¿Existen las comunas en Venezuela?

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Por Marco Teruggi, desde Caracas.      Publicado en: notas.org.ar        febrero 14

Casi no se habla de comunas en Venezuela. Es una excepción ver en un medio público un informe, reportaje, análisis, debate que hable sobre el tema. Como si no existieran, salvo en finales de discurso del presidente Nicolás Maduro cuando llama y enumera a todos los sectores de la sociedad.

La ausencia puede explicarse por la permanente coyuntura en llamas que no deja espacio para los medianos plazos. En estos días, por ejemplo, uno de los debates gira en torno a la renovación de los partidos políticos, y, debajo de ese tema, la gran pregunta: ¿cuándo serán las elecciones a gobernadores y alcaldes? El tema ocupa titulares, declaraciones, fuegos abiertos, y tiene, por el momento, un desenlace incierto. Otro punto de agenda es el ataque de los Estados Unidos al vicepresidente de la República, Tareck El Aissami, a quien acusan de narcotraficante y terrorista -el coctel del mal. ¿Qué espacio queda para las comunas en este contexto?

Lo urgente cubre siempre entonces lo demás. El problema es que ese demás es precisamente el proyecto estratégico de sociedad desarrollado por Hugo Chávez. Las comunas no son levantadas como bandera de los logros del proceso, como espacios donde se ensayan tramas de socialismo, como experiencias productivas exitosas en un momento donde es necesario mostrar que sí se produce. No están en la opinión pública.

¿Existen las comunas? Sí. Son más de 1700.

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Se dice entonces que son ficticias, solo existen en el papel. Se intenta así desmerecer, anular las comunas, una mirada que suele tener por marca el desconocimiento. Las comunas, como todo proceso de organización popular, tienen desniveles, tiempos dispares, diferencias según su relación con el Estado, el acompañamiento o no de movimientos populares etc. ¿Algunas son maquetas antes que experiencias reales de autogobierno? Sin dudas. ¿Cuántas son? Difícil saberlo.

Resulta interesante hacer el ejercicio al revés, y en lugar de buscar las que no son lo que deberían ser, ir donde sí el proceso avanza. Pongamos por caso el Estado (provincia) Portuguesa, granero de Venezuela. En números: para que todo su territorio -15200 km2- sea comunalmente cubierto son necesarias unas 130 comunas. En la actualidad existen 110. De esas 110, 64 tienen las principales instancias de autogobierno constituidas -el Parlamento, el Banco, la Contraloría, el Ejecutivo. Las demás están en el proceso de conformación.

A su vez 70 de ellas están agrupadas en el Bloque Estadal de Comunas, instancia regional del Consejo Presidencial de Gobierno Popular para las Comunas, espacio creado para el cogobierno entre el presidente de la República y los Gobiernos comunales. Y aunque el Consejo no haya sido convocado en todo el 2016 y lo que va del año por el presidente, su dinámica se ha desarrollado, en particular en los Estados. Es ahí donde parece concentrarse el salto cualitativo del proceso comunal.

Una comuna no hace el socialismo. Ni miles de comunas hacen al socialismo -¿quién sabe cómo se hace?-. Pero un proceso de agrupamiento comunal en miras de un gobierno de las comunas a nivel de un Estado es un avance en esa dirección. Más aún si son varios estados en ese proceso. Ahí comienza a condensarse un poder territorial, productivo, con capacidad de autonomía en caso de ser necesaria. ¿Autonomía para qué? Para, dentro de la unidad del chavismo, plantearse presionar ante la falta de respuestas políticas y reivindicativas, por ejemplo. Dar la disputa al interior del movimiento desde la legitimidad que da la construcción de masas.

Eso fue precisamente lo que hizo recientemente el Bloque de Comunas de Portuguesa: movilizó a Caracas, a exigirle respuestas al Ministro del Poder Popular para las Comunas. Lo hizo en autobuses, en la parte de atrás de los camiones comunales -con sillas con vistas a las estrellas- con lo que pudo reunir. No es un detalle menor: en un proceso político donde las iniciativas populares han sido históricamente dependientes del financiamiento del Estado, la capacidad de movilización propia es una señal de fuerza popular.

Lograron, pasados los días, reunirse con el ministro e iniciar una serie de acuerdos.

Los resultados no fueron hasta el momento los esperados.

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Fuimos a Portuguesa los días posteriores, a filmar, mostrar las siembras, las Empresas de Propiedad Social, las ideas, debates, conclusiones políticas a las cuales han llegado. Recorrimos llano adentro -horizonte rajado de sol- y montaña arriba -selvas con flores naranjas- para sentarnos a escuchar. La conclusión es, nuevamente: el acumulado político más avanzado se encuentra en territorios comunales, en particular en zonas campesinas.

-El pueblo es sabio y paciente, ha resistido, pero ya en estos momentos hay un nivel de indignación ante la no respuesta, queremos pasar a otro nivel, hacer fuerza para ser escuchados, dijo Nelly Rodríguez, vocera del Bloque, militante de la Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora.

El diagnóstico es extendido. La paciencia ante la capa impenetrable de burocracia -en particular en las regiones- llegó a su límite. ¿Cómo traducirlo en medidas de presión en este escenario político acupunturista? Es parte de los debates que se dan las 70 comunas de Portuguesa, que se han propuesto invitar a las demás Bloques a buscar las formas de hacerse escuchar. ¿Llegó la hora de asumir otro papel? En lo que va del año tuvo lugar un rescate de tierras de la Comuna Negro Miguel, en Yaracuy, otro en Sur del Lago, en Barinas, otra movilización comunera en Guárico. Una lucha no hace un ciclo de luchas, pero varias pueden indicar que algo comenzó a cambiar: puede pasar a más o apagarse por falta de articulación, proyección común, condiciones políticas compartidas.

No se trata de idealizar el entramado comunal. No existe sujeto político puro, libre de errores y techos. Las comunas son un proceso eminentemente venezolano, chavista: cargan con las virtudes y falencias del proyecto. Son -con sus laberintos- los lugares dónde se puede visualizar el país por-venir, una fuerza ética en un momento de crisis de la misma, espacios de resistencia centrales en un hipotético escenario de pérdida de Gobierno. ¿Por qué entonces casi no se habla de las comunas? ¿No es esta la época para hablar de eso, para pensar en eso, meterse en eso?

No existe duda acerca de la importancia del debate de las elecciones, renovación de partidos, precios internacionales del petróleo, cambios del gabinete, acuerdos con China, ataques de Estados Unidos, o sacadas de ojos entre dirigentes de la derecha. El problema es que de tanto dejar algo de lado se puede olvidar que existe. Para que no pase es necesario asumir una disputa que de a poco emerge. No se trata de quejarse sino de encontrar las formas de revertir el silencio.

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