Estrategias para la lib(r)eración

Pasó el décimo Filba, entre la renovación de los discursos y la resistencia cultural. La búsqueda de un relato editorial distinto tuvo a Irvine Welsh (“Trainspotting”) pasando música, perfos y una feria under.

Irvine Welsh, autor de la novela Trainspotting –sí, antes de la película hubo un libro– estuvo encargado de la fiesta de cierre del Festival Internacional de la Literatura en Buenos Aires. No se trató de una exposición literaria en un auditorio frío sino de una sesión de música en Niceto Club. El sábado a la noche, Irvine montó las bandejas en Palermo y hasta hizo bailar a otros escritores del mundo que vinieron al décimo Filba. Un evento que durante cinco días reunió diez mil personas –muchas más que las dos mil de la primera edición– aunque con un nombre por lo pronto más aspiracional que real: entre los 90 escritores que participaron hubo apenas 20 extranjeros. Entre ellos, claro, el escocés Welsh, quien desde la cabina entreveró a Kraftwerk y The Communards con Soda Stereo mientras cada tanto se oía el hit del verano: MMLPQTP. Entre el público había escritores argentinos y personas vinculadas al evento; nota de color en una edición del Filba que, según sus organizadores, pretendió poner sobre la mesa y reivindicar al “libro como resistencia”.

En estos casos siempre la pregunta es: ¿resistencia a qué? En principio, pareciera ser contra un mercado que en Argentina se achica bruscamente desde 2016, cuando se levantaron las restricciones a las importaciones de libros y muchas editoriales prefirieron traer títulos de afuera o incluso imprimir en el extranjero ediciones que se venden como nacionales. En ese año, la venta de libros impresos cayó un 25 por ciento respecto a 2015. Y en 2017 el índice arrojó otra baja del 5 por ciento. En simultáneo, la venta en formatos digitales aumentó un 25 por ciento, madero en el naufragio exclusivo de las multinacionales, únicas capacitadas para editar en un mercado que exige inversión no tanto en los títulos como en las plataformas de lectura: existen numerosos dispositivos, cada uno con sus precios y prestaciones, aunque todos a un precio que deja fuera a mucha gente.

El sujeto emergente de esta crisis es el colectivo de editoriales independientes dedicadas a bajas tiradas de literatura no comercial, desde poesía hasta ensayos, que ya en aquel 2016 traumático hizo su aporte publicando el 10 por ciento de los libros del año: una válvula de escape a través de lo artesanal, la autogestión y –lo que no es menor– un mayor cuidado en la curaduría de lo que se edita.

Buenos Aires es la ciudad récord de librerías en el mundo: tiene 8000. Desde megacadenas enquistadas en los shoppings que le dan la vidriera a las grandes editoriales hasta infames locales llenos de polvo y algunos tesoros perdidos. Además, tiene dos festivales. Por un lado la Feria del Libro, una de las cinco más importantes del mundo, capaz de reunir a más de un millón de personas durante tres semanas en la Rural. Y, desde hace diez años, el Filba, una puesta “premium” con sedes y actividades paralelas articulada alrededor del Malba, museo en el que se mezclan millonarios filántropos capaces de financiar Nordelta o este lugar sobre Alcorta y Salguero en el que un día puede haber una muestra de Andy Warhol y otro día una de Yoko Ono.

Las crónicas entendidas sobre el Filba 2018 hablan del filósofo español Fernando Savater y de Jorge Luis Borges. El primero era la estrella del evento pero faltó a una charla que iba a dar en el Centro Cultural de la Ciencia para ir al Colón. Y al segundo le dieron un apócrifo Premio Nobel de la Literatura 2018, atribución que se tomó el Filba luego de que la Academia Sueca lo demorara un año por una crisis interna luego de las recientes denuncias de abusos sexuales que recibió el esposo de una figura importante de la institución.

Pero en el Filba pasaron muchas cosas más. En el terreno expansivo de las conquistas simbólicas, la marea verde plantó bandera y sentó presencia en un evento atravesado por esta agenda desde la propia inauguración con la periodista francesa Catherine Millet y su reflexión desafiante acerca de si “existe la mujer” en términos de identidad histórica. En el Sexto Kultural de Chacarita (una de las sedes alternativas), Pilar Gamboa, Paula Trama, Violeta Castillo y Romina Paula, entre otras, hicieron la intensa performance Tren fantasma invocando “mujeres fantasmas”, convencidas de que “la fuerza está en la reunión”. Y Julieta Venegas dejó su sello en el CCK a dúo con el poeta Mariano Blatt, y luego solo con su guitarra en la plaza República del Perú, donde estrenó Déjenla dormir, una canción inspirada en la militancia feminista en favor de la ley de aborto legal, seguro y gratuito en Argentina.

Por otro lado, el décimo Filba trajo el estreno de su primera “feria del libro”: un espacio donde comprar aquello de lo que tanto se hablaba en charlas, paneles, mesas redondas, entrevistas, clases abiertas, talleres y lecturas. Y acaso el lugar donde más concretamente se puede verificar si, tal como postuló la organización, el libro sigue siendo resistencia. La feria estuvo sólo el sábado y el domingo, como un continnum de mesas y caballetes sobre uno de los bordes de la plaza Perú, a espaldas del Malba pero de frente al escenario donde se sucedían distintas actividades. El espacio fue tomado mayormente por editoriales independientes, quienes pagaron 900 pesos por la mesa. “Una cifra razonable y que no sería difícil de cubrir en condiciones normales de presión y temperatura, aunque algunas ni siquiera llegaron a vender eso”, contaba Marco Zanger, director del sello Odisea y miembro de La Coop, colectivo que reúne alrededor de 25 editoriales.

Para los sellos independientes las ferias son un lugar común porque suponen un canal alternativo a la distribución convencional, copada por cadenas con beneficios para los grandes sellos y farragosas burocracias para los demás. Y si bien reconoce la predisposición del Filba para darles por primera vez un lugar, Zanger apunta algo ineludible: “Buscamos ediciones más bajas y baratas, pero igualmente nuestros libros están atados al dólar por el costo del papel en un contexto donde los precios suben pero los salarios bajan”. Reflexión que al editor de Odisea y La Coop le genera una pregunta que tal vez algún día use como emblema una feria o festival: “¿Cuál es el lugar que ocupa el libro en el bolsillo del lector y qué posibilidades tiene de acceder a ellos hoy en día?”.

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