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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

¿Hay 2019? “volveremos”, o la historia como farsa

23 Feb,2019

por Mariano Féliz

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¿Hay neodesarrollismo más allá del neoliberalismo?

Han pasado tres años ya de aceleración del proceso de ajuste de la mano del gobierno de la coalición Cambiemos. La crisis transicional del capitalismo dependiente en la Argentina que se inició en 2008, se consolidó en 2011 con la sintonía fina y se profundizó en 2013. La llegada al gobierno de Cambiemos fue la consecuencia directa de los límites del proyecto neodesarrollista y esa crisis transicional.

Abierto el año electoral para la presidencia del Estado nacional, se inicia el debate sobre la superación del programa de ajuste. De la sintonía fina pasamos al ajuste paso a paso (dit gradualismo) y luego -ahora- al shock (FMI=déficit cero + emisión cero). ¿Puede haber vida más allá del 2019?

I

Cambiemos arribó con la idea de desandar las políticas neodesarrollistas. Creyeron que ello significaba básicamente eliminar las restricciones cambiarias (mal llamado cepo cambiario), liberar (y dolarizar) las tarifas de servicios públicos, abrir comercio exterior (básicamente, facilitar las importaciones), y encarar un proceso de ajuste fiscal financiado con deuda externa.

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Cayeron en la trampa de ver al neodesarrollismo como sólo un set de políticas, y no como una etapa histórica o un patrón de reproducción del capital. No registraron tampoco que ese proceso estaba atravesando una crisis transicional de magnitud, no una crisis meramente fiscal o inflacionaria: siguiendo el dogma neoclásico creyeron que era producto del déficit público y su financiamiento inflacionario.

Además, ignoraron el giro que se había producido en el capitalismo global, y en especial en los centros imperialistas, a partir de la crisis de 2007. Esa crisis puso un freno al crecimiento global, quebró la globalización financiera y limitó seriamente el comercio y financiamiento de las periferias dependientes, abriendo el tiempo de una nueva era neomercantilista (proteccionista). La elección reciente de Trump como presidente de los Estados Unidos y el avance de las fuerzas nacionalistas (en muchos casos, abiertamente fascistas) en muchos países centrales son, sin dudas, signos de la consolidación de esta nueva era.

Luego de un trienio de gobierno, las políticas de Cambiemos no han logrado superar la crisis transicional, sólo la profundizaron. La inflación y el déficit fiscal se incrementaron, a pesar del recorte en el gasto público; la economía no logra recuperar un sendero de crecimiento estable aún con amplias políticas ‘market friendly’. En este tiempo, las políticas de la coalición liderada por el PRO golpearon a su vez a su propia base política, o más precisamente, a la fracción de ésta desilusionada por el neodesarrollismo en crisis que en 2015 (y en menor medida en 2017) les había apoyado.

Por ello, la paradoja actual sea, tal vez, la consolidación del kirchnerismo como la principal alternativa política frente al deterioro macroeconómico generalizado y la creciente vulnerabilidad financiera. ¿Pero es la vuelta atrás un futuro posible? ¿Es el péndulo de Diamand una salida viable a los dilemas del presente?

II

La estrategia neodesarrollista se construyó sobre los cimientos de la era neoliberal y su crisis orgánica. El fantasma del 2001 condicionó la construcción hegemónica a lo largo de más de una década. Sobre los muertos de diciembre de 2001 y los asesinatos de junio de 2002, las fracciones dominantes del gran capital debieron operar a tientas para reconstituir su hegemonía política.

El kirchnerismo cumplió un papel fundamental en tal sentido. Logró articular una coalición política que multiplicó las potencias productivas nacidas de la reestructuración neoliberal al tiempo que evitó que la radicalidad política del nuevo ciclo de luchas nacido del seno de la crisis de la Convertibilidad pudiera quebrar el nuevo patrón de reproducción social.

Ello supuso consolidar el neoextractivismo como eje articulador de una nueva dependencia (soja, minería, especulación inmobiliaria, etc.) y políticas sociales y laborales capaces de neutralizar (dividiendo, reprimiendo, normalizando conflictivamente) la nueva composición política del pueblo trabajador. Por un lado, políticas explícitas ampliaron el campo de la minería a cielo abierto, multiplicaron el uso de agrotóxico y organismos genéticamente modificados en la producción de alimentos, y dieron vía libre a la financiarización de la producción del hábitat, entre otras. En paralelo, esto significó consolidar una forma de inserción internacional ligada de manera creciente al subimperialismo regional (Brasil) y el nuevo imperialismo chino en expansión. Por otra parte, las políticas laborales y sociales fracturaron al pueblo trabajador en “empleables” (mayormente varones) e “inempleables” (mayormente mujeres, a quienes se dirigieron las políticas sociales), y formalizables (núcleo del movimiento obrero) y precarizables (trabajadorxs estatales y cuentapropistas). Con políticas segmentadas, se reprodujeron los estereotipos de género (pues, por ejemplo, las mujeres quedan a cargo de las tareas de cuidados de niñes para cobrar asignación universal) y se aleja a las mujeres del mercado laboral: la tasa de participación femenina en el mercado de trabajo deja de crecer a partir de 2003 y persiste la desigualdad salarial en contra de las mujeres (quienes mantienen ingresos por trabajo un 30% por debajo de sus pares varones). A su vez, se neutralizan de manera exitosa las demandas ‘excedentes’ de las fracciones potencialmente más conflictivas de las organizaciones obreras (algunas de ellas integradas al kirchnerismo en el gobierno).

Los límites y crisis de esa estrategia abrieron el camino al programa de Cambiemos. La segunda mitad del ciclo kirchnerista desilusionó al núcleo de la alianza gobernante y fracturó el consenso hegemónico hábilmente construido. El crecimiento económico se tornó menor e inestable, los salarios en promedio frenaron su crecimiento al igual que el empleo formal; todo en un marco de mayor inflación y amplios desequilibrios en el sector externo. La profundización de los desequilibrios internos en un clima regional e internacional cada vez más crítico, fragmentaron la alianza progresista que el kirchnerismo pretendía encarnar y conducir.

III

Hoy, frente al abismo que significa la profundización del ajuste propuesto por el FMI, la vuelta del kirchnerismo al gobierno a fines de 2019 resuena -para algunes- como canto de sirenas. Sin embargo, la épica antineoliberal no parece ser el futuro de una nueva alianza nacional-popular. Más bien, la tragedia podría ser sucedida por una nueva farsa.

El nuevo gobierno llegaría en condiciones iniciales muy distintas a las de mayo de 2003. En lugar de la inflación en baja, el crecimiento en ascenso y la cesación de pagos de aquel año, el gobierno de diciembre 2019 encontrará inflación desbordante, estancamiento pronunciado y una monumental crisis externa, y tal vez una nueva corrida cambiaria. La inminente y renovada crisis en el balance de pagos llegará en 2020 como crisis de endeudamiento: nadie cree -insistimos: nadie- que diciembre de este año no supondrá el inicio de una renegociación más o menos ordenada del abultado endeudamiento externo. Más allá de las apuestas optimistas del gobierno actual, la cosecha y Vaca Muerta difícilmente salven al capitalismo dependiente argentino de un nuevo y profundo descalabro. La crisis transicional continúa sin resolverse: la tasa de ganancia de las grandes empresas muestra una tendencia al descenso sostenido desde 2010, alcanzando en 2017 (último dato disponible) menos de la mitad de aquel año; 2018 ha de haber sido peor aún.

Una nueva etapa del neodesarrollo profundizará el extractivismo (superexplotación de la naturaleza y los territorios) y la superexplotación (precarización) del trabajo. En Argentina se ha consolidado una nueva etapa de dependencia frente a las potencias imperialistas (EEUU, UE, China) y subimperialistas (Brasil, India, Rusia), a través de penetración del gran capital trasnacional. Esa es -a todas luces- la apuesta de Cambiemos; en su momento, fue también la apuesta del kirchnerismo; en una geometría variable, aún lo es. ¿Quién le pondrá el cascabel a Vaca Muerta, a la sojización transgénica y a los nuevos proyectos de megaextracción de litio, uranio y otros minerales estratégicos?

En paralelo, avanzan las nuevas modalidades de gestión de la fuerza de trabajo que haciendo uso capitalista de las nuevas tecnologías de algoritmos, robots, aplicaciones (APPs) e inteligencias artificiales, buscan proyectar en el siglo XXI la superexplotación extendida de la fuerza de trabajo. Las fuerzas sindicales que pretenden ser parte de la base social de una nueva versión nacional-popular del desarrollismo, ¿serán capaces de canalizar las potencias radicales de esas nuevas fracciones del pueblo trabajador?

IV

En todo caso, si Argentina no rompe esas cadenas de dependencia, sólo puede replicar un patrón de reproducción capitalista de violentos arranques y detenciones, el famoso stop-and-go que en las últimas décadas han consolidado la precarización de la vida y el trabajo.

La salida de la Convertibilidad desvalorizó el conjunto del capital, en especial el capital variable (masa salarial), redujo el endeudamiento interno (vía pesificación asimétrica y tasas de interés por debajo de la inflación) y externo (vía default), congeló los salarios públicos y disparó el tipo de cambio un 200% (1 a 1 al 1 a 3). En un mundo en expansión acelerada por la irrupción de China, la economía dependiente argentina se reinició. ¿Alcanzará la profundización de la crisis actual para crear condiciones para una expansión en el corto plazo, aun en medio de una cesación de pagos local y la crisis global? ¿El esperado éxito del proyecto del fracking y un nuevo boom sojero pueden ser la base de una consistente recuperación del crecimiento económico y el empleo (aunque sea precario y mal pago)? No parece simple, pues los desequilibrios acumulados son inmensos y el mundo en crisis pone restricciones difícilmente superables.

Por otro lado, como parte de un proceso general de derechización y conservadurismo social y político, en la Argentina el gobierno de la alianza Cambiemos ha consolidado una tendencia creciente dentro del pueblo trabajador a descreer de las posibilidades de la democracia burguesa, formal, de alcanzar los ideales proyectados a la salida de la última dictadura militar. Si con la democracia no se come, ni se cura ni se educa, parte de las fracciones más alienadas de las clases populares en el pueblo comienzan -con resignado optimismo- a atender más a las opciones de la meritocracia, el individualismo y el oscurantismo político-religioso; salvarse “como sea posible” se convierte en la última ilusión. La crisis transicional se extiende a un sistema político que nunca supo cómo recuperarse de los avatares del 2001. En simultáneo, los sectores populares tenemos todavía pendiente crear nuevas formas de politicidad (decisión y participación colectivas) que nos permitan proponer alternativas de masas.

V

En este clima de época, la alternativa nacional-popular a la derecha empresarial no parece más que una no-opción, sino más bien repetición en peores condiciones iniciales. Un nuevo ciclo desarrollista enfrentará los desequilibrios heredados, pero con las mismas limitantes conceptuales que ya tenía y menos herramientas prácticas para resolverlos.

Primero, la carga de la deuda pública fiscal y cuasi-fiscal (LELIQ del Banco Central) es -a cortísimo plazo- explosiva. En un clima financiero internacional convulsionado, no será posible simplemente renegociar y/o pagar la deuda externa (como se hizo en 2006 respecto a la deuda con el FMI o las renegociaciones de 2005 y 2010). Además, será imperioso recuperar cierto control sobre el mercado financiero y cambiario para poder salir de la actual situación de secuestro financiero que mantiene las tasas de interés elevadísimas. ¿Quién se atreverá a poner fin a la dependencia financiera, que es la contracara de la llamada ‘independencia’ del Banco Central?

Segundo, recrear el ciclo de crecimiento económico será una tarea titánica, en un marco inflacionario descontrolado como el actual. Cierto es que la capacidad instalada disponible en el conjunto de la economía es amplia luego de varios años de estancamiento. Sin embargo, el grado de apertura general de la economía condiciona los márgenes de la autonomía para recuperar simultáneamente el poder de compra de salarios e ingresos del pueblo trabajador y la rentabilidad potencial y actual del capital instalado. Estos objetivos fueron alcanzados en la primera etapa del kirchnerismo por la vía de la redistribución parcial de las mieles del extractivismo y la superexplotación de la fuerza de trabajo en un mundo en bonanza. ¿La estrategia neodesarrollista será suficiente en plena crisis global?

Finalmente, y sin agotar las dificultades, la consolidada dependencia del ciclo del capital local respecto del capital transnacional, en particular de aquel ligado a los procesos extractivistas, pone al conjunto de la economía frente a una debilidad estructural. ¿Cómo hacer frente a la contradicción creciente entre demandas de moneda internacional y el control concentrado de la oferta de divisas en pocos actores? ¿Cómo reimpulsar la inversión productiva cuando las decisiones más importantes son tomadas por las trasnacionales dentro de sus planes globales, donde Argentina es un pequeño eslabón?

VI

La pregunta clave del momento es si el regreso del neodesarrollismo en su forma nacional-popular (es decir, liderado por el kirchnerismo), será capaz de enfrentar la crisis generalizada que atravesamos y -a la vez- superar sus propios límites como proyecto societal.

El intento de industrialización con base en las transnacionales probó su ineficacia en la etapa anterior. Sólo creó armadurías de bajo contenido tecnológico y alta dependencia en subsidios, tecnología importada y superexplotación laboral. Esa misma estrategia está detrás de la fragilidad del mercado de trabajo argentino, donde una fracción creciente del mismo está siendo desarticulado por las nuevas tecnologías. ¿Será tiempo de pensar nuevas formas de producción más allá de las grandes empresas transnacionales? No es de extrañar que hoy avance con fuerza un ajuste brutal al sistema de Ciencia y Técnica, casi sin resistencias o quejas por parte de las fracciones más importantes del capital: las transnacionales no necesitan ciencia en Argentina.

Desandar la dependencia estructural respecto del extractivismo require superar (y no fortalecer) la posición de Argentina como proveedor de insumos materiales y energéticos a escala global. Ser parte del mundo debe ser mucho más que ser su supermercado, un granero o un campo petrolero. En particular, en un mundo en guerra comercial, la clave pasa por desplazar el intercambio desigual que promueve la fuga de capitales, y es agravado por la destrucción del mercado interno. El crecimiento de los ingresos provenientes del trabajo por encima de la inflación será clave en este camino. La pregunta aquí es nuevamente qué sectores pueden liderar la expansión salarial, en un capitalismo en crisis.

El neodesarrollismo nacional-popular en Argentina ha mostrado su predilección por un desarrollo capitalista ‘serio’. Eso mismo es su principal límite, pues niega la posibilidad de una estrategia de desarrollo que supere la dependencia asociada al proyecto del capital en América Latina. La experiencia argentina de las últimas décadas es un caso extremo de los límites del desarrollo del capitalismo dependiente. Hemos perdido una nueva década: luego de 10 años de sube y bajas, los niveles salariales, de producción, pobreza y precariedad, etc., son hoy similares a los de hace 10 años.

Una nueva fase del neodesarrollo, sin intentar ir más allá de sus propios límites, será una nueva frustración para el conjunto del pueblo. La experiencia regional reciente muestra que sin la construcción de alternativas políticas radicales frente al (sub)desarrollo dependiente y sus formas políticas, el resultado del reformismo desarrollista es el avance de opciones regresivas (la experiencia reciente del PT en Brasil y el ascenso de Bolsonaro son muestra de ello). La esperanza hay que construirla con formas organizativas que puedan proyectar alternativas reales a la crisis actual, con opciones que superen el péndulo argentino.

Nota concluida el 25 de Enero de 2019.

Fuente: Revista Bordes

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