estudió en profundidad durante sus tareas en el Estado en los primeros años de la joven revolución cubana y fue parte de sus reflexiones en plena selva boliviana donde fue asesinado.

La revolución cubana es, desde mediados del siglo XX, el faro de los pueblos del mundo en la lucha por su liberación. Es el ejemplo práctico de que los pueblos en armas pueden poner en jaque el mundo establecido: la jerarquía del imperialismo, y un destino de dependencia. El Capital pone blanco sobre negro los límites del capitalismo (ya en su proceso de consolidación, anticipando sus tendencias) y ve en la praxis revolucionaria, en la lucha popular, la clave para “asaltar los cielos”, destruyendo en un mismo acto el objeto y sujeto de ese sistema: el trabajo (el ser humano) alienado. La cuestión no era tan sólo “tomar” el poder (el Estado) sino “destruirlo”, como alguna vez imaginó Lenin.

El rosarino era consciente de ello a su manera: la ruptura de la conciencia enajenada sobre la base de los incentivos morales, era tan fundamental como la ruptura de las relaciones de intercambio desigual entre las naciones socialistas. La ley del valor (profunda, aunque incompletamente, estudiada por Marx en El Capital) no era un hecho natural, sino una relación social que podía ser violentada y eventualmente destruida por la praxis humana consciente. Esa premisa orientó su trabajo como ministro de industrias y presidente del Banco Nacional de Cuba. También fue explícito como problema en el desarrollo del Sistema Presupuestario de Financiamiento. Eliminar el dinero como mediación era para él la expresión del camino para la eliminación concreta del capital y su presencia deshumanizante. La práctica del trabajo voluntario y la experiencia concreta de solidaridad internacional inculcada en el pueblo de Cuba son otras tantas prácticas prefigurativas en ese sentido.

La dialéctica del amo y el esclavo (sí, el Che, como en su momento Lenin, estudiaron y, en especial creo, comprendieron a Hegel, ese “perro muerto”) sólo podía ser rota en un movimiento práctico crítico, poniendo por delante el tan gramsciano optimismo de la voluntad. La cuestión es, como proponía Fanon, destruir en un mismo instante al opresor y al oprimido.

Era esa conciencia la que llevó al Che a sumarse al proceso revolucionario cubano, subiéndose al Granma, ese notable proyecto utópico. Esa misma idea lo llevó al continente africano y luego al corazón de Suramérica. La revolución era para Él ese sueño eterno, que se construye aquí y ahora, para vengar a las y los revolucionarixs ayer vencidas/os.

La gramática de la revolución debía hacer volar por los aires todas las opresiones; aquí, seguramente, tanto Marx, como Lenin y el Che, no fueron del todo conscientes de la centralidad de esto. Todas quería decir todas, no sólo la explotación capitalista sino también las opresiones de género y raza, el saqueo de la naturaleza y la instrumentalidad modernista. En el Capital, Marx pecó en esto de una parcialidad, silencio y unilateralidad imperdonables, al igual que el líder bolchevique y el Che.

Esta reflexión es clave, sobre todo porque su filosofía práctica, su dialéctica, suponía y necesitaba a la revolución como proceso integral, permanentemente crítico de sí mismo. Por eso, esto nos obliga a radicalizar sus conclusiones, no a descartar la tendencia marxiana. Revolucionar las revoluciones.

La libertad para todas y todos, el “para todos, todo” zapatista, esta política no podía (nunca puede) reclamar menos. Pero la filosofía de la praxis que une estos proyectos de revolución social, tienen en sus manos la argamasa para su realización: los sueños y esperanzas de las y los oprimidas del mundo, de los condenados de la tierra. La construcción del mundo en que quepan todos los mundos, supone articular las luchas de todos los pueblos, de todos aquellos que enfrentan la tendencia colonizante del capital (que es a su vez -siempre- hetero-patriarcal, racista y extractivista).

No hay que esperar el desarrollo de las fuerzas productivas, ni el desarrollo universal de las tendencias del capital. Ni Lenin ni el Che, ni Marx por caso, creían en ello, aunque por momentos les costaba asumirlo. Marx tuvo su debate epistolar con Vera Zasúlich sobre las posibilidades de la revolución en Rusia (donde eventualmente se produciría), Lenin produjo la polémica idea de socialismo como “soviets + electricidad” (que luego, en la revolución derrotada, con Stalin al frente, cambiaría lamentablemente a “industrialización pesada + colectivización forzada”) y el Che debatió abiertamente el problema de la articulación/subordinación con la Unión Soviética (la ya mítica URSS).

La revolución es crear un mundo nuevo en cada instante, en cada debate, en cada práctica transformadora. La cambio social radical estaba siempre a la vuelta de la esquina, alumbrando en un comité obrero, en la selva Lacandona en el suroeste mexicano, o en una barriada de la zona sur del conurbano bonaerense. Siempre alimentando la llama del cambio social, esperando/propiciando la chispa que transforme el “por ahora, no” (a la Chávez) en un “ahora sí”. No habrá nunca revoluciones tempranas, pues nacen indefectiblemente de la actualización de los deseos y sueños -otrora imposibles- de los pueblos. Cada lucha tiene la potencia de constituirse en prefigurativa, en germen del cambio revolucionario; pero solo la lucha puede determinar el pasaje de potencia en acto, de reforma en revolución. Sin lucha, sin praxis revolucionaria, la reforma deviene administración, revirtiendo inevitablemente en contra-revolución.

El capital será sujeto de nuestra historia solo en medida en que nosotros no podemos reconocer la práctica del comunismo como “proceso real” de transformación de nuestras condiciones a través de nuestras luchas. Por eso, frente a los pueblos del mundo, en 1966 el Che pedía “crear dos, tres… muchos Vietnam”. Solo luchando por nuestra libertad, podremos ser todas y todos realmente libres; socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres como proponía Rosa Luxemburgo.

Esto significa que la revolución está siempre presente en potencia en todo momento, siempre es actual, como expresión latente en cada lucha por pan, tierra, contra la violencia de género, contra el racismo o por el mero derecho a existir. La revolución aparece como posibilidad en la lucha por la reducción de la jornada laboral, en aquellas por la caída del zarismo y contra la guerra, y también en las luchas antiimperialistas y la solidaridad en acto del Che y el pueblo de Cuba.

La luz que proyecta El Capital como parte de una filosofía integral de y para la revolución, allana el camino que construyen diariamente los pueblos del mundo en el intento siempre inacabado de su liberación. Cada batalla es un nuevo comienzo, construido sobre la experiencia y la dignidad de revoluciones inconclusas. Lo sabían los comuneros de la revolución rusa; también lo sabía el Che.

 

Mariano Féliz, La Plata, 29 de Septiembre

Mariano Féliz, investigador, docente en la UNLP, integrante de la Sociedad de Economía Política de la Argentina y Uruguay, militante en el Frente Popular Darío Santillán Corriente Nacional

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