El “Vasco” Bengochea y las Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional

Cuando el 21 de Julio de 1964, alrededor de las 15 horas, una brutal explosión sacudía el edificio de la calle Posadas 1168 ubicado en pleno Barrio Norte, quedaba al descubierto la existencia de uno de los primeros grupos que intentó llevar adelante la lucha guerrillera en Argentina. Entre los 9 muertos que provocó la explosión se encontraban 5 hombres que hacía apenas 6 meses habían alquilado el departamento 108 del primer piso. Se trataba de Hugo Pelino Santilli, Raúl Reig, Carlos Guillermo Schiavello, Lazáro “Lito” Feldman y quien era el referente principal del grupo, el “Vasco” Angel Amado Bengochea.

Todos ellos habían compartido su militancia en la organización trotskista Palabra Obrera, transitando la etapa en que esa agrupación decidió implementar una estrategia de entrismo en el peronismo vinculándose a la primer resistencia peronista y abandonando el agrupamiento liderado por Nahuel Moreno debido a las diferencias existentes por su decisión de lanzar una organización armada. Su contacto directo con la revolución cubana y con el plan continental revolucionario que pregonaba Ernesto “Che” Guevara les había solidificado una convicción que era previa: la existencia en Argentina de condiciones insurreccionales que requerían el impulso y desarrollo de acciones armadas. Con el desastre de la calle Posadas y la dispersión de los sobrevivientes del grupo, esta historia sólo sería conservada por núcleos militantes y por quienes habían compartido alguna práctica política con los muertos en el estallido, en especial con el Vasco Bengochea, figura carismática cuyo recuerdo permanecería vivo en la memoria de muchos activistas que transitaron las luchas de fines de los 50’ y los primeros años 60’. Sin embargo, las razones, los caminos, la subjetividad que  construyó ese emprendimiento colectivo, las causas que llevaron a militantes mayoritariamente provenientes del trotskismo a romper con su corriente e intentar poner en pie una organización político militar, permanecerían en el olvido por largo tiempo. Sólo una serie de trabajos de investigación que aparecieron en los últimos años permitieron comenzar, lentamente, a descubrir la trama profunda de esas y de otras experiencias realizadas antes de la dictadura de Onganía y el auge de las organizaciones armadas de fines de los 60’. Las razones de ese largo olvido son profundamente políticas.

En primer lugar, la idea de que las organizaciones armadas fueron un producto del descontento de las clases medias que veían impedido su ascenso social ante el bloqueo de los canales de participación en el sistema político implementado por la dictadura de 1966.

En segundo lugar y muy vinculado a la anterior, la prédica de muchas corrientes políticas que ubicaron todas las experiencias guerrilleras bajo los motes de  “aventureros”, “foquistas”, “pequeños burgueses desesperados”  y que engarzó con el discurso hegemónico, tras el retorno de la democracia parlamentaria en la década del 80’, encarnado en la teoría de los dos demonios.

En tercer lugar, el mayor desarrollo e inserción social que adquirieron organizaciones político militares emblemáticas como Montoneros, las FAP o las FAR  en el marco del peronismo o el PRT-ERP en la izquierda marxista leninista, por nombrar las de mayor desarrollo de decenas de experiencias que cristalizaron a fines de los 60-70. La historia de la denominada nueva izquierda pasó a ser la de esos años y no la de los grupos que, en pequeños núcleos, con dificultades, con prácticas muchas veces elementales y artesanales, con errores y desaciertos, llevaron adelante las primeras iniciativas guerrilleras, al menos 10 años antes que se dieran a conocer las organizaciones que mencionamos.

En cuarto lugar, porque la experiencia del núcleo que se denominaría internamente FARN (Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional) no sería reivindicada públicamente por ninguna de las tradiciones de la izquierda. Las vertientes ligadas al trotskismo, particularmente las vinculadas a Nahuel Moreno, descalificaron a las organizaciones armadas en general y en particular al grupo del Vasco, por provenir sus miembros de las propias filas. El Partido Comunista pro soviético los desconoció por su concepción virulentamente crítica de la revolución cubana y el guevarismo, en los años en que la isla intentaba superar el peligro de su aislamiento apoyando la internacionalización de la lucha armada.

Para las organizaciones armadas provenientes del peronismo actuó como impedimento para su rescate el hecho de que su núcleo militante principal proviniera del trotskismo. Los prejuicios contra esa corriente obturaron la posibilidad de que esas organizaciones inscribieran la experiencia de las FARN en una tradición previa que sí incluía a los Uturuncos -la guerrilla peronista lanzada en 1959- y la resistencia peronista. Una excepción a esto se daría en el caso de las  Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). La presencia en esa organización de militantes que habían sido parte del intento de las FARN, como Enrique Ardeti y su compañera o la “negra” Amanda Peralta, permitió la existencia de su recuerdo, si bien no en la tradición del conjunto de la organización, sí en quienes se incorporaban a la militancia de las FAP en los 70 y recibían la transmisión oral de esa experiencia.

En el caso del PRT-ERP tampoco se dio la recuperación del proyecto de las FARN, a pesar de los múltiples cruces  entre sus referentes, en particular en el marco de las luchas político –sociales de la provincia de Tucumán en los primeros años de la década del 60’. El Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP) liderado por René y Mario Roberto Santucho, en el momento en que el grupo del Vasco intentó lanzar la guerrilla tomando como escenario Tucumán, se opuso fuertemente, calificando de foquista el intento y tras esto, entró rápidamente en un proceso de unificación con Palabra Obrera de Nahuel Moreno, dando lugar al nacimiento del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores).

Paradojas de la historia, años más tarde el propio Santucho y sus compañeros se enfrentarían a Moreno por su oposición al lanzamiento de la lucha armada, pero aún en ese nuevo contexto y, más allá de rescatar la valentía del Vasco y sus compañeros, continuaron afirmando que la lucha armada sólo podía ser encarada desde un sólido partido revolucionario. La ausencia de ese partido hacía que el intento de las FARN quedará inscripta, desde su perspectiva, en una lógica foquista.

Múltiples razones para un olvido que apenas se comienza a romper.

Este recorrido nos obliga a explicar porqué creemos necesario el rescate de ésta y de todas las primeras experiencias guerrilleras.

Inscribimos las causas de la violencia política en Argentina en un período mucho más largo, que comenzó, por poner un momento de inflexión, con los bombardeos de Junio de 1955 y el posterior golpe de Estado de noviembre del 55.  En esa coyuntura se iniciaba una brutal revancha clasista sobre los trabajadores que pretendía terminar con buena parte de las conquistas populares obtenidas en la década del 40, acelerar el ritmo de producción de los trabajadores para recomponer la tasa de ganancia del capital y, sobre todo, quebrar el poder por abajo, en las fábricas, que representaban las comisiones internas y los cuerpos de delegados que se habían multiplicado en la década de gobiernos peronistas. La proscripción política del peronismo, el avance de los discursos anticomunistas y la Doctrina de Seguridad Nacional -con su definición del comunismo como enemigo interno-, el peso cada vez mayor de las Fuerzas Armadas y de las cúpulas  de la iglesia católica, las experiencias vividas masivamente por las clases populares en esa etapa de exclusión, segregación cultural y social, persecución y asesinato están en la base de la radicalización política de vastas franjas sociales y entre las causas ineludibles que explican la aparición de las primeras organizaciones armadas.

En el caso del Vasco y sus compañeros se agrega, como un aspecto determinante en su decisión, la decepción que en amplios sectores de la clase media había causado el gobierno de Frondizi. Sobre todo cuando en 1962, Frondizi interviniera los distritos donde había triunfado el peronismo en las elecciones a gobernador –particularmente el triunfo en la Provincia de Buenos Aires de la formula Framini-Anglada, bajo la sigla de Unidad Popular- falseando la voluntad de millones de personas en un acto escandaloso que evidenciaba hasta qué punto era una ficción la democracia parlamentaria en Argentina. En un plenario realizado en Avellaneda  Palabra Obrera afirmaba, en ese entonces, que el no reconocimiento del triunfo peronista cerraba definitivamente toda etapa de lucha electoral, abriéndose una perspectiva insurreccional con condiciones para el inicio de la lucha armada.

Ubicar esas coordenadas nos lleva a complejizar los vínculos con la violencia política en general y con las organizaciones político- militares en particular de las clases populares. El fenómeno armado no fue nunca tan sólo un subproducto de la radicalización de las clases medias sino que influyó y atrajo otras franjas sociales, incluidos activistas del mundo obrero. En el caso de las FARN algunos trabajadores de indudable identidad peronista, que habían ingresado a la lucha sindical de la mano de las agrupaciones  obreras impulsadas por Palabra Obrera en las barriadas de Berisso y Ensenada, consolidarían lazos políticos y de vida, particularmente con el Vasco Bengochea. Cuando el Vasco se dirija a ellos, tiempo más tarde, con el planteo de impulsar una organización político –militar, decidirán colaborar con esa estrategia sin abandonar en ningún momento su identidad peronista. Esa sería otra particularidad de esta experiencia, la vinculación al grupo armado de militantes que conservaban su identidad peronista –otro caso de un núcleo con esas características se daría en la ciudad de La Plata– lo que no era considerado ninguna traba para su participación. Tanto esta cuestión como los vínculos establecidos por activistas trotskistas, como el Vasco,  con el mundo simbólico, cultural y cotidiano de los trabajadores, en el período de entrismo de Palabra Obrera, nos obliga a repensar la relación entre la izquierda y el peronismo en la etapa. Es necesario apartar las visiones que parten de construir mundos escindidos y estancos entre esas identidades y complejizar el escenario de cruces sociales, de influencia recíproca, de espacios compartidos -no sin contradicciones y tensiones- entre una clase trabajadora mayoritariamente peronista y algunas corrientes de las tradiciones de la izquierda.

Revisitar estas experiencias, rescatarlas, nos obliga a reconstruir con otras preguntas y con otros enfoques la realidad de aquellos años.

De la misma manera las grandes discusiones de la izquierda sobre la organización y el tipo de herramienta política, sobre el sujeto de la revolución, sobre el papel de la violencia política y la polémica sobre si priorizar el foco guerrillero rural- como cierta canonización de la revolución cubana de la mano de intelectuales como el francés Regis Debray recetaba- o problematizar esa mirada poniendo el centro en el accionar armado urbano, han sido ubicados a fines de los 60. En realidad, muchas de esas discusiones ya estaban presentes en las primeras organizaciones armadas, de manera embrionaria, tal como se ve en el caso de las FARN. Como se ha relatado, estando en Cuba para realizar su preparación político-militar junto con 4 compañeros más de Palabra Obrera, el Vasco polemiza fraternalmente con el Che. El planteo del Che de iniciar la lucha armada en América Latina y en la Argentina ubicaba el campo como el eslabón más débil de la dominación, por lo que la instalación de la guerrilla debía priorizar el escenario rural. Bengochea argumentaría que, sin desconocer la viabilidad de una unidad guerrillera en el monte, el centro del escenario de la lucha revolucionaria en Argentina debían ser las grandes ciudades debido al gran desarrollo urbano del país, el peso social de la clase obrera y el rol de cohesión que cumplía la identidad peronista al interior de las clases populares. Para apoyar sus argumentos pondría como ejemplo las guerrillas urbanas en Europa, desarrolladas en la Segunda Guerra Mundial contra la ocupación nazi  y la lucha vietnamita contra los franceses, interpretada como acción político-militar combinada, tanto urbana como rural. Más allá del intercambio de enfoques, sobre el que no habría síntesis plena entre el Vasco y el Che en ese momento, los hombres de Palabra Obrera rompen con esa organización, tras su retorno a la Argentina y deciden lanzarse a la acción en la provincia de Tucumán. Esa elección les permitía, a nuestro entender, buscar una síntesis entre ambos planteos. Existía  en Tucumán un combativo proletariado agrícola, creado por la producción de azúcar y los ingenios azucareros, nucleado alrededor de la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA); un importante trabajo de inserción previo realizado por Palabra Obrera –que ya había ubicado a la provincia del norte como el eslabón más débil de la dominación capitalista-; una experiencia guerrillera anterior como la de Uturuncos; centros urbanos considerables junto a una geografía selvática y de montaña; una cercanía mayor con el lanzamiento de la lucha armada  en Salta que intentaba el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) liderado por Jorge Masetti, todas razones de peso que permitían intentar combinar desarrollo político –militar rural y urbano. Entendemos que en la visión del Vasco y sus compañeros pesaba ya una lectura de la concepción de Guerra Popular Prolongada (GPP) que, más allá de los señalamientos críticos que sean necesarios realizar, obligaba a las organizaciones guerrilleras a poner en un lugar más relevante la necesidad de sólidos arraigos sociales para su desarrollo. Este enfoque entraba en tensión con la mayor prioridad que le otorgaba al  crecimiento del foco rural la visión cubana. En definitiva, discusiones centrales sobre la forma de llevar adelante la lucha armada ya se daban en ese momento, aunque subordinadas al objetivo principal que era iniciarla efectivamente y no postergarla hasta lograr hipotéticos acuerdos mayores.

Estos debates nos obligan a señalar otra cuestión nodal. Se ha instalado la creencia de que la decisión de Cuba y el Che de impulsar la lucha armada en el continente fue el motivo central de la expansión de las organizaciones armadas y que el desarrollo de esas organizaciones estuvo fuertemente supeditado a las decisiones impulsadas desde la isla. El tremendo impacto de la revolución caribeña es innegable, pero ya hemos señalado cómo se inserta y dialoga con factores nacionales que habían llevado a muchos militantes a la decisión de iniciar la lucha armada independientemente del proceso cubano. Se trata de entender de manera más compleja el contexto local y nacional y no reducirlo a factores unicausales, por importantes que estos fueran. Más aún, la importancia de la revolución cubana ha llevado a que no se tengan en cuenta lo suficiente procesos internacionales claves para la formación y la conformación de la subjetividad de los revolucionarios en los primeros años de la década del 60’. Por ejemplo, a nivel internacional la importancia de la guerra revolucionaria argelina, la lucha vietnamita contra los franceses primero y luego contra la ocupación norteamericana, la revolución China y la Polémica chino-soviética, que alcanzaría particular virulencia en ese año de 1964.

En el caso de las FARN su relación con el plan continental del Che, sus evidentes vínculos con la experiencia del EGP y su empatía con la revolución cubana era acompañada por una firme convicción de mantener una independencia financiera y política de la incipiente organización, financiando toda la logística necesaria con el asalto –sin firmar la autoría- de al menos un banco en la zona sur del conurbano. Los compañeros de las FARN eran celosos de su autonomía política como organización más allá de entender la acción guerrillera desde una concepción continental de la lucha armada, que quedaría opacada tras la muerte del Che en Bolivia en 1967.

Todas estas cuestiones son muy importantes, no como mero ejercicio histórico, sino para entender los procesos de luchas populares anteriores y poder trazar continuidades, vínculos en las rebeliones de las clases populares. Es esa la motivación esencial que nos moviliza en esta jornada. Sin lazos históricos, tradiciones, referencias, las clases dominadas no pueden romper la trama de dominación que las asfixia.  No se trata de reproducir calcos ni copias sino de entender, como decía Walter Benjamín, que el sentido de la historia no está cerrado de una vez y para siempre sino que cada acción revolucionaria en nuestro presente vuelve a instalar la posibilidad de redimir las luchas del pasado. Las luchas actuales de los oprimidos ponen en cuestión, no sólo la explotación presente, sino las victorias de la clase dominante en el pasado. En una relación dialéctica el presente aclara el pasado y ese pasado se vuelve fuerza viva en el presente. Los compañeros de la calle Posadas vuelven a estar presentes en nuestros sueños, luchas y utopías actuales, así como vuelven a ser vencidos con nuestras derrotas. Esperamos, trabajamos, militamos, soñamos, pensamos esta actividad como grano de arena para que en algún momento histórico, en una sociedad esencialmente más justa, presente y pasado de los explotados se den la mano de manera definitiva. Entre ellos estarán, sin dudas, el Vasco Bengochea, Raúl Reig, Lito Feldman, Hugo Santilli y Carlos Schiavello.

 

(*) Este texto es la intervención en el homenaje a Ángel Bengoechea organizado en la Tberna Internacionalista Vasca el sábado 30 de agosto de 2014.

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