¿Hay un nuevo ciclo de luchas en la Argentina?

Durante el mes de Abril a pedido de Contrahegemonía, militantes populares de diferentes organizaciones políticas, sindicales, territoriales y culturales nos reunimos para discutir la hipótesis de la apertura de un nuevo ciclo de luchas sociales. Partiendo de las cinco preguntas del cuestionario que presentamos en el dossier, se desarrolló un rico debate que no pretendía llegar a acuerdos plenos sino a generar insumos y elementos de reflexión que puedan ser tomados para sus debates por las organizaciones populares.

 

Aquí un breve resumen de algunas de esas reflexiones que agrupamos en algunos ejes temáticos a los efectos de hacer más visibles los ejes que cruzaron las distintas intervenciones.

 

Tendencias favorables al alza de las luchas populares

 

Primera hipótesis: la idea de que pueda existir un alza en la conflictividad tiene que ver con la combinación de cuatro variables: a) el impacto de la crisis mundial en Argentina; b) la aceleración de los problemas estructurales del modelo neodesarrollista; c) los elementos del sistema político que no se recompusieron después del 2001 y; d) el aumento del descontento social, cuyo sentido está en disputa.

 

 

Respecto al impacto de la crisis mundial, un elemento fundamental del neodesarrollismo fue contar con cierto nivel de recursos económicos y mantener lo que se denominó como “los dos superávit mellizos” (el superávit comercial y el superávit fiscal). Eso ha cambiado claramente en los últimos años, y la lógica indica que sin hablar de un derrumbe –de hecho, la soja no se ha derrumbado ni mucho menos– sí podemos hablar de una ralentización de la capacidad de recaudación, lo que es un elemento no menor y una de las tantas cuestiones de cómo impacta la crisis mundial. La disminución relativa del crecimiento de China y la suba de las tasas de interés en EE.UU. tienden a potenciar ese escenario. El pronóstico de lento crecimiento de Brasil, socio comercial principal de la Argentina, completa ese panorama.

Segundo, los límites del proyecto neodesarrollista, o mejor dicho, sus taras estructurales comienzan a hacerse cada vez más evidentes: el modelo acentúa su lógica extractivista; se evidencian los costos de estar vinculados a una industrialización dependiente. La tan mentada industrialización del kirchnerismo esconde que el capitalismo actual segmenta y relocaliza producción; entonces, por ejemplo, la industria automotriz que fue vital en la suba de exportaciones no agrarias, es clave para profundizar el déficit de dólares porque buena parte de los equipamientos que utiliza este sectoir de la industria se importan, y lo mismo sucede con las fábricas que están en Tierra del Fuego y en Ushuaia, las electrónicas, caracterizada por una enorme cantidad de material que se ensambla y se trae del exterior. Con lo cual, núcleos claves de lo que el kirchnerismo llamó su lógica de industrialización, en realidad están atadas a una cadena de valor mundial y se relacionan con los límites que está mostrando el modelo por su déficit energético y los dólares que salen permanentemente para financiar esas importaciones, sea de energía, sea de equipamiento, de bienes industriales. Esta situación pone crudamente en evidencia todo lo que no se hizo: el colapso del sistema de transporte, las inundaciones de La Plata, el colapso de Edesur y de lo que vivimos en un lapso de tiempo no muy largo (menos de un año) están demostrando ciertas cuestiones que son estructurales, inherentes al modelo.
La inflación, donde en ningún discurso –o en muy pocos– se plantea que el fenómeno inflacionario tiene que ver con otro elemento clave que es la oligopolización, el control de la distribución de las mercancías y mantener una tasa de ganancia que ha sido muy alta por parte de los grupos económicos; dicho de otra manera, que transfieren permanentemente los aumentos salariales a los precios. La inflación es un segundo elemento clave en el agotamiento de lo que se ha dado a llamar en el discurso oficial “el modelo” y que se muestra en aspectos variados.
En tercer lugar, un problema en el sistema político: si bien el kirchnerismo significó un nivel de recomposición y de legitimación de la política post 2001, también es cierto que la estructura política que garantiza la gobernabilidad no ha vuelto al punto anterior al 2001. Dicho de otra manera, la UCR no se ha recuperado –aunque ha mejorado– como uno de los polos del sistema bipartidista y el PJ sigue expresando una interna de múltiples variantes que no puede resolver internamente sino que resuelve externamente, en las elecciones generales. El escenario del 2015 va a volver a ser un escenario con al menos dos grandes candidaturas presidenciales provenientes del espacio del PJ. Digamos que el sistema político no volvió al anclaje del bipartidismo previo al 2001. El recambio presidencial y el hecho de que el kirchnerismo no tenga un recambio directo y que hay probabilidades de que, tras las elecciones internas en las PASO, el kirchnerismo deba negociar un continuismo acotado con la candidatura de Scioli implica también un escenario de inestabilidad y crisis, que se va a sentir cada vez más.
El cuarto punto, es que hay un descontento social cada vez mayor, por todos estos factores, cuya subjetividad, direccionalidad y sentidos está en disputa, desde perspectivas de derecha y –más difusamente– desde perspectivas emancipadoras. Es muy riesgoso confundir, como sugiere cierto progresismo, un escenario electoral donde las variables de recambio con posibilidades mayores se ubican hacia la derecha, con el hecho de que las demandas sociales y los procesos por abajo se inclinen en el mismo sentido. En ese sentido es que nos parece que la combinación de estos factores genera un campo fértil para un nuevo ciclo de luchas, cuyo posible despliegue supera el escenario electoral del 2015, y que la tarea principal de estos años pasa por cómo vincularse con ese ciclo de luchas y cuáles son las tareas que hay que encarar para garantizar esto. Un elemento central de las disputas integrales y en diversos planos de la lucha política que es necesario motorizar, es que los espacios representativos o que aspiren a sintetizar luchas populares, incluido el plano político electoral, solo serán útiles si ayudan y colaboran con el problema central que reside en cambiar las relaciones de fuerza en el seno de la sociedad civil. Ningún armado electoral puede resolver esto por sí mismo. El nudo de la concepción de Poder Popular se encuentra allí. Encarar una praxis en, desde y contra el Estado orgánicamente estructurada con un posible campo mayor de conflictos sociales es lo que debe estar en el centro de las preocupaciones, de las praxis de las corrientes emancipadoras.”

 

— “Es cierto que hay tendencias que indican la posibilidad de un ascenso de las luchas sociales. Algo de eso se expresó el año pasado, con reivindicaciones masivas muy fuertes, que pasaron más desapercibidas porque las expectativas estaban puestas en lo que pasaba con las elecciones. En este año se dan hechos –que son más que síntomas– importantes como el carácter del conflicto docente en la Provincia de Buenos Aires, que enfrentó un discurso contrario presente en todos los medios, cercanos o adversarios del gobierno, cosa que no había sucedido en otros conflictos. A pesar de eso el descontento en la base docente y el apoyo de otros actores hizo que la burocracia tuviera que mantener el paro por tiempo indeterminado. Lo mismo se reflejó en el paro del 10 de abril: hacía tiempo que no se veía un paro de esa magnitud, donde se notó que la ciudad quedó paralizada. Subrayo que la continuidad de la lucha docente en otras provincias como en Salta, Neuquén o La Rioja, con conducciones distintas de las luchas, indican elementos que abonan en el sentido de la profundización de los conflictos.

También es necesario leer esa posibilidad y su relación con el contexto internacional. Independientemente de que no se pueden hacer lecturas mecánicas de cómo se relacionan los ciclos de lucha regionales y los nacionales, en Brasil se ha abierto claramente un nuevo ciclo de conflictos sociales desde el año pasado y para nosotros debe ser ilustrativo dado el peso económico, político y social de ese país. De todas maneras no hay que perder de vista que existen tendencias, elementos que operan en contra de que se abra un ciclo de luchas más intenso en nuestro país y que deben entrar en el análisis.”

 

— “Respecto a las cuatro variables que se planteaban al inicio nosotros entendemos que hay un impacto mayor del aspecto de las limitaciones estructurales del modelo y relativamente menor del impacto directo de la crisis, su incidencia no es igual. Sí hay un desgaste mayor de las variables internas que le daban aire al modelo económico. Me parece que esa situación y un escenario de lucha política al interior del peronismo obliga al gobierno a avanzar con la devaluación y ajustes tarifarios que hubieran querido postergar para el gobierno venidero. Esto va a dar una fotografía de esta década mucho más sincera de su legado, luego de la devaluación y el deterioro del salario real, frente a la alternativa que inicialmente manejaba el gobierno de endeudarse y dejar los ajustes para los que vienen. Tenemos por delante dos años muy difíciles donde el gobierno ha cambiado su perfil político, ha salido a estigmatizar la protesta social, ha adquirido rasgos macartistas y ha salido a reprimir en el marco de un ajuste.

Volviendo al tercer eje planteado alrededor del sistema político y el recambio gubernamental. Es evidente que de este ciclo político no se sale con un retorno al 2001, pero es un dato no menor que el fenómeno político del Kirchnerismo fue el que sostuvo durante 10 años el sistema político entusiasmando y vinculando franjas importantes de las clases medias, junto a haber reconstruido niveles de empleo y consumo de las clases populares. Mi sensación es que en el nuevo escenario va a salir muy golpeado. Entonces, un dato importante de los próximos años es la sangría que va a tener el kirchnerismo en apoyo social y en militantes populares. Ante ese dato se pueden cometer dos errores: uno es desconocer y tener una política sectaria frente al sector del pueblo y de la militancia que simpatizó, que ha militado o apoyado con honestidad ciertas políticas del kirchnerismo y cuyo apoyo va a comenzar a agrietarse. Es decir que hay que proponerse un diálogo y una política no sectaria. El otro error simétrico es intentar acortar caminos y pretender entrar a lo que se entiende como “Gran política” vinculándose estrechamente a algunos de los hipotéticos desprendimientos del Kirchnerismo. Esa tentación puede ser mayor en un marco de próximas elecciones nacionales donde, en un escenario de Scioli, Massa, un UNEN bien derechizado, el espacio que queda a la izquierda del gobierno es realmente enorme. Como el escenario del 2015 no es igual al del 2013, por eso es posible que algo se arme entre ciertos actores como el michellismo, el MST, algún espacio menor ligado al Kirchnerismo, etc. Para mí eso va a presionar mucho sobre algunas corrientes del espacio de la izquierda independiente y es esperable que algunas se sumen, en particular si se ve cómo han encarado las últimas elecciones algunas corrientes más cercanas.

Creo que efectivamente se va hacia un nuevo ciclo de luchas. Los rasgos generales de cómo se va a dar están apenas entreviéndose. Es muy importante tomar notas de los rasgos novedosos que se vienen esbozando alrededor de la conflictividad, tanto en términos del desafío del narcotráfico como de nuevas formas de control social en el territorio.”

 

Tendencias contrarias al desarrollo de las luchas populares

 

— “Por ejemplo creo que las clases dominantes tienen presente el escenario del 2001-2002 y tratan de actuar antes de que se produzca una situación así. Incluso las variantes que quieren desplazar al gobierno quieren hacerlo sin abrir espacios para nuevas puebladas o conflictos, por eso Massa sale a despegarse del paro del 10 de abril más allá de que su dirección esté en los Moyano o los Barrionuevo.

Además, más allá de las políticas del gobierno o las fuerzas opositoras, hay características del propio movimiento popular que pueden conspirar para que se consolide un nuevo ciclo de luchas. Por ejemplo, si es un hecho que las burocracias sindicales están debilitadas es un hecho también que tienen la capacidad de ponerles fin o de canalizar los conflictos sindicales. Hasta ahora hay muy pocos desbordes y que se mantengan en el tiempo muchos menos. Más allá de su desgaste, no hubo nunca un período tan largo en que la burocracia mantuviera el control de tantos sindicatos. Por ejemplo, en el período que se abrió con el Cordobazo había burocracias consolidadas pero con un grado de renovación mayor por parte de las corrientes combativas o clasistas. Al mismo tiempo, más allá de que uno pueda equivocarse, no advierto que surja una nueva camada de activistas sindicales en la medida que la que surgió en procesos como los del Cordobazo u otros. Aún si, como cierta prensa señala con alarma, es cierto el crecimiento del sindicalismo de base o la recuperación de determinadas comisiones internas, sin duda la capacidad de convocatoria de las corrientes clasistas es menor respecto a la que el clasismo ganó en otros momentos históricos. Otro factor, que es al mismo tiempo un síntoma positivo y uno negativo, es que si la izquierda gana nuevas posiciones en el conflicto, éstas no acumulan en el sentido de lograr un punto de referencia social alternativo. Si por un lado expanden su influencia, como en el caso de la Alimentación, tienen serias dificultades para ponerse de acuerdo en cuestiones más generales o en cuestiones básicas como hacer un piquete juntos en la Panamericana. Ese nivel de confrontación sectaria se manifiesta en otros planos como la hostilidad feroz con que el Partido Obrero recibió la iniciativa de lanzamiento de la Corriente Sindical convocada por el Pollo Sobrero y el Perro Santillán. La izquierda siempre tuvo –tuvimos– rasgos sectarios, pero había ciertas referencias que nadie podía desconocer o hacerse el tonto, a riesgo de quedarse afuera, como cuando convocaba Sitrac-Sitram, por ejemplo. Ahora veo más difícil que suceda eso. Es un problema ya que, si hay un ascenso de los conflictos, va a ser un factor peligroso de división y fragmentación.

A su vez en la conflictividad social nos enfrentamos a problemas que si no son totalmente nuevos, su magnitud sí es totalmente nueva y el movimiento popular casi no tiene referencias o experiencias en las que basar una respuesta. Hay un grado de descomposición de las relaciones sociales por abajo que es muy fuerte y no se trata sólo del impacto de la miseria. Se suma el bombardeo constante de los medios, la dificultad para que las clases populares piensen su vida cotidiana con cierta sistematicidad, no tanto porque los medios convenzan sino porque impiden pensar. En 10 años el problema de la droga adquirió una magnitud muy superior.

Al mismo tiempo espacios de la izquierda independiente, que tenían un piso de construcción social sobre la que asentarse y la posibilidad de superar miradas localistas, el defensismo y el territorialismo estrecho, dan pasos que marcan niveles de retroceso importantes respecto a las enseñanzas acumuladas en los últimos 10 años y que evidencian un nivel de confusión e incertidumbre que resulta preocupante.

Creo que existen todos los síntomas de un nuevo ascenso de luchas, en un contexto de crisis política que va a crecer, pero la posibilidad de que esa conflictividad se canalice hacía proyectos alternativos tiene por delante barreras de mucha magnitud que no podemos desconocer.”

 

– “Tomando ese plano de análisis, creo que mientras nuestro espacio y la izquierda en general metaboliza y discute sobre la posibilidad de un nuevo ciclo de luchas populares, desde el gobierno y otros espacios ya se lanzaron y se profundizan una serie de dispositivos preventivos de control social que están desplegándose con mucha fuerza antes de que el conflicto pueda alcanzar determinados niveles.

Uno es una incitación muy fuerte a la “lucha de clases” horizontalizada, de alimentar y propagar un enfrentamiento feroz de pobres contra pobres, como se esbozó en los linchamientos pero también asomó en otros conflictos como las asonadas policiales en las provincias. La larga campaña contra la inseguridad ha penetrado profundamente en franjas considerables de las clases medias y populares generando las condiciones para llevar adelante el aniquilamiento por portación de rostro, vestimenta, juventud, etc. Muchos conflictos populares son leídos por otros actores, incluso por vecinos de barrios con muchísimas necesidades, como amenazas a la seguridad y así son decodificados, como por ejemplo sucede con gran parte de las tomas de terrenos y los asentamientos. Hay un discurso mediático y de determinadas franjas de la política que apela a la horizontalización de la violencia por abajo como un mecanismo de control social y que reaparece cada vez que se profundizan las luchas. Ya pasoóen 1989 y en el 2001, la apelación a los vecinos a armarse en las esquinas para frenar las hordas de saqueadores –inexistentes– que eran la población de otros barrios populares cercanos.

En segundo lugar, el gobierno, que no estaba dispuesto a aplicar la mano dura, la está aplicando claramente. La figura de Berni como una suerte de Rambo que viene a garantizar la represión de los cortes, tratar de delincuentes a todos los que protagonicen una protesta social y levantar todo corte en las cercanías de la Capital Federal está expresando tendencias profundas. Con esto el gobierno interpela también a una franja social que está satisfecha de escuchar eso, pero además, justamente una enseñanza del 2001 es que no están dispuestos a tolerar la pérdida de la calle en el conflicto social. Dado que la dinámica de las protestas populares en Argentina tiende a manifestarse muy rápidamente en la calle, ocupando el espacio público para visibilizar sus demandas, el gobierno quiere dar señales muy fuertes de que no está dispuesto a que eso alcance determinado nivel. Esa también es una enseñanza del 2001. Cuando uno escuchaba a los funcionarios y cuadros del PJ en esa época te decían que no estaban dispuestos a perder la calle o que si la habían perdido la tenían que recuperar. Hoy hay una decisión política, al entrever la posibilidad de un ciclo de protestas, de cortarlo de raíz todo lo que puedan, por eso hacen tanto hincapié en no permitir los cortes de los accesos a la Capital Federal como un tema nodal y por eso les dolieron los piquetes en los puentes del paro del 10 de abril. Eso descansa sobre el desarrollo de largo plazo de mecanismos celulares de control social como la militarización de los barrios populares con Gendarmería, la multiplicación del fenómeno de las cámaras en todos los lugares, la creación de nuevas fuerzas policiales locales y un conjunto de políticas que se vienen impulsando desde hace bastante tiempo. La misma discusión sobre cómo poner leyes que controlen los piquetes y las protestas, que instaló el propio gobierno, tiene la misma lógica de política preventiva.

Asociado a esto aparece el tema del narcotráfico, ya que es en nombre del combate a la expansión evidente de la droga donde se justifica la militarización de los barrios y la demonización de su juventud.

En tercer lugar aparece con fuerza un nuevo discurso, con peso en los territorios, vinculado al gigantesco lavaje de cara de la Iglesia que encarna Bergoglio, trasmutado en el progresista Papa Francisco. Se trata de lo que podríamos llamar, entre comillas, el “francisquismo”. Por un lado esas concepciones aparecen enfrentándose a la expansión del narcotráfico y la trata, defendiendo a las clases populares y a los jóvenes de las estrategias de aniquilamiento y discriminación y vinculadas a expresiones genuinas de religiosidad popular. Por el otro lo hacen generando permanentemente un vínculo de las organizaciones populares en un rol subordinado al aparato estatal y/o a la estructura de la Iglesia, rechazando todo tipo de empoderamiento con niveles de autonomía y autoactividad de las clases subalternas. Es vertical, jerárquico y desde ya opuesto a cualquier reivindicación que tenga que ver con las temáticas de género, legalización del aborto, diversidad sexual y visibilización de otros planos de la dominación. Preocupado por quedar vinculado a la imagen de renovación que propaga Francisco, ese discurso encarna en el seno del Kirchnerismo, se corporiza en determinados personajes –Julián Domínguez, Mariotto– pero también en algunas de sus corrientes más combativas. Al mismo tiempo aparece en espacios vinculados a UNEN, como La Alameda u otros más cercanos al espacio de la izquierda independiente. A partir de que algunos sectores ven la posibilidad de que se abran espacios de transformación en el seno de la Iglesia con el actual papado, haciendo un traslado berreta del escenario que dio lugar al Concilio Vaticano y la aparición de la Teología de la Liberación, se abren espacios para el crecimiento de propuestas en el seno del pueblo que tienen “contradicciones”, para decirlo de una manera suave, con una concepción de emancipación basada en el Poder Popular y un ejercicio de una dialéctica de disputa y, al mismo tiempo, de lucha contra el Estado.

Todos esos mecanismos –que desde ya tienen elementos contradictorios entre sí– se lanzan, crecen y despliegan antes de que las luchas populares alcancen un nivel o un pico de desarrollo posible y tienden a intentar abortar en fases tempranas el crecimiento por abajo de opciones radicales.”

 

— “Tomando el eje del problema de ganar la calle y cómo el gobierno advierte esa cuestión y la evalúa antes que pase a mayores, es interesante contar cómo se dieron en La Plata los últimos conflictos sociales. Empezando por la marcha docente tan masiva el día previo a que se cierre el conflicto, con compañeros, incluso de distritos semirurales, quedándose afuera de los micros que iban a la movilización porque rebalsaban o la movilización del 2 de Abril, cuando se cumplió el aniversario de las inundaciones. Esa movilización se mantuvo durante todo el día desde la mañana hasta la tarde con una concurrencia muy masiva. En esas movilizaciones podríamos decir que más del 50% de los participantes no eran parte del activismo político –que en La Plata es importante– que suele movilizarse. Eran los afectados directos, familias, niños. A los días se movilizan organizaciones territoriales al Ministerio de Desarrollo social de la provincia y los reprimieron brutalmente en 7 y 55. Si vos mirabas la movilización en sí la represión era totalmente desproporcionada. Yo creo que lo que tiene que ver es que reprimen en un contexto de movilizaciones populares importantes en la ciudad y es un mensaje para que la calle deje de ser nuestra, porque yo escuché a compañeros de los barrios que decían ‘Para qué vamos a ir, no nos dan nada y encima nos reprimen’. Es un gesto disciplinador y ejemplificador.

 

Las tareas y desafíos de la izquierda independiente

 

— “En otro plano el espacio al que pertenecemos la mayoría de lo que estamos aquí, tiene que hacer un balance de las dificultades que encontró en el tránsito de querer pasar del terreno de la representatividad en las luchas sociales, al plano de las luchas políticas, incluida, aunque no únicamente, la electoral. La crisis de este espacio es la incapacidad para encarar ese paso o directamente no ver la necesidad de hacerlo, o en otra intentarlo y hacerlo a los tropezones. Ahí se da una posible polarización, que es muy complicada, y reside en que una parte de la militancia asocie la lucha política con lo que se ha hecho, es decir, que se asocie la lucha política con la politiquería, con la rosca, con lo superestructural. Entonces se polariza entre una militancia social de base enfrentada a la lucha política, que es percibida como mero reformismo. Por el contrario, la cuestión de cómo construimos una representación política debe ser algo irrenunciable más allá de las dificultades con las que se enfrenta nuestro espacio. Mi temor es que tendamos –porque percibimos que vuelve un nivel mayor de conflictividad social que en el ciclo Kirchnerista– a recostarnos organizativamente en ese conflicto dejando de lado la necesidad de la construcción de una representación política. Ahí hay un dato nuevo dado que nuestro desarrollo político como espacio se daba, mal que mal, ante un marco de vacancia de representación a la izquierda del Kirchnerismo. Más allá de que entendamos que el FIT sigue teniendo límites estructurales para desarrollarse como movimiento social de masas, no podemos no observar que han ocupado un espacio y han desarrollado cierto interés en sectores más politizados de la sociedad y franjas de la juventud. Yo creo que va a perdurar ese nivel de interés porque más allá de los rasgos sectarios y las luchas intestinas eso no trasciende fuera de determinado activismo. Aún no han cometido grandes errores políticos, tipo lo del MST en el 2008. Tenemos que entender cómo nos ubicamos frente a la necesidad de ocupar un espacio político que ya no está muy vacante. Creo que el FIT aprovechó una vacancia política no sólo de la izquierda sino de la centroizquierda. Ante la combinación de un nuevo ciclo de luchas; que quienes han incursionado en el terreno político electoral lo han hecho de mala manera; y que parte del espacio político a la izquierda del gobierno ya está ocupado, puede ser muy tentador recostarse solamente en el trabajo de base. Aún así, es muy difícil hoy encarar y sostener construcciones de base sin la existencia de representaciones políticas, a diferencia de otros períodos. En otros momentos en la Universidad era más fácil presentarse como independiente y ser de algún partido te ponía un límite. Ahora es al revés, se te pregunta qué pensas sobre el Kirchnerismo, qué pensas sobre el FIT, etc. Va a ser muy difícil sin dar respuestas en estos terrenos poder sostener la militancia de base, las construcciones territoriales y demás.

Finalmente parece necesario desagregar un poco lo político de la intervención electoral. Lo político pasa también por ver qué herramienta le ofreces a los sectores más politizados, a la juventud, a los trabajadores que luchan. Ahí hay una tarea central en pensar alternativas. Así como en su momento fue una gran innovación La Verón, fue una gran innovación el Frente popular Darío Santillán, bueno, cómo pensamos en innovar de nuevo. Me parece que las corrientes tienen que ser un poco más homogéneas en cómo conciben el momento y las tareas a encarar. La posibilidad de salir de la crisis de este espacio va a estar dada por la capacidad de recrear los espacios organizativos en nuevos términos, más acordes a los desafíos que se tienen que afrontar.”

 

Algunas reflexiones sobre el conflicto docente

 

— “El tema de la conflictividad tiene una importancia decisiva porque si no hay una dinamización de las luchas, el horizonte político se desdibuja fuertemente y comienzan a afianzarse las teorías y las prácticas que parten de “lo posible”. La lucha docente en la provincia dio algunas señales alentadoras. La huelga docente tuvo la virtud de contar con elementos de autoorganización, de autodeterminación en un enfrentamiento contra una burocracia, como la de la Celeste, que no tiene las características clásicas de la burocracia sindical al estilo Barrionuevo o Moyano.

En esa lucha los docentes lograron colocar en la discusión general distintas cosas. En primer lugar, que la educación pública está en una crisis brutal. Ese aspecto tuvo mucho que ver en el apoyo de muchos padres y de sectores de la población, ya que no se trataba sólo de los bajos salarios docentes sino del deterioro de los colegios, de las escuelas reducidas a garantizar alimentación en los comedores para los hijos de los más pobres con una educación brutalmente dividida. Se relacionó la destrucción general de la escuela con el problema de los bajos salarios docentes. Aún sin mucha claridad apareció la crítica a la educación privada. Fue una huelga que fue capaz de romper con el corporativismo y colocó los dilemas que atraviesan la educación para el debate del conjunto de la sociedad.

Creo también que la huelga expresó tendencias más generales. Hay un acrecentamiento de la crisis de representación. Por supuesto no estamos hablando de procesos como el del 2001. Aún así, en la caída del apoyo en la población que tiene el Kirchnerismo nunca es solo el Kirchnerismo el que se ve afectado. Vuelve a caer toda la clase política. Ese puede ser un elemento dinamizador para que no se construya una izquierda de lo posible, una izquierda que se acomode a lo existente. Por el contrario hay condiciones para poner en marcha una fuerza que parta de las necesidades y debates del pueblo pero que sea capaz de ofrecer un horizonte transformador, anticapitalista, que vaya más allá de las opciones existentes.

Al mismo tiempo en todos los conflictos sindicales o en jornadas como las del paro del 10, aparecen opiniones críticas muy fuertes a la burocracia sindical. Ese desgaste de las referencias principales está presente. De todos modos –a diferencia de lo que ocurrió en los territorios con el ciclo del 2001– en las luchas de los ocupados todavía no aparece masivamente un nuevo activismo. La recomposición en ese plano está aún en un punto más molecular y por eso es muy difícil que se genere presión para obligar a procesos de unidad más firmes de las corrientes de la izquierda.”

 

— “En mi caso la participación en la huelga docente de 17 días me ayudó a ubicar mejor cuáles son las características de la conflictividad social actual. La lucha salarial estuvo combinada con una lucha antiburocrática y democrática, por eso se vio el protagonismo de las seccionales de Suteba recuperadas que le dieron una proyección muy masiva a las luchas y no es casual que allí no surgieron los espacios autoconvocados –que sí fueron fundamentales para sostener el conflicto en tantos lados–, justamente porque el sindicato, en los lugares donde se desplazó anteriormente a la Celeste, se abrió a la participación por abajo de la comunidad educativa y generó espacios genuinos de participación y decisión. El conflicto se disparó por el salario pero la base docente, los padres, etc., lo sostuvieron porque estaban peleando por algo mucho más profundo que el salario. Además, en el medio del ajuste a muchos padres se les hace mucho más difícil pagar la cuota en una escuela privada y los padres de la escuela pública y sus pibes asisten al deterioro acelerado de sus colegios, a una privatización paulatina donde ven cómo su escuela se les escapa de sus manos. Hay que tener en cuenta que fue muy duro bancar el conflicto por que hablamos de 17 días hábiles, así que tenés que contar los fines de semana con el bombardeo de todos los medios –los K y los opositores– de manera permanente. Hablamos de casi un mes de conflicto con una campaña feroz. Sin embargo la huelga se fortalecía. No se iba debilitando. Algunos, como Longabardi o Lanata, invitaban a los padres a llevar los pibes a la puerta de la escuela y sin embargo las familias no iban. Se daban cuenta de que el conflicto no era sólo por el salario, sino que tenía que ver con ellos. Que si se ganaba, ellos también ganaban. Era muy interesante ver cuando las maestras explicaban lo que pasaba en la escuela y los dramas para sostenerla, y cuando los padres se enteraban de que el mismo Estado subsidiaba las escuelas privadas de su barrio y era el que pagaba los salarios docentes en esas escuelas. Se ponía en evidencia el avance en la destrucción del salario social que tenía el trabajador con las conquistas en educación y salud.

El otro fenómeno profundo fue lo de autoconvocados. En muchos lugares los docentes y los padres organizaban marchas de antorchas por su cuenta y generaban movidas con mucha participación en barrios bien profundos del conurbano. Hacían volantes propios, hacían afiches y convocaban a las escuelas y la población del lugar. Sin que el sindicato llegara a enterarse, en una zona 4 ó 5 escuelas se juntaban y armaban una clase pública. En La Matanza, en un solo día hubo más de 20 actividades alrededor del conflicto.

El conflicto tuvo un cierre y la burocracia lo manejó, pero por abajo sigue y las tensiones, las broncas, pero también la sensación de fuerza por no haber sido derrotados, persiste y no desaparece de la noche a la mañana.

Solo una fuerza o corrientes dispuestas a pegarse profundamente a esos procesos por abajo van a tener condiciones de recomponerse orgánicamente y tomar un carácter verdaderamente popular. En estos diez años se ha impregnado una imagen de que la política es sólo la construcción por arribar a espacios institucionales y la lógica vertical, diseñada y pensada de arriba hacia abajo. Ahí hay un triunfo cultural y de recomposición del sistema que ha pegado también en el espacio de la izquierda independiente, con mucha militancia que ha visto el predominio de esas formas de concebir la política. La superación de eso tiene que partir de discutir, militar, multiplicar los esfuerzos de cara a los procesos que se dan por abajo sin renunciar a la construcción de referencias políticas y populares más generales.”

 

 

 

 

 

 

 

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