“Lograr la unidad de acción del conjunto de la izquierda anticapitalista”

Presentamos una entrega del dossier “Alternativas populares en debate” donde luchadores sociales e intelectuales críticos comparten su mirada, el análisis y su pronóstico para el ciclo de luchas necesario para una transformación profunda de la sociedad. Compartimos las opiniones de Eduardo Lucita *.

1) ¿Ve una posibilidad de eventual “vuelta” de gobiernos progresistas en Latinoamérica? ¿Qué implicancias o viabilidad tienen estos “modelos” hoy? ¿Se agotó el denominado ciclo progresista?

América latina ha sido la región donde mayores resistencias se opusieron al neoliberalismo y de donde surgieron alternativas políticas y sociales que en varios países dieron origen a los gobiernos progresistas. Claro está que esta denominación es un genérico porque hay diferencias entre estos gobiernos. De una u otra manera todos se inscriben en el neodesarrollismo pero algunos con una impronta mucho más socio-liberal (Brasil, Uruguay) y otros con una mayor presencia estatal (Venezuela, Ecuador, Argentina), en tanto que algunos para el logro de sus reformas avanzaron en rupturas parciales con el imperialismo y en un discurso y ciertas prácticas orientadas al anticapitalismo (Bolivia, Venezuela).

En la llamada década larga la mayoría de estos gobiernos se beneficiaron ampliamente de los nuevos términos del intercambio favorables a los países productores de materias primas. Contaron así con recursos para expandir la acción del Estado y hacer políticas sociales activas con avances importantes en lo social y en el manejo de las principales variables económicas, así como han buscado posicionamientos autónomos en el plano internacional. De conjunto puede decirse que modificaron la relación de fuerzas sociales pero no lograron modificar el patrón de acumulación y la inserción subordinada al mercado mundial, ni distribuir la riqueza. Así el extractivismo y la primarización crecieron, mientras descendía la manufactura.

Sea por la situación económica, por las maniobras desestabilizadores de EEUU, por los intentos re-reeleccionarios, por las corruptelas o por las prácticas desmovilizadoras, el consenso policlasista que les permitió lograr cierta hegemonía se quebró y los gobiernos terminaron apoyándose en el clientelismo y el electoralismo para garantizar gobernabilidad.

De conjunto están mostrando que el progresismo al no plantearse un horizonte de superación del capitalismo y quedarse solo en las reformas –con mayor o menor intensidad según los casos- y en una actitud conservadora en cuanto a la autonomía de las masas, encontró allí sus propios límites. En síntesis no pareciera existir mucho margen para los progresismos distribucionistas o capitalismos estatales que requieren cierta autonomía de los poderes mundiales. Dicho esto no se puede ignorar que tanto en Venezuela como en Bolivia se sigue disputando con el imperialismo y las oligarquías locales espacios de poder y proyectos sociales, incluso el triunfo de López Obrador en México o la la situación de Brasil con un posible balotaje con el sucesor de Lula, aún con las limitaciones de cada caso, pueden incluirse como contratendencias. Pero sospecho que cualquiera sea la resolución de estas disputas ya nada será igual a lo que pudo haber sido.

2) ¿Qué caracterización hace del avance de gobiernos de derechas en los países de Nuestramérica? ¿Se puede hablar de una crisis de esos proyectos en la región y/o del macrismo en la Argentina?

Casi dos décadas después del surgimiento del ciclo progresista la derecha se muestra dispuesta a recuperar el poder político perdido. Todo inició en 2011 con el nacimiento de la Alianza para el Pacífico, los golpes en Honduras y Paraguay, la derrota electoral del kirchnerismo; el triunfo parlamentario de la derecha en Venezuela; la pérdida del referéndum por la re-reelección en Bolivia y el golpe jurídico/institucional en Brasil, y todo lo que vino después en la región y especialmente en Venezuela. EEUU juega sus fichas en su “patio trasero”, que ve disputado por Rusia y sobre todo por China, que ya tiene firmadas “Asociaciones Estratégicas Integrales” con ocho países. Las inversiones chinas en la región alcanzan a los 200.000 millones de dólares, mayoritariamente concentradas en Perú, Brasil y Argentina.

Este proceso no es ajeno a lo que está pasando en el mundo. La consolidación de nuevos centros capitalistas (China, Rusia, India); la llegada de Donald Trump a la presidencia de los EEUU; el Brexit en Inglaterra; el avance de las derechas neofascistas en Europa, son síntomas de que tanto los equilibrios geopolíticos como el orden estatal construidos a la salida de la 2da. Guerra Mundial bajo la hegemonía de los EEUU están en crisis y ya no alcanzan a contener la contradicción estructural -histórica pero exacerbada en la globalización- entre la mundialización de la acumulación y su territorialización estatal.

Estas contradicciones y tendencias se expresan también en América latina, por otra parte territorio en disputa interimperialista como se señaló más arriba. En este contexto los proyectos neoliberales encuentran serias dificultades para relanzar el proceso de acumulación y reproducción de capitales en una perspectiva de largo plazo. Necesitan del ingreso de capitales, pero hoy el crecimiento de la economía de EEUU y la reforma tributaria de la administración Trump hacen que el flujo de fondos se revierta sobre el país del norte y la IED en nuestros países es mínima y focalizada en nichos de alta productividad. Así los proyectos quedan atrapados por las contradicciones de la coyuntura, con la particularidad que la década larga progresista dejó un piso de derechos sociales y democráticos que los trabajadores y los sectores populares no cederán sin pelea. Nada garantiza que los proyectos neoliberales se consoliden.

En el caso de nuestro país es evidente que el gobierno Macri atraviesa una crisis. Por un lado por las tendencias descriptas precedentemente y por el otro por problemas propios. Se trata de una crisis económico-financiera y política. El primer término de esta ecuación combina un nuevo eslabón en el largo encadenamiento de crisis producto de los límites estructurales del capitalismo nacional -límites que ninguna fracción burguesa pudo superar- con una vulnerabilidad extrema ante los cambios mundiales exacerbada por las políticas pro-mercado del gobierno Macri.

Para las concepciones neoclásicas bajo su forma neoliberal, en las que se sustenta el gobierno, en lo económico el mercado es el mejor asignador de recursos –por eso no hay plan de largo plazo- y en lo social es la medida de valor de todos los valores –por eso la individuación, la meritocracia y el emprendedurismo, es que para ellos el mercado es el regulador de las relaciones económico-sociales. Así la política queda reducida a su mínima expresión, agravada en este caso porque los principales funcionarios provienen del empresariado, especialmente del sector financiero y no tienen la menor idea del manejo de los asuntos del Estado

Provisoriamente podemos pensar que en estos términos el ciclo macrista está terminado, su razón de ser ha quedado prisionera del ajuste, no queda nada de su relato fundacional, de la nueva política, de un futuro promisorio. Lo que no necesariamente signifique una próxima derrota electoral.

3) ¿Qué actores sociales y diferentes proyectos políticos aparecen como alternativas al macrismo?

Prefiero hablar de sujetos sociales y de la doble fragmentación que opera sobre ellos. Una, la social, que es provocada por la lógica de la acumulación en este período histórico –el capital concentra y hegemoniza por arriba y escinde y heterogeiniza por abajo. La otra es la que surge de los diversos proyectos políticos y sus propuestas.

Esta doble fragmentación es la que permite entender porqué los sujetos sociales que se expresan en la multiplicidad de movimientos –contra la explotación y opresión, de clase y de género, la primarización y el extractivismo; la depreciación de la naturaleza y la ruptura de los equilibrios ecológicos; el desplazamiento de poblaciones, la defensa de los pueblos originarios y de las minorías étnicas y sexuales, encuentra tantas dificultades para centralizar y articular sus luchas, salvo en fechas claves como por ejemplo los 24 de marzo o el 2×1. Esa atomización de los sujetos termina conspirando contra la eficacia de las resistencias.

Esa fragmentación opera también sobre los diferentes proyectos políticos que pretenden ser alternativa al macrismo. Dejo de lado las distintas fracciones de la burguesía, hoy reducidas al peronismo y sus diversas variantes, ya que por lo que conocemos hasta ahora ninguna se propone otra cosa que administrar la crisis, seguramente con una mayor intervención estatal y atención social –lo que no es poco en esta coyuntura- pero no mucho más. Es más importante para nosotros el campo de los trabajadores y las clases subalternas. Aquí los proyectos políticos alternativos están encarnados por la izquierda organizada partidariamente, fundamentalmente el FIT pero no solo el FIT, y los numerosos movimientos sociopolítico-culturales. De conjunto están siempre al frente de los conflictos y los procesos sociales, pero la más de las veces están atravesados por la lógica de la autoconstrucción, que suele primar por sobre las necesidades del conjunto. En lo inmediato hay dos posturas frente a la crisis: los que están dispuestos a enfrentar el ajuste y al gobierno ahora y los que solo plantean sus demandas corporativas y ponen sus expectativas en el 2019.

Superar el sectarismo de unos y el de los no sectarios de los otros y forjar una política de alianzas que supere los límites del activismo, abarcadora de la diversidad existente y abrir una expectativa diferente para el 2019, pasa por frenar el ajuste y salirse del acuerdo con el FMI ahora. Es el desafío del momento.

4) ¿Con qué ejes políticos y con quienes debería articularse el movimiento popular para enfrentar a la derecha y poner en pie una alternativa anticapitalista? ¿Podría mencionar medidas y/o propuestas concretas?

Enfrentar con ciertas posibilidades de éxito a la derecha requiere primero lograr la unidad de acción del conjunto de la izquierda anticapitalista y luego que esta tienda un puente a otros sectores atravesados por la crisis con una propuesta que contemple las demandas populares que expresan la multiplicidad de movimientos que señale antes.
Poner en pié una propuesta anticapitalista parte de lo anterior pero requiere de otros debates estratégicos. Fundamentalmente el problema del poder y el carácter y los ritmos del proceso transformador. Cómo construir hegemonía, cómo forjar un bloque de los trabajadores y las clases subalternas que se oponga al bloque de las clases dominantes. Definir qué clases y fracciones hay que enfrentar y las que hay que neutralizar. Qué proyecto de país, que tipo de gobierno, qué programa para el futuro, qué inserción internacional…

Ahora pasar de este momento ultradefensivo a otro en que planteemos el anticapitalismo en perspectiva socialista, no ya en términos propagandísticos sino concretos, requiere ejercitar nuestra capacidad de hacer política en condiciones muy desfavorables, ¿Cuál sería el punto bisagra que nos permitiría dar ese salto político en medio de la crisis? Pienso que es la democratización de la democracia. Cuestionar esta democracia delegativa, que cada día es más limitada –acuerdos entre bambalinas, subordinación al FMI, pérdida de soberanía monetaria, judicialización de la protesta social y violación de derechos y garantías de las personas, autoritarismo creciente- y aprovechar que la profundidad de la crisis y la falta de alternativas deja un vacío político. Esta combinación de crisis y vacío político está creando un estado deliberativo en la sociedad y abre la posibilidad de poner en discusión que es posible un régimen en el que no se delibere y gobierne solo a través de los representantes sino en forma más directa. Desenvolver este tipo de argumentos nos llevará a plantear la necesidad de la Asamblea Constituyente y en ella el cambio de régimen, cómo salir de la crisis y que proyecto de país queremos.

En cuanto a propuestas concretas en la coyuntura. Me remito al programa de emergencia que elaboramos un par de meses atrás algunos de los compañeros que hacemos parte de Economistas de Izquierda (EDI). Se trata de un programa de emergencia para enfrentar la crisis y que al mismo tiempo abre las posibilidades para transformaciones más profundas, pero lo primero es la emergencia. El punto de inicio de este programa es el rechazo al acuerdo con el FMI y de inmediato la suspensión de los pagos de la deuda. Sin este rechazo y esta suspensión no hay programa de emergencia posible. A partir de esta definición las propuestas se agrupan en tres campos:

a) Frenar la sangría de divisas mediante el control de los flujos financieros y los movimientos del capital;

b) Reformular las cargas tributarias de tal manera que el déficit fiscal sea atacado desde la perspectiva de los ingresos y no solo de las gastos del sector público y

c) Recomponer los ingresos populares afectados por la crisis y la inflación, protegiendo a los pequeños ahorristas y a los fondos de la ANSES.

Soy consciente que esta propuesta – en rigor apenas el capítulo económico de un programa que requiere proposiciones políticas- reúne solo medidas urgentes que deben ser continuadas por un programa que efectivamente proponga la transformación completa del capitalismo local, abandonando el modelo productivista/consumista/extractivista basado en el consumo irracional de la energía y la explotación de los recursos naturales y bienes comunes, bajo la hegemonía del capital financiero y reemplazarlo por otro, que se inscriba en la perspectiva eco-socialista-feminista.

5) ¿Qué rol juega la institucionalidad democrática actual y la disputa político-electoral en la construcción de alternativas populares?

En general la izquierda tiene que ser parte de la clase para pensarse como tal, es su razón de ser, sin la participación activa en los conflictos sociales no existiría. Pero sabemos que no alcanza con las luchas cotidianas, que las luchas sociales necesitan elevarse a la política –que no es solo lo electoral, pero que en las actuales condiciones también es lo electoral- para impugnar el orden de cosas existente. Y es aquí donde la institucionalidad burguesa, esta democracia delegativa, juega un rol de contenedor y de resolución de conflictos según las proporciones de hegemonía y dominación que la caractericen en cada momento.

Conviene recordar que hacemos política no en las condiciones que quisiéramos sino en las que están dadas, las que nos son impuestas por el capital y su Estado. Es lo que hay y está naturalizado, una suerte de orden natural para las grandes mayorías. Correr este velo sobre la realidad es parte de la lucha política que la izquierda debe afrontar sin dilaciones. Esto le da sentido a la disputa electoral, que es percibida por las grandes mayorías como lo normal del régimen democrático actual. Convertir la participación electoral en una tribuna de denuncias y acompañamiento de las luchas forma parte de la acción política de la izquierda. “Un pié en las instituciones y miles en las calles” (no sé cuál es el origen de esta formulación) podría ser una buena síntesis.

Por otra parte las batallas electorales pueden considerarse como momentos constitutivos del necesario reagrupamiento de las fuerzas anticapitalistas, como una instancia de acumulación de fuerzas en la construcción de una identidad socialista. No escapa a mi comprensión que la relación entre la participación en las luchas de los trabajadores y sectores subalternos y la acción parlamentaria es problemática, que la participación en estas instituciones consumen gran parte de las energías militantes, que se corre el riesgo de la adaptación y de caer en el electoralismo vacío.

Pero la política no soporta el vacío y no debemos abandonar el terreno donde dominan los dominadores.

*Eduardo Lucita. Integrante del colectivo Economistas de Izquierda (EDI). Conductor del programa televisivo “Miserias de la economía” emitido por Barricada TV canal 32.1 de TDA.

Ilustración: http://florpinta.blogspot.com

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