Entrevista a Raquel Gutiérrez Aguilar: la política expropiada

Hay otra mirada que se ha impuesto en los últimos años, de hegemonía progresista, que tiene que ver con objetivar las cosas. Cambiar el lugar analítico y plantear todo el debate como si lo único interesante fuera lo que está siendo protagonizado desde el poder. Mover, desplazar, encubrir, invisibilizar y producir olvido de lo que hicimos colectivamente.

 

 

 

El martes 20 de junio estuvo en Montevideo. La cita, en el Centro Obrero Alpargatas, fue una charla organizada por Minervas y la Escuela Elena Quinteros, en el marco de actividades de formación de Minervas junto con otros colectivos feministas de base. Gutiérrez es mexicana, pero su vida está ligada a Bolivia, donde pasó dos décadas participando en las guerrillas de los 80 y las insurrecciones de los 2000. Licenciada en Matemática primero, y recientemente doctora en Sociología por la Universidad Autónoma de Puebla, México, ha escrito ¡A desordenar! Por una historia abierta de la lucha social y Desandar el laberinto. Introspección en la feminidad contemporánea.

 

“¿Qué pasaría si la energía social que somos capaces de desplegar individual y colectivamente dejara de circular por los circuitos que alimentan la valorización del valor, es decir, el orden del capital y la institucionalidad del Estado?”. Así comenzó Gutiérrez su exposición; las respuestas giraron en torno a dos ejes.

En primer lugar, que es necesario recomponer, ampliar y revitalizar la noción de trabajo, comprendiendo no sólo al trabajo que produce cosas, sino también al que produce lazos. La apuesta es la de una noción de trabajo que no separe lo productivo de lo reproductivo, la economía de la política, lo privado de lo público. Esta noción de trabajo ampliada permite pensar en “la creación que hacemos en la lucha y la fuerza social que generamos cuando nos acuerpamos para intervenir decidida y vigorosamente en los asuntos públicos”. Pero debemos cuidarnos, porque ese trabajo puede ser expropiado, de manera análoga a como sucede con el asalariado y con el trabajo de cuidados y reproducción.

Por otro lado, nos invita a pensar la acción política de los movimientos sociales de forma autónoma, sin tener al Estado como centro, aunque sin por eso ser necesariamente antiestatal. La pensadora propone a los movimientos sociales abandonar el binarismo excluyente (autonomía/estatismo) como forma de analizar la política y caminar por ese “filo de la navaja” que representa la tensión entre ambos términos.

Al finalizar la actividad y contestadas las intervenciones del público, pudimos hacerle algunas preguntas.

 

–Sos una intelectual situada. ¿Qué significa que tu conocimiento se haya forjado en la lucha?

 

-[Ríe] No sé si es el único conocimiento válido, hay otros, pero que hay que relativizar bastante. Para entender las cuestiones sociales, sobre todo si quieres entender las que tienen que ver con la transformación social, tienes que plantarte en una mirada de entender cómo está fluyendo el antagonismo. ¿Cómo va desplegándose?, ¿dónde se corta?, ¿qué dificultades encuentra, una y otra vez?, ¿de qué manera revierte procesos?, ¿de qué manera vuelve a ser contenido? Creo que eso es lo principal.

Hay otra mirada que se ha impuesto en los últimos años, de hegemonía progresista, que tiene que ver con objetivar las cosas. Cambiar el lugar analítico y plantear todo el debate como si lo único interesante fuera lo que está siendo protagonizado desde el poder. Mover, desplazar, encubrir, invisibilizar y producir olvido de lo que hicimos colectivamente. El ejemplo más feo de esto creo que es en Argentina. Ahí se impuso desde cierto kirchnerismo, desde cierta tradición militante, el hablar de 2001 como el infierno, cuando yo creo que era al revés. Fue un momento muy caótico pero de una gran apertura.

Y eso en Bolivia todavía no lo lograron. En Bolivia tú logras meter algunas claves para que no produzcamos olvido. Yo llevaba una muletilla que decía “es que recordar y celebrar lo que hicimos no es simplemente un acto de nostalgia, es un acto de cultivo de esperanza”. Muy a la [Ernst] Bloch, digamos, pero así lo planteaba. Porque el otro dispositivo es eso justamente, es un dispositivo potente de producción de olvido y de modificación, incluso de pautas simbólicas básicas de cómo se establece y se marca el tiempo. Ahora parecería como que si el día que coronaron a Evo [Morales] “rey” hubiera empezado la vida nueva, ¡por favor!

Entonces, [es necesario] volver a tocarnos a nosotros mismos, volver a asumir el protagonismo del que hemos sido capaces y repasar de manera lo más honesta que se pueda lo que hemos podido y lo que no, preguntándonos y haciéndonos cargo de lo que nosotros también nos dejamos expropiar. Porque no es que ellos sean malos, ellos son ventajosos. Y bueno, nosotros tenemos que preguntarnos cómo ponemos un límite más claro.

 

–Desde esos lugares, desde esa objetivación, está muy en boga la narración del fin de ciclo progresista. Vos la impugnás.

 

-No me interesa hablar de eso porque la verdad es muy aburrido, pero está de moda: hay 40 congresos y una proliferación de artículos académicos sobre “fin de ciclo sí, fin de ciclo no”… Un escándalo. Es un gasto de papel bárbaro. Pero los compas en Cochabamba [en el “Encuentro en tiempos de fragmentación”, celebrado el 8 y 9 de junio] dijeron una cosa que me hace mucho sentido. Dándole vueltas a esto decían, “se está agotando el modo de expropiar nuestra lucha”. Fíjate, es muy interesante. No es un agotamiento del ciclo, es que hicimos una apertura grande y hubo un momento como de pasmo. En Bolivia logramos un montón. Fue un momento muy importante, un momento constituyente realmente potente –con sus asegunes pero potente– y después, paulatinamente, en estos diez años se ha ido instalando un mecanismo muy afilado de expropiación de nuestra capacidad. Eso se ha agotado, y por eso están en crisis. A mí eso me hace totalmente sentido.

 

–Es común pensar como momento de acumulación de izquierda a los 60, y a las dictaduras y el neoliberalismo como contrarios a esa acumulación. Pero vos también identificás un proceso de acumulación durante ese período neoliberal, que después es “expropiado” por el progresismo. ¿Hay dos momentos de acumulación distintos ahí?

 

-Bueno, no es el lenguaje que yo manejo, porque me parece que la cuestión de estudiar la acumulación y correlación de fuerzas con metáforas absolutamente mecánicas, como si fueran un sistema de vectores, no es suficiente. Es decir, “acá está la izquierda y acá está la derecha, y vamos a ver dónde cae la resultante”, como te enseñaron en física en tercer año, no está bueno. A mí me gustan más las metáforas para pensar la transformación que vienen de la física y la química orgánica, es decir de los procesos vivos, que hacen otra cosa. Me parece que no solamente se necesitan las categorías básicas: materia y energía, distancia y tiempo, ¡Newton, pues! la física clásica. Necesitas más cosas para pensar; al menos tres variables fundamentales, como propone la biología contemporánea: energía, estructura y forma. Es decir, la energía social que se libera en los levantamientos, ¿qué forma asume?, ¿y qué logra instituir en el sentido estructural, en el sentido de permitirles perdurar en el tiempo?

Ese era otro de los debates interesantes en Cochabamba, donde fue la “guerra del agua” en el año 2000, que se recordaba sistemáticamente, y si bien se aludía a la Coordinadora [de defensa del Agua y de la Vida] como aquella entidad que agrupaba fragmentos muy diversos y promovía debates de manera muy interesante, al mismo tiempo tenía esta vocación de no instituirse para no solidificarse, y eso era muy importante. Instala una forma pero no logra estabilizar algo para permanecer en el tiempo, más allá de una resonancia hacia la guerra del gas tres años después. Y en el momento en que se caen los gobiernos, el otro lado también juega. ¿Qué pasa siempre cuando hay una crisis política producida por el protagonismo desde abajo? Se corren, se atrincheran y te ofrecen: ¡ocupa el Estado tú! Eso es una trampa, es lo que estaba tratando de plantear. Ahora, cuando esto pase, ¿qué va a ocurrir? Ojalá hayamos muchos que logremos ir armando una especie de sentido común. No tenemos que dejarnos encandilar, pero va a haber de seguro algunos que van a ir [a ocupar cargos en el Estado], ¿y qué les vamos a decir? Hay que ir aprendiendo de las cosas. Qué no hay que permitir, qué discurso hay que mantener con una enorme fuerza, y qué sentidos comunes hay que intentar romper.

Esas son tareas que tenemos en el hoy y en el ahora, en el terreno de lo teórico. Y eso hace parte de esta lectura a contrapelo, muy a la Walter Benjamin, en la que muchos estamos empecinados. De estar no haciendo contrafácticos, no pensando “a ver qué se nos ocurre”, sino estudiando la experiencia histórica con detalle y en profundidad para pensar no lo que pudo haber sido, sino qué se bloqueó. Y cómo se bloqueó. Y con qué discurso se clausuró. Y qué cosa no hubo capacidad de responder. Porque eso también es cierto, los que luchan se apendejan –en el sentido mexicano–. Hay momentos en los cuales los problemas se hacen tan grandes que todo se vuelve muy confuso. Lo que yo llamo el primer orden, el de la lucha misma. Hay momentos en que los que están peleando realmente no están entendiendo y bueno, se imponen los mecanismos de la repetición.

Me parece que es muy potente esta corriente subterránea de las luchas de las mujeres, que está impugnando cosas tan a ras de suelo y que está desplazando el orden de intelección de las relaciones de poder. Y eso los descoloca mucho a ustedos. Y ese es un problema de ustedos. O sea, cómo se van a convertir no en varones antipatriarcales, sino en hombres en lucha contra la masculinidad dominante. Qué van a hacer ustedos en relación a la violencia de sus congéneres. Cómo van a desafiar ustedos el pacto masculino de silencio, de complicidad, de si trataste horrible a tu compañera y el otro te hace capa. Eso está moviendo cosas importantes, y ahí vamos a aprender todos. Porque es finalmente lo mismo, está hecho del mismo material genético: no nos tenemos que aliar con los que no nos tenemos que aliar.

 

–El 8 de marzo hubo una tremenda movilización. Luego, [en Uruguay] el Parlamento aprobó una ley que incluye al femicidio como figura penal. ¿Es esa la expropiación de la que vos hablabas?

 

-¡Claramente! ¡Claramente es una de las expropiaciones! Como si tú, cuando marchas, porque no te maten, lo que quisieras es que al asesino le den 40 años de cárcel. ¡Hazme el chingado favor! Esa es una expropiación, es una recodificación y una devolución vomitada de lo que tú estás diciendo. Ahora, tú no le estabas demandando nada al Estado. Fíjense en cómo se hizo la coreografía del 8 de marzo, todo el lenguaje de la movilización. Aquí, en Argentina y en varios lugares. Una de las cosas que están poniendo en el tapete las mujeres es que nos hablamos a nosotras mismas. Yo creo que entre ciertas fuerzas de la transformación social tenemos que pensar cómo nos hablamos a nosotros mismos.

 

Diego León Pérez y Santiago Pérez Castillo

La Diaria
https://ladiaria.com.uy/

 

 

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