FORD LAND

En un hecho histórico, los ex trabajadores secuestrados y torturados regresaron a la fábrica

En territorio de la Ford de General Pacheco, una abundante cartelería hace loas al sistema de producción inventado por Henry Ford hace más de un siglo. Policy deploymentVisual managementProcess confirmation, son algunas de las directrices que rigen “la mejora constante” del trabajo estandarizado en la producción de automóviles, donde el factor humano es considerado insumo vital: “Nuestro recurso más valioso es nuestra gente y su seguridad no puede ser comprometida”.

Más allá del esprit de corps estimulado por el management empresarial, los ex trabajadores secuestrados y torturados de la Ford que participaron esta semana de la histórica inspección judicial a la fábrica, reinterpretan los letreros blindados de ironía. Desde el Skilled and motivated people y el “Respeto a cada individuo”, hasta el “Riesgo de Golpe” que reza en una línea elevada. La gracia suprema provino —en medio del recorrido— de boca del representante legal de la empresa: “Acá la prioridad la tienen los vehículos”.

Tierra de Ford, Best in The World.

Motivados

Kilómetro 34 de la Panamericana. Avenida Henry Ford. 8.30 de la mañana. Los ex trabajadores ocupan el bar de una estación de servicio, a sólo 30 metros de la Puerta 1 de Ford. Acompañan los abogados querellantes. Conversan. Se dan ánimos.

—Se van a cansar, se van a emocionar, les va a doler el cuerpo—, arenga la abogada Elizabeth Gómez Alcorta.

—Nos van a poner el cartelito de invitados—, se ríe Jorge Constanzo, que llegó lookeado con su bastón, gafas que adornan su calvicie bien llevada y un piercing en la oreja izquierda.

Los abogados conocen el mapa de la fábrica a la perfección. Lo han estudiado a partir de los testimonios. El integrante más joven, Ezequiel Uriarte, repasa al detalle el recorrido propuesto al tribunal. Procuran evitar los inconvenientes de la inspección realizada durante la etapa de instrucción en 2012.

La medida judicial es clave. Los jueces tienen que ver lo que han relatado las víctimas. Tienen que comprender y sentir el acontecimiento de los secuestros (Alan Badiou, el acontecimiento: un quiebre del campo del saber).

El equipo se prepara para entrar. Saludan a quienes llegan para bancar la parada: trabajadores de Volkswagen, CTA, Suteba, Federación Gráfica Bonaerense, de la Secretaría de Derechos Humanos. Hay miembros de la Comisión de Campo de Mayo, está Iris, la mamá del Negrito Avellaneda y Verónica Caamaño, directora de Derechos Humanos de Tigre e hija de José, trabajador desaparecido de Astarsa. Se escucha en una mesa una charla sobre las paritarias, sobre la pulverización actual del salario real. Pedro Troiani informa que Ford suspendió la producción del modelo Focus. “Hay 7.000 parados en todo el sector”, se lamenta como si fuera uno de ellos.

Se palmean. Se acarician. Se sacuden los nervios. Hablan de los problemas de la vida, de la jubilación y la salud. El promedio de edad supera los 70 años. Invaden el baño. El paseo será largo.

Security Pacheco Plant

  1. Respetar indicaciones de seguridad
  2. No caminar usando el celular..
  3. Prohibidas fotos, audio y videos
  4. Prohibido fumar, planta libre de humo
  5. Respetar las sendas peatonales

Las normas generales para visitantes las explica un empleado de Ford en menos de cinco minutos. Generan una velada gracia en la comitiva judicial. Un ex trabajador pregunta en voz baja si ameritaba subir dos pisos por escalera. Están en el edificio de Administración. A Troiani le alcanza para comentar que allí se encontraban las oficinas de Guillermo Galarraga y Héctor Sibilla, dos de los ex directivos acusados por crímenes de lesa humanidad (el primero, fallecido).

En este edificio, a pocos metros del acceso Puerta 1, trabajan unos 900 empleados, menos de la mitad que los que lo hacían al comenzar la última dictadura, 42 años atrás.

La comitiva ingresa al comedor del sector. “Está igual”, reconocen Jorge Constanzo y Luis Degiusti, que se adelantan junto a los jueces y relatan lo que sucedió a Luciano Bocco, delegado de este sector secuestrado el 24 de marzo de 1976.

Constanzo se emociona. No sólo no cambió el comedor. En la caja está sentada Rosa. La reconocen. Se saludan a lo lejos. La tensión y la distancia del reencuentro parece extraña, pero no lo es. Todo se aclara cuando Troiani reparte sus volantes entre los trabajadores que almuerzan y es advertido por un empleado del tribunal. Condición de la empresa: ambiente libre de humo y de “subversivos”.

La siguiente parada es la planta de Estampado, a unos dos kilómetros de distancia. Allí se prepara la carrocería, se arman los esqueletos de las Ranger. Nos lleva una combi en dos tandas.

Adolfo Sánchez (el Julio César de Titanes en el Ring, como le gusta ser reconocido) e Ismael Portillo (el artista), toman la palabra. La comitiva recorre en fila la interminable planta, respetando la señalización de seguridad. Sánchez reconoce el lugar del servicio médico, indica algunos cambios y explica que allí en el primer piso estaba la oficina donde el 25 de marzo de 1976 Galarraga anunció el fin de la actividad gremial y adelantó que serían secuestrados al mencionar al jefe de la policía bonaerense Ramón Camps.

Mientras Portillo relata ante el juez su secuestro en la planta, Troiani me muestra el movimiento de la cadena en la línea de producción: “Ves los eslabones, contábamos cuántos pasaban cada diez segundos para medir si nos subían el ritmo”, enseña. Al salir de la planta, enfrentados a la Puerta 2, a pocos metros, cuenta que allí se apostaban soldados del ejército desde el golpe.

Constanzo y Degiusti retoman la delantera. Estamos en el comedor de Estampado. Allí trabajaban ellos, allí se desempeñaban como delegados y de allí fueron secuestrados, tirados en un Falcon y llevados al quincho de tortura. En la cocina, Constanzo y Degiusti, con las cofias de rigor exigidas por la empresa, no dejan que se les escape ningún detalle. Emulan cada gesto hecho aquel día cuando se enteraron que los buscaban.

Troiani reconoce la mesa de los soldados y Ricardo Ávalos saluda orgullosamente a los cocineros: “Buen día, compañeros”. A la pasada, el supervisor del sector comenta que tenía 16 años cuando conoció a estas “muy buenas personas”. El menú del día son ñoquis. “Muy buenos, muy buena cocina”, aclara el representante legal de la empresa.

Al lado de Estampado, está Montaje. En esta planta, en líneas elevadas y de piso se reciben las carrocerías pintadas, se les colocan guardabarros, guías, tapizados y otras partes. Troiani y Ávalos retoman el relato. Ellos fueron llevados de este lugar.

Ávalos reconoce el lugar donde trabajaba. Se sitúa. Mira al frente. Se lleva las manos a la nuca. Da unos pasos. Se frena. Cambia de posición. Apunta con un rifle. Cuando Ávalos regresa del tiempo, Carlos Propato agrega: “Müller [el otro ex directivo imputado] pasaba por acá seguido, controlando”. Los jueces dejan hablar y escuchan atentos.

Varios minutos nos lleva dar la vuelta a la planta, hasta el sector de Reparación Final donde Troiani tenía la tarea de retocar desperfectos. No tarda en identificar su lugar, aunque ya no está la línea. Le habla directo al juez Osvaldo Facciano. Señala a unos 30 metros. Allí se encontraba bien temprano. El capataz le indicó que no se moviera. Enseguida apareció una camioneta que ingresó en camino recto por una de las puertas. Troiani apunta con el índice. Una Ranger avanza con los focos encendidos desde el fondo, directo hacia la comitiva judicial. “Así avanzó, ve, y todos chiflaban”, dice Troiani. La escena no está preparada. Los presentes tardamos en asumir el impacto de la coincidencia.

En el segundo piso de la planta se encuentra el sector de pintura. El olor se siente por las escaleras. Allí sólo ingresarán los jueces y Propato, por razones de seguridad. A lo lejos se los ve, Carlos sentado en su banquito de bolsillo, que lleva consigo porque sufre por un pinzamiento de médula que lo tiene a maltraer, pero que soportó durante tres horas de caminata.

La parada final es la más esperada. La combi nos lleva hasta el campo deportivo del predio, que se encuentra pegado a la colectora de la Panamericana. Todos coinciden en que falta el quincho principal, el más grande, donde el Ejército armó el cuartel de tortura. María Paula Mañueco, abogada de la fiscalía, advierte que puede distinguir con detalle a tres hombres caminando en los alrededores de una de las plantas a más de doscientos metros. Descree de la versión dada por los directivos. Todos sabían que ese terreno había sido cedido a los militares.

“Acá la gente venía a distraerse, podías comer, tomar un helado”, presenta Troiani. El lugar y el día invitan a echarse y armar una sangucheada. El horror puede colonizar los lugares menos esperados.

Es la empresa, estúpido

Cientistas sociales, antropólogos e historiadores debaten intensamente hace décadas sobre la presencia de la coacción en los espacios laborales y la actitud que asumen los trabajadores frente a las estrategias patronales. Las preguntas maniqueas. ¿Dominación o involucramiento? ¿Resistencia activa o aceptación voluntaria de la explotación?

Una visita superficial a la fábrica de Ford —que no alcanza para comprender las tramas que se tejen en las relaciones laborales— podría dar argumentos a favor de las segundas opciones. En el contexto de la crisis y las suspensiones actuales, algunas banderas del sindicato colgadas en los bancos de trabajo apenas atenúan —o fortalecen quizás— la imagen del orden fabril. En la actualidad, la fábrica tiene mayores niveles de mecanización que en los años ‘70, incluso sectores robotizados (aunque siempre lejos de la frontera tecnológica del “primer mundo”). El plantel obrero es dos veces menor que entonces. La máquina disciplina, impone su norma. La prácticas de control gerencial mutan. Las características de la violencia, de la negación de derechos, asume formas diferentes.

La palabra de una especialista como Lucila D’Urso, cuya tesis doctoral investiga las complejidades actuales de este caso, nos da una noción más acabada del “modo en que se tejen aquellos mecanismos políticos e ideológicos orientados a construir consensos y consentimientos en el espacio fabril”. Habla de las “políticas de producción” que organizan la empresa, el sindicato y el Estado.

Lucila D’Urso

En los años ’60 y ’70 del siglo pasado era muy distinto. Las características del proceso de trabajo habilitaban la conglomeración y el bullicio obrero. El rol de los delegados mutó por ímpetu de una efervescencia social y política que nacía dentro y fuera de la fábrica. Su autoridad, que era la del sindicato y la de los trabajadores, abría una grieta en el orden productivo.

Esta percepción emergió en los testimonios brindados por los supervisores de la Ford en las últimas audiencias, donde asumieron como propias las denuncias de terrorismo en las líneas de ensamblado hechas en aquel entonces por el presidente Juan María Courard. El recurso a la violencia física extrema resultó decisivo.

El desarrollo del juicio enseña que una de las líneas estratégicas de la defensa de los imputados es deslindar a la empresa de los delitos de lesa humanidad. Durante la inspección ocular, Mariano Grondona, abogado de Pedro Müller, reconoce que ha sabido transitar las oficinas administrativas de General Pacheco. No es la única evidencia de que los imputados tienen una relevancia secundaria.

Si el Ejército invadió la empresa, si como aseguró la abogada Adriana Ayuso en la audiencia anterior el rol de los empresarios no fue voluntario, la inspección judicial debió hacerse con “bombos y platillos” y el contacto entre las víctimas y los trabajadores actuales no debió ser percibido como una amenaza al esprit de corps. Pero Courard denunció el “terrorismo” de los delegados sindicales y el directorio felicitó su eliminación.

Durante la inspección, en conversaciones informales, el representante legal de Ford me responde que la empresa no tiene asumida una posición oficial sobre los hechos que se juzgan, porque “no somos parte” pero desliza que no existen pruebas de responsabilidad de los ex directivos.

—¿Y tu opinión personal?— pregunto.

—Eso me lo guardo.

Ford Production System, en todo su esplendor.

 

  • La ilustración principal se llama “El quincho de las torturas”, por José Eliezer.
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