Evocando el ’68 desde el feminismo de la segunda ola // Entrevista a Mabel Bellucci

“Todo análisis, toda acción, debe partir de nosotras porque sufrimos una misma opresión. No nos dejemos dividir: nos liberaremos todas juntas o no nos liberaremos más. Acometamos contra las instituciones patriarcales y capitalistas que se apropian de nuestros cuerpos. No seamos las máquinas de procrear del Estado. Luchemos contra todas las prohibiciones legales, religiosas, sociales. Luchemos en favor de la anticoncepción gratuita y sin restricciones. Luchemos en favor del aborto legal y gratuito en clínicas y con un personal capacitado. Luchemos por la libertad sexual de las mujeres” Manifiesto ‘Un grupo de militantes proponemos’, New York, 1970.

 

Entrevista realizada por Mailén Nicanoff y Gabriela Barros

 

Mabel Bellucci es activista feminista queer, ensayista y periodista. Adherente a la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Integrante del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (GES) del Instituto Gino Germani de la UBA y de la Cátedra Libre Virginia Bolten en la Universidad Nacional de La Plata. También es autora del libro Historia de una desobediencia. Aborto y Feminismo. En el mismo, traza una cartografía genealógica del activismo feminista y del movimiento de mujeres y de las luchas de quienes llevaron adelante el urgente reclamo por la conquista del aborto voluntario en nuestro país, irrumpiendo en el espacio público e impulsando a una desobediencia colectiva, que tiene sus orígenes en los años 70 y persiste hasta nuestros días, más pujante y masiva que nunca.

 

Evocar el ’68 implica declararnos herederas, críticas y recreadoras constantes de los feminismos que se gestaron en aquel entonces; tomarlos -por su enorme riqueza de acciones y pensamientos- como una caja de herramientas para las batallas que, en el día a día, nos toca enfrentar a las mujeres heterosexuales, bisexuales, lesbianas y disidencias sexuales.
A la hora de hablar de los feminismos conocidos como la segunda ola en los países del Norte, Mabel Bellucci tiene una postura clara: nos propone salir del clásico esquema de análisis centrado en Francia para colocar la mirada en Estados Unidos, en donde se gestó un movimiento de feministas antisistémico, anticapitalista y antirracista. Territorio que además fue epicentro de la conflictividad en sus múltiples variantes: manifestaciones de la comunidad negra por la conquista de sus derechos civiles, movimientos estudiantiles, de liberación de la mujer, homosexuales, lesbianas, antibelicista contra la guerra colonial de Vietnam.

Fueron aquellas mujeres, explica Mabel, quienes se apropiaron de El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir: “Es un libro a destiempo que anticipó un movimiento como muy pocas veces se ha dado en la historia. Cuando salió el primer tomo, en mayo del ’49, no existía un movimiento feminista ni tampoco Simone de Beauvoir era feminista”.

El renacer de los feminismos se enmarcó, sin lugar a dudas, dentro de las luchas de los años sesenta en adelante, década en la que surge el Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM). Con el transcurso de los años, gran parte de las reivindicaciones levantadas por nuestras precursoras se fueron alejando de la tradicional demanda de igualdad entre sexos, para ampliarse a todos los planos de la vida: el cotidiano, el sexual, el amoroso y el familiar. Desde una infinita cantidad de corrientes y con ideales y métodos profundamente heterogéneos, las mujeres organizadas, académicas, amas de casa, estudiantes, migrantes, chicanas, puertorriqueñas, negras, lesbianas, lograron posicionarse y transformar las vivencias de sus opresiones personales y privadas en hechos políticos, que merecen y deben ser tratados en las discusiones públicas.

 

-¿Cuáles crees que son los hitos fundamentales que marcan el surgimiento de la segunda ola y por qué elegís enmarcar a Estados Unidos como su epicentro?
-Los años 60 fueron años de impactantes movimientos sociales antisistémicos que se entrecruzaron por fuera de los partidos políticos tradicionales. Es una década de expansión económica del estado de bienestar, como no la ha tenido el capitalismo en el siglo XX. Eso conllevó un ingreso masivo de mujeres y jóvenes a los trabajos formales y a la universidad. Este panorama lo describió maravillosamente el historiador Eric Hobsbawm, con relación a estos nuevos sujetos que aparecen más allá del movimiento obrero fabril -e inclusive dentro del mismo se presentó una renovación generacional significativa. Entonces, tomo como punto de partida los epicentros metropolitanos de Estados Unidos: Nueva York, Chicago, Filadelfia, Washington, San Francisco, Boston, fue allí donde se armó todo el caldo de cultivo en torno a la resistencia y a la desobediencia civil y política. Como una ola expansiva contaminó a otros centros importantes de Europa Occidental. Las izquierdas tradicionales no han leído estos acontecimientos por su ceguera de creer que Estados Unidos es sólo McDonald’s.
Los años 60 son y serán recordados como añorados por generaciones tras generaciones, en la medida en que se enmarcó dentro de un complejo contexto histórico internacional originando condiciones favorables para que estas revueltas se produjesen en el momento y en el lugar indicados: Estados Unidos. Por múltiples razones militaban en diversos frentes interconectados: contra el segregacionismo racial y por los derechos civiles de los negros; la pena de muerte; el reclutamiento compulsivo de varones para servir a una guerra colonial sobre un país lejano como era Vietnam, junto a un poderoso movimiento antibelicista; el antimilitarismo; la denuncia del sexismo y la discriminación;  el alcance de un cambio social; contracultura comunitarista; el ecologismo; festivales de rock, y artes de Woodstock, la generación beat y el hippismo, y todo tipo de expresión de la nueva izquierda. Eran contextos históricos que se caracterizan por su enorme capacidad autogestiva, antiestatista y con un marcado espontaneísmo de sus luchas. Primaba una tentativa de subvertir el orden con planteos hostiles contra las instituciones, las normas y las jerarquías. Aun hoy ese espíritu espontáneo se refleja en acciones recientes como se expresó en el Me Too, por ejemplo. Y en ese sentido, el escritor uruguayo Raúl Zibechi dice algo muy interesante: las fechas paradigmáticas internacionalistas de Occidente tienen sus raíces en Estados Unidos: el 1º de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores; el 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer; la revuelta de Stonewall, el 28 de junio de 1969, que abrió paso a una efervescencia por la liberación colectiva de los homosexuales; y el 30 de noviembre de 1999, con la lucha en Seattle contra los poderes que dominan el mundo expresados en el proceso de globalización impuesto por los organismos financieros internacionales, los grandes bancos y las compañías trasnacionales. Ese torbellino de reivindicaciones rupturistas tuvo derivaciones en perfiles movimientísticos que desbordaban, permanentemente, en un cruce entre todas estas causas situacionales. Y este cruce no comienza en los años 60, tiene su historia.
En cuanto a la sexualidad, Estados Unidos siempre tuvo una mirada voyerista en torno a las mismas, sobre todo desde los 50, con los tan mentados informes elaborados por Alfred Kinsey y Wardell Pomero, resultado de un estudio científico publicado en dos monumentales tomos: Sexual Behavior in the Human Male (Comportamiento sexual del hombre), en 1948, y Sexual Behavior in the Human Female (Comportamiento sexual de la mujer), en 1953. Más tarde, apareció Human Sexual Response (La Respuesta sexual humana) de William Masters & Virginia E. Johnson, investigación respecto de la morfología y funcionamiento del aparato sexual masculino y femenino. Todos estos estudios fueron aclamados como una significativa contribución a favor de la ola de los cambios sexuales.

-¿Cuál era la situación de las mujeres en Estados Unidos, antes del auge de la segunda ola? ¿Cómo se vivía la sexualidad?
-Hay que tener en cuenta que estamos en el período de la posguerra. La sexualidad, previo a los 60, está atravesada por masculinidades que venían de guerras; es decir, eran sexualidades totalmente opresoras, con actitudes violatorias permanentes. Además, las mujeres estaban enclaustradas en sus casas, con todo el confort que disponían, al estilo de las películas de Doris Day, limpiando y saludando al marido que se iba a trabajar, como bien retrata la famosa Guía de la Buena Esposa. Todo esto era muy propio del clima de los años 50. La alta tecnología de la guerra fue utilizada para la creación de nuevos artefactos eléctricos domésticos. Así, las mujeres dejaban de cubrir los puestos de trabajo de los varones que habían ido a la guerra para volver nuevamente al hogar, a cumplir el rol de amas de casa, madres y esposas. Fue un contexto de fuerte discriminación laboral y desigualdad salarial; el aborto era penalizado con hasta 30 años de cárcel. Aisladas y dedicadas casi de forma exclusiva a la crianza de sus hijos, al mantenimiento del hogar y a la satisfacción del marido, comenzaron las depresiones profundas y el saturamiento del rol de ama de casa.

           Publicidades de los años 50

Es entonces cuando irrumpe Betty Friedman con La Mística de la Femineidad, donde les habla a estas mujeres –heterosexuales y de clase media– que están encerradas en sus casas para decirles “Ya es hora de levantarse de este lugar tan tradicional”. Unos años más tarde, en 1966, ella y otras mujeres fundan el NOW (Organización Nacional para las Mujeres), que fue una organización por los derechos civiles de la mujer con dos ejes: igual trabajo, igual salario y garantizar que tuvieran las mismas oportunidades educativas que los hombres.

Betty Friedman, junto a otras mujeres, durante una concentración del NOW

-A fines de los 60 también toma impulso el feminismo en las universidades. Incluso en Chicago quemaron en público sus títulos, posgrados y maestrías. ¿Qué características tiene y cuáles son sus principales reclamos?
-Bueno, más que nada es un activismo blanco y de clase media, que emergió por el enojo de un sinnúmero de mujeres que habían recibido sus títulos universitarios, posgrados, etcétera. Aparecieron producciones teóricas fundamentales para ese pasado y este presente, como Política Sexual de Kate Millet y La Dialéctica del Sexo de Shulamith Firestone. Ambas se enmarcaron en todo un movimiento que definió la producción de textos como un modo de intervención política activa, como cuando en 1970 se editó La hermandad es poderosa, la primera antología de escritos feministas. Quien fue su compiladora, Robin Morgan -poeta y fundadora de la colectiva Mujeres Radicales de Nueva York (MRNY)-, lanzó una profecía: “Este libro es una acción”. Pensemos que aún no estaba la separación entre el mundo académico y el activismo militante que va a venir en los 80. Sus tesis eran sus libros.

-¿Cómo es la relación de este feminismo con el movimiento estudiantil y con la nueva izquierda? ¿Cuál es la reacción de los hombres al crecimiento del movimiento de mujeres?
-El Movimiento de la Liberación de la Mujer (MLM) -en ese momento se definían así- se separaba de los movimientos mixtos; tales como el estudiantil, el de partidos políticos de izquierdas. De esta situación surgió la noción de separatismo (yo no soy separatista, pero en ese contexto histórico se entiende).

-¿Cómo se da el punto de ruptura que marca el separatismo del MLM?
-Hacia el interior de la nueva izquierda, algunas empezaron a hablar de ser discriminadas, ya que los varones eran los portavoces, las referencialidades, mientras ellas estaban ‘tras bambalinas’. Les leo un fragmento del manifiesto del Grupo Pro Liberación Femenina de Nueva York, en el que se manifiesta la necesidad del separatismo como forma de organización: “(…) en el mitin del sábado, el vocero del comité, David Dellinger, anunció que había venido a manifestarse contra la guerra y por la liberación de los negros. Cuando algunas mujeres en la plataforma le gritaron tardíamente para que mencione la liberación femenina, durante la presentación que comenzó con la lectura de un documento, algunos hombres entre el público nos abuchearon, se rieron e iniciaron una rechifla y lanzaron observaciones como ‘llévatela de la plataforma a la cama’. En vez de callar a los alborotadores, Dellinger trató de hacerlos abandonar el tablado rápidamente”. De ahí deviene que “(…) los hombres, incluyendo a la mayoría de los radicales, blancos y negros, están orgullosos de su chovinismo -así se denominaba lo que hoy se llama sexismo, machismo o patriarcado-. La supremacía masculina es la forma de dominación más antigua y la más resistente al cambio. El movimiento radical está dominado por los hombres; su teoría, prioridades y estrategias reflejan intereses masculinos”. Y en ese sentido “(…) la función del gueto, el ejército, la fábrica y la universidad de reificar la existencia separada de un grupo oprimido, debe ser tomada en consideración por el movimiento pro liberación de las mujeres. Debemos proporcionarnos un lugar para que las mujeres entablen amistad, intercambien sus preocupaciones personales y les den apoyo moral a sus hermanas. En pocas palabras, para crear la conciencia de grupo oprimido”. Así termina este famoso manifiesto.

Así es como surgen los Women Liberation Small Groups.
-Claro. Estos grupos de autoconciencia provinieron como herencia directa de la Revolución Cultural China. La escritora Leda M. Trejos Correia lo relata en su ensayo Grupos de concientización de mujeres. Allí cuenta que “los trabajadores políticos llamaron a las campesinas para que testificaran sobre los crímenes cometidos contra ellas. De esta manera, manifestaron su opresión, narraron que habían sido vendidas como concubinas por sus padres, violadas por los terratenientes y golpeadas por sus esposos y suegros”. Esta práctica revolucionaria puesta en circulación desde 1940 en adelante, se llamó “Hablando de amarguras”. Una metodología grupal de expresión del padecimiento que con el transcurrir se volvió liberador en lo personal. “Hablando de amarguras” fue el primer grupo de concientización. Así, las anglosajonas adoptaron como propia esa técnica de convertir los lamentos privados de las mujeres en actos políticos. Se apropiaron de esa metodología de hablar en voz alta colectivamente y de tanto proponer, contar sus malestares, muchas de esas cuestiones fueron las que constituyeron algunas nociones teóricas del feminismo. Empezaron siendo grupos chicos de mujeres que se reunían para contar sus pesares, y descubrían que no eran individuales, además, que no estaban solas. El lema “Lo personal es político” carece de nombre y apellido, responde más a una producción colectiva como tantos otros más. De sus demandas habla Margaret Randall en su libro Las Mujeres, de 1969: “Iguales oportunidades laborales, iguales salarios, ayuda para el trabajo doméstico, cuidado de los niños, libertad y respeto a su propio cuerpo, aborto libre, igual educación formal (…) Todo eso constituye un paso adelante para la liberación de la mujer”. Y fueron creciendo y apareciendo como una ola expansiva, en las grandes ciudades: Nueva York, Boston, Chicago, San Francisco, Washington. Para difundir sus pensamientos y proposiciones usaban el estilo del manifiesto, apropiándose de la tradición socialista. Era muy frecuente su uso por los distintos grupos y colectivos.

La conversación con Mabel, entretejida con citas, libros, publicaciones de época, aún hoy conmueve por lo actual de las demandas. Aunque hablemos de las acciones y estrategias llevadas a cabo por estas mujeres, resulta imposible dimensionar en estas páginas la profundidad de una lucha planteada para socavar hasta los cimientos más profundos de las relaciones humanas. Las estrategias de intervención fueron inmensamente diversas: desde acciones concretas como la organización de talleres de autodefensa y de salud, donde se revisaban a ellas mismas para conocer su propio cuerpo y sexualidad; hasta intervenciones callejeras con música, poesía, stenciles y pegatinas. Y no podemos dejar de mencionar las patrullas de mujeres a la salida de las fábricas durante la noche. Ellas, preparadas en los talleres de autodefensa, garantizaron la seguridad de muchas compañeras que en ocasiones anteriores habían sido robadas y acosadas sexualmente, dispuestas no sólo a vigilar, sino a atacar a todo aquel que estuviera dispuesto a vulnerar a quienes salían de sus trabajos.

                                                    Volante difundiendo los talleres de autodefensa

-¿Cuáles eran las más radicales?
-El grupo pro liberación New York Radical Women (NYRW), cuyas integrantes habían formado parte de las agrupaciones políticas que lucharon por los derechos civiles de la comunidad negra y contra la guerra de Vietnam. Estaban dispuestas a todo. Como lo expresó Margaret Randall en su libro citado más arriba:“Hay acciones tan importantes como la efectuada recientemente por cinco mujeres que invadieron y destruyeron un centro de reclutamiento del Ejército, y varios días más tarde esparcieron los archivos hechos pedazos como si fuera un confite por todo el Rockefeller Center”. Y siempre estaban en la avanzada, fueron las primeras en reinterpretar y darles forma a los trabajos de los distintos grupos de concientización. Volviendo al Manifiesto del Grupo Pro Liberación Femenina, escribieron: “(…) Ha dado lugar a ciertos supuestos del movimiento de las mujeres, en el concepto radical común, que la liberación de las mujeres es una rama de la izquierda y las mujeres son un grupo como los estudiantes o los soldados”. Y se refleja una tensión entre la denominación feminismo y las tendencias de izquierda, marxistas. “Muchas de nosotras rechazamos, como contrario a la mujer, este concepto de nuestros objetivos. Hemos llegado a ver la liberación de las mujeres como un movimiento revolucionario independiente, que representa potencialmente a la mitad de la población. Nos proponemos llevar a cabo nuestro propio análisis del sistema político y colocar nuestros intereses en primer lugar, sin importarnos si esto es conveniente para la izquierda o no, dominada por los hombres. Aunque podamos cooperar con los hombres radicales, en cuestiones de intereses comunes no somos tan sólo una parte de la izquierda, no suponemos que los hombres radicales son nuestros aliados, ni que deseamos el mismo tipo de revolución que ellos desean (…)”. El plan de la liberación de las mujeres de Nueva York fue “destruir públicamente nuestras credenciales de elector, para simbolizar que el sufragismo ha muerto y que comienza una nueva lucha por una verdadera emancipación. Es un planteo totalmente antisistémico. Y este final de proclama es impactante: “Algunas de nosotras deseábamos informar a los hombres del movimiento que estábamos cansadas de participar en las revoluciones de otras personas y que ahora trabajamos para nosotras”.
En aquellos tiempos también surgió el grupo WITCH (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell – Conspiración Terrorista Internacional de Mujeres del Infierno), en Nueva York se definían como “combatientes y guerrilleras contra la opresión femenina”. Su activismo se centró en organizar lo que ellas llamaban “teatro de guerrilla” un bricolage de acción callejera y de protesta nutrida por el humor y la parodia.

                                                    Intervención callejera del grupo Witch

-¿Qué tensiones tenían las mujeres negras con otras vertientes del MLM?
-Muchas; sobre todo con las feministas radicales. Las negras no querían el separatismo; estaban comprometidas con otras formas de opresión e inmersas en una revolución que para ellas era sobre una base hombre/mujer, que las separa de las blancas. Margaret Randall, en el prólogo de su libro, plantea un tema ríspido: “(…) El movimiento como un todo estaba dominado ahora por la clase media blanca, con la excepción de las militantes negras que trabajaban haciendo desayunos para los niños pobres de los guetos, que luchan contra las sentencias carcelarias de sus hombres y están ellas mismas en prisión. Están comprometidas en otras formas en una revolución porque sienten que la opresión viene incluso de los hermanos radicales de sus filas”.

Estas tensiones relatadas por Mabel quedan reflejadas en el documental She’s beautiful when she’s angry, donde se ve cómo muchos referentes de la lucha por los derechos civiles de lxs negrxs les planteaban a las mujeres que conformaban sus organizaciones el deber de tener hijos para hacer crecer la revolución, y los tensos debates surgidos desde el momento en que las mujeres negras empezaron a discutir.
Mientras el MLM llevaba a cabo la lucha por los efectos de la píldora anticonceptiva -rechazada en un principio porque “se experimentaba con mujeres negras, puertorriqueñas e internadas en los hospicios y centros de salud”-, por el aborto libre y gratuito y contra las esterilizaciones forzadas a las migrantes, comenzó a tomar preponderancia el concepto de justicia reproductiva. El planteo de que la mujer, como sujeto deseante, tiene derecho a decidir de qué modo y en qué momento de su vida quiere ejercer la maternidad, tomó cada vez más fuerza.

-Decías antes que una de las luchas más importantes de esos años fue la del aborto. ¿Cómo se va desarrollando?
-El aborto es el eje unificador de casi todo el movimiento, porque es de interés primordial tanto para las mujeres radicales como para las liberales. En ese momento, morían cerca de cinco mil mujeres por año por abortar y la pena era de hasta 30 años, no era cualquier cosa. En el ’67 empiezan a reunirse para contar sobre sus propios abortos, y comienzan, en Nueva York y Chicago, las famosas campañas  por el Yo Aborté -el feminismo francés las tomó del MLM. Un modo de socorrismo nació también en Chicago, con el Grupo Jane. Y ahí apareció algo que es muy interesante: cómo el aborto sale de las manos de los médicos y pasa a manos de las feministas.

-¿Qué repercusiones tiene este feminismo de la segunda ola en la Argentina de los 70 y en América Latina?
-Yo creo que es una visión eurocentrista hablar de olas en esta región, porque la mayor expansión de los feminismos se presentó en la década del 70 y nosotras estábamos en plena dictadura militar. Entonces no podemos hablar de segunda y tercera ola como en los países del Norte, son procesos históricos muy diferentes. De todas formas, el feminismo que se desarrolla acá en los 70 es un feminismo más de catacumbas, grupos de concientización, reuniones de debates. Se da porque muchas -las que tenían más poder adquisitivo-, viajaban y traían textos; como hablaban varias lenguas, los traducían. Y también había una tendencia a la producción colectiva. En Buenos Aires, el Frente de Liberación Homosexual (FLH), escribió el manifiesto Sexo y Revolución en 1972, una producción que no tiene ni nombre ni apellido. Yo brego para que todo el mundo lo lea; el activista homosexual Néstor Perlongher hacía allí un cuestionamiento a la heterosexualidad compulsiva y llamaba a armar alianzas con las feministas al tener un enemigo común: el machismo hegemónico. En el ’73  maricas, feministas y heterosexuales que se sienten molestos por serlo escribieron el primer ensayo sobre sexualidades que se conoce en nuestro país: La moral sexual en la Argentina. Hacían un cruce muy interesante de lecturas que provenían del psicoanálisis, del marxismo y del feminismo.
La llegada de Linda Jenness al país, feminista que fue candidata a presidenta del Socialist Workers Party (SWP) en 1972, abrió otra compuerta. Nora Ciapponi (también integrante del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y de la fórmula presidencial Coral-Ciapponi, que enfrenta la fórmula Cámpora-Solano Lima), la llevó a activar con compañeras por distintas regiones del país y organizaron un evento de magnitud en el Teatro Coliseo.

Vale aclarar que si bien Nora Ciapponi no intervenía en ese entonces en los grupos feministas, era una feminista en la acción que tomaba el feminismo de Jenness porque era un feminismo de clase. Nora levantaba todas las premisas del feminismo: los métodos anticonceptivos, el aborto legal, seguro y gratuito, el divorcio vincular, la patria potestad compartida, igual salario igual trabajo, guarderías infantiles.

Creo, para ir cerrando, que el aborto es el único lugar donde convergen todas las tendencias del feminismo. Sus heterogéneas constelaciones se aúnan siempre allí y no, precisamente, en la identidad “mujer”. Nada mejor que recuperar las palabras de Audre Geraldine Lorde: “Tenemos que habitar orgullosas la casa de la diferencia”. En nuestra situación, esta casa es el aborto.

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