“Estados Unidos está construido sobre un racismo estructural”

La historiadora Valeria Carbone, especialista en historia del racismo en Estados Unidos, analiza las marchas supremacistas en Charlottesville y los cruces entre raza, identidad y economía.

En 2017, y tras ocho años de mandato del primer presidente estadounidense negro, Donald Trump, su sucesor que no tiene ni un año en la Casa Blanca, reivindicó en público una marcha de supremacistas blancos con banderas nazis en Charlottesville, Virginia, que terminó con un atentado contra una manifestación antiracista paralela y una joven de 32 años muerta.

 

La escena hubiese sido impensada hace sólo unos años y, por eso, volvió a sacudir a miles de norteamericanos que aún no comprenden cómo Trump llegó al poder. Mientras en Estados Unidos, la oposición, los principales medios, influyentes organizaciones civiles, miles de manifestantes en las calles y hasta poderosos líderes extranjeros se concentran en denunciar al mandatario y sus innegables posiciones racistas, la doctora en Historia y especialista argentina en el movimiento afroestadounidense en Estados Unidos, Valeria Carbone, advirtió que el problema es más grande que Trump y más profundo que su gobierno.

 

En una charla con Zoom, la profesora de la cátedra de Historia de los Estados Unidos de la UBA retornó a los fines de la Guerra Civil en 1865, cuando el Norte se impuso sobre el Sur esclavista y separatista, para explicar cómo se construyó una memoria histórica que sirvió de base para el “racismo estructural” que subyace hoy al sistema político, económico y social de la superpotencia. “La raza le otorga a los blancos supremacistas una compensación psicológica ante su situación de explotación”, reflexionó para explicar tanto la escalada de violencia racial como su apoyo a Trump antes y después de las elecciones.

 

¿Cuáles fueron los detonantes de la violencia racista en Charlottesville?

 

El detonante fue una marcha de protesta contra la remoción de un monumento en honor al general confederado Robert Lee, una decisión que forma parte de un proceso que se está realizando en los estados del Sur hace cuatro o cinco años. Como dijo Trump, “no quieren que se borre la Historia”. Yo supongo que habló de la historia de la Confederación, no de una historia completa de Estados Unidos.

 

¿Qué significa reivindicar la Confederación hoy?

 

Lo que se reivindica con la Confederación hoy es una lectura de la Guerra Civil que enaltece la cultura sureña como expresión de la supremacía blanca, una economía sustentada en la explotación de determinados sectores populares –sobre todo la comunidad negra– y, especialmente visto desde el contexto actual, es una reivindicación de un orden social en el que existe una supremacía de un sector sobre el otro. Es curioso porque los mismos debates que se tuvieron hace más de cien años cuando estalló la Guerra Civil ahora son resucitados. Esto es posible porque, después de esa Guerra Civil, el país atravesó un proceso de reconciliación nacional, en el que los dos sectores salieron reivindicados. La mayoría de los historiadores sostienen que cuando terminó la Guerra Civil, la Unión ganó la guerra, pero el que salió victorioso fue el Sur porque todas sus figuras terminaron siendo reivindicadas. Los líderes de la Confederación fueron al principio vistos como traidores a la patria porque no sólo secesionaron, sino que además lucharon por preservar un determinado estilo de vida y un sistema económico sustentados en la esclavitud. Pero después de perder la guerra, lograron que se impusiera un sistema de segregación racial.

 

¿Cómo se entiende esa victoria política después de una derrota militar? ¿Hubo un discurso de ni vencedores ni vencidos?

 

Hubo un proceso de vencedores, por un lado, y vencidos por el otro; pero con el tiempo, con el retiro de las tropas de la Unión en el Sur y el establecimiento del sistema de Jim Crow (como se conoce a la estructura legal de la segregación) hubo una necesidad de evitar que los sectores secesionistas volvieran a secesionar. Hoy nosotros recordamos el conflicto entre 1861 y 1865 como una Guerra Civil, pero la realidad fue que se trató de una guerra de secesión. No es lo mismo. Una guerra de secesión implica que una parte de un territorio se separa y se independiza. Cuando se transforma eso en una Guerra Civil se crea otra lectura. No hay rebeldes en una guerra civil, hay sectores de un mismo país en conflicto. En el proceso de reconciliación se redefinió el conflicto y el Sur confederado tuvo sus reivindicaciones victoriosas, entre ellas reemplazar el sistema de esclavitud por el sistema de segregación. Si bien los negros habían sido emancipados, seguían siendo oprimidos en un sistema similar al Apartheid.

 

Este proceso de los últimos cinco años de remoción de estatuas y banderas confederados comenzó tras el debate abierto por una masacre cometida por un joven blanco supremacista contra una histórica iglesia afroestadounidense en Carolina del Sur. ¿Cuánto se avanzó en ese debate? ¿Cuán institucionalizada está esa reconciliación que se realizó hace más de un siglo?

Hay un sector que pierde la guerra; sin embargo, mucho de los líderes del Ejército confederado, que salieron a defender un sistema social y económico basado en la esclavitud, empiezan a ser reivindicados con monumentos y conmemoraciones. Esto no fue inmediatamente después de la guerra. La mayoría de los monumentos o memorials empiezan a levantarse desde fines del siglo XIX –o sea 30 años después de la guerra civil– y a lo largo de la primera mitad del siglo XX, con un pico en 1924, año que coincide en el Sur con el momento de mayor popularidad del Ku Klux Klan. Este monumento de Lee que desató la protesta de supremacistas blancos en Charlottesville hace unos días fue levantado en el parque Lee en 1924. Ese año se registraron unos cuatro millones de miembros del Ku Klux Klan registrados oficialmente en todo el país y, si se considera que por cada miembro oficial existía un núcleo familiar que adhería a esas ideas, estamos hablando de más de 10 millones de personas que simpatizaban con el KKK. (En ese momento la población nacional era de aproximadamente 114 millones). El otro pico de construcción de monumentos confederados en el siglo XX fue durante las décadas del 60 y 70.

“Entre los que participaron de las marchas supremacistas no hay ningún empresario, ningún multimillonario. Son gente que trabaja en el sector servicios de restaurantes, en McDonalds, en puestos que requieren poca calificación. Entonces, ¿qué rol juega la clase en el racismo?”

Durante el apogeo del movimiento afroestadounidense de derechos civiles…

Sí y eso demuestra que esto no tiene que ver con honrar a determinados generales después de la Guerra Civil porque el Sur sentía la necesidad de dar un lugar honroso a los líderes de la Confederación; tiene que ver con una memoria histórica, con cómo nosotros recordamos lo que pasó. En Charlottesville, la estatua del general Lee que quedó en el centro de la polémica está en un parque que ahora se llama Emancipación. ¿Cómo se entiende eso? La estatua de un líder militar que peleó contra la emancipación de los negros en un parque que fue renombrado en honor de la emancipación de la población negra. ¿Qué mensaje se quiere dar a nivel institucional? Porque esos nombres y las estatuas están puestas allí por leyes y decisiones del Estado.

 

Usted sostiene que los símbolos de la Confederación buscan reivindicar un estilo de vida, un modo de acumulación de la riqueza sustentada en la esclavitud. Pero los sectores que vemos marchar con las banderas del KKK y de la Alemania nazi no son justamente sectores ricos.

Entre los que participaron de las marchas supremacistas no hay ningún empresario, ningún multimillonario. Son gente que trabaja en el sector servicios de restaurantes, en McDonalds, en puestos que requieren poca calificación. Entonces, ¿qué rol juega la clase en el racismo? Hay un célebre historiador estadounidense que dice que la raza le otorga a los blancos una compensación psicológica ante su situación de explotación. Creo que hay algo de cierto. Ellos están en la misma clase que los que rechazan, pero su blancura les otorga una distinción que hace que sean menos malos o que tengan más privilegios. También esta distinción les sirve para argumentar que son otros sectores explotados –los negros, los inmigrantes, los judíos– los que les sacan el trabajo, no el sistema. De fondo, hay un racismo estructural, institucional, que cumple un rol en la lucha de clases y la explotación de determinados sectores, y que lo que termina logrando es romper la solidaridad de clase de estos sectores.

 

¿La explosión de un racismo cada vez más explícito está de alguna manera vinculado a los ocho años de gobierno de Barack Obama, el primer presidente negro de Estados Unidos?

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La importancia de la presidencia de Obama fue su impacto cultural y lo que estamos viendo ahora es lo mismo que pasó en otros períodos históricos. Después de la esclavitud, hubo un período de rechazo de las comunidades blancas a los avances de los negros y vino la segregación racial. Después del sistema de la segregación racial, cuando se sanciona la Ley de Derechos Civiles y la Ley de Derecho al Voto, hubo un avance de la derecha en contra de las victorias que los negros habían obtenido con la lucha del movimiento por los derechos civiles. Esto que hay hoy es una reacción, otra vez de parte de la comunidad blanca, al hecho que el país estuvo dirigido por un presidente negro. Esto no tiene que ver con el éxito de las políticas económicas de Obama. Si uno analiza la situación a nivel macroeconómico, la economía mejoró: se salió de la recesión, disminuyó el desempleo, el sistema de salud Obamacare incluyó a personas que antes no tenían cobertura.

 

¿La visibilización de esta reacción racista está afectando al apoyo del gobierno de Trump?

Desde que asumió hasta ahora, la popularidad de Trump bajó muy poco. Según Gallup, en febrero el nivel de apoyo era del 38%, en marzo fue del 35% y hace una semana era del 34%. Nos estamos moviendo dentro del mismo rango, pese a que pasaron cosas para que Trump pierda la simpatía de muchos sectores sociales. Lo cierto también es que él asumió con un apoyo popular muy bajo, el mismo que existía durante la campaña electoral. Pese a todo, Trump mantiene el apoyo, con variaciones mínimas, que siempre tuvo. La situación se vuelve aún más curiosa cuando se ve que el Partido Demócrata no logra capitalizar esta situación. Hasta ahora no lograron posicionar a ninguna figura que sea vista como la contracara de Trump y, por eso, vemos que el ex presidente Obama empieza tímidamente a asomar la cabeza. Sin embargo, por costumbre, el ex presidente no se puede volver a presentar como candidato a la presidencia.

“Hay un racismo estructural, institucional, que cumple un rol en la lucha de clases y la explotación de determinados sectores, y que lo que termina logrando es romper la solidaridad de clase de estos sectores”

El racismo y los líderes políticos racistas no son nuevos en Estados Unidos, ¿hay algo verdaderamente nuevo en la reivindicación pública de Trump de grupos supremacistas blancos?

A mi no me sorprende. El racismo está arraigado en las instituciones estadounidenses desde los inicios de Estados Unidos como gobierno. Inclusive Ronald Reagan dijo cosas similares en los 80 cuando apoyó públicamente al Apartheid. Dijo que los problemas políticos en Sudáfrica no eran consecuencia del Apartheid, sino de que los negros vivían en condiciones tribales.

 

Bueno, pero ese apoyo fue para afuera de Estados Unidos…

Hubo otro presidente, hace un siglo, que reivindicó abiertamente al KKK: Woodrow Wilson. En un momento en el que Klan estaba creciendo mucho, celebró “la existencia de un gran Ku Klux Klan, un verdadero imperio del Sur para proteger al país sureño”. Pero lo importante que hay que entender es que no se trata de un sólo hombre, de Trump. Es Trump, pero es (su vice Mike) Pence, (su ahora ex asesor Stephen) Bannon, todos piensan lo mismo. Lo que sí me sorprende, si querés, es el nivel de impunidad que maneja Trump.

 

Hasta hace 5 o 10 años, la mayoría de los analistas hubieran dicho que apoyar a grupos neonazis en público es una línea roja que ningún presidente de Estados Unidos cruzaría en la actualidad. Trump lo hizo y más allá de algunas manifestaciones masivas, no vimos un cimbronazo político.

 

Una de las frases favoritas de dirigentes, analistas y de ciudadanos estadounidenses por estos días es: “Esto no representa los valores estadounidenses”. Mi respuesta es: “Sí, los representa”. Si estamos hablando de una sociedad construida sobre un racismo estructural, es decir, que el racismo organiza a la sociedad y posiciona tu lugar en la estructura social, entonces es parte de tu identidad. Hay un segmento social que siente esto y que siente que el presidente les está reafirmando esto. Fronteras afuera lo vemos con el imperialismo estadounidense. Cuando prometen llevar la democracia al mundo, civilizar, proteger la cultura occidental están impulsando un imperialismo racista. Cuando Pence estuvo acá habló del “Nuevo Mundo”, ¡más milenarista y misionero que eso no hay! La sociedad estadounidense en su conjunto está estructurada sobre el racismo, sino ¿por qué se habla de estadounidenses y de afroestadounidenses, o de italoestadounidenses? Se quiere indicar que hay estadounidenses “puros” y otros que no. Y cuidado que no son las minorías, porque si se juntan todas las minorías, se convierten en la mayoría en Estados Unidos. Lo que queda es la minoría blanca “pura”, el blanco anglosajón y protestante, que ahora está reclamando su lugar de privilegio.

 

Lo que vimos en Charlottesville y lo que reivindicó Trump es la cara más violenta y políticamente incorrecta de este racismo estructural, ¿cuál es su cara más sutil, más normalizada?

Los negros ganan menos que los blancos, sólo por una cuestión racial. La brecha racial en los ingresos se ve en todas las clases sociales; no importa si sos rico o pobre. El Estado tuvo que imponer un sistema de cuotas sólo para que las empresas, las universidades y el mismo Estado contrate y acepte a los negros; tuvo que imponer leyes para que haya igualdad salarial en los mismos empleos porque sino a los negros les pagaban menos que a los blancos en los mismos puestos con las mismas tareas. Un blanco camina armado como para ir a la guerra como en Charlottesville y la Policía no hace nada porque la Segunda Enmienda de la Constitución prevé la portación de armas. Un negro sale así armado y es una amenaza. En 2014 un policía mató a un nene negro de 12 años que tenía un arma de juguete en un parque porque una mujer llamó para advertir sobre un hombre armado. Eso es racismo estructural en un país donde la segregación fue legal hasta 1964. El propio Trump y su oposición a Obama fueron un ejemplo claro del racismo estructural en Estados Unidos. Él dudó durante los ocho años de gobierno de Obama sobre su partida de nacimiento y ¿por qué? Porque era negro, no había otra explicación. Durante ocho años dijo que Obama no tenía derecho a ser presidente y le pidió su partida de nacimiento. ¿Por qué? ¿Por qué era hijo de un inmigrante keniata? Trump viene de una familia de inmigrantes alemanes y no justamente pioneros que bajaron del Mayflower. Su slogan de campaña el año pasado era: “¡Vamos a recuperar nuestro país!” ¿Recuperarlo de quiénes? Creo que el mensaje fue claro desde el principio.

 

Fuente: María Laura Carpineta  Revista  Zoom

 

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