Guevara y nosotros: la juventud y el “retorno” de la política

 “Ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si este vence… y este enemigo no ha cesado de vencer” (Walter Benjamin)

 

Ernesto Guevara se ha presentado, a lo largo de las últimas décadas, como una figura central dentro de la cultura nacional. Y digo de la cultura, y no solo de la cultura política, porque el Che ha sido un ícono de la militancia revolucionaria (marxista y peronista), una figura reivindicada por la izquierda reformista –esa misma que en vida lo acusaba de aventurero–, pero también, una estampa en las banderas y canciones de bandas del rock nacional; motivo de cántico de públicos apasionados, tanto en chanchas de fútbol como en recitales; tatuaje en el brazo de Diego Armando Maradona –con todas las repercusiones que implica– y una imagen rescatada por la rebeldía juvenil frente a un mundo que le resulta antipático.

 

El Che, sus borceguíes abiertos, desabrochados cuando era ministro. Sus pantalones con un broche de colgar la ropa, cuando aparece vestido como comandante del Ejército rebelde. Dos imágenes en las que podemos ver a quien se resiste a aceptar las normas. Dos imágenes de un revolucionario en quien, también, persiste la rebeldía. Por supuesto, Guevara también ha sido retrato devenido mercancía, motivo de lucro para el capital.

Quisiera entonces rescatar un posible legado de Guevara para la actualidad. Me refiero al rol de la juventud militante en los procesos políticos. Se insiste, con frecuencia, en la importancia de que hoy en día existan tantos jóvenes preocupados por los destinos del país. Sin embargo, muchas veces, aún pesa sobre las espaldas de las nuevas generaciones de militantes, la pesada herencia del Terrorismo de Estado. No la de la teoría de los dos demonios, que por suerte y esfuerzos y luchas de tantos ya no tiene tanto peso en nuestra sociedad. Pero sí esa herencia que limita los horizontes, que sitúa en el lugar de la nostalgia o de idealistas utopías la posibilidad de romper los límites de aquello que se nos plantea como posible.

“Una juventud que no crea es una anomalía”, sostuvo Guevara en su artículo “Qué debe ser un joven comunista”. E instaba a los jóvenes a actuar permanentemente preocupados de los propios actos, haciendo hincapié en la capacidad de estar abiertos, siempre, a las nuevas experiencias. Sus palabras a los jóvenes comunistas convidan a la inquietud permanente, a ser esencialmente humanos. “Ser tan humano que se acerque a lo mejor de lo humano, purificar lo mejor del hombre por medio del trabajo, del estudio, del ejercicio de la solidaridad continuada con el pueblo y con todos los pueblos del mundo, desarrollar al máximo la sensibilidad hasta sentirse angustiado cuando se asesina a un hombre en cualquier rincón del mundo y para sentirse entusiasmado cuando en algún rincón del mundo se alza una nueva bandera de libertad”.

Por supuesto: Guevara hablaba y actuaba en otro contexto, muy diferente al de hoy en día. Y citarlo no ofrece (si es que alguna vez ofreció), ninguna garantía. Así y todo, podemos quedarnos con su llamado a los jóvenes, por el papel significativo que juegan en la sociedad, y traer su figura para que interpele nuestro presente. Para que incite nuevas rebeldías, nuevas irreverencias. Eso no nos excusa, claro, de construir el propio sendero por cual transitar. Y en este sentido, bien podríamos citar para terminar las palabras del Nietzsche de Así habló Zaratustra: “’Este es mi camino, ¿Dónde está el vuestro?’, así respondía yo a quienes me preguntaban por ‘el camino’. ¡El camino, en efecto, no existe!”.

 

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