Implicancias del Estado argentino a dos siglos de la declaración de la independencia

Por: Calchaquí

(Amaicheño miembro de la Comunidad Indígena Amaicha del Valle – descendiente de Don Agapito Mamaní -Cacique de Amaicha entre los años 1938 y 1964-)

Cumpliéndose doscientos años de la Declaración de la Independencia, de las provincias unidas del Virreinato del Rio de La Plata, bueno es preguntarse cómo encajan relatos e historias de los Pueblos Indígenas en esta referencia de mucha significatividad para el estado argentino y sus clases hegemónicas.

Si haciendo un esfuerzo de imaginación tratamos de esbozar los límites del Virreinato, en ese momento descubriremos que mas de las 2/3 partes del actual “territorio” de la República Argentina, no se encontraban contenidas en aquella jurisdicción, ni Patagonia ni Gran Chaco estaban controlados o más bien invadidos por los españoles con sus clases dirigentes, sus estructuras administrativas y políticas. Aun más, el espacio que les disputaban los patricios criollos (por definirlo de alguna manera), quienes iniciaban su planteo emancipador como consecuencia del retroceso de España, no daba cuenta en ningún caso de la existencia de los Pueblos Indígenas tal como hoy lo concebimos y reivindicamos, salvo el de Manuel Belgrano quien proponía, en vísperas a la Declaración de la Independencia como forma de gobierno adecuada, una Monarquía Incaica[1].

Estas son un fenómeno inscripto en esta época, en la que la cuestión de la diversidad en todas sus formas emerge no solo de la mano de la academia con algunas de sus teorías e investigaciones historiográficas, sino desde las estrategias de los estados y las organizaciones supraestatales que buscan readecuar sus estructuras para sostener sus hegemonías, como así también desde las propias organizaciones indígenas, de dirigentes y pensadores originarios que visibilizan un aspecto que fue ocultado en los albores mismos de este pretendido grito emancipador. Al respecto, no se puso de relieve durante mucho tiempo el hecho que en sus registros gráficos se hiciera referencia a los Pueblos Indígenas como lo es el caso de la publicación del Acta de Declaración de la Independencia en idiomas quichua, aymara y guaraní. Sin embargo ello no debe llevarnos a pensar que estas iniciativas prefiguraban los actuales paradigmas de los estados plurinacionales; era más bien una forma de comunicar las decisiones de la elite patricia. En igual sentido, en el 2011 en la Casa Histórica de Tucumán, durante sus actos oficiales[2], se promocionó la “declaración de la independencia escrita en quechua”, allí representantes indígenas legitimaron esta postura al asistir al descubrimiento de la placa conmemorativa de este hecho con el que se pretendía plasmar la idea del carácter “americanista” de los emancipadores criollos de 1816.

Este ejemplo, como muchos similares, marcan la moda en el discurso políticamente correcto de los estados burgueses latinoamericanos que, con la falacia de la igualdad de oportunidades, buscan si no dotarla, por lo menos declamar la diversidad en sus estructuras. Bien puede hablarse de la moda actual de la multiplicidad de colores de esos estados como “el gran avance” de la democracia burguesa. Quizás este aspecto, y el no tenerlo en cuenta desde las organizaciones y sabios indígenas, hizo que se desnudara la profunda crisis y ambivalencia por el que viene marchando este movimiento en la Argentina, el cual se encuentra atascado en la demanda, como límite superior, de una aplicación correcta de la política pública de este estado burgués. Limite que al parecer aun no se plantea rebasarlo en cuyo caso debe replantearlo convocando a las distintas clases subalternas a sumarse a un debate para una posterior acción que lleve a transformarlo cuando no a subvertirlo.

Desde los planteos liberadores, a 200 años de la Declaración de la Independencia no hay aun un planteo descolonizador, sin duda es el peso del eurocentrismo que aún permanece en los debates políticos e ideológicos de aquellos sectores más combativos y honestos inclusive que no pueden aun despojarse para dar lugar a la construcción de propuestas y objetivos que no solo pongan en cuestión el orden capitalista sino que además rechacen el extractivismo impulsado por los ejes rectores del pensamiento occidental. Ejes que, pasan por el individualismo, el domesticar a la naturaleza, el acumular objetos y bienes como signo de progreso y bienestar. A tal punto estos principios subyacen sin ningún cuestionamiento y ponen en la encrucijada a planteos de izquierda que en su justa reivindicación de los trabajadores empujan más aún al extractivismo, así el eurocentrismo en las múltiples izquierdas locales permanece intacto. Pues esta izquierda, como el movimiento indígena sobre el estado, no inició un proceso de descolonización en sus teorías ni en sus epistemologías, sigue atada de este modo a la cosmovisión e intereses de occidente. Este aspecto ya fue planteado por José Carlos Mariátegui en la primera mitad del siglo pasado y está siendo planteado desde la praxis y la teoría en Bolivia y Ecuador a pesar de la tergiversación que el gobierno del segundo de los estados mencionados viene haciendo como propaganda.

Volviendo a la “gesta emancipadora de 1816”, se desliza en la narrativa de los descendientes de colonos y adelantados españoles quienes descubrían que a pesar de hablar el castellano no eran españoles. Allí arranca gran parte del relato argentino, el que comienza a nutrirse de las futuras “gestas emancipadoras” del “yugo español”, es decir comienza la construcción del mito de la argentinidad, el cual es apropiado por los sectores más recalcitrantes de las clases hegemónicas argentinas. Por  ello no es azaroso que en los actos oficiales hayan desfilado, con poco y nada de escándalo del grueso de la sociedad argentina, nada menos que contrarrevolucionarios y genocidas de los 70, con conspiradores de los 80 y 90. Sumado al discurso del Presidente de la República Argentina que en una particular interpretación psicologista de la historia, coincidente con los devaneos existenciales de la clase media que recurre a la búsqueda del equilibrio perdido a través del uso y la moda de posturas y formas de la “espiritualidad” de culturas orientales[3], pretendió que los emancipadores de 1816 los acuciaba la angustia de separarse del reino español a la hora de declarar la independencia; nada mas falaz que esa conclusión: los hombres de la independencia no solo no sintieron angustia por romper lazos con la corona española sino que tampoco lo hicieron décadas más adelante sus continuadores cuando comenzaran con el genocidio más atroz en la Patagonia. Por ello, la caracterización, en el sentido de genocida, del Estado Argentino no es un disparate, está documentada, al respecto citamos lo expresado por la investigadora Diana Lenton en la compilación realizada por Don Osvaldo Bayer, “Historia de la Crueldad Argentina” que bien puede llamarse historia del estado genocida:

…nos referiremos al carácter genocida de la política de los gobiernos de la llamada “generación del 80” y las inmediatamente posteriores, contra los pueblos originarios del territorio que hoy ocupa el estado argentino. Ello no significa pretender a priori que aquel genocidio fuese el primero ni el últi­mo en nuestro país, ya que a lo largo de la historia regional se han producido epi­sodios y procesos que comparten muchas de sus características. Entre ellos, el que ejecutaron mitre y sus aliados contra el pueblo paraguayo, que puede considerarse el primer gran ensayo biopolítico del subcontinente, y otros que se han verificado a lo largo de nuestra historia, incluidos los crímenes de la última dictadura mili­tar…

El estudio que realiza la investigadora se sitúa alrededor del 1878, es decir 62 años después de la mentada “Declaración de Independencia” comenzaba el Estado Argentino, en su proceso de expansión, a mostrar su crueldad genocida. Efectivamente no fue el último de los genocidios de “La Patria”, lo verifican los ecos actuales de los desgarradores gritos de Napalpi en 1924, de La Bomba en 1946. Con referencias tan a mano es imposible no preguntarse por qué tan profunda contradicción de la dirigencia indígena actual que, corriendo detrás de la declamada política pública, el derecho de consulta y participación, acaba legitimando a un Estado Argentino genocida desde sus inicios o más precisamente por el hecho de ser estado en tanto estructura administrativa y política resultado de la invasión europea. Por ello en una instancia de formación de quienes nos pretendemos militantes por una sociedad más justa plural e inclusiva en donde la armonía en nuestra Pachamama sea prioridad una construcción de la historia de los pueblos originarios en la Argentina y de todos aquellos sectores sojuzgados por este estado genocida. Este debe ser el primer paso para avanzar en la transformación del estado en uno plurinacional tal como lo vienen planteando de manera embrionaria aun, con las contradicciones primarias que este hecho implica, las organizaciones indígenas que se reúnen en el Parlamento de Naciones Originarias. Claro está que dicho cometido no se dará por concesiones a través de alguna ley del congreso argentino, tal como ocurriera con las leyes de comunidades aborígenes o la del relevamiento territorial sino que resultará de la intervención política masiva en primera instancia de las organizaciones y pueblos indígenas con recursos materiales propios autogestionados, lejos de la encrucijada de los aportes de la cooperación internacional, proponiendo a toda la sociedad la reforma de este estado opresor en todo sus sentidos.

[1] http://www.educ.ar/sitios/educar/recursos/ver?id=130847

[2] http://www.lagaceta.com.ar/nota/444924/politica/millar-indigenas-festejo-9-julio-diferente.html

 

[3]  http://www.revistaanfibia.com/cronica/la-derecha-respira/

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterEmail this to someonePin on PinterestShare on TumblrPrint this page

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.